Neutralizar las papas a Mistress Ford: sobre el potencial de la traducción para la emancipación cultural del castellano latinoamericano

Discusión- Neutralizar las papas

Por: Jimena Manuela Jiménez 

Foto: Historia Natural de las Indias, Manuscrito ilustrado

 

En este texto la autora reflexiona sobre políticas lingüísticas de la traducción en Hispanoamérica. Desde una polémica popular entre “papa” o “patata” hasta las traducciones de Shakespeare en el continente, se traen a mención discusiones y problemáticas en torno a las definiciones de castellano culto y castellano neutro. La autora apuesta: debemos potenciar, desde América Latina, la producción de nuevas reescrituras que superen versiones anteriores en esa lengua anémica, expoliada y mercantilizada que hemos dado en llamar “castellano neutro”.

 


Hace unas semanas llamó mi atención en Facebook una receta publicada por el suplemento gastronómico de un periódico español: bajo el título “Pastel de papa con tomate y pollo” varios usuarios de la red social discutían no sobre si el plato quedaría más sabroso con unas hojas de laurel o una pizca de pimentón, ni sobre posibles variaciones de la receta original. El motivo del debate  era una variante de otro tipo: la lingüística. Y es que el uso de esa palabra de sabor tan latinoamericano, “papa”, había herido la susceptibilidad de un lector ibérico, quien reclamaba que se empleara el término “culto”, es decir, “patata”.

No sé precisar cómo seguía la discusión pero sí que varios lectores latinoamericanos defendían que se guisara con “papa” y no con “patata”, argumentando que el vocablo es de uso corriente en sus países. Me acordé entonces de la escrupulosa investigación etimológica llevada a cabo por el lingüista Pedro Henríquez Ureña para desenterrar el origen del vocablo que nombra al tubérculo. El tercer volumen de la Biblioteca de dialectología hispanoamericana, organizada, a partir de 1932, por el Instituto de Filología de Buenos Aires –entonces dirigido por el filólogo español Amado Alonso– con el fin de reunir los estudios dialectológicos sobre el castellano de América, recogía el ensayo “Papa y batata”. En él, el dominicano exiliado en Argentina demostraba que “papa”, de origen quechua, fue el primer término que se usó en castellano para designar a la solanácea. Con la popularización de su cultivo y de su consumo, los españoles empezaron a referirse a la papa como “patata”, derivado de la voz taína “batata”, que designaba, y aún designa, a la convolvulácea de sabor dulce, cuyo descubrimiento por el ser humano fue anterior al de la papa. A pesar del trabajo lexicográfico de Henríquez Ureña, el Diccionario de la Real Academia Española, en su versión de 1970, seguía considerando que la voz “papa”, empleada en algunas zonas del sur de España y en América Latina, era una deformación del término culto “patata”.

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En 2009, en el simposio La utopía del castellano neutro, celebrado a instancias del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires en el Centro Cultural de España de dicha ciudad, el traductor español Miguel Sáez declaraba, a propósito del castellano neutro, que éste “ya existe, y es el lenguaje culto a través del cual nos entendemos todos”. “Y es el castellano que usamos en España, y que lo entiende todo el mundo, hasta el que no quiere entenderlo” apuntalaba poco después en su bitácora una bloguera anónima, sulfurada.

Hasta cierto punto, identificar el español neutro con su uso más culto, resulta acertado: es al descender a las capas “populares” del idioma cuando proliferan los regionalismos. Si al traducir jerk al castellano neutro tendríamos que vérnoslas, por poner un ejemplo, solamente con un “estúpido”, una reescritura al castellano de España implicaría la aparición de un “gilipollas”, al castellano de Argentina, de un “pelotudo”, al castellano de Venezuela, de un “huevón”. Pero, ¿qué tensiones se producen en el diasistema del español al construir el pretendido “español neutro”? ¿Las voces de qué comunidades hispanohablantes aparecen representadas en esa quimera “neutral”, y las de cuáles son excluidas? ¿Pueden los editores “neutralizar” la lengua de quienes reescriben? ¿Quién decide qué es neutro, y desde dónde? En definitiva, ¿puede la lengua ser neutral?

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Varias de estas cuestiones salieron a la superficie en el transcurso de un coloquio entre los autores y traductores mexicanos Julio Trujillo, Fabio Morábito y Jaime Moreno Villarreal en el dossier de febrero de 2016 de la revista mexicana Letras Libres–nº 206, “La vida propia de la traducción”. Va la conversación por los derroteros de la traducción de poesía cuando tiene lugar, a propósito de la traducción del poemario Casi invisible, del estadounidense Mark Strand –a cargo de Julio Trujillo– el diálogo que transcribo a continuación:

Julio Trujillo: La sabiduría del poeta [Mark Strand] lo llevó a dejar en libertad al traductor. Contestaba siempre mis correos muy amablemente pero nunca para decir: “Esto sí, esto no.” Nunca se metió en asuntos filológicos o de traducción directos. Me dejó morir solo, pero yo sentía que estaba contento. Luego ocurrió algo brutal: se editó en España y el editor decidió castellanizar mi versión. Fue un escándalo para mí. ¿Se puede hablar de un español neutro?

Fabio Morábito: ¿Y qué pasó? ¿Tuviste que someterte a la versión del editor?

Julio Trujillo: Sí. Amenacé con retirar la edición, el propio Strand estaba muy sorprendido, fue una decisión de última hora. Ya se había impreso y se dejó correr.

Fabio Morábito: Me parece una gran estupidez. Eso revela ese colonialismo mental hispano que, por más que pasa el tiempo, sigue ahí. Cada vez menos, por suerte. Pareciera que el esfuerzo que hace el lector hispanoamericano cuando lee un texto escrito en el español de la península no lo puede hacer un lector de la península, que hay que darle todo digerido. Yo temía que me pudiera pasar eso con la traducción de Montale, que una vez entregada toda la poesía, puesto que fue una editorial española la que lo publicó, me dijeran: “Esto no se entiende.” Por suerte el editor, un colombiano en ese entonces, tenía esa sensibilidad y no hubo ningún problema. Pero al publicarse en España un libro mío de prosa sí me han pedido de pronto algunos cambios, menores, y algunos totalmente justificados. Si yo escribo “banqueta” no solo el lector español sino tampoco el colombiano va a entender lo que en México entendemos como acera. En esos casos sí podemos hacer algunas concesiones. Pero cambiar los tiempos verbales, por ejemplo, me parece que lo que evidencia es una falta de traducción universal.

Mencionan los contertulios dos ideas sobre las que me gustaría reflexionar brevemente aquí. Primero: no es poco habitual que editoriales y agencias de traducción soliciten traducciones al “español neutro”, según anota Julio Trujillo. Como ya vimos, se trata de un castellano “culto” o “general” desprovisto de regionalismos, con la idea de que el lector, independientemente de su origen en la comunidad hispanohablante, no tenga que lidiar con palabras de sabor exótico. Pero una lengua tal no sólo resulta utópica, sino también empobrecedora, pues un idioma transnacional sólo puede hacerse neutro al prescindir de los matices que reflejan usos y desusos de sus comunidades de hablantes. Para quien reescribe esto conlleva, al menos, dos limitaciones: por un lado, como ilustra el ejemplo de la traducción de jerk, el español neutro imposibilita conservar el registro coloquial propio de la voz inglesa. Por el otro, la presunta neutralidad depende de quién tenga la sartén por el mango: en función de las exigencias del encargado de comercializar el texto, el traductor puede salvar su lengua, o no.

Segundo: pregunta Morábito a Trujillo si tuvo que “someterse” a la versión del editor para denunciar, una intervención más abajo, que aún existe un cierto “colonialismo mental hispano” y que mientras los lectores hispanohablantes de los países latinoamericanos acostumbran a leer textos que denotan usos propios del castellano de España, los lectores españoles parecen incapaces de hacer el esfuerzo de tratar con textos con regionalismos de otras latitudes. ¿Quién somete y quién es sometido, entonces, en el intento de reinternacionalizar un idioma ya internacionalizado que supone la fabricación de un castellano neutro? ¿Quién tiene la última palabra sobre lo que se reescribe? ¿Vela la búsqueda de una neutralidad que invisibiliza al traductor por garantizar la comprensibilidad o se trata de no traicionar la existencia de un otro? ¿Por qué, si se antoja absurda la sola idea de traducir obras originalmente en español a otra variedad de ese idioma, molesta la presencia de marcas de otro español –el del traductor–  cuando leemos una obra traducida?

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La primera traducción de los sonetos de Shakespeare la hizo, en 1877, en España, Matías de Velasco y Rojas (Madrid: Manuel Minuesa). La segunda, en 1929, en España, Luis Astrana Marín (Madrid: Aguilar); la tercera, en 1940, en Argentina, Patricio Gannon (Buenos Aires: Colombo); la cuarta, en 1944, en España, Angelina Damians de Bulart (Barcelona: Montaner y Simón); la quinta, en 1954, en Argentina, Mariano de Vedia y Mitre (Buenos Aires: Kraft); la sexta, en 1961, en Argentina, Alfredo Martínez Howard y Maggie Howard de Martínez; la séptima, en 1963, en Argentina, Manuel Mujica Láinez[1] (Buenos Aires: Ediciones Culturales Argentinas); la octava, en 1968, en Costa Rica, José Basileo Acuña (San José: Costa Rica).

En contraste con el monopolio hispano argentino del primer siglo de reescrituras, en las últimas décadas se ha dado una revitalización de los sonetos a partir de la producción de nuevas versiones desde diversos puntos de América Latina: entre las traducciones más recientes encontramos, en 2003, en Colombia, la de William Ospina (Bogotá: Norma); en 2005, en Cuba, la de Laurencio Tacoronte (La Habana: Arte y Literatura); en 2006, en México, la de Martín Casillas de Alba (México: El Globo Rojo); y en 2011, en Argentina, la de Miguel Ángel Montezanti (Mar del Plata: EUDEM).

El español utilizado en casi todas ellas, explica Juan Jesús Zaro en el ensayo La traducción de Shakespeare en la América de lengua española: entre la tradición y la transculturaciones “predominantemente neutro” (también conocido como español “culto”, dice) y “contiene marcas lingüísticas evidentes del español europeo”. La traducción de Montezanti, titulada Sólo vos sos vos, supone un punto de inflexión en este sentido: se trata de una reescritura de los sonetos al castellano rioplatense. Con una estrategia similar, en 2004, el chileno Nicanor Parra firmaba con su propio nombre su versión de El rey Lear, titulada Lear Rey & Mendigo. En lugar del español aséptico y mercantilizado que anula la idiosincrasia lingüística de quienes reescriben, las traducciones transculturadas como las de Montezanti y Parra optan por una reescritura creativa que salvaguarda su identidad lingüística. ¿Podrían ser este tipo de prácticas indicio de un tímido comienzo de emancipación de ciertos prejuicios interpretativos y del nacimiento de nuevas estrategias de reescritura?

Donde Falstaff responde a Mistress Ford, en Las alegres comadres de Windsor,

My doe with the black scut! Let the sky rain

potatoes; let it thunder to the tune of Green

Sleeves, hail kissing-comfits and snow eringoes; let

there come a tempest of provocation, I will shelter me here

Para volcar al castellano las palabras del dramaturgo inglés, ¿deberíamos escribir “ahora que lluevan patatas” o “ahora que lluevan papas”? ¿Qué criterio debería orientar dicha decisión si ambos términos son comprendidos por todos los hispanohablantes? Jaime Moreno Villarreal decía, en la entrevista en Letras Libres ya aludida, que los editores pasan muchas veces por alto “que el lector también hace un trabajo de traducción”. Y es que traducir es entender al otro y entenderse a uno mismo, y la lectura puede ser leída, también, como una forma de traducción. Si un lector paraguayo traduce “patatas” a “papas”, ¿puede un lector peninsular hacer la operación inversa? ¿Uniformiza el español neutro las variedades de la lengua en aras de la comprensión de todos o más bien de neutralizar al otro para servir a una cierta intolerancia? En cualquier caso, no cabe duda de que debemos potenciar, desde América Latina, la producción de nuevas reescrituras que superen versiones anteriores en esa lengua anémica, expoliada y mercantilizada que hemos dado en llamar “español neutro”.

[1] Se trata de una traducción parcial de los sonetos.