Un arte popular y copular: Pedro Lemebel y la proletarianización de lo literario

Diana Lobo

Por: Juan Poblete*

Imágenes: Diana Lobo

El crítico e investigador Juan Poblete publicó recientemente La escritura de Pedro Lemebel como proyecto cultural y político (Santiago de Chile, Editorial Cuarto Propio, 2019). Aquí presentamos un extracto del capítulo 6, en el que lee la obra del escritor chileno a la luz de la idea de proletarianización, subrayando las particularidades de una voz incómoda no solo por sus mordaces críticas a la dictadura y a la transición democrática chilenas sino, también, a los partidos tradicionales de izquierda, reacios a incorporar al otro homosexual, y al propio movimiento gay, por sus relaciones esquivas con las clases populares.

 


Justo antes de su muerte, en una entrevista con John Better Armella, un cronista y poeta gay colombiano, Pedro Lemebel contó la siguiente historia sobre la conexión entre su carrera escritural y “Hablo por mi diferencia,” un famoso manifiesto que el autor leyó en 1986 en una asamblea de la izquierda política chilena, a la sazón embarcada en la resistencia a la dictadura de Pinochet: “Entonces escribí El Manifiesto (Hablo por mi diferencia), me pagaron por publicarlo y me pidieron otro texto. Así nació mi crónica por necesidad de subsistencia. Me quedó como anillo al dedo, por eso digo con falsa modestia de reina calva, que en Latinoamérica, me peino con la crónica.” (Better, s.p.)

La historia capta muy bien una serie de rasgos definitorios de la escritura de Lemebel: combina una clara irreverencia hacia la importancia de lo literario y sus formas de autoría; un humor negro que se ríe incluso de su propia muerte lenta como resultado del cáncer a la laringe que finalmente lo mató en el año 2015; las intensas y frecuentes referencias autobiográficas a sus orígenes humildes en un pasado pobre y el contraste con su lugar actual en el campo de la literatura latinoamericana; y una aguda conciencia del fundamento económico de toda vida, incluyendo la literaria. Cuando Better le pregunta si es un autor de culto, Lemebel agrega: “Detesto la mitomanía machista de poner a la literatura como centro de todo y rescatar a los escritores malditos y alcohólicos perdidos. Esos comentarios me hacen inalcanzable, y yo quiero estar ahí, en la calle, en la vereda, pirateado por el comercio clandestino, al alcance de la mano donde mi pueblo me quiera coger. Pertenezco a mi social popular y copular”. Puesto que “coger” puede ser tanto tomar como follar, Lemebel agregaba así a esos rasgos claves la conexión directa que él veía entre la escritura y el sexo, lo copular y lo popular, como fundamento de una forma no literaria de ecriture que fuese, simultáneamente, más que literaria pero también literaria, más que mediada pero también masmediática y más que simplemente prestigiosa, transformadora. La historia también conecta el poder conceptual y performativo del manifiesto, como intervención en una situación socio-política concreta, con las crónicas del propio Lemebel y su conceptualización como textos propositivos, interventores, y provocadores en un contexto mediático específico. Liga entonces las performances del autor, como parte del colectivo queer Yeguas del Apocalipsis (junto a Francisco Casas) en los años ochenta y noventa del siglo pasado, con las famosas crónicas escritas de Lemebel en los noventa. Finalmente, la historia define también las posibilidades, desafíos y trampas involucradas en el desarrollo de una voz propia en un contexto que parecía más bien hostil al empeño. Lemebel era un escritor que, como señalé al comenzar este libro, había lanzado un triple desafío al establishment cultural y político chileno: era gay en uno de los países valóricamente más conservadores de América Latina; era militantemente proletario y simpatizante comunista en un contexto cultural pequeño y dominado por una élite muy conservadora; y era, sobre todo, un escritor de crónicas y un artista performático en un país de poetas y novelistas. Su desafío había sido siempre pelear, primero, por el derecho a tener voz y, luego, por el de ser escuchado

En dicho contexto neoliberal, primero la dictadura y, luego, la transición a la democracia, estaban mucho más interesadas en olvidar que en recordar, en mirar para adelante que en mirar hacia atrás. La Concertación de partidos de centro-izquierda por la democracia, que gobernó el país desde 1990 en adelante – e insistió en un quiebre radical con el pasado dictatorial mientras mantenía en lo económico y en lo social, por otro lado, los principios básicos de un modelo neoliberal especializado en la producción de un desarrollo radicalmente desigual– generó en el período post-dictatorial una mezcla sui generis de dis/continuidad con el gobierno militar y, con ello, un marco social que resultó, simultáneamente, muy difícil y muy fértil para el desarrollo de la obra de Lemebel.

En este contexto, en el capítulo del cual se extracta este artículo, leo el trabajo cronístico de Lemebel a partir de tres ejes complementarios, todos conectados con lo que llamo procesos de proletarianización. Se trata, primero, de la sexualidad como práctica revolucionaria que expande los límites de lo político; en segundo lugar, de la relación de Lemebel con los medios masivos; y en tercero, de la crónica misma como texto masmediatizado. Antes de desarrollar aquí la primera parte de este programa, tengo que explicar que entiendo por proletarianización.

Hay dos sentidos teóricos de proletarianización que son relevantes para mi lectura del trabajo cronístico de esta auto-declarada loca proletaria: el primero es positivo y fue propuesto originalmente por Walter Benjamin en su clásico ensayo “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”. El segundo es negativo y fue desarrollado, inicialmente y como respuesta a Benjamin, por Adorno y Horkheimer en su capítulo sobre la industria cultural, y más recientemente expandido por Bernard Stiegler. El primer sentido concibe el potencial de la reproducción mecánica y la des-auratización del arte –la relativización del valor de la exclusiva y original cultura de la burguesía a través de la copia múltiple por medio de la reproducción mecánica– como una proletarianización radical del arte y de sus prácticas, es decir, una democratización de sus posibilidades sociales y creativas. Para Benjamin, nuevas fuerzas productivas (las nuevas tecnologías) hacen posible o viable nuevas relaciones sociales de producción. La segunda posición, la tesis de la industria cultural en Adorno y Horkheimer, ve la tecnología como un facilitador de la capacidad del capitalismo para penetrar la vida de los proletarios hasta alcanzar, ya no solamente su trabajo, sino también su tiempo libre y su imaginación y, en definitiva, sus capacidades sensoriales y neuronales.

Si toda verdadera economía presupone entre los participantes un intercambio de savoir faire (saber hacer) y de savoir vivre (saber vivir), es decir, un comercio de vida y de ideas creativas materializadas, el diagnóstico del filósofo francés Bernard Stiegler sobre la naturaleza destructiva del capitalismo contemporáneo es que éste no es propiamente una economía sino una anti-economía, reducida al intercambio monetario. Esta anti-economía conduce a la destrucción del savoir faire y del savoir vivre, a una mutación de la naturaleza del trabajo y a una funcionalización de la producción, el consumo y las relaciones sociales, que ahora resultan inseparables del aparato tecnológico. Esto es parte de un proceso de proletarianización que, para Stiegler, tiene al menos tres momentos: comenzó en el siglo XIX con la apropiación del savoir faire de los trabajadores en la copia de sus movimientos laborales físicos traspasados a las máquinas, que hizo posible la creación de una fuerza laboral propiamente proletaria. Continuó en el siglo XX con la destrucción de su savoir vivre a través de la estimulación sistemática del consumo. Y ha continuado ahora con la crisis de esas formas de producción y consumo en un proceso generalizado de proletarianización cognitiva y afectiva. En dicho proceso lo que es alienado en las máquinas, lo que es externalizado es, además del savoir faire y del savoir vivre, el savoir theorizer, es decir, la capacidad que nos permite pensar nuestras propias experiencias y producir conocimiento (Stiegler, 30). A los proletarios del sistema muscular, producidos por la apropiación mecánica de su savoir faire, se unen ahora los proletarios del sistema nervioso, que producen trabajo cognitivo sin controlar el conocimiento así generado. Este proceso de externalización de la memoria en sus varias formas: corporal, muscular, nerviosa, cerebral y biogenética es lo que Stiegler llama gramaticalización. Una vez que estas diferentes formas de memoria son gramaticalizadas, pueden ser manipuladas por sistemas biopolíticos y sociopolíticos de control que regulan –en lo que el autor llama una “organología general”– la articulación de los órganos corporales (músculos, cerebro, ojos, genitales), órganos artificiales (las herramientas y las máquinas) y órganos sociales (desde la familia a la nación como formas de organización de lo social y su reproducción).

Hay, de este modo, una versión positiva y otra negativa de lo que pueda significar proletarianización y hay, incluso una tercera, sobre la cual volveré luego, que la liga a las formas de la memoria social y a las herramientas del pensar y de la acción a disposición de una comunidad determinada.

Todd Wolfson propone –al discutir las conexiones entre, por un lado, las tecnologías digitales, como los medios sociales y la internet, y, por otro, las políticas de transformación y los movimientos sociales– un acercamiento dialéctico capaz de ir más allá de las dicotomías que ven a la tecnología bien como intrínsecamente revolucionaria o bien como algo completamente dominado por el capitalismo neoliberal. Wolfson sugiere, en cambio, que reconozcamos las estructuras socio-económicas de inserción de las tecnologías (y especialmente de las comunicativas) en el capitalismo, al mismo tiempo que reconocemos “que la práctica tecnológica es un lugar de disputa y que las herramientas tecnológicas pueden ser usadas para generar cambio social” (Wolfson, 102). Lo que realmente importa, entonces, no es solamente cuál es el medio tecnológico involucrado sino, también, cuál la práctica comunicativa real de actores concretos envueltos en luchas específicas en circunstancias igualmente concretas.

La práctica cronística, comunicativa y política de Pedro Lemebel se basa, entonces, en dos formas generales de entender la proletarianización. Una de ellas es reactiva y reacciona frente a lo que percibe como el robo parcial de las capacidades del pueblo chileno a manos del capitalismo neoliberal y especialmente del capitalismo de la comunicación masmediada (la memoria, la capacidad de lucha y transformación). La otra idea sobre la proletarianización es proactiva. Propone, primero, reapropiar, reforzar y recolectivizar las capacidades estéticas generales que han sido codificadas y privatizadas por la literatura, entendida de manera tradicional, y por los medios masivos de comunicación; y, luego, expandir culturalmente lo que se considera político y política. Para Lemebel, así como para Jacques Ranciere, el arte, como la política, es, o debería ser, una práctica que suspendiese las reglas que gobiernan la experiencia normalizada y sus formas específicas e históricamente determinadas de distribución de lo sensible (incluyendo allí las formas del discurso, los conceptos de subjetividad y los objetos de contemplación y del pensar). El arte, como la verdadera política, intenta entonces, a través del disenso, reintroducir la heterogeneidad social en un campo de percepción y acción que ha sido normalizado.

 

La sexualidad como expansión cultural de lo político.

Si para Ranciere la política es, en lo esencial, el disenso contencioso que, al expandir lo sensible, hace audible la voz de aquellos que, bajo una forma particular de consenso político, no han tenido derecho a hablar o no podían ser escuchados como sujetos políticos, entonces la obra artística de Lemebel es centralmente política.

Hay varios sujetos de este tipo que son claves para la escritura de Lemebel. Estos incluyen a la loca (la voz gay y el personaje que define sus crónicas), la juventud proletaria, muchas figuras de la clase trabajadora, los desaparecidos y torturados, y, en general, las víctimas de la violencia durante la dictadura de Pinochet

Como ya señalé, en el comienzo de la obra de Lemebel se halla la sorprendente y poderosa voz queer del autor del manifiesto “Hablo por mi diferencia”, que puede ser leído ahora, retrospectivamente, como una poética integral para toda su obra. En este manifiesto la voz queer establece dos de sus rasgos distintivos de allí en más, ambos desarrollados aquí, paradójicamente, en un diálogo tenso no, como podría haberse esperado, con la dictadura, sino con las fuerzas políticas que lideraron tanto la resistencia como la transición después de Pinochet. Esto se debió a que las llamadas políticas al consenso en la historia política chilena tuvieron, como Jano, una doble cara: estaban, por un lado, los límites impuestos por el poder dictatorial durante la última parte del régimen militar y sus secuelas tras 1990; pero, por otro, existían también los límites auto-impuestos por la Concertación de partidos políticos que iban de la Democracia Cristiana a los socialistas. Por ello aparecen en el manifiesto, primero, el tono desafiante del reto disensual a un consenso que era tanto cultural como político:

No soy un marica disfrazado de poeta

No necesito disfraz

Aquí está mi cara

Hablo por mi diferencia

Defiendo lo que soy

Y no soy tan raro

Me apesta la injusticia

Y sospecho de esta cueca democrática (Lemebel, “Manifiesto”, en Loco afán, 83)

Después de una serie de movilizaciones masivas que, tras una grave crisis económica, habían roto la paz dictatorialmente impuesta por Pinochet en los primeros años de la década de los ochenta, la llamada Oposición (un grupo de partidos políticos y sindicatos obreros) buscaba una estrategia pacífica para, primero, debilitar la dictadura y, luego, para terminarla, en lo que acabó siendo una transición y una transferencia de poder negociadas. Literalmente el disenso era así reformateado en lo que se llamó luego la política del consenso. En segundo lugar, entonces, hay en el Manifiesto una redefinición de lo que significaba ser un oprimido en el Chile de la época:

Pero no me hable del proletariado

Porque ser pobre y maricón es peor

Hay que ser ácido para soportarlo

Es darle un rodeo a los machitos de la esquina

Es un padre que te odia

Porque al hijo se le dobla la patita

Es tener una madre de manos tajeadas por el cloro

Envejecidas de limpieza

Acunándote de enfermo

Por malas costumbres

Por mala suerte (Lemebel, “Manifiesto”, en Loco afán, 83-84).

Más allá de la represión de la actividad política durante la dictadura, más allá de los muy visibles límites a y de lo que era político bajo Pinochet, había una forma de opresión de la cual nadie hablaba, un sujeto reprimido contra el cual la violencia era anterior al régimen militar y habría de persistir tras su derrocamiento:

Como la dictadura

Peor que la dictadura

Porque la dictadura pasa

Y viene la democracia

Y detrasito el socialismo

¿Y entonces?

¿Qué harán con nosotros compañeros? […]

¿El futuro será en blanco y negro?

¿El tiempo en noche y día laboral

sin ambigüedades?

¿No habrá un maricón en alguna esquina

desequilibrando el futuro de su hombre nuevo? (Lemebel, “Manifiesto”, en Loco afán, 84-85)

 

La diferencia queer desde la cual habla la voz de Lemebel lo hace, explícitamente, como un aparato deconstructor capaz de interrumpir la in-audibilidad del sujeto popular homosexual en la historia chilena. Si bien la represión sexual ha tenido una larga historia en el país, las pocas señales de una presencia gay relativamente abierta en el discurso escrito –lo que Juan Pablo Sutherland ha llamado “el habla marica en la literatura chilena” (Sutherland, 23)– han sido casi exclusivamente de la clase alta. En este contexto la voz de Lemebel era doblemente disruptiva: interrumpía el código de clase de “el habla marica” y lo hacía como un simpatizante comunista que obligaba a la izquierda chilena a enfrentar los límites de su propia comprensión de la libertad, la política y la agencia de los sujetos políticos:

Mi hombría es aceptarme diferente […]

Yo no pongo la otra mejilla

Pongo el culo compañero

Y esa es mi venganza […]

 Yo no voy a cambiar por el marxismo

Que me rechazó tantas veces

No necesito cambiar

Soy más subversivo que usted (Lemebel, “Manifiesto”, en Loco afán, 88-89)

Diana Lobo (2)

 

La reescritura de los límites de lo que sea política y político que Lemebel hacía, iba de la mano de una posición igualmente crítica de lo que en Estados Unidos se llamaría políticas de identidad. Lemebel, como Manuel Puig antes que él, era muy escéptico acerca de las formas de identidad gay que tanto él como Puig conocieron a través de la cultura popular estadounidense y de sus visitas a Estados Unidos. Lemebel rechazaba la “fría primavera rosa” de los gays blancos, ricos y elegantes de San Francisco que “sólo se miran entre ellos” (Lemebel, Háblame, 43) y condenaba “El prototipo gay de los 90 […] misógino, fascistoide, aliado con el macho que sustenta el poder” (en Schäffer, 59). Puig, por otro lado, había señalado en su famoso artículo “El error gay” que “la homosexualidad no existe. Es una proyección de la mente reaccionaria” (Puig, “El error”, 139). Con ello el autor argentino quería señalar que el sexo era una conducta natural sin un sentido moral específico. Lo que importaba en cambio, moral y personalmente, era la intensidad de la experiencia afectiva. El sexo, insistía Puig, no debería definir a la persona que lo practica con aquellos del mismo sexo “porque carece de significado. […] Lo que le da vida, entonces, sería el afecto y no el sexo, y este último sería solamente el instrumento de un impulso puramente afectivo” (Puig, “El error”, 139). La conclusión de Puig, y la justificación del título de su artículo, era proponer la abolición de las categorías de homo y heterosexualidad y la proclamación, en cambio, de una sexualidad libre y sin inhibiciones: “…admiro y respeto la obra de los grupos de liberación gay, pero veo en ellos el peligro de adoptar, de reivindicar la identidad homosexual como un hecho natural, cuando en cambio no es otra cosa que un producto histórico-cultural, tan represivo como la condición heterosexual” (Puig, “El error”, 141).

Con admiración Lemebel repetía: “Creo que lo homosexual, hasta cierto punto, no existe; como tampoco la heterosexualidad. Para mí existe la sexualidad dispuesta a colorearse en cualquier corazón que le brinde la tibieza de su ala” (Matus, “Pedro Lemebel”, sp.).

Como hemos visto, Lemebel había criticado ampliamente la política tradicional por su sordera frente a las formas de opresión experimentadas por los homosexuales y por enarbolar la bandera de la libertad mientras aceptaban o compartían las moralizaciones conservadoras que descalificaban la conducta homosexual. En Háblame de amores (2012), sin embargo –mientras Lemebel celebraba la afirmación de una presencia gay en Santiago por primera vez desde 1992, cuando, según el autor, los activistas gay se habían unido, en forma inédita, a una manifestación política– también criticaba la mercantilización de la vida gay y la autocomplacencia de los estilos de vida gay evidente en Bellas Artes, que él consideraba uno de sus barrios en Santiago. Una nueva marcha en Bellas Artes, de apoyo al movimiento estudiantil que, a la sazón, exigía una educación mejor y gratuita  en Chile, se transforma en esta crónica en la ocasión tanto para una celebración del hecho de que la comunidad gay del barrio se uniera a la marcha, cuanto la oportunidad para una crítica mordaz, aunque todavía solidaria, de una cierta forma de política gay que, para el autor, es a menudo incapaz de “mirar más allá de sus pestañas mochas” o de la dimensión más inmediata de sus demandas gay. En vez de la “homosexualidad de diseño” –con la cual Lemebel se refería simultáneamente a los diseñadores profesionales gay que se han apropiado del barrio y a las identidades gay, marcadas por el mercado, de las clases altas gay– el autor celebraba la presencia de gays y lesbianas “ahora en la calle, ahora manifestándose sin miedo por una causa colectiva” en apoyo a la política de otros (Lemebel, Háblame, 230).

La literatura de Lemebel nació, así, de dos gestos retóricos y discursivos que habían de fundamentarla en los siguientes treinta años: la desafiante e irruptiva voz que se sabe a sí misma nueva y necesaria en la historia del país; y el esfuerzo por expandir los límites de la política y lo que se consideran formas y sujetos políticos. Esto es lo que llamo el primer gesto proletarianizador de Lemebel. Este gesto se despliega ampliamente y de modo narrativo en la única novela del autor, Tengo miedo torero, y participa de un gesto discursivo que busca expandir lo político en el contraste entre el guerrillero y su contraparte gay. Este mismo gesto tiene ya una larga tradición en América Latina e incluye El Beso de la mujer araña (1976) de Manuel Puig, El lobo, el bosque y el hombre nuevo (1990) de Senel Paz y el filme de Tomás Gutiérrez y Juan Carlos Tabío (basado en el texto de Paz) Fresa y chocolate (1993).

Lemebel tenía, por supuesto, plena conciencia de cuán difícil era encontrar el punto justo o el balance en un mercado literario y social definido por las reglas de otros, y caracterizado por su capacidad para mercantilizarlo todo, incluso el disenso. La exploración sostenida de esta problemática es uno de los logros mayores del autor. Toda su obra –que constituye una significativa redistribución de lo sensible, y que marca el espacio entre una poética (una forma de producir discurso) y una estética (un horizonte de afectos) para trazar, de este modo, nuevos mapas de los límites entre la cultura alta y la popular, la literatura y los medios masivos, el intelectual y las masas, lo cognitivo y lo afectivo, el sujeto más libre y una sociedad más justa y liberada– puede ser considerada ahora un agudo y sagaz comentario sobre los desafíos y paradojas de hablar con éxito desde los márgenes, de construir una carrera artística por la vía de iluminar lo marginal y lo reprimido, de hacer, en otras palabras, trabajo cultural en Chile en la época de su globalización neoliberal. Esta fue la tercera y tal vez más importante forma de proletarianización en Lemebel. Dicha proletarianización insiste en combinar, contra el neoliberalismo, sus impulsos inclusivos y restrictivos con su barroco popular, lo literario y lo periodístico, en el desarrollo de una voz singular, literaria y popular, en América Latina. Como él mismo apunta con gran elocuencia en el prólogo a Serenata Cafiola:

“Podría escribir clarito, podría escribir sin tantos recovecos, sin tanto remolino inútil. Podría escribir casi telegráfico para la globa y para la homologación simétrica de las lenguas arrodilladas al inglés. […] Podría escribir novelas y novelones de historias precisas de silencios simbólicos. […] Podría escribir sin lengua como un conductor de CNN, sin acento y sin sal. Pero tengo la lengua salada y las vocales me cantan en vez de educar. […] Podría escribir con las piernas juntas, con las nalgas apretadas. Podría guardarme la ira y la rabia emplumada de mis imágenes, la violencia devuelta a la violencia y dormir tranquilo con mi novelería cursi. Pero no me llamo así […] Pero no vine a eso […] No sé a lo que vine a este concierto, pero llegué.” (Lemebel, Serenata Cafiola, 11-12).

 


* Juan Poblete. Profesor de Literatura y Estudios Culturales Latinoamericanos en la Universidad de California, Santa Cruz, Estados Unidos. Es autor de Literatura chilena del siglo XIX: entre públicos lectores y figuras autoriales (Cuarto Propio, 2003), La escritura de Pedro Lemebel como proyecto cultural y político (Cuarto Propio, 2018) y Hacia una historia de la lectura y la pedagogía literaria en América Latina (Cuarto Propio, 2018); editor de Critical Latin American and Latino Studies (University of Minnesota Press, 2003) y New Approaches to Latin American Studies: Culture and Power (Routledge, 2017); y co-editor de Andrés Bello, (IILI, 2009), Redrawing The Nation: National Identities in Latin/o American Comics, (Palgrave, 2009), Desdén al infortunio: Sujeto, comunicación y público en la narrativa de Pedro Lemebel (Cuarto Propio, 2010), Sports and Nationalism in Latin America (Palgrave, 2015, publicado también en español por Cuarto Propio) y Humor in Latin American Cinema (Palgrave, 2015). En la actualidad —además de dos proyectos en co-edición: uno sobre ciudadanía y precariedad y el otro sobre piratería en América Latina— trabaja en tres proyectos de libro: uno sobre Los Estudios Latinos en los Estados Unidos desde una perspectiva transnacional, uno sobre el cine latinoamericano contemporáneo y, finalmente, otro titulado Ángel Rama y la crítica cultural latinoamericana.

Contacto: jpoblete@ucsc.edu
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