“Cuando vi Inglaterra por primera vez”, de Jamaica Kincaid

Miss Ruth Brown,Principal of Galina Primary school, St Mary's.

Nota y traducción: Jimena Jiménez Real

Fotos: Annie Leibovitz (1), Rene Burri (2) e Eve Arnold (3 y 4)

 

“Autenticidad emocional” fue el sintagma que eligió Susan Sontag para referirse a la escritura de Jamaica Kincaid. En este texto, que Transas presenta por primera vez en castellano en la delicada traducción de Jimena Jiménez Real, se capta perfectamente el sentido de esa descripción. La escritora antiguana presenta una suerte de fenomenología de la colonización, que se manifiesta desde en los nombres de las calles de su ciudad hasta en detalles mínimos de su niñez, como un desayuno inexplicable para un país tropical o las frases con las que se describen los cambios climáticos. El lector podrá acompañarla en las múltiples primeras veces que vio Inglaterra.


annie-leibovitz-bajo-el-copete

Jamaica Kincaid no es de Jamaica sino de otra nación caribeña de descendientes de esclavos africanos: la formada por las gemelas Antigua y Barbuda. Tampoco es su nombre real, Jamaica: en 1973, cuando tenía 24 años y era una joven afrocaribeña exiliada en Nueva York que tipeaba entrevistas para una revista de adolescentes, cambió el muy británico Elaine Potter Richardson por Jamaica Kincaid. Nacida el 25 de mayo de 1949 en Saint John, en la pobreza tropical de una Antigua y Barbuda que aún era colonia británica[i], tuvo una infancia marcada por dos conflictos: el desapego emocional de su madre y el ambiente opresivo de una colonia cuyas escuelas castigaban a los jóvenes revoltosos haciéndoles escribir una y otra vez estrofas de El paraíso perdido de John Milton. En 1966, a los 17 años, tomó un vuelo a Estados Unidos para trabajar como niñera en el seno de una familia del suburbio neoyorquino de Scarsdale y cortó todo lazo familiar: no volvería a la isla que la vio nacer sino 29 años después, a los 36 años. Después de ejercer de secretaria y periodista para diversas publicaciones, escribió para The New Yorker durante 20 años, hasta 1996. En la actualidad es profesora del Departamento de Estudios africanos y afroamericanos de la Universidad de Harvard y autora de textos de ficción y no ficción entre los que se cuentan la colección de cuentos At the Bottom of the River (1983), el ensayo A Small Place (1988) y las novelas Annie John (1985), Lucy (1990) y su obra más reciente, See Now Then (2013).

A Jamaica no le interesa explorar clase, género y raza en tanto estructuras fijas sino como categorías sujetas a las dinámicas de poder[ii]. Es por eso que su escritura se nutre de los dos conflictos que dejaron huella en su vida (una tensa relación con la figura materna y la opresión de su país de origen por una autoridad primero colonial, y luego, neocolonial), pero no desde un lugar de autoafirmación de la propia identidad: en lugar de reivindicar su existencia de mujer negra, Kincaid la da por asumida para explorar el mundo físico y emocional de quienes, como ella, son mujeres y negras. Susan Sontag, para quien Kincaid fue «una de las pocas escritoras angloparlantes actuales que querría leer siempre», llamó «autenticidad emocional» a esta cualidad de su escritura[iii]. Interpelada por las circunstancias de su proceso creativo, Kincaid habla de un cierto aislamiento que facilita «un momento donde uno calla y escucha»[iv]. Quizá es por eso que, como afirma el nobel santaluciano Derek Walcott, las frases, a medida que ella las escribe, parecen detenerse a medio camino, indecisas sobre si quieren ser lo que son o lo contrario, para «descubrir cómo se sienten» en una pausa que permite a quien lee calibrar la temperatura emocional y psicológica de la narradora.

En este texto, versión en castellano de su ensayo “On Seeing England for the First Time”, publicado por primera vez en 1991 en Transition Magazine, Jamaica Kincaid reflexiona con un enojo in crescendo sobre las repercusiones de la dominación colonial en la Antigua y Barbuda de su infancia y sobre las dinámicas de poder que persisten ahora para después arrojar ese enojo al vacío.

Miss Ruth Brown,Principal of Galina Primary school, St Mary's.

Miss Ruth Brown,Principal of Galina Primary school, St Mary’s.

Cuando vi Inglaterra por primera vez era una niña sentada en un pupitre de la escuela. La Inglaterra que miraba se extendía sobre un mapa con suavidad y belleza, delicadamente, era una joya muy especial; se extendía sobre el lecho de cielo azul que era el fondo del mapa, en el misterio de su forma amarilla, porque aunque parecía una pierna de cordero, no podía parecerse a algo tan familiar como una pierna de cordero porque era Inglaterra: sombreada de rosa y verde, pero era un sombreado rosa y verde distinto a cualquiera que hubiera visto jamás, con sinuosas venas de rojo que corrían en todas direcciones. Inglaterra era una joya especial, claro que sí, y solo la gente especial podía ponérsela. La gente que se ponía Inglaterra eran los ingleses. Se la ponían bien y se la ponían en todas partes: en las selvas, en los desiertos, en las llanuras, en lo alto de las montañas más altas, en todos los océanos, en todos los mares, en lugares donde no eran bienvenidos, en lugares que no deberían haber visto. Mientras mi profesora clavaba el mapa en la pizarra, dijo: «Esta es Inglaterra». Y lo hizo con autoridad, con seriedad; con adoración, lo dijo, y todos nos sentamos. Era como si hubiera dicho: «Este es Jerusalén, el sitio al que irán cuando se mueran, pero solo si han sido buenos». En ese momento entendimos, porque debíamos entenderlo, que Inglaterra sería para nosotros la fuente de todo mito y la fuente de la que obtendríamos nuestro sentido de la realidad, el sentido de lo que era importante y de lo que no era importante; y mucho sobre nuestra propia vida y mucho sobre la sola idea de nuestra existencia encabezaba esta última lista.

Cuando era una niña sentada en un pupitre que veía Inglaterra por primera vez, ya sabía mucho sobre su grandeza. Cada mañana, antes de ir a la escuela, tomaba para desayunar medio pomelo, un huevo, pan y mantequilla y una loncha de queso, y una taza de cacao; o medio pomelo, un bol de gachas de avena, pan y mantequilla y una loncha de queso, y una taza de cacao. A menudo la lata de cacao quedaba abierta frente a mí, sobre la mesa. Tenía escrito el nombre de la empresa, el año de fundación de la empresa, y las palabras “Hecho en Inglaterra”. Esas palabras, “Hecho en Inglaterra”, también estaban escritas en la caja en la que venía la avena. Seguro que también estaban escritas en la caja donde venían los zapatos que yo llevaba; un rollo de tela de lino gris que reposaba en un estante de la tienda donde mi madre había comprado tres yardas para hacer el uniforme que yo vestía tenía escritas en el borde esas tres palabras. Los zapatos que tenía puestos estaban hechos en Inglaterra; también lo estaban mis medias y mi ropa interior, y los lacitos de satén que llevaba atados al final de las dos coletas. Mi padre, que puede que hubiera desayunado conmigo ese día, era carpintero y fabricante de armarios. Los zapatos que habría llevado al trabajo estarían hechos en Inglaterra, también la camisa caqui y los pantalones, los calzones y la camiseta interior, las medias y el sombrero marrón de fieltro. El fieltro no era precisamente el material del que una esperaba que estuviera hecho un sombrero que protegiera de un sol tórrido, pero mi padre debía de haber visto y admirado una foto de un inglés en Inglaterra con un sombrero como ese, y esta foto que vio fue tan cautivadora que hizo que mi padre llevara un sombrero inadecuado para un clima caluroso el resto de su larga vida. Y este sombrero, que era un sombrero marrón de fieltro, se convirtió en una parte tan importante de su personalidad que era lo primero que se echaba encima al salir de la cama cada mañana y lo último que se quitaba antes de volver a meterse en la cama cada noche. Mientras desayunábamos puede que pasara un coche. El coche, un Hillman o un Zephyr, estaba hecho en Inglaterra. La sola idea de aquella comida, el desayuno, y su calidad y cantidad abundantes, venían de Inglaterra; de alguna manera sabíamos que en Inglaterra comenzaban el día con esta comida que se llamaba desayuno y que un buen desayuno era un gran desayuno. A nadie que conociera le gustaba comer tanta comida tan temprano; nos daba sueño, nos hacía sentir cansados. Pero este asunto del desayuno estaba Hecho en Inglaterra como casi todo lo que nos rodeaba, con la excepción del mar, del cielo, y del aire que respirábamos.

Cuando puse la vista sobre aquel mapa, viendo Inglaterra por primera vez, no me dije: «Ajá, así que este es el aspecto que tiene», porque no tenía el anhelo de dar forma a esas tres palabras que atravesaban cada parte de mi vida, por muy pequeñas que fueran; que yo hubiera tenido ese anhelo habría significado que vivía en un ambiente particular, un ambiente en el que esas tres palabras se percibían como una carga. Pero yo no vivía en un ambiente como ese. Si al sombrero de fieltro marrón de mi padre le salía un agujero en la copa, o el revestimiento se separaba del sombrero, seis semanas antes del momento en que él calculaba que ya no podría ser visto con ese sombrero (era un hombre muy presumido) mandaba traer otro sombrero de Inglaterra. Y mi madre me enseñó a comer como los ingleses: el cuchillo en la mano derecha, el tenedor en la izquierda, los codos fijos a la altura del costado, la comida en exquisito equilibrio sobre el tenedor y después sube hasta mi boca. Cuando aprendí a comer así, la oí decir a una amiga: «¿Te has fijado en lo refinadamente que sabe comer?». Pero yo sabía que disfrutaba más cuando comía con los dedos, y seguí haciéndolo cuando ella no me veía. Y cuando mi profesora nos enseñó el mapa nos dijo que lo estudiáramos detenidamente, porque ningún examen que hiciéramos estaría completo sin la siguiente declaración: «Dibuje un mapa de Inglaterra».

No sabía aún que aquella declaración, «Dibuje un mapa de Inglaterra», era mucho peor que una declaración de guerra, porque, en efecto, una simple declaración de guerra me habría puesto alerta, y, otra vez en efecto, la guerra no hacía falta: la conquista de mí había ocurrido hacía tiempo. No sabía aún que esta declaración era parte de un proceso que haría que yo fuera borrada, no físicamente, pero borrada, a todas luces. No sabía aún que el fin de aquella declaración era hacerme sentir asombrada y minúscula cada vez que oyera la palabra “Inglaterra”: asombrada por su existencia, minúscula porque no era de allí. No sabía aún mucho sobre nada, y desde luego nada sobre la bendición que era no saber dibujar bien el mapa de Inglaterra.

Después de aquello vi Inglaterra por primera vez muchas veces más. Vi Inglaterra en Historia. Me sabía los nombres de todos los reyes de Inglaterra. Me sabía los nombres de sus hijos e hijas, de sus esposas, sus desengaños, sus triunfos, los nombres de quienes los traicionaron, me sabía las fechas en las que nacieron y las fechas en las que murieron. Sabía cuáles habían sido sus conquistas y me hicieron sentir orgullosa de contarme entre ellas; sabía cuáles habían sido sus derrotas. Sabía cada minucia del año 1066 (la batalla de Hastings, el fin del reinado de los reyes anglosajones) antes de saber cada minucia del año 1832 (el año en que la esclavitud fue abolida). No era tan malo como lo hago sonar; era peor. Me encantaba escuchar una y otra vez que a Alfredo el Grande, cuando viajaba de incógnito, le habían dejado vigilando unas tartas en el horno, y como no tenía costumbre de hacerlo se le habían quemado, y Alfredo se quemó las manos tratando de sacarlas, y la mujer que le había dejado vigilando las tartas le pegó dos gritos. Me encantaba el rey Alfredo. A mi abuelo lo llamaron como él; a su hijo, mi tío, lo llamaron como él, mi hermano se llamaba como el rey Alfredo. Así que hay tres personas en mi familia que se llaman como un hombre que nunca conocieron, un hombre que murió hace más de diez siglos. La manera en que vi Inglaterra por primera vez no era distinta de la manera en que quien puso su nombre a mi abuelo vio Inglaterra por primera vez.

JAMAICA. Queen on Tour. 1953.

JAMAICA. Queen on Tour. 1953.

Pero esta manera de ver que era nombrar a los reyes, sus hazañas, sus desengaños, era la manera ostensible de ver, la que nos era impuesta. Había otras maneras de ver, más sutiles, más suaves, casi imperceptibles, pero estas fueron las que dejaron en mí una huella más profunda, estas fueron las que me hicieron sentir de verdad que yo no era nada. «Cuando la mañana tocó el cielo» era una frase hecha, porque ninguna mañana tocaba el cielo donde yo vivía. Donde yo vivía las mañanas llegaban abruptamente, en un golpe de calor y de ruido. «Se acerca el atardecer» era otra, pero los atardeceres donde yo vivía no se acercaban; de hecho, no existía el atardecer, existía la noche y existía el día, e iban y venían de manera mecánica: de día, de noche; de noche, de día. Y también había suaves montañas y cielos azules muy bajos y páramos por los que la gente salía a pasear solo por placer, mientras que donde yo vivía un paseo era un acto laborioso, un deber, algo de lo que solo la muerte o un auto nos podía librar. Y había cosas que se podían expresar con un pequeño movimiento de la cabeza: palabras enteras, vidas enteras dependían de eso, de una manera particular de mover la cabeza. El día a día podía ser agotador, más agotador que cualquiera de las cosas que me decían que no hiciera. Me decían que no contara chismes, pero ellos los contaban todo el rato. Y comían muchísima comida, saltándose otra de las normas que me habían enseñado: no seas glotona. Y, además, qué comida comían: ojalá pudiera comer de vez en cuando pedazos de carne fría después del teatro, pedazos de cordero frío en salsa de menta, y pudin de Yorkshire y escones, y crema cuajada, y salchichas que venían de tierra adentro (imagínate, “tierra adentro”). Y tenían pensamientos inquietantes con el crepúsculo, es un buen momento para tener pensamientos inquietantes, parece; y había criados que robaban y desaparecían en mitad de las crisis, que habían nacido con una pierna renqueante o alguna otra deformidad, porque no los habían nutrido bien en el vientre materno (esto último era una suposición mía; la cuestión era, ¡quien tuviera un criado que no fuera de fiar!); y había maravillosas calles empedradas sobre las que se abrían sólidas puertas delanteras; y personas cuyos ojos eran azules y tenían la piel clara y solo olían a lavanda, o a veces a alverjilla o a prímula. Y esas flores con nombres como: delphinium, dedalera, tulipán, narciso, floribunda, peonía; en flor, un arreglo espectacular, se cortaban y colocaban en grandes vasos de vidrio, cristal, decorando habitaciones tan grandes que en ellas cabían cómodamente veinte familias del tamaño de la mía, pero se usaban solamente como recibidores. Y el clima era así de extraordinario porque la lluvia caía siempre dulcemente, y a veces en graves ráfagas, y coloreaba el aire de una gama de sombras de gris, cada una un hermoso tono para un vestido que ponerse cuando a una le hacían un retrato; y cuando llovía en el crepúsculo, ocurrían cosas maravillosas: la gente se encontraba por azar y eso llevaba a todo tipo de giros en los acontecimientos: una conspiración, el solo clima causaba conspiraciones. Vi que la gente se apresuraba: se apresuraban a tomar trenes, se apresuraban a acercarse los unos a los otros y se apresuraban a alejarse los unos de los otros; se apresuraban y apresuraban y volvían a apresurar. Qué palabra, ¡apresurarse! No sabía cómo sería eso de apresurarse. Hacía demasiado calor para hacer eso, así que me daba envidia la gente que se apresuraba, aunque para mí no tuviera ningún significado hacerlo. Pero aquí están otra vez. Amaban a sus hijos; mandaban a sus hijos a su cuarto como castigo, su cuarto que era más grande que toda mi casa. Eran muy especiales, todo sobre ellos lo decía, incluso la ropa; su ropa hacía frufrú, crujía, era suave. El mundo era suyo, no mío; todo me lo decía.

Si ahora, al contar todo esto, doy la impresión de ser alguien que miraba desde afuera, con la nariz aplastada contra el cristal de la ventana, no es verdad que fuera así. Aplastaba la nariz contra la ventana, claro que sí, pero un tornillo de hierro en el dorso del cuello me obligaba a permanecer en esa posición. Desviar la mirada implicaba volver a caer en algo de lo que me habían rescatado, un agujero lleno de nada, y esa era la palabra que definía todo lo que yo era: nada. Conquistas, subordinación, humillación, amnesia forzada: esa era la realidad de mi vida. Me obligaron a olvidar. Por ejemplo: vivía en una parte de Saint John, en Antigua, que se llamaba Ovals. Ovals estaba formado por cinco calles, y cada una de ellas llevaba el nombre de un marinero inglés famoso (en realidad, un criminal autorizado por el Estado): Rodney Street (por George Rodney), Nelson Street (por Horatio Nelson), Drake Street (por Francis Drake), Hood Street[v] y Hawkins Street (por John Hawkins). Pero a John Hawkins lo nombraron caballero tras un viaje que hizo a África para inaugurar un nuevo tipo de comercio, que era el comercio de esclavos. Eso le dio derecho a llevar como cimera un negro atado con cuerdas. Todos y cada uno de quienes vivían en Hawkins Street eran descendientes de esclavos. El barco de John Hawkins, el mismo donde había transportado a la gente que compró y secuestró, se llamaba El Jesús. Más tarde, Hawkins se hizo tesorero de la Marina Real y contralmirante.

Una vez más, la realidad de mi vida, de la que era mi vida cuando me enseñaban estas maneras de ver Inglaterra por primera vez, por segunda vez, por enésima vez, era esta: el sol brillaba con lo que en ocasiones parecía una crueldad deliberada; debíamos de haber hecho algo para merecerlo. Mis vestidos no hacían frufrú en el aire del atardecer mientras paseaba de camino al teatro (yo no tenía atardecer, no tenía teatro; mis vestidos eran de algodón barato, cuya urdimbre empezaría a resentirse después de no muchos lavados). Me levantaba por la mañana, hacías mis tareas (iba a buscar agua a la fuente del pueblo con mi madre, barría el jardín), me aseaba, iba a donde una mujer que me peinaba el cabello todos los días (porque antes de entrar a clase las profesoras nos examinaban, y a los niños y niñas que no se hubieran bañado ese día o que tuvieran porquería debajo de las uñas, o que no se hubieran peinado el cabello aquel día, era posible que no les dejaran asistir a clase). Me comía aquel desayuno. Caminaba a la escuela. En la escuela nos reuníamos en el auditorio y cantábamos un himno que se llama “Todo lo hermoso y radiante” bajo la atenta mirada de los retratos de la Reina de Inglaterra y su marido, que llevaban joyas y sonreían. Era una Brownie[vi]. En cada reunión formábamos un grupito alrededor de un mástil, y tras izar la bandera británica, decíamos: «Prometo esforzarme todo lo que pueda, cumplir con mi deber ante Dios y ante la Reina, ayudar a los demás y obedecer la ley de los scouts».

¿Quiénes eran todas estas personas y por qué no las había visto nunca, me refiero a verlas de verdad, en el lugar donde vivían? Nunca había ido a Inglaterra. Nadie que conociera había ido nunca a Inglaterra, o más bien debería decir que nadie que conociera había ido a Inglaterra y había vuelto para contarme cómo era aquello. Todas las personas que conocía que habían ido a Inglaterra se habían quedado allí. A veces dejaban aquí a sus hijos y no los volvían a ver nunca más. ¡Inglaterra! Había visto a los representantes de Inglaterra. Había visto al gobernador general en los terrenos del gobierno durante una ceremonia que se hizo por el cumpleaños de la Reina. Había visto a una princesa vieja y había visto a una princesa joven. Ambas eran no hermosas en extremo, ¿pero quién de entre nosotros les hubiera dicho tal cosa? Nunca había visto Inglaterra, lo que se dice verla, solo había conocido a un representante, visto una foto, leído libros, memorizado una historia. Nunca había puesto un pie, mi propio pie, allí.

JAMAICA. Queen Elizabeth II on Tour. 1953.

JAMAICA. Queen Elizabeth II on Tour. 1953.

El espacio entre la idea de algo y su realidad es siempre ancho, profundo y oscuro. Cuanto más tiempo permanecen separados idea de algo y realidad de algo, más ancha se vuelve la anchura, más profunda la profundidad, más espesa y oscura la oscuridad. Al comienzo el espacio está vacío, no hay nada en él, pero se llena rápido de obsesiones o de deseos o de odio o de amor; a veces de todos ellos, a veces de algunos de ellos, a veces de solo uno de ellos. La existencia del mundo tal y como yo lo conocía era consecuencia de esto: idea de algo por aquí, realidad de algo por allí lejos, bien lejos. Estaba el tal Cristóbal Colón, un hombre más bien antipático, un hombre desagradable, un mentiroso (y desde luego, un ladrón) rodeado de mapas y de estrategias y planes, y estaba la realidad al otro lado de aquella anchura, aquella profundidad, aquella oscuridad. Se obsesionó, se llenó de deseos, después vino el odio, el amor nunca fue parte de aquello. Por fin, su idea se encontró con la tan ansiada realidad. Nadie se acuerda nunca de que la idea de algo y su realidad son a menudo dos cosas totalmente diferentes, por lo que cuando se encuentran y se dan cuenta de que no son compatibles, la más débil de las dos, idea o realidad, muere. Aquella idea que Cristóbal Colón tenía era más poderosa que la realidad que se encontró, así que fue la realidad que se encontró la que murió.

Y al fin, yo era una mujer hecha y derecha, madre de dos hijos, esposa de alguien, persona que vivía en un país poderoso que ocupa buena parte de un continente, dueña de una casa con muchas habitaciones y de dos autos, con el deseo y la voluntad (de la que dependen mis acciones en gran medida) de tomar del mundo más de lo que estaba dispuesta a dar, más de lo que merezco, más de lo que necesito, al fin, entonces, vi Inglaterra, la auténtica Inglaterra, no una foto, no un cuadro, no un cuento, sino Inglaterra por primera vez. En mí, el espacio entre la idea de Inglaterra y su realidad se había llenado de odio, así que cuando la vi por fin, quería agarrarla y hacerla pedacitos y después miguitas, como si fuera plastilina. Como eso era imposible, lo único que podía hacer era regodearme en opiniones desfavorables.

Había monumentos por todas partes; conmemoraban victorias, batallas libradas entre ellos y la gente que vivía más allá del mar, toda gente ruin, que luchaba entre sí para decidir quién tendría el dominio sobre la gente que tenía el mismo aspecto que yo. Los monumentos no servían ya para nada, la gente se sentaba en ellos a comer el almuerzo. Eran como mojones en un sendero abandonado, como un pedazo de cuerda vieja que alguien se había atado alrededor de un dedo para acordarse de algo, como adornos viejos en una casa vieja, sucios, inútiles, un estorbo. Su piel era tan pálida que les daba un aspecto frágil, débil, feo. ¿Y si tuviera poder para hacerlos desaparecer de la tierra, si pudiera llenar con ellos barco tras barco y mandarlos en un viaje sin destino, obligarlos a vivir en un lugar donde la presencia del sol era constante? Eso les quitaría aquella tez pálida y les haría parecerse más a mí, les haría parecerse más a la gente que yo quiero y adoro y guardo cerca de mi corazón, y más a la gente que ocupa el aquí y el allí de mi imaginación, mi historia, mi geografía, y las reduciría a ellas y a todo lo que hubieran conocido a figurillas que probaban que yo tenía el favor de Dios, ¿y si tuviera poder para hacer todo eso? ¿Sería capaz de resistirlo? Nadie pudo nunca.

Y eran groseros, eran groseros los unos con los otros. No se gustaban mucho. No se gustaban del mismo modo que yo tampoco les gustaba, y se me ocurrió que el no gustarles era una de las pocas cosas en las que coincidían.

Iba en tren en Inglaterra con una amiga, una inglesa. Cuando no estábamos en Inglaterra yo le gustaba mucho. En Inglaterra no le gustaba en absoluto. No le gustaba lo que yo reclamaba a Inglaterra, ni mi manera de ver Inglaterra. A mí no me gustaba Inglaterra, a ella no le gustaba Inglaterra, pero no le gustaba que a mí tampoco me gustara. Decía: «Quiero enseñarte mi Inglaterra, quiero enseñarte la Inglaterra que yo conozco y que me encanta». Le había dicho ya muchas veces que ya conocía Inglaterra y que no quería que me encantase. Ella había dejado de vivir en Inglaterra; era su país, pero no había sido amable con ella, así que se marchó. En el tren, el conductor fue grosero; ella le preguntó algo y él respondió de forma grosera. Se avergonzó. Se avergonzó de la manera en que le había tratado; se avergonzó de cómo se había comportado él. «Esta es la Inglaterra nueva», dijo. Pero me gustó que el conductor fuera grosero; su comportamiento se me hacía apropiado. Más temprano había ocurrido esto: habíamos ido a una tienda a comprar una camisa para mi marido; iba a ser un regalo especial, una camisa especial para ocasiones especiales. Era una tienda donde el príncipe de Gales se mandaba hacer las camisas, pero las camisas que vendían eran preciosas de todas formas. Encontré una camisa que creí que le gustaría a mi marido, y quería comprarle una corbata que combinara con ella. Cuando me mostré indecisa sobre qué corbata comprarle, el vendedor me enseñó un juego nuevo. A él le gustaban mucho, me dijo, porque llevaban la cimera del príncipe de Gales, y era la primera vez que el príncipe de Gales dejaba que su cimera decorara una prenda. Hubo algo en la manera en que lo dijo; su tono era servil, reverencial, maravillado. Hizo que me enfadara; quería pegarle. No lo hice. Dije que mi marido y yo detestamos a los príncipes, que mi marido nunca llevaría algo que tuviera nada de un príncipe. Mi amiga se puso rígida. El vendedor se puso rígido. Ambos se replegaron sobre sí mismos, alejándose de mí. Mi amiga dijo que el príncipe simbolizaba el carácter inglés, y pude ver que la había ofendido. La miré. Era una inglesa, del tipo que conocía en casa, del tipo que no era nadie en Inglaterra pero que era alguien cuando vivía entre gente como yo. Había mucha gente con la que podía haber visto Inglaterra; estar viéndola con esa persona en concreto me hizo callar y me atemorizó, porque me pregunté si todos estos años de nuestra amistad había tenido una amiga o había sido más bien una esclava de la memoria racial.

Fui a Bath, fuimos mi amiga y yo, y aunque estábamos juntas, yo ya no estaba con ella. El paisaje me resultaba casi tan familiar como la palma de la mano, pero nunca había estado allí, por lo que ¿cómo era aquello posible? Y las calles de Bath también me resultaban familiares, pero era la primera vez que caminaba por ellas. La culpa era de todo lo que había leído, empezando por la Britania romana. ¿Por qué tenía que saber sobre la Britania Romana? No era de ninguna utilidad para mí, para una persona que vivía en una isla calurosa y asolada por la sequía, y no es de ninguna utilidad para mí ahora, y sin embargo tengo la cabeza llena de esa tontería de la Britania romana. En Bath tomé té en una salita sobre la que había leído en una novela escrita en el siglo dieciocho. En esta misma salita muchachas con esos vestidos que hacían frufrú y demás habían bailado y coqueteado y a veces se habían deshonrado con muchachos, soldados, marineros, que estaban de camino a Bristol o algún lugar parecido, muchos lugares parecidos donde empezaban muchas aventuras, cuyas consecuencias no eran buenas para mí. Bristol, Inglaterra. Una frase que comenzaba «Aquella noche el barco zarpó desde Bristol, Inglaterra» terminaba no demasiado bien para mí. Y entonces me encontraba recorriendo la campiña inglesa en un auto, recorría carreteras estrechas y sinuosas, y me resultaban muy familiares, aunque era la primera vez que las veía; y recorría pequeños pueblos cuyos nombres de alguna manera conocía muy bien, aunque era la primera vez que los veía. Y la campiña tenía setos y más setos, los campos se parapetaban tras los setos. Me maravillaba todo ese trabajo, primero plantar los setos y luego cuidarlos, la poda, año tras año de poda, y me preguntaba por la vida de las personas que tuvieran que hacerlo, porque siempre que veo y siento las manos que sujetan el mundo me veo y siento a mí misma y a todos los que se parecen a mí. Y dije, «Qué setos», y mi amiga dijo que a alguien, a una mujer que se llamaba Mrs. Rothchild, le preocupaba que los setos no recibieran los cuidados necesarios; los campesinos no podían permitirse cuidar los setos o no podían encontrar la ayuda para cuidarlos, y a menudo los sustituían con malla de alambre. Podía haber respondido que bueno, si a Mrs. Rothchild no le gustaba la malla de alambre, por qué no cuidaba los setos ella misma, pero no lo hice. Y entonces, en esos campos que ahora ribeteaba malla de alambre que no gustaba a una mujer privilegiada, plantaron un ruin arbusto de flores amarillas que producía un aceite, y mi amiga dijo que a Mrs. Rothchild aquello tampoco le gustaba, que estropeaba la campiña inglesa, que estropeaba la imagen tradicional de la campiña inglesa.

No fue en ese momento cuando deseé que cada frase, cada cosa que conocía que empezaba con Inglaterra terminara con «y entonces todo terminó; no se sabe cómo, pero terminó, y ya». En ese momento, pensaba que quién eran aquellas personas que me habían obligado a pensar en ellas todo el rato, que me habían obligado a pensar que al mundo que conocía le faltaba algo, que carecía de importancia, o que no se podía comparar con Inglaterra. ¿Quiénes eran? Quien se sentaba junto a mí no podía ayudarme a averiguarlo; nadie podría hacerlo. En cualquier caso, si le hubiera dicho que Inglaterra me parece fea, que odio Inglaterra; que el clima es como una sentencia a prisión, que los ingleses son muy feos, que la comida inglesa es como una sentencia a prisión, que el pelo de los ingleses es tan lacio, tan mustio, que los ingleses tienen un olor insoportable que no se parece en nada al olor de las personas que yo conozco, personas de verdad, claro, me habría respondido que soy una persona llena de prejuicios. Dejando de lado el hecho de que soy yo (es decir, la gente que tiene el mismo aspecto que yo) quien le hizo tomar conciencia de lo desagradable que es eso, la idea de eso que llamamos prejuicio, habría tenido razón solo en parte, un poco de razón: es posible que yo tenga prejuicios, pero mis prejuicios no pesan, no hay fuerza que los empuje, mis prejuicios no son más que opiniones, mis prejuicios no son más que mi opinión personal. Y me embargó un tremendo sentimiento de ira y desengaño al mirar Inglaterra con la cabeza llena de opiniones personales que nunca formarían parte de la opinión pública en mi país. El pueblo del que vengo no tiene el poder de hacer el mal a gran escala.

El momento en que deseé que cada frase, cada cosa que conocía que empezaba con Inglaterra terminara con «y entonces todo terminó; no se sabe cómo, pero terminó, y ya» fue cuando vi los acantilados blancos de Dover. Había cantado himnos y recitado poemas que hablaban de anhelar ver de nuevo los acantilados blancos de Dover. Mientras cantaba los himnos y recitaba los poemas, había anhelado de verdad verlos de nuevo porque no los había visto nunca, ni nadie que yo conociera entonces. Pero ahí estábamos, grupos de personas que anhelaban algo que jamás habían visto. Y ahí estaban, acantilados blancos, pero no eran esa maravilla nacarada sobre la que yo solía cantar, esa que provocaba un sentimiento tal en esas personas que al morir donde yo vivía se hacían enterrar en una dirección que les permitiera ver los blancos acantilados de Dover cuando resucitaran, cosa que seguro ocurriría. Los acantilados blancos de Dover, cuando por fin los vi, eran acantilados, pero no eran blancos; solo diría que eran blancos si la palabra “blanco” significara algo especial para mí; eran sucios y escarpados; tan escarpados que tenían exactamente la altura desde la que todas mis maneras de mirar Inglaterra, empezando por el mapa frente a mí en clase y terminando con el viaje que acababa de hacer, debían saltar y morir y desaparecer para siempre.

Notas:

[i] En 1967, Antigua y Barbuda adquirió el estatus de Estado asociado a Gran Bretaña. No fue hasta 1981 que alcanzó la independencia, convirtiéndose en un Estado autónomo integrante de la Commonwealth.

[ii] Afirma la autora que “a lot of Caribbean writers are obsessed with race and class in a way that I don’t see or feel. They think the idea of race and class is fixed from beginning to end, but I think it’s just a question of power – who can enforce race, who can enforce class. I don’t think anything is fixed.” En Garis, L. (7 de octubre de 1990). Through West Indian Eyes. The New York Times. Disponible en: http://www.nytimes.com/1990/10/07/magazine/through-west-indian-eyes.html?pagewanted=all&src=pm

[iii] “Perhaps the single most consistent and striking quality in her work is what the critic Susan Sontag refers to as its “emotional truthfulness”.

“It’s poignant, but it’s poignant because it’s so truthful and it’s so complicated”, Sontag says. “She doesn’t treat these things in a sentimental or facile way.” Sontag has been an admirer of Kincaid’s work since her first stories were published. “She is one of the few writers writing in English now that I would always want to read”. Ibídem.

[iv] “What do you think is needed in an environment to create an artist?” I ask.

“You need. . .” She thinks for a long time. “You certainly need a moment where you’re silent and you listen. Which is not possible in Antigua. Everything is too intense. Everything crowds in. It’s small. It’s smaller than small, so it’s larger than large.” Ibídem.

[v] Carece de aclaración entre paréntesis en la versión original.

[vi] Organización de jóvenes exploradoras, similar a los Boy Scouts.