Doblar y desdoblar: “Dobleces”, o la potencia creadora de la aventura crítica

cristina iglesia dobleces

Por: Karina Boiola

Imagen: Imagen que figura en la tapa de Dobleces

Dobleces. Ensayo sobre literatura argentina, de la crítica, docente, investigadora y escritora Cristina Iglesia, propone abordar con ojos aventureros una serie de itinerarios de lectura que se mueven fluidamente entre el siglo XIX y el XX. Así, Iglesia le otorga nueva vitalidad a textos a los que, como sostiene Sylvia Molloy en su prólogo a la obra, “el hábito niega la oportunidad de ser vistos con ojos nuevos”. Dobleces se presentará el viernes 26 de octubre a las 20 hs, en Tano Cabrón Teatro Bar (Jean Jaures 75).


Dobleces. Ensayo sobre literatura argentina (Cristina Iglesia)

Modesto Rimba, 2018

296 páginas

Dobleces. Ensayo sobre literatura argentina (2018) toma su nombre del artículo homónimo que da cierre al libro. Allí, Cristina Iglesia articula la tesis central de Inscribir y borrar, de Roger Chartier, como guía de sus reflexiones para abordar la literatura de Juan José Saer. Si Chartier, en el libro mencionado, se ocupó de rastrear los intersticios “casi mágicos” entre la obra y su soporte (y la problemática relación, para los primeros letrados de la modernidad, entre fijar en materiales los recuerdos de la experiencia y borrar aquello que suponían prescindible), Iglesia reconoce que en la literatura de Saer esos dilemas antiguos se convierten en dilemas contemporáneos e, incluso, universales. Iglesia se detiene en la imagen de Tomatis y Barco, en el cuento “En la costa reseca”, enterrando para la posteridad una botella que contiene una hoja con la palabra “mensaje” como único mensaje, dispuesta de manera tal que la escritura desaparece bajo sus múltiples dobleces. La hoja vuelve a aparecer en Glosa: esta vez, un Tomatis adulto escribe un poema fugaz sobre lo efímero de la vida y se lo entrega –mecanografiado en un papelito y doblado también en numerosas partes– al Matemático, para quien, con el paso del tiempo y las pérdidas del mundo exterior, la hoja adquiere el carácter casi sobrenatural de un talismán.

¿Qué sugiere, entonces, que un libro ensaye sus reflexiones sobre la literatura argentina a partir de esta idea del doblez? Así como Cristina Iglesia reconoce que aquellos dilemas antiguos que expresa Chartier adquieren, en la literatura de Saer, una impronta de actualidad gracias a su reformulación en nuevos términos, de igual forma podemos pensar la propuesta que articula los itinerarios críticos de la autora en Dobleces. La tarea crítica, entonces, pensada como un doblez: leer es doblar y desplegar, o desplegar para volver a doblar; encontrar lo que se esconde en los pliegues de la literatura y, además, a través de ese incesante movimiento, crear algo nuevo (como quien dobla un papel siguiendo determinadas pautas para que de él surja otra cosa, como sucede con las figuras del origami). Es decir, el doblez se entiende aquí no solo por su capacidad de encontrar lo escondido, lo exhibido o lo engañoso que subyace en el pliegue sino también por su agencia creativa, o la potencia que encierra ese buscar lo que se esconde.

Sylvia Molloy sostiene, en su prólogo a la obra, que Dobleces es una serie de itinerarios de lecturas que “iluminan textos a los que el hábito les niega la oportunidad de ser vistos con ojos nuevos”. La propia autora, en la nota que precede a su ensayo, afirma la potencia creadora de un tipo de lectura específica (aquella que, como dijimos, se enfoca en los pliegues que habitan la literatura): “Volver a empezar, volver a leer como si nunca lo hubiéramos hecho y detenerse todas las veces que la belleza o el horror o lo indecible nos lo impongan”. En efecto, Cristina Iglesia traza un recorrido por textos, autores y autoras ampliamente leídos y comentados, sobre los que el hábito instaura la costumbre de creer que ya se ha dicho (o se ha escrito) todo. Así desfilan por sus páginas Victoria Ocampo, Juana Manuela Gorriti, Domingo Faustino Sarmiento, Esteban Echeverría, Lucio V. Mansilla, Eduardo Wilde. Y, a su vez, figuras menos frecuentadas por la crítica, como la del Fraile Castañeda, quien, en su fervor periodístico rayando el desborde de la locura, en palabras de la autora, “inventó casi todas las formas posibles de la escritura de su siglo y mucho más”.

Se trata de una declaración de principios de la forma de la crítica literaria que Cristina Iglesia elige. O, como ella la llama, la “aventura crítica”. Y pensar a la crítica como una aventura implica, además, otra declaración de principios: su tarea no solo se desarrolla de manera “detectivesca” (al encontrar los sentidos que disparan, despliegan y ocultan los textos) sino que, también, la crítica puede funcionar como “hacedora”. Por eso, concebir la crítica como una aventura nos devuelve a quienes la practicamos la potencia de la creación y la pasión por su praxis dado que, como sugiere su etimología, la aventura se sitúa en el futuro, en aquello que está por venir. No es casual, entonces, que, en uno de los artículos que componen Dobleces (“Echeverría: la patria literaria”), Iglesia haga hincapié en la figura de Juan María Gutiérrez y en la serie de operaciones críticas que incidieron tanto en la recepción de Esteban Echeverría entre sus contemporáneos, como en la organización y fijación de su obra a partir de la publicación (realizada por el mismo Gutiérrez) de las Obras completas del escritor. Entre 1870 y 1874, nos dice esta lectura, Gutiérrez sentó las bases para la consolidación de un relato de vida echeverriano que hizo de sus vacíos e incertidumbres una certeza, y trasvasó el contexto político y social del momento a la vida interior del escritor, quien se convirtió, de esta forma, en héroe romántico y en poeta nacional. Esta operación, para la autora, no se limita solamente a la vida de Echeverría, sino que también se expande hacia su obra: “El crítico, así, inventa no solamente un autor que nace patriota sino una poesía que nace nacional”, afirma. Echeverría y Gutiérrez, desde esta óptica, se presentan como los “co-fundadores” de nuestra literatura nacional.

En este punto, resulta interesante detenerse en una reflexión de Molloy al respecto de la noción del género [gender]: para ella, se trata de una categoría inestable cuya productividad reside en habilitar, en el ejercicio crítico, lecturas “desviadas” dentro de los discursos establecidos. Esta forma de entender la categoría de género que propone Molloy para la crítica es, de modo general, la intención que guía los trabajos de Cristina Iglesia. Publicados originalmente entre 1993 y 2012[1], su reedición propone nuevos sentidos, se aventura en zonas menos transitadas y esboza diálogos que trascienden las cronologías lineales, que la autora articula a través de su interés por el género biográfico y autobiográfico. En sus itinerarios críticos resalta, además, la lucidez de una lectura en clave de género que no se agota en el listado y la recuperación de figuras femeninas sino que propone, como sugiere Molloy, lecturas desviadas, sí, pero a su vez desdobladas y desplegadas.

Dobleces se abre con un artículo sobre Victoria Ocampo, a quien la autora piensa en contrapunto con otra mujer fulgurante de su época: Eva Perón. Razones de vida de dos mujeres disímiles pero que tuvieron, para Iglesia, un rasgo en común: la apuesta por lo autobiográfico. Victoria, quien oculta la escritura de su vida y la vuelve clandestina como estrategia para resguardarse de un presente de malestar (su Autobiografía comienza a escribirse en 1952 y se publicará póstumamente); Eva, cuyo libro de intención autobiográfica, por el contrario, trasciende y se vuelve una obra pública de lectura obligatoria. Victoria, cuya escritura autobiográfica (cuidada celosamente para que no se convierta en objeto público de un presente que no es suyo) la ubica en las fronteras de la literatura y le permite cruzar sus pliegues usando el disfraz de la propia vida para convertirse en autora, narradora y personaje. Eva, una vida potente y fugaz que, a través del juego de publicitar lo autobiográfico, se convierte en una vida que debe ser leída e imitada.

También se destaca en las páginas de Dobleces la gran Juana Manuela Gorriti, una mujer de acción que tuvo, al igual que Victoria, una relación de tensiones con el país de origen y con la historia ilustre de su genealogía familiar. Para Iglesia, el itinerario de escritura de Gorriti conjuga de manera exitosa la compleja y riesgosa relación entre biografía y autobiografía, especialmente cuando Juana Manuela se aboca a escribir la vida del general boliviano Manuel Isidoro Belzú (quien fue la figura más controversial de la historia de Bolivia de la primera mitad del siglo XIX y, además, su esposo) y cuando, más tarde, la escritora elija, en Lo íntimo, cubrir ese momento de su vida con un manto de silencio (la ausencia de escritura). La vida ajena y la vida propia se entrecruzan, así, en una serie de estrategias que Gorriti despliega para consolidar la firmeza de su voz autoral (a través de la cuidadosa elección de qué episodios contar, cuáles dejar en las sombras y su forma de narrarlos) en sus escritos biográficos y autobiográficos. Aún más, para Iglesia y a propósito de la guerra civil que signa tanto el presente de la patria como la vida de la escritora, Juana Manuela tiene la habilidad de transformar en ficción aquellos momentos en los que la historia se tiñe de horror. Así, en sus desplazamientos y resignificaciones del conflicto entre unitarios y federales, Gorriti se atreve a otorgarle a la figura de Rosas la capacidad de ser un objeto erótico. La imagen del tirano vampírico –que Gorriti imagina cruel y delirante, pero también delicioso y sensual– anticipa, para Iglesia, el terreno que posibilitará el decadentismo de fin de siglo.

Por otra parte, la lectura en clave de género, tal como la definimos más arriba, le permite a Cristina Iglesia recuperar la figura del Fraile Castañeda y su escritura simultánea y febril de decenas de periódicos, entre los cuales la autora destaca El Despertador Teofilantrópico y La Matrona Comentadora de los cuatro periodistas. Iglesia postula que, en esas publicaciones periódicas, la feminización de las voces que imagina Castañeda permite la inclusión de las mujeres en la escritura pública y en la cultura política, en un período (el año 1820) en el cual los debates que se iniciaron con Revolución de Mayo comienzan a estancarse. En este sentido, resulta revelador el trabajo de la autora sobre las redes de sociabilidad y los itinerarios afectivos que Iglesia reconstruye en los epistolarios del exilio durante el período rosista. Hombres y mujeres expulsados de su patria apuestan a compensar las derrotas políticas y las pérdidas familiares y materiales con el registro minucioso de lo doméstico. Mientras Mariquita Sánchez de Thompson intenta reponer la cotidianidad perdida solicitando en sus cartas pedacitos de muebles queridos y cosas añoradas que se dejaron atrás a causa del exilio (“la manera femenina de restaurar lo quebradizo del recuerdo”, propone la autora), los “hombres de acción” experimentan y expresan en sus cartas que la vida doméstica representa, para ellos, tiempo perdido e imposibilidad de acción política.

Sobre antiguos debates que se tornan contemporáneos, podemos destacar el trabajo de Iglesia sobre el Facundo, de Sarmiento y su apuesta por convertirse en el primer gran escritor americano. El deseo ingente de Sarmiento por brindarle a América un libro que corrija los malentendidos europeos en su lectura del continente representa, para la autora, un gesto autoreflexivo sobre la escritura americana, que consiste en “la necesidad de fascinar a los europeos, de cuya fascinación el escritor ha sido, primero, víctima, y también, la necesidad de humillarlos, porque ha sido, antes, humillado por ellos”. La construcción de la voz del escritor americano que parte desde las orillas: admiración, humillación y articulación de una escritura que se elabora a través de la carencia. A propósito de Sarmiento, a su vez, resulta sumamente revelador el trabajo de la autora sobre los secretarios letrados de los caudillos gauchos (la biografía de uno de ellos, el Dr. Ortiz, se trama en las páginas del Facundo), cuya figura, para Iglesia, constituye una “irritante zona de confluencia y de colaboración entre civilización y barbarie”. Se trata de una “traición” que permite desestabilizar la rigidez de aquella dicotomía y una tentación a la que el propio Sarmiento sucumbe cuando intenta posicionarse como consejero de Urquiza. Así, el secretario del caudillo se convierte en un traductor permanente entre órdenes que se excluyen pero que también se vuelven permeables entre sí.

El motivo del viaje representa un lugar transitado por los itinerarios de lectura de la autora. El viaje americano de Gorriti, el viaje de Sarmiento por Europa, África y América (que elegirá relatar a través de cartas), la incursión de Mansilla hacia el interior de la otredad indígena en su excursión a los indios ranqueles y, en el otro extremo de la experiencia, su viaje a oriente, los numerosos viajes de Wilde por el viejo continente y su pregunta sobre cómo puede contar el escritor moderno la antigua Europa y cómo desmontar la vulgata que circula sobre ella. El viaje proporciona, entonces, numerosos y variados materiales vitales (movimiento, tránsito, aventura, desplazamiento pero, a su vez, instancia para la reflexión) de los que Gorriti, Sarmiento, Mansilla y Wilde se apropian fluidamente para componer su escritura.

Para Cristina Iglesia la crítica puede trasuntar en aventura. Dobleces asegurará a quienes lo lean un recorrido gozoso por textos a los que la autora les devuelve la vitalidad de una lectura con ojos viajeros, de quien contempla por primera vez un paisaje desconocido.

[1] Tomo este dato de la lúcida lectura que María Vicens esboza en su reseña del libro, en la revista Otra Parte (disponible online en: http://revistaotraparte.com/semanal/ensayo-teoria/dobleces/).