Evo y sus dilemas

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Por: Pablo Stefanoni*

Imagen: Satori Gigie

Pablo Stefanoni procura un repaso por los últimos acontecimientos de la vida política boliviana en un análisis que consigue ofrecer un balance de los aciertos y recientes fracasos del evismo, así como algunos indicios para pensar el futuro del movimiento.


El reciente “escándalo” del ministro de Economía, Luis Arce Catacora (artífice del éxito económico boliviano), por su intención de comprar alfombras persas para su ministerio y la multiplicación de memes burlescos revela –más allá de los detalles del caso– un momento del gobierno de Evo Morales marcado por el alejamiento de sectores urbanos. Y, al mismo tiempo, las dificultades que enfrenta el “proceso de cambio” para reinventarse tras la primera derrota electoral de la década en el referéndum de febrero de este año, cuando una ajustada mayoría de los electores le dijo No a la posibilidad de que Evo Morales compita por un cuarto mandato en 2019.

A diferencia de otras experiencias del socialismo del siglo XXI, Bolivia escapó hasta ahora a la crisis de la baja de los precios de las materias primas –y, en efecto, la elogiada estabilidad y crecimiento económico del país en esta “década ganada” explica mucho de la fortaleza política del primer presidente indígena–. Pero ya comienzan a verse algunos síntomas de que el boom llegó a su fin. Uno de ellos es la decisión de no pagar el doble aguinaldo este año, una suerte de bonus asociado a un crecimiento del PBI mayor al 4,5%, ya que el crecimiento fue del  4,43%. Pero el desgaste político del gobierno no se explica solo por el fin del auge de los commodities. Tras la derrota de febrero, las visiones conspirativas han adquirido una renovada influencia en el discurso oficial –en detrimento de una lectura más realista y templada de las razones del desgaste–, y el énfasis demasiado repetitivo en las denuncias al Imperio (y ciertas actuaciones “playagironescas”) resulta cada vez menos atractivo para las jóvenes generaciones y con una credibilidad decreciente. Si la expulsión del embajador de EEUU, Philip Goldberg, en 2008 resultó clave en la victoria oficialista sobre la oposición  regionalista y conservadora cruceña, hoy las apelaciones al Imperio frente a cualquier conflicto resultan fácilmente ridiculizables.

El voto negativo en febrero se explica en gran medida por una suerte de “republicanismo desde abajo”, producto de tres décadas de democracia ininterrumpida y averso a la “perpetuación” de los gobernantes, una mala campaña electoral y la ausencia de imágenes de futuro asociadas a la propuesta de re-reelección. Incidió también el “affaire Zapata”, derivado de la filtración sobre un supuesto hijo de Evo con una ex novia que años después de la ruptura ascendió a gerente de una firma china con millonarios contratos con el Estado, siendo aún veinteañera y sin credenciales para el cargo. Hoy Gabriela Zapata está detenida acusada de enriquecimiento ilícito, mientras que el niño supuestamente nacido en 2007 nunca apareció (se cree incluso que no habría nacido aunque Evo afirmó en primera instancia que sí y firmó el certificado de nacimiento). El manejo judicial del caso difícilmente podría ser considerado como “independiente” y en ese déficit se asientan parte de las imágenes de “abusividad” del poder. Y a este caso se suma el de la corrupción en el Fondo Indígena, una institución autárquica de proyectos de desarrollo rural, que afectó notablemente la imagen e renovación moral que proyectaba el movimiento indígena y llevó a la cárcel a algunos de sus dirigentes (y dirigentas). Hoy, si más dirigentes oficialistas van a prisión no se considera una prueba de menores cuotas de impunidad sino una confirmación de la magnitud de la corrupción.

La derrota del referéndum fue el primer traspié electoral en una década en la que el oficialismo vapuleó electoralmente a la oposición en una elección tras otra y se sintió invencible para siempre. Y no valieron las advertencias sobre los efectos de una victoria del No: el vicepresidente Álvaro García Linera –un destacado intelectual de izquierda– llegó a decir ante los campesinos que en caso de derrota de Evo, “el sol se va a esconder y la luna se va a escapar y todo será tristeza”. El oficialismo reaccionó tarde y mal a una campaña marcada por la actividad en el espacio virtual, sobre todo de las redes sociales.  Ahora, la lectura de que el No ganó por “las mentiras de la derecha” alienta a sectores sociales a proponer una nueva consulta en 2018.

El gobierno de Evo Morales tuvo, sin duda, un carácter refundacional y su liderazgo fue excepcional en la historia reciente. En estos años, pasó de ser “un campesino más” que llegaba a la presidencia a ser considerado un líder irreemplazable, incluso se hizo un monumento a sus padres. El modelo de nacionalismo económico (estatizaciones) con prudencia macroeconómica dio resultados en términos de crecimiento macroeconómico y cierta redistribución y disminución de la pobreza, y al mismo tiempo entronca con la potente cultura antiliberal, sindicalista y nacionalista revolucionaria presente a lo largo de la historia boliviana. Pero a pesar de sus avances, el modelo Evo ha venido perdiendo la magia de antaño. Los tres pactos fundantes del evismo –pacto de consumo, de inclusión y de soberanía– siguen siendo base del apoyo social a Evo (que sigue siendo más alto que el de cualquier líder opositor) pero el clima político ha cambiado, sin que el gobierno muestre la apertura para leer los nuevos escenarios –en parte producto de sus propios éxitos–.

El asesinato del viceministro de Régimen interior, Rodolfo Illanes, por cooperativistas mineros, secuestrado mientras recorría uno de los puntos de bloqueo para organizar la actividad policial, dejó en evidencia la persistencia de la “vieja” Bolivia, con sus corporativismos exacerbados, dificultades para procesar institucionalmente las demandas y ambivalencias del “capitalismo popular” bajo cuya lógica actúan los cooperativistas mineros. En paralelo, la agenda del cambio ha perdido mucha de la potencia inicial y parte de los grandes imaginarios (plurinacionalidad, comunitarismo) se han chocado con la propia realidad societal y el mundo que la rodea. La descolonización avanzó a menudo más por vías mercantiles (movilidad social y simbólica ascendente) que por los canales de proyectos alter-modernos que imaginaron algunos intelectuales críticos. Pero, en este marco, la agenda de reformas que podría compensar esa pérdida de paraísos iniciales, como un programa consistente de reforma de la salud o la educación, y una mejora en la calidad estatal, se encuentran (incomprensiblemente) ausentes o muy débiles como para recuperar la iniciativa.

Los ataques a gobiernos locales popularmente electos, la falta de independencia judicial (y la sensación de que es operativizada en función de los intereses del Palacio) y declaraciones que suenan poco pluralistas han ido construyendo un nuevo clima político. Pero, al mismo tiempo, y sobre todo en las redes sociales, se puede apreciar una expansión de comentarios racistas y una cierta “uribización” de parte de los detractores del oficialismo, en detrimento de los esfuerzos de sectores más moderados.

Por ahora, el gobierno tiene a favor la debilidad opositora, pero una virtual repetición del referéndum podría ser una jugada a todo o nada. Del lado opositor, solo el ex presidente Carlos Mesa –vocero de la demanda marítima boliviana pero hoy congelado por el gobierno en sus funciones– aparece con algunas chances, sobre todo si finalmente Evo no puede competir. No obstante, Mesa no tiene partido y su personalidad –políticamente poco audaz– pone dudas sobre sus aspiraciones reales a competir.

Lo cierto, hoy por hoy, es que Evo Morales no renunciará fácilmente a ser el Presidente del Bicentenario, que se conmemorará en 2025. Y, posiblemente, su salida del poder no será un aterrizaje suave para quien nació en un alejado rincón del Altiplano, pasó a ser un estigmatizado dirigente cocalero y –como en un cuento de hadas– devino el Jefazo del nuevo Estado Plurinacional y consiguió una proyección mundial inimaginable para cualquiera de sus antecesores en el Palacio Quemado de La Paz.

*Pablo Stefanoni es jefe de redacción de Nueva Sociedad. Integra el Centro de Historia Intelectual.