Operación Carlota. Cuba en Angola.

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Por: Gabriel García Márquez

Introducción: Martina Altalef

Imagen: Jihan El Tahri, “Cuba, An African Odyssey”, 2008

Publicada originalmente en tres partes en enero de 1977, en El espectador de Bogotá, esta crónica de Gabriel García Márquez narra la primera fase de la intervención militar cubana en Angola, operación que habría de durar dieciséis años. La narración responde a su origen: el escritor colombiano viajó a África por pedido de Fidel Castro y construye un texto coherente con su amistad; pero más que crónica de guerra, es un mapa de reverberantes conexiones de sur a sur.


Introducción

La crónica es narrada por una suerte de cronista omnisciente y allí dudamos de ella como documento histórico y procuramos potenciar su carácter estético, donde el estilo y el tono de García Márquez proponen guiños socarrones, bellos, conmovedores. Este cronista cuenta, sobre todo, experiencias en torno a la operación, pero como si no hubiera estado allí; de hecho, solo aparecerá la primera persona en el apartado final, para ubicarse de regreso en La Habana. La narración no es cronológica sino laberíntica y se vale de formas perifrásticas para contar los hechos. En ella son recurrentes los testimonios anónimos, y de los que llevan firma nos permitimos desconfiar. Proliferan las cifras en una historia que se propone inconmensurable, inconcebible, insólita.

Se trata de un texto en que los territorios del sur y los múltiples e (im)posibles cruces entre ellos aparecen sorprendentemente explícitos; además se hacen tierra las conexiones culturales y geopolíticas de los nacientes países meridionales de África, mientras se dejan ver vaivenes caribeños. Escrita durante la década del setenta, la guerra es aquí acción solidaria. También es compromiso, riesgo y fiesta. En este paisaje angoleño hay soldados, armas y muertos, pero también caníbales y devorados: confusión y consumo de cuerpos que toda guerra implica.

Operación Carlota. Cuba en Angola.

Por primera vez en una declaración oficial, el 24 de noviembre de 1975 los Estados Unidos revelaron la presencia de tropas cubanas en Angola. Calculaban entonces que el envío había sido de quince mil hombres. Pocas semanas después, durante una breve visita a Caracas, Henry Kissinger le dijo en privado al presidente Carlos Andrés Pérez: «Cómo estarán de deteriorados nuestros servicios de información que no nos enteramos de que los cubanos iban a Angola sino cuando ya estaban allí». En esa ocasión, sin embargo, corrigió que los hombres enviados por Cuba eran sólo doce mil.

Aunque nunca explicó el motivo de aquel cambio de cifras, la verdad es que ninguna de las dos era correcta. En aquel momento había en Angola muchos hombres de tropa y especialistas militares y técnicos civiles cubanos, y eran más de los que Henry Kissinger pretendía suponer. Había tantos barcos cubanos anclados en la bahía de Luanda, que el presidente Agostinho Neto, contándolos desde su ventana, sintió un estremecimiento de pudor muy propio de su carácter. «No es justo —le dijo a un funcionario amigo—. A este paso, Cuba se va a arruinar».

Es probable que ni los mismos cubanos hubieran previsto que la ayuda solidaria al pueblo de Angola había de alcanzar semejantes proporciones. Lo que sí tuvieron claro desde el primer momento es que la acción tenía que ser terminante y rápida y que de ningún modo se podía perder.

Primeros contactos

Los contactos entre la Revolución cubana y el Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA) se habían establecido por primera vez y habían sido muy intensos desde agosto de 1965, cuando el Che Guevara participaba en las guerrillas del Congo. El propio Agostinho Neto estuvo en Cuba el año siguiente, acompañado por Endo, el comandante en jefe del MPLA que moriría en la guerra, y ambos se entrevistaron con Fidel Castro. Luego, y por las propias condiciones de la lucha en Angola, aquellos contactos se habían vuelto eventuales. Recién en mayo de 1975, cuando los portugueses se preparaban para retirarse de sus colonias en África, el comandante cubano Flavio Bravo se encontró en Brazzaville con Agostinho Neto y este le solicitó ayuda para transportar un cargamento de armas; además le consultó sobre la posibilidad de una asistencia más amplia y específica. En consecuencia, el comandante Raúl Díaz Argüelles se trasladó tres meses después a Luanda al frente de una delegación civil de cubanos y Agostinho Neto fue entonces más preciso, aunque no más ambicioso: solicitó el envío de un grupo de instructores para fundar y dirigir cuatro centros de entrenamiento militar.

Las fuerzas enemigas

Bastaba un conocimiento superficial de la situación de Angola para comprender que el pedido de Neto era también típico de su modestia. Aunque el MPLA, fundado en 1956, era el movimiento de liberación más antiguo de Angola, y a pesar de que era el único que estaba implantado con una base popular muy amplia y ofrecía un programa social político y económico acorde con las condiciones propias del país, era sin embargo el que se encontraba en una situación militar menos ventajosa. Disponía de armamento soviético, pero carecía de personal preparado para manejarlo. En cambio, las tropas regulares de Zaire bien entrenadas y abastecidas habían penetrado en Angola desde el 25 de marzo y habían proclamado en Carmona un gobierno de hecho presidido por Holden Roberto, dirigente del Frente Nacional de Liberación de Angola (FNLA) y cuñado de Mobutu, cuyas vinculaciones con la CIA eran de dominio público. En el oeste, bajo el amparo de Zambia, se encontraba la Unidad Nacional para la Independencia Total de Angola (UNITA) al mando de Jonás Savimbi, un aventurero sin principios que había estado en colaboración constante con los militares portugueses y las compañías extranjeras de explotación. Por último, las tropas regulares de África del Sur, a través del territorio ocupado de Namibia, habían cruzado la frontera meridional de Angola el 5 de agosto, con el pretexto de proteger las presas del complejo hidroeléctrico de Raucana-Caluaqua.

El primer contingente

Todas esas fuerzas, con sus enormes recursos económicos y militares, estaban listas para cerrar en torno a Luanda un círculo irresistible en las vísperas del 11 de noviembre, cuando el ejército portugués abandonaría aquel vasto, rico y hermoso territorio donde habían sido felices durante quinientos años. De este modo, cuando los dirigentes cubanos recibieron el pedido de Neto, no se atuvieron a sus términos estrictos, sino que decidieron mandar de inmediato un contingente de cuatrocientos ochenta especialistas que en un plazo de seis meses debían instalar cuatro centros de entrenamiento y organizar dieciséis batallones de infantería, así como veinticinco baterías de mortero y ametralladoras antiaéreas. Como complemento mandaron una brigada de médicos, ciento quince vehículos y un equipo adecuado de comunicaciones.

Aquel primer contingente se transportó en tres barcos improvisados. El Viet Nam Heroico, que era el único de pasajeros, había sido comprado por el dictador Fulgencio Batista a una compañía holandesa en 1956, y convertido en buque escuela. Los otros dos, el Coral Island y La Plata, eran buques mercantes adicionados de urgencia. Sin embargo, la forma en que fueron cargados ilustra muy bien el sentido de previsión y la audacia con que los cubanos habían de afrontar el compromiso de Angola.

Parece insólito que llevaran desde Cuba el combustible para los vehículos. En realidad, Angola es productor de petróleo y, en cambio, los cubanos deben llevar el suyo a través de medio mundo desde la Unión Soviética. Sin embargo, los cubanos preferían actuar sobre seguro y desde aquel primer viaje se llevaron mil toneladas de gasolina repartida en los tres barcos. El Viet Nam Heroico llevó doscientas toneladas en tanques de cincuenta y cinco galones cada uno, y viajó con las bodegas abiertas para permitir la eliminación de los gases. La Plata transportó la gasolina en cubierta. La noche en que acabaron de estibarlos coincidió con una fiesta popular cubana y reventaron cohetes y se hicieron prodigios de pirotecnia hasta en los muelles El Mariel, cerca de La Habana, donde una chispa perdida hubiera convertido en polvo aquellos tres arsenales flotantes.

El propio Fidel Castro fue a despedirlos, como había de hacerlo con todos los contingentes que fueron a Angola, y después de ver las condiciones en que viajaban soltó una frase muy suya que sin embargo parecía casual. «De todos modos —dijo— van más cómodos que en el Granma».

No había ninguna certeza de que los militares portugueses fueran a permitir el desembarco de los instructores cubanos. El 26 de julio de ese año, cuando Cuba ya había recibido la primera solicitud de ayuda del MPLA, Fidel Castro le pidió al coronel Otelo Saraiva de Carvalho en La Habana que gestionara la autorización del gobierno de Portugal para mandar recursos a Angola, y Saraiva de Carvalho prometió conseguirlo, pero su respuesta todavía no ha llegado. De modo que el Viet Nam Heroico llegó a Puerto Amboim el 4 de octubre a las seis y media de la mañana, el Coral Island llegó el día 7 y La Plata llegó el 11 a Punta Negra. Llegaron sin permiso de nadie, pero también sin oposición de nadie.

Como estaba previsto, los instructores cubanos fueron recibidos por el MPLA, y pusieron a funcionar de inmediato las cuatro escuelas de instructores. Una en Delantando, que los portugueses llamaban Salazar, a trescientos kilómetros de Luanda; otra en el puerto atlántico de Benguela; otra en Saurino, antiguo Enrique de Carvalho, en la remota y desierta provincia oriental de Luanda, donde los portugueses habían tenido una base militar que destruyeron antes de abandonarla, y la cuarta en el enclave de Cabinda. Para entonces, las tropas de Holden Roberto estaban tan cerca de Luanda que un instructor de artillería cubana les estaba dando las primeras lecciones a sus alumnos de Delantando, y desde el sitio en que se encontraba veía avanzar los carros blindados de los mercenarios. El 23 de octubre las tropas regulares de África del Sur penetraron desde Namibia con una brigada mecanizada, y tres días después habían ocupado sin resistencia las ciudades de Sá da Bandeira y Moçamedes.

Era un paseo dominical. Los sudafricanos llevaban equipos de casetes con música de fiesta, instalados en los tanques. En el norte, el jefe de una columna mercenaria dirigía las operaciones a bordo de un Honda deportivo, junto con una rubia de cine. Avanzaba con un aire de vacaciones, sin columna de exploración, y ni siquiera debió darse cuenta de dónde salió el cohete que hizo volar el coche en pedazos. En el maletín de la mujer solo se encontró un traje de gala, un bikini y la tarjeta de invitación para la fiesta de la victoria que Holden Roberto tenía ya preparada en Luanda.

Al final de la semana, los sudafricanos habían penetrado más de seiscientos kilómetros en territorio de Angola y avanzaban hacia Luanda a unos setenta kilómetros diarios. El 3 de noviembre habían agredido al escaso personal del centro de instrucción para reclutas de Benguela. Por este motivo, los instructores cubanos tuvieron que abandonar la escuela para enfrentarse a los invasores con sus aprendices de soldados, a los cuales impartían acciones en las pausas de las batallas. Hasta los médicos revivieron sus prácticas de milicianos y se fueron a las trincheras. Los dirigentes del MPLA, preparados para la lucha de guerrillas, pero no para una guerra masiva, comprendieron entonces que aquella confabulación de vecinos, sustentada por los recursos más rapaces y devastadores del imperialismo, no podía ser derrotada sin una apelación urgente a la solidaridad internacional.

Internacionalismo cubano

El espíritu internacionalista de los cubanos es una virtud histórica. Aunque la Revolución lo ha defendido y magnificado de acuerdo con los principios del marxismo, su esencia se encontraba muy bien establecida en la conducta y la obra de José Martí. Esa vocación ha sido evidente y conflictiva en América Latina, África y Asia.

En Argelia, aún antes de que la Revolución cubana proclamara su carácter socialista, Cuba ya había prestado una ayuda considerable a los combatientes del FLN en su guerra contra el colonialismo francés. Tanto que el Gobierno del general De Gaulle prohibió, como represalia, los vuelos de Cubana de Aviación por los cielos de Francia. Más tarde, mientras Cuba era devastada por el ciclón Flora, un batallón de combatientes internacionalistas cubanos se fue a defender a Argelia contra Marruecos. Puede decirse que no ha habido en estos tiempos un movimiento de liberación africano que no haya contado con la solidaridad de Cuba, ya fuera con material y armamentos, o con la formación de técnicos y especialistas militares y civiles. Mozambique desde 1963, Guinea Bissau desde 1965, el Camerún y Sierra Leona: todos estos han solicitado en algún momento y obtenido de alguna forma la ayuda solidaria de los cubanos. El presidente de la República de Guinea, Sékou Touré, rechazó un desembarco de mercenarios con la asistencia de una unidad de cubanos. El comandante Pedro Rodríguez Peralta, ahora miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, fue capturado y encarcelado varios años por los portugueses en Guinea Bissau. Cuando Agostinho Neto hizo un llamado a los estudiantes angolanos en Portugal para que se fueran a estudiar a países socialistas, muchos de ellos fueron acogidos por Cuba. En la actualidad, todos están vinculados a la construcción del socialismo en Angola, y algunos en posiciones muy destacadas. Es el caso de Minga, economista y actual ministro de Finanzas de Angola; Enrique Dos Santos, ingeniero geólogo, comandante y miembro del Comité Central del MPLA, y casado con una cubana; Mantos, ingeniero agrónomo y actual jefe de la Academia Militar, y N’Dalo, quien en sus tiempos de estudiante se destacó como el mejor futbolista de Cuba, y en la actualidad es el segundo jefe de la Primera Brigada de Angola.

Sin embargo, nada de esto ilustra tanto la antigüedad y la intensidad de la presencia de Cuba en África como el hecho de que el propio Che Guevara, en el apogeo de su estrella y de su edad, se fue a pelear en las guerrillas del Congo. Se fue el 25 de abril de 1965, que es la misma fecha que su carta de despedida a Fidel Castro, en la cual renunciaba a su grado de Comandante y a todo cuanto lo vinculaba legalmente al Gobierno de Cuba. Se fue solo, en avión de línea comercial, con el nombre cambiado y un pasaporte falso, con la fisonomía apenas alterada por dos toques maestros y un maletín de negocios con libros literarios y muchos inhaladores para su asma insaciable. Distrajo las horas muertas en los cuartos de los hoteles con interminables solitarios de ajedrez. Tres meses después se le unieron en el Congo 200 cubanos de tropa que viajaron desde La Habana en un barco cargado de armamentos. La misión específica del Che era entrenar guerrilleros para el Consejo Nacional de la Revolución del Congo, que peleaban contra Moisés Chombé, pelele de los antiguos colonos belgas y de las compañías mineras internacionales; Lumumba había sido asesinado.

El jefe titular del Consejo Nacional de la Revolución era Gastón Soumaliot, pero quien dirigía las operaciones era Laurent Cavila desde su escondite en Kigona, en la margen opuesta del lago Tanganika. Aquella situación contribuyó sin duda a preservar la verdadera identidad del Che Guevara, y él mismo, para mayor seguridad, no figuró como jefe principal de la misión. Por eso se Ie conocía con el seudónimo de Tatú, que es el nombre del número 2 en lengua suajili.

Regreso del Che

El Che Guevara permaneció en el Congo desde abril hasta diciembre de 1965. No solo entrenaba guerrilleros sino que los dirigía en el combate y peleaba junto a ellos. Sus vínculos personales con Fidel Castro, sobre los cuales se ha especulado tanto, no se debilitaron en ningún momento. Sus contactos fueron permanentes y cordiales mediante sistemas de comunicación muy eficaces. Cuando Moïse Tshombé fue derribado, los congoleses pidieron el retiro de los cubanos como una medida para facilitar el armisticio. El Che Guevara se fue como había llegado: sin hacer ruido. Se fue por el aeropuerto de Dar es-Salam, capital de Tanzania, en un avión comercial y leyendo al derecho y al revés un libro de problemas de ajedrez para taparse la cara durante las seis horas de vuelo, mientras en el asiento vecino su ayudante cubano trataba de entretener al comisario político del ejército de Zanzíbar que era un viejo admirador del Che Guevara y habló de él sin descanso durante todo el viaje, tratando de tener noticias suyas y reiterando sin cesar los deseos que tenía de volver a verlo.

Aquel paso fugaz y anónimo del Che Guevara por el África dejó sembrada una semilla que nadie había de erradicar. Algunos de sus hombres se trasladaron a Brazzaville y allí instruyeron unidades de guerrillas para el Partido Africano de Independencia de Guinea y Cabo Verde (PAIGC), que dirigía Amílcar Cabral, y en especial para el MPLA. Una de las columnas entrenadas por ellos entró clandestinamente en Angola a través de Kinshasa y se incorporó a la lucha contra los portugueses con el nombre de «Columna Camilo Cienfuegos». Otra se infiltró en Cabinda y más tarde cruzó el río Congo y se implantó en la zona de Dembo, donde nació Agostinho Neto y donde se luchó contra los portugueses durante cinco siglos. De modo que la acción solidaria de Cuba en Angola no fue un acto impulsivo y casual, sino una consecuencia de la política continua de la Revolución cubana en el África. Solo que había un elemento nuevo y dramático en esa delicada decisión. Esta vez no se trataba simplemente de mandar una ayuda posible, sino de emprender una guerra regular de gran escala a diez mil kilómetros de su territorio, con un costo económico y humano incalculable y unas consecuencias políticas imprevisibles.

Posición de Estados Unidos

La posibilidad de que los Estados Unidos intervinieran de un modo abierto y no a través de mercenarios y de África del Sur, como lo habían hecho hasta entonces, era sin duda uno de los enigmas inquietantes. Sin embargo, un rápido análisis permitía prever que por lo menos lo pensarían más de tres veces, pues acababan de salir del pantano de Vietnam y del escándalo de Watergate, con un presidente que nadie había elegido, con la CIA hostigada por el Congreso y desprestigiada ante la opinión pública, con la necesidad de cuidarse para no aparecer como aliados de la racista África el Sur, no solo ante la mayoría de los países africanos sino ante la propia población negra de los Estados Unidos, y además en plena campaña electoral y en el flamante año del bicentenario.

Por otra parte, los cubanos estaban seguros de contar con la ayuda y solidaridad de la Unión Soviética y otros países socialistas, pero también eran conscientes de las implicaciones que su acción podría tener para la política de coexistencia pacífica y la distención internacional. Era una decisión de consecuencias irreversibles, y un problema demasiado grande y complejo para resolverlo en veinticuatro horas. En todo caso, la dirección del Partido Comunista de Cuba no tuvo más que veinticuatro horas para decidir, y decidió sin vacilar, el 5 de noviembre, en una reunión larga y serena. Al contrario de lo que tanto se ha dicho, fue un acto independiente y soberano de Cuba, y fue después y no antes de decidirlo cuando se hizo la notificación correspondiente a la Unión Soviética. Otro 5 de noviembre como aquel, en 1854, una esclava del ingenio Triunvirato de la región de Matanzas, a quien llamaban la Negra Carlota, se había alzado machete en mano al frente de una partida de esclavos y había muerto en la rebelión. Como homenaje a ella, la acción solidaria en Angola llevó su nombre: Operación Carlota.

Comienza la operación

La Operación Carlota se inició con el envío de un batallón reforzado de tropas especiales compuesto de seiscientos cincuenta hombres. Fueron transportados por avión en vuelos sucesivos durante trece días desde la sección militar del aeropuerto José Martí, en La Habana, hasta el propio aeropuerto de Luanda, todavía ocupado por las tropas portuguesas. Su misión específica era detener la ofensiva para que la capital de Angola no cayera en poder de las fuerzas enemigas antes de que se fueran los portugueses, y luego sostener la resistencia hasta que llegaran refuerzos por mar. Pero los hombres que salieron en los dos vuelos iniciales iban ya convencidos de llegar demasiado tarde, y solo abrigaban la esperanza final de salvar a Cabinda.

El primer contingente salió el 7 de noviembre a las cuatro de la tarde en un vuelo especial de Cubana de Aviación, a bordo de uno de los legendarios Bristol Britannia BB 218 de turbohélice, que ya habían sido descontinuados por sus fabricantes ingleses y jubilados en el mundo entero. Los pasajeros, que recuerdan muy bien haber sido ochenta y dos porque era el mismo número de hombres del Granma, tenían un saludable aspecto de turistas tostados por el sol del Caribe.

Todos iban vestidos de verano, sin ninguna insignia militar, con maletines de negocio y pasaportes regulares con nombres propios y su identidad real. Los miembros del batallón de tropas especiales, que no dependen de las Fuerzas Armadas Revolucionarias sino del Ministerio del Interior, son guerreros muy diestros, de un nivel ideológico y político avanzado, y algunos tienen un título académico, son lectores habituales y revelan una preocupación permanente por su superación intelectual. De manera que aquella ficción de civiles dominicales no debió parecerles ninguna novedad.

Pero en los maletines llevaban metralletas, y en el departamento de carga del avión, en vez de equipaje, había un buen cargamento de artillería ligera, las armas individuales de guerra, tres cañones de setenta y cinco milímetros y tres morteros de ochenta y dos. El único cambio que se había hecho en el avión, atendido por dos azafatas regulares, era una compuerta en el piso para sacar las armas desde la cabina de pasajeros en caso de emergencia.

Vuelos arriesgados

El vuelo de La Habana a Luanda se hizo con una escala en Barbados para cargar combustible, en medio de una tormenta tropical, y otra escala de cinco horas en Guinea-Bissau, cuya finalidad principal era esperar a que llegara la noche para volar en secreto hasta Brazzaville. Los cubanos aprovecharon aquellas cinco horas para dormir y ese fue el sueño más espantoso del viaje, pues en las bodegas del aeropuerto había tantos mosquitos que las sábanas de los catres quedaron ensangrentadas.

Mobutu, con su arrogancia proverbial, ha dicho que Brazzaville se ilumina con el resplandor de Kinshasa, la moderna y fulgurante capital de Zaire. En eso no le falta razón. Las dos ciudades están situadas una frente a la otra con el río Congo de por medio, y los respectivos aeropuertos se encuentran tan cerca que los primeros pilotos cubanos tuvieron que estudiarlos muy bien para no aterrizar en la pista enemiga. Lo hicieron sin contratiempo con las luces apagadas para no ser vistos desde la orilla, y permanecieron en Brazzaville apenas el tiempo suficiente para informarse por radio sobre la situación en Angola. El comandante angolano, Xieto, que mantenía buenas relaciones con el comisionado portugués, había conseguido de este la autorización para que los cubanos aterrizaran en Luanda. Así lo hicieron a las diez de la noche del 8 de noviembre, sin auxilio de torre y bajo un aguacero torrencial. Quince minutos después llegó un segundo avión.

En aquel momento apenas estaban saliendo de Cuba tres barcos cargados con un regimiento de artillería, un batallón de tropas motorizadas y el personal de la artillería a reacción, que empezarían a desembarcar en Angola desde el 27 de noviembre. En cambio, las columnas de Holden Roberto estaban tan cerca que horas antes habían matado a cañonazos a una anciana nativa tratando de alcanzar el cuartel del Gran Farni donde se concentraron los cubanos.

Así que estos no tuvieron ni siquiera tiempo de descansar. Se pusieron el uniforme verde olivo, se incorporaron a las filas del MPLA y se fueron al combate. La prensa cubana, por normas de seguridad, no había publicado la noticia de la participación en Angola. Pero como suele ocurrir en Cuba aun con asuntos militares tan delicados como ese, la operación era un secreto guardado celosamente entre ocho millones de personas. El primer congreso del Partido Comunista que había de realizarse pocas semanas después, y que fue una especie de obsesión nacional durante todo el año, adquirió entonces una dimensión nueva.

Cómo fue el reclutamiento

El procedimiento empleado para formar las unidades de voluntarios fue una citación privada a los miembros de la primera reserva, que comprende a todos los varones entre los diecisiete y los veinticinco años, y a los que han sido miembros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Se les citaba por telegrama al comité militar correspondiente sin mencionar el motivo de la convocatoria. Pero la razón era tan evidente que todo el que se creyó con la capacidad militar se precipitó sin telegramas previos ante su comité respectivo, y costó mucho trabajo impedir que aquella solicitud masiva se convirtiera en un desorden nacional.

Hasta donde lo permitió la urgencia de la situación, el criterio selectivo fue bastante estricto. No solo se tomaron en cuenta la calificación militar y las condiciones físicas y morales, sino también los antecedentes de trabajo y la formación política. A pesar de ese rigor, son incontables los casos de voluntarios que lograron burlar los filtros de selección. Se sabe de un ingeniero calificado que se hizo pasar por chofer de camión, de un alto funcionario que logró pasar como mecánico y de una mujer que estuvo a punto de ser admitida como soldado raso.

Se sabe de un muchacho que se fue sin permiso de su padre y que más tarde se encontró con él en Angola porque también su padre se había ido a escondidas de la familia. En cambio, un sargento de veinte años no consiguió que lo mandaran por ningún medio, y sin embargo tuvo que soportar, con el machismo herido, que mandaran a su madre, que es periodista, y a su novia, que es médica. Algunos delincuentes comunes, desde la cárcel, pudieron ser admitidos, pero no se contempló ninguno de esos casos. La primera mujer que se fue, a principios de diciembre, había sido rechazada varias veces con el argumento de que «aquello era muy pesado para una mujer». Estaba lista para irse de polizón en un barco y ya había metido su ropa en las bodegas con la complicidad de un compañero fotógrafo cuando supo que había sido escogida para irse legalmente y por avión. Su nombre es Esther Lilia Díaz Rodríguez, una antigua maestra de veintitrés años que ingresó en las Fuerzas Armadas en 1969 y que tiene una buena marca de tiro de infantería. Con ella se fueron, cada uno por su lado, tres hermanos más: César, Rubén y Erineldo.

Cada uno por su lado y sin ponerse de acuerdo, los cuatro le contaron el mismo cuento a su madre: que se iban para las maniobras militares de Camagüey con motivo del congreso partidario. Todos regresaron sanos y salvos, y su madre está orgullosa de que hayan estado en Angola, pero no les ha perdonado la mentira de las maniobras en Camagüey.

Triunfo de Angola

Las conversaciones con los que regresaron permiten establecer que algunos cubanos querían irse para Angola por motivos personales muy diversos. Por lo menos uno se filtró con el propósito simple de desertar y luego secuestró un avión portugués y pidió asilo en Lisboa. Ninguno se fue a la fuerza: antes de irse todos tuvieron que firmar su hoja de voluntarios. Algunos se negaron a ir después de ser escogidos y fueron víctimas de toda clase de burlas públicas y desprecios privados. Pero no hay duda de que la inmensa mayoría se fue a Angola con la convicción plena de cumplir un acto solidario de política, con la misma conciencia y el mismo coraje con que quince años antes habían rechazado el desembarco en Playa Girón, y por eso mismo la Operación Carlota no fue una simple expedición de guerrilleros profesionales, sino una guerra popular.

Durante nueve meses, la movilización de recursos humanos y materiales fue toda una epopeya de temeridad. Los decrépitos Britannia remedados con frenos de Illushin 18 soviético mantuvieron un tráfico constante y casi inverosímil. Aunque su peso de despegue normal es de ciento ochenta y cinco mil libras, llegaron a volar muchas veces con ciento noventa y cuatro mil, lo cual se sale de todas las tablas. Los pilotos, cuyas horas normales de vuelo deben ser setenta y cinco al mes, alcanzaron a volar más de doscientas. En general, cada uno de los tres Britannia en servicio llevaba dos tripulaciones completas que se turnaban durante el vuelo. Pero un solo piloto recuerda haber estado en su asiento hasta cincuenta horas en un viaje de ida, con cuarenta y tres horas de vuelo efectivo. «Hay momentos en que uno está tan cansado que ya no se puede cansar más», ha dicho sin pretensiones de heroísmo. En aquellas condiciones, debido a la diferencia de hora, los pilotos y las azafatas habían perdido la cuenta del tiempo y su única orientación eran las solicitudes del cuerpo: comían solo cuando tenían hambre, y dormían solo cuando tenían sueño.

La ruta de La Habana a Luanda es desamparada y desierta. A la altura de crucero de los Britannia, que es entre dieciocho mil y veinte mil pies, la información sobre vientos es inexistente en estos tiempos del jet. Los pilotos salían en cualquier sentido sin saber cuál era el estado de la ruta, volando a alturas indebidas para economizar combustible y sin la menor idea de cuáles serían las condiciones al llegar. Entre Brazzaville y Luanda, que era el tramo más peligroso, no tenían aeropuerto alterno. Además, los militares viajaban con las armas cargadas y se transportaban explosivos sin cajas y proyectiles sin termos para reducir la carga.

Los Estados Unidos apuntaron al flanco más débil de los Britannia: su escasa autonomía de vuelo. Cuando consiguieron que el gobierno de Barbados impidiera la escala de abastecimiento, los cubanos establecieron una ruta transatlántica, desde Holguín en el extremo oriental de Cuba, hasta la isla de Sal, en Cabo Verde. Era una operación de trapecista sin redes, porque en el viaje de ida los aviones llegaban apenas con el combustible para dos horas de vuelo, y en el vuelo de regreso, debido a los vientos contrarios, llegaban con reservas solo para una hora. Sin embargo, también aquella ruta de circo fue interrumpida para evitar perjuicios al indefenso Cabo Verde. Entonces, se adaptaron en la cabina de los aviones cuatro tanques suplementarios de gasolina que les permitieron volar sin escala, pero con treinta pasajeros menos, desde Holguín hasta Brazzaville. La solución intermedia de hacer una escala en Guyana no resultó adecuada, en primer término porque la Texaco, que es la explotadora de petróleo en Guyana, se negó a vender el combustible.

Cuba trató de resolverlo con el envío a Guyana de un barco cargado de gasolina, pero por un accidente incomprensible se contaminó con tierra y agua. En medio de tantos y tan amargos inconvenientes el gobierno de Guyana se mantuvo firme en su solidaridad con los cubanos, hasta que el embajador de los Estados Unidos en persona lo amenazó con bombardear y destruir el aeropuerto de Georgetown. El mantenimiento se hacía en menos de la mitad del tiempo normal, y un piloto recuerda haber volado varias veces sin radar, pero ninguno recuerda una falla en sus instrumentos. En aquellas condiciones inconcebibles, hicieron ciento un vuelos hasta el término de la guerra.

El transporte marítimo no fue menos dramático. En los dos únicos barcos para pasajeros, de cuatro mil toneladas cada uno, se adaptaron como dormitorios todos los espacios libres, y se improvisaron letrinas en el cabaret, los bares y corredores. Su cupo normal de doscientos veintiséis pasajeros se triplicó en algunos viajes. Los buques de carga para ochenta tripulantes llegaron a transportar más de mil pasajeros con carros blindados, armamentos y explosivos. Fue necesario adaptar cocinas de campaña en las bodegas de carga y en los salones. Para economizar agua se utilizaban platos desechables y en vez de vasos se utilizaban recipientes de yogur. Los tanques de lastre se usaban para el aseo y se adaptaron en cubierta unas cincuenta letrinas que se desaguaban por la borda. Las máquinas cansadas de los barcos más viejos empezaban a resentirse al cabo de seis meses de rendimiento excepcional. Ese fue el único motivo de exasperación para los primeros repatriados, cuyo ansiado regreso se retrasó varios días porque al Viet Nam Heroico se le obstruían los filtros. Las otras unidades del convoy se veían forzadas a esperarlos, y algunos de sus pasajeros comprendió entonces al Che Guevara cuando afirmaba que la marcha de una guerrilla está determinada por el hombre que menos avanza. Aquellos obstáculos parecían más angustiosos en esa época, porque los barcos cubanos eran objeto de toda clase de provocaciones por destructores norteamericanos que los asediaban durante días enteros, y los aviones de guerra los fotografiaban y hostigaban con vuelos rasantes.

A pesar de las duras condiciones de aquellos viajes de casi veinte días, no se presentó ningún problema sanitario grave. En los cuarenta y dos viajes que se hicieron durante los seis meses de la guerra, los servicios médicos de a bordo no tuvieron que hacer sino una operación de apendicitis y otra de hernia, y solo tuvieron que combatir un brote diarreico provocado por una carne enlatada. En cambio, hubo que controlar una epidemia más difícil, que era la de los tripulantes que a toda costa querían quedarse peleando en Angola. Uno de ellos, oficial de la reserva, se procuró como pudo un uniforme verde olivo, desembarcó confundido con la tropa y consiguió quedarse de contrabando. Fue uno de los buenos oficiales de información que se destacaron en la guerra.

Por otra parte, la ayuda material soviética que entraba por distintos canales requería la llegada constante de personal calificado para enseñar a manejar armas nuevas y equipos complejos que todavía eran desconocidos para los angolanos. El jefe de Estado Mayor cubano en persona se trasladó a Angola a fines de noviembre. En ese entonces todo parecía admirable, menos perder la guerra.

El albur de perder

Sin embargo, la verdad histórica es que estaba a punto de perderse. En la primera semana de diciembre la situación era tan desesperada que se pensó en la posibilidad de fortalecerse en Cabinda y salvar una cabeza de playa en torno a Luanda para iniciar la evacuación. Para colmo de angustias, aquella perspectiva sombría se presentaba en el peor momento, tanto para los cubanos como para los angolanos.

Los cubanos se preparaban para el primer congreso del partido, entre el 17 y el 24 de diciembre, y sus dirigentes eran conscientes de que un revés militar en Angola era un golpe político mortal. Por su parte, los angolanos se preparaban para la inminente conferencia de la OUA, y hubieran querido asistir con una posición militar más propicia para inclinar a su favor a la mayoría de los países africanos.

Las adversidades de diciembre se debían en primer lugar al tremendo poder de fuego del enemigo que para esa fecha había recibido ya de los Estados Unidos más de cincuenta millones de dólares de ayuda militar. Se debía en segundo lugar al retraso con que Angola pidió la ayuda cubana y a la lentitud forzosa en el transporte de los recursos. Y se debía en último término a las condiciones de miseria y retraso cultural que dejó en Angola medio milenio de colonialismo sin alma. Más que los dos primeros fue este último punto el que creó las dificultades mayores para la integración decisiva entre los combatientes cubanos y el pueblo armado de Angola.

En realidad, los cubanos encontraron el mismo clima, la misma vegetación, los mismos aguaceros apocalípticos y los mismos atardeceres fragorosos con olor a maleza y caimán. Algunos eran tan parecidos a los angolanos, que muy pronto prosperó la versión festiva de que solo era posible distinguirlos tocándoles la punta de la nariz, porque los africanos tienen el cartílago blando por la forma en que las madres cargan a los bebés con la cara aplastada contra la espalda.

Los colonos portugueses, tal vez lo más voraces y mezquinos de la historia, construyeron ciudades modernas y hermosas para vivir toda la vida, con edificios de vidrios refrigerados y tiendas abigarradas con enormes letreros de luz. Pero eran ciudades para blancos, como las que estaban construyendo los gringos alrededor de La Habana vieja, y que los guajiros vieron asombrados cuando bajaron por primera vez de la sierra con el fusil al hombro.

Debajo de aquella cáscara de civilización yacía un vasto y rico país de miserias. El nivel de vida de la población nativa era uno de los más bajos del mundo, el índice de analfabetismo era superior al noventa por ciento, y las condiciones culturales se encontraban todavía muy próximas a la Edad de Piedra. Aun en las ciudades del interior, los únicos que hablaban en portugués eran los hombres, y estos convivían con hasta siete esposas en una misma casa. Las supersticiones atávicas no solo eran un inconveniente para la vida diaria, sino también para la guerra. Los angolanos estaban convencidos desde siempre que a los blancos no les entraban las balas, tenían un miedo mágico a los aviones y se negaban a pelear dentro de las trincheras porque decían que las tumbas eran solo para muertos. Ya el Che Guevara había visto en el Congo que los guerreros se ponían un collar contra los cañonazos y una pulsera contra la metralla, y que se quemaban la cara con tizones para afrontar los riesgos de la guerra. Se interesó tanto por estos absurdos culturales que estudió a fondo la idiosincrasia africana y aprendió a hablar la lengua suajili para tratar de modificarlos desde adentro, consciente de que hay una fuerza perniciosa y profunda que se siembra en el corazón de los hombres y que no es posible derrotar a bala: la colonización mental.

Labor de médicos

Las condiciones sanitarias, por supuesto, eran atroces. En San Pedro de Cota, los cubanos llevaron a curar casi a la fuerza a un niño que se había quemado todo el cuerpo con agua hirviendo y cuya familia lo estaba velando vivo porque lo creía insalvable. Los médicos cubanos se encontraron con enfermedades que ni siquiera conocían. Bajo el dominio portugués había en Angola solo noventa médicos para seis millones de habitantes, y la mayoría estaban concentrados en la capital. Cuando los portugueses se fueron solo quedaron treinta médicos. El mismo día en que llegó a Puerto Amboim, un pediatra cubano vio morir a cinco niños sin poder hacer nada por falta de recursos. Para un médico de treinta y cinco años, formado en un país con uno de los índices de mortalidad infantil más bajo del mundo, aquella fue una experiencia insoportable. El MPLA había hecho grandes progresos contra el primitivismo en sus largos y silenciosos años de lucha contra el dominio portugués, y de ese modo creó las condiciones para la victoria final. En los territorios liberados se elevaba el nivel político y cultural de la población, se combatía el tribalismo y el racismo y se fomentaba la educación gratuita y la salud pública. Era la simiente de una sociedad nueva.

Una guerra grande

Sin embargo, esos esfuerzos meritorios y descomunales resultaron minúsculos cuando la guerra de guerrillas se convirtió en una guerra grande y moderna y fue preciso apelar no solo a gente con formación militar y política, sino a todo el pueblo de Angola. Era una guerra atroz, en la cual había que cuidarse tanto de los mercenarios como de las serpientes, y no solo de los cañones sino también de los caníbales. Un comandante cubano cayó en una trampa de elefantes en pleno combate. Los africanos negros condicionados por su rencor atávico contra los portugueses fueron hostiles desde un principio contra los cubanos blancos.

Muchas veces, sobre todo en Cabinda, los exploradores cubanos se sentían delatados por el telégrafo primitivo de los tambores de comunicaciones, cuyo tam tam se escuchaba hasta treinta y cinco kilómetros a la redonda. Por su parte, los militares blancos de África del Sur, que disparaban contra las ambulancias con cañones 140, echaban cortinas de humo en el campo de batalla para recoger a sus muertos blancos, pero dejaban a los negros a disposición de los buitres. En la casa de un ministro de la UNITA que vivía con el confort propio de su rango, los hombres del MPLA encontraron dentro del refrigerador las vísceras sobrantes y varios frascos con la sangre congelada de los prisioneros de guerra que se habían comido.

Las malas noticias

A Cuba no llegaban sino malas noticias. El 11 de diciembre, en Hengo, donde se estaba lanzando una fuerte ofensiva de las Fuerzas Armadas Populares de Liberación de Angola (FAPLA) contra los invasores de África del Sur, un carro blindado de Cuba con cuatro comandantes a bordo se aventuró por un sendero donde ya los zapadores habían detectado algunas minas. A pesar de que antes habían pasado cuatro carros ilesos, los zapadores advirtieron al blindado que no tomara esa ruta, cuya única ventaja era ganar unos minutos, que por lo demás no parecían necesarios. Apenas entró en el sendero, el carro se alzó al aire por una explosión. Dos comandantes del batallón de tropas especiales quedaron heridos de gravedad. El comandante Raúl Díaz Argüelles, comandante general de las operaciones internacionalistas en Angola, héroe de la lucha contra Batista, y un hombre muy querido en Cuba, murió en el acto.

Fue una de las noticias más amargas para los cubanos, pero no había de ser la última de aquella mala racha. Al día siguiente ocurrió el desastre de Catofe, tal vez el más grande revés de toda la guerra. Ocurrió así: una columna sudafricana había logrado reparar un puente sobre el río Nhia con una rapidez increíble, había atravesado el río amparada por la niebla del amanecer, y había sorprendido a los cubanos en la retaguardia táctica.

El análisis de ese revés demostró que se debió a un error de los cubanos. Un militar europeo con mucha experiencia en la segunda guerra mundial, considerando que aquel análisis era demasiado severo, manifestó más tarde a un alto dirigente cubano: «Ustedes no saben lo que es un error de guerra». Pero para los cubanos lo era, y muy grave, a solo cinco días del congreso del partido.

La dirección de Fidel

Fidel Castro en persona estaba al corriente hasta de los detalles más simples de la guerra. Había asistido al despacho de todos los barcos, y antes de la partida había arengado a las unidades de combatientes en el teatro de La Cabaña. Había ido a buscar él mismo a los comandantes del batallón de tropas especiales que se fueron en el primer vuelo, y los había llevado hasta la escalerilla del avión manejando su propio jeep soviético. Es probable que entonces, como en cada una de las despedidas, Fidel Castro tuviera que reprimir un recóndito sentimiento de envidia por los que se iban para una guerra que él no podía vivir.

Ya en aquel momento, no había punto en el mapa de Angola que no pudiera identificar, ni un accidente del terreno que no conociera de memoria. Su concentración en la guerra era tan intensa y meticulosa, que podía citar cualquier cifra de Angola como si fuera de Cuba, y hablaba de sus ciudades, de sus costumbres y gentes como si hubiera vivido allí toda la vida.

Al principio de la guerra, cuando la situación era apremiante, Fidel Castro permaneció hasta catorce horas continuas en la sala de mandos del Estado Mayor, y a veces sin comer ni dormir, como si estuviera en campaña. Seguía los incidentes de las batallas con los alfileres de colores en los mapas minuciosos y tan grandes como las paredes y en un campo de batalla donde era seis horas más tarde. Alguna de sus reacciones en esos días inciertos revelaban su certidumbre de la victoria. Una unidad de combate del MPLA se vio forzada a dinamitar un puente para demorar el avance de las columnas blindadas de África del Sur. Fidel Castro les sugirió en un mensaje: «No vuelen más puentes que después no tendrán cómo perseguirlos». Tuvo razón. Apenas una semana más tarde, las brigadas de ingenieros angolanos y cubanos tuvieron que reparar trece puentes en veinte días para alcanzar a los invasores en desbandada.

Reconocimiento oficial

           El 22 de diciembre, en el acto de clausura del congreso del partido, Cuba reconoció por primera vez de manera oficial que había tropas cubanas luchando en Angola. La situación de la guerra continuaba siendo incierta. Fidel Castro, en el discurso final, reveló que los invasores de Cabinda habían sido aplastados en setenta y dos horas, que en el frente del norte, las tropas de Holden Roberto, que se encontraba a veinticinco kilómetros de Luanda el 19 de noviembre, habían tenido que retroceder a más de cien kilómetros, y que las columnas blindadas de África del Sur, que en menos de veinte días habían avanzado setecientos kilómetros, fueron frenadas a más de doscientos kilómetros de Luanda y no habían podido avanzar más. Fue una información reconfortante y rigurosa, pero todavía estaba muy lejos de la victoria.

Mejor suerte tuvieron los angolanos el 12 de enero en la conferencia de la OUA reunida en Addis Abeba. Unos días antes, las tropas al mando del comandante cubano Víctor Schueg Colás, un negro enorme y cordial que antes de la Revolución había sido mecánico de automóviles, expulsaron a Holden Roberto de su ilusoria capital de Carmona, ocuparon la ciudad, y pocas horas después tomaron la base militar de Negage. La ayuda de Cuba llegó entonces a ser tan intensa que a principios de enero había quince barcos cubanos navegando al mismo tiempo hacia Luanda. La ofensiva incontenible del MPLA en todos los frentes, volteó para siempre la situación a su favor. Tanto, que a mediados de enero adelantó en el frente sur las operaciones de ofensiva, que estaban previstas para abril. África del Sur disponía de aviones Canberra, y Zaire operaba con Mirages y Fiar. Angola carecía de aviación porque los portugueses destruyeron las bases antes de retirarse. Apenas si podía servirse de unos viejos DC-3 que los pilotos cubanos habían puesto en servicio, y que a veces tenían que aterrizar de noche cargados de heridos en pistas apenas alumbradas con mechones improvisados y que llegaban al lugar de destino con bejucos y guirnaldas de flores de la selva enredadas en las ruedas.

En cierto momento, Angola dispuso de una escuadrilla de Migs 17 con su respectiva dotación de pilotos cubanos, pero se consideraron reservas de alto mando militar y solo habrían sido usados en la defensa de Luanda. A principios de marzo, el frente norte quedó liberado con la derrota de los mercenarios ingleses y gringos que la CIA reclutó de trasmano a última hora en una operación desesperada. Todas las tropas, con su Estado Mayor en pleno, se concentraron en el sur. El ferrocarril de Benguela había sido liberado, y la UNITA se desintegraba en tal estado de desorden que un cohete del MPLA, en Gago Coutinho, desbarató la casa que Jonás Savimbi había ocupado hasta unas horas antes.

Desbandada racista

Desde mediados de marzo, las tropas de África del Sur iniciaron la desbandada. Debió ser una orden suprema, por temor a que la persecución del MPLA continuara a través de la sometida Namibia y llevara la guerra hasta el mismo territorio de África del Sur. Aquella posibilidad habría contado sin duda con el apoyo de toda el África negra y de la mayoría de los países de las Naciones Unidas en contra de la discriminación racial. Los combatientes cubanos no lo pusieron en duda cuando se les ordenó trasladarse en masa al frente sur. Pero el 27 de marzo, cuando los sudafricanos en fuga atravesaron la frontera y se refugiaron en Namibia, la única orden que recibió el MLPA fue ocupar las presas abandonadas y garantizar el bienestar de los obreros de cualquier nacionalidad. El 1 de abril, a las nueve y cuarto de la mañana, la avanzada de MPLA al mando del comandante cubano Leopoldo Cintras Frías llegó hasta la presa de Raucana, al borde de la cerca de alambre de gallinero de la frontera. Una hora y cuarto después, el gobernador sudafricano de Namibia, el general Ewefp, acompañado de otros dos oficiales de su ejército, pidió autorización para atravesar la frontera e iniciar conversaciones con el MPLA.  El comandante Cintras Frías los recibió en una barraca de madera construida en la franja natural de diez metros que separa los dos países. Los delegados de ambos bandos, con sus respectivos intérpretes, se sentaron a discutir en torno a una larga mesa de comedor. El general Ewefp, un cincuentón rechoncho y calvo, representó lo mejor que pudo una imagen de hombre simpático y de mucho mundo y aceptó sin reservas las condiciones del MPLA. El acuerdo demoró dos horas. Pero la reunión duró más, porque el general Ewefp hizo traer para todos un almuerzo suculento preparado en el lado de Namibia y mientras almorzaban hizo varios brindis con cerveza, y contó a sus adversarios cómo había perdido el meñique de la mano derecha en un accidente de tránsito.

La evacuación cubana

A fines de mayo, Henry Kissinger visitó en Estocolmo al primer ministro sueco Olof Palme, y al salir de la visita declaró jubiloso a la prensa mundial que las tropas cubanas estaban evacuando Angola. La noticia, según se dijo, estaba en una carta personal que Fidel Castro le había escrito a Olof Palme. El júbilo de Kissinger era comprensible, porque el retiro de las tropas cubanas le quitaba un peso de encima ante la opinión de los Estados Unidos, agitada por la compaña electoral.

La verdad es que en esa ocasión Fidel Castro no le había mandado ninguna carta a Olof Palme. Sin embargo, la información de este era correcta, aunque incompleta. En realidad, el programa de retiro de las tropas cubanas de Angola había sido acordado por Fidel Castro y Agostinho Neto en su entrevista del 14 de marzo en Conakry, cuando la victoria ya era un hecho. Decidieron que el retiro sería gradual, pero que en Angola permanecerían cuantos cubanos fueran necesarios y por el tiempo que fuera indispensable para organizar un ejército moderno y fuerte, capaz de garantizar en el futuro la seguridad interna y la independencia del país sin ayuda de nadie.

De modo que, cuando Henry Kissinger cometió la infidencia de Estocolmo, ya habían regresado a Cuba más de tres mil combatientes de Angola, y muchos otros estaban en camino. También el retorno trató de mantenerse en secreto por razones de seguridad. Pero Esther Lilia Díaz Rodríguez, la primera muchacha que se fue y una de las primeras que volvieron en avión, tuvo una prueba más del ingenio de los cubanos para saberlo todo. Para el chequeo médico de rigor, Esther había acudido al Hospital Naval de La Habana antes de informar a la familia de su regreso. Al cabo de cuarenta y ocho horas, estuvo autorizada para salir y tomó un taxi en la esquina que la llevó a su casa sin ningún comentario, pero el chofer no quiso cobrarle el servicio porque sabía que ella regresaba de Angola. «¿Cómo lo supiste?», le preguntó Esther, perpleja. El chofer contestó: «Porque ayer te vi en la terraza del Hospital Naval, y ahí solo están los que regresan de Angola».

Espíritu de victoria

Yo llegué a La Habana por esos días y desde el aeropuerto tuve la sensación definida de que algo muy profundo había ocurrido en la vida cubana desde que estuve allí la última vez, un año antes. Había un cambio demasiado notable no solo en el espíritu de la gente, sino también en la naturaleza de las cosas, de los animales y del mar, y en la propia esencia de la vida cubana. Había una nueva moda masculina de vestidos enteros de tela ligera con chaquetas de manga corta. Había novedades de palabras portuguesas en la lengua callejera. Había nuevos acentos en los viejos acentos africanos de la música popular. Había discusiones más ruidosas que de costumbre en las colas de las tiendas y en los autobuses atestados, entre quienes habían sido partidarios resueltos de la acción en Angola y quienes apenas entonces empezaban a comprenderla. Sin embargo, la experiencia más interesante y rara era que los repatriados parecían conscientes de haber contribuido a cambiar la historia del mundo, pero se comportaban con la naturalidad y la decencia de quien simplemente había cumplido con su deber.

En cambio, tal vez ellos mismos no eran conscientes de que en otro nivel, tal vez menos generoso pero también menos humano, hasta los cubanos sin demasiadas pasiones se sentían compensados por la vida al cabo de muchos años de reveses injustos. En 1970, cuando falló la zafra de los diez millones, Fidel Castro pidió al pueblo convertir la derrota en victoria. Pero en realidad, los cubanos estaban haciendo eso desde hacía demasiado tiempo, con una conciencia política tenaz y una fortaleza moral a toda prueba. Desde la victoria de Playa Girón, hacía más de quince años, habían tenido que asimilar con los dientes apretados el asesinato del Che Guevara en Bolivia, y el del presidente Salvador Allende en medio de la catástrofe de Chile, y habían padecido el exterminio de las guerrillas en América Latina y la noche interminable del bloqueo, y la polilla recóndita e implacable de tantos errores internos del pasado que en algún momento los mantuvieron al borde del desastre. Todo eso, al margen de las victorias irreversibles pero lentas y arduas de la Revolución, debió crear en los cubanos una sensación acumulada de penitencias inmerecidas. Angola les dio por fin la gratificación de la victoria grande que tanto estaban necesitando.

 

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