Distancia de Rescate, sindemia y neoextractivismo

Por: Lina Gabriela Cortés

Imagen: Dora Ortega, «Distancia».

En un mundo donde todo se compra y se vende, Lina Gabriela Cortés recupera Distancia de rescate, obra de Samanta Schweblin (2014), un texto fundamental para repensar nuestro presente pandémico y reflexionar sobre las inéditas consecuencias del uso de agrotóxicos, pesticidas y el impacto del actual sistema extractivista en los suelos y en los cuerpos. Samanta Schweblin denuncia la inhumanidad de este modelo y su impacto en las comunidades, hecho silenciado y acallado por el sistema imperante.


Al borde de completar los dos años de pandemia en América Latina, las consecuencias demuestran la profunda desigualdad que experimenta nuestro continente en el marco de un capitalismo extractivista.

Entender la pandemia exclusivamente como la expansión de un virus resulta insuficiente para el análisis social, político, económico y cultural. El profesor y filósofo español Santiago Alba escribió a principios de este año un artículo en la revista Contexto y Acción que tituló “Capitalismo pandémico”, donde usa el concepto que Merrill Singer, epidemiólogo estadounidense, forjó en 1990: Sindemia, referido a una enfermedad infecciosa que se entrelaza con otras enfermedades crónicas, asociadas a su vez con la distribución desigual de la riqueza, accesos desiguales a los sistemas de salud, educación, etc. El filósofo español descentra el problema únicamente en el coronavirus para enfocarlo en el capitalismo sindémico, las industrias agroalimentarias y el modelo extractivista.

Para Carla Poth, politóloga argentina, como para Santiago Alba los orígenes de la pandemia están en el modelo y la dinámica de acumulación del capital que se intensifica con el paso de los años. El modelo extractivista es responsable de la deforestación causada por la instauración de diversos cultivos agroindustriales, que han posibilitado el relacionamiento entre virus y huéspedes. En el libro Las fronteras del neoextractivismo en América Latina, la filósofa y socióloga argentina Maristella Svampa cuenta cómo a principios del siglo XXI América Latina se vio beneficiada por los altos precios internacionales de los productos primarios (commodities). La visión productivista de desarrollo fue la política nacional de la mayoría de estados que esquivaron el debate sobre las consecuencias del modelo extractivista exportador. Es así que se fueron ampliado a escalas inimaginables los emprendimientos mineros, la frontera agrícola, específicamente monocultivos como la soja, que reconfiguraron el mundo rural en varios países de América del Sur: “Solo entre 2000 y 2014 las plantaciones de soja en América del Sur se ampliaron en 29 millones de hectáreas, comparable al tamaño de Ecuador. Brasil y Argentina concentran cerca del 90% de la producción general” (Svampa 11, 2019).

Rápidamente Argentina se ha convertido en uno de los principales exportadores de soja  a nivel mundial —32 millones de hectáreas—  un modelo de producción dependiente del uso de agrotóxicos como el glifosato (químico utilizado como herbicida de la compañía Monsanto  —principalmente—, empleado en los cultivos de soja, maíz y algodón transgénicos cuyo principio activo es el glifosato ), pues las malezas e insectos se acostumbran a los agrotóxicos y al cabo de un tiempo no sufren daño ante las fumigaciones (Svampa, Anfibia, 2000). Esto convierte a Argentina en el mayor consumidor por habitante al año de glifosato —más de 350 millones de litros por año—. Los agrotóxicos funcionan en cadena de destrucción ecológica que envenena todas las superficies: agua, plantas, alimentos, semillas, animales, humanos, causando enfermedades en los seres vivos y daños en los suelos y ecosistemas de la tierra. En el país existen cientos de investigadorxs, médicxs de pueblos fumigadores, poblaciones rurales, profesionales de la UNR y la UNLP que han demostrado la toxicidad de los agroquímicos que se usan en el país y que generan enfermedades en el cuerpo humano como cáncer, malformaciones, abortos espontáneos, etc. (Svampa, Anfibia, 2020). Este desastre ecológico a cielo abierto convierte a Argentina en uno de los laboratorios experimentales del extractivismo de la región.

Distancia de rescate (2014), la primera novela de Samantha Schweblin, hace eco de las lógicas neoextractivistas[1], específicamente en el territorio rural argentino; lógicas que han terminado por convertir el mundo en un laboratorio donde todo se compra y se vende, o como diría Rob Wallace en Grandes granjas, grandes gripes: “el capitalismo ha convertido la naturaleza en un laboratorio en permanente ebullición patológica” (Alba, 2021). La novela ahonda en esas patologías que se circunscriben en uno de los campos más contaminados por el glifosato, y nos lleva a experimentar el desespero de que el protagonista omnipresente sea el glifosato y la soja.

Schweblin teje la textura narrativa de esta novela a través de diálogos que dan cuenta, por un lado, del desconocimiento inicial de las causas de la intoxicación que están atravesando los personajes, y por otro lado de cierto grado de normalización de los efectos de la intoxicación sobre los cuerpos y los alimentos en las lógicas  del pueblo, lógicas extractivistas que se traducen en el consumo de agrotóxicos que recorren las fronteras urbanas y rurales a través de cuerpos, animales, suelos y alimentos intoxicados. Esta textura narrativa construye desde el inicio varias capas de diálogos entre una madre, Amanda, que viaja a la zona rural de la provincia de Buenos Aires y David, un niño que ha vivido un proceso de transmigración como solución a la intoxicación que ha sufrido su cuerpo, y que tiene voz en la cabeza de Amanda –como si fuera la intoxicación la que posibilita el dialogo– y cuerpo en la voz de Carla, su madre.

La voz de David, que solo aparece en las conversaciones con Amanda, es la que guía su viaje por descubrir el “punto exacto”, el cómo comienza la intoxicación, es una voz que da cuenta en la construcción de esta novela de varias capas de información, de texturas, de violencias que soportan los cuerpos, los animales que caen desmayados y mueren, lxs niñxs que aparecen deformados por el veneno del herbicida, del coctel químico que envenena cuerpos, animales, territorios. Capas que demuestran como las lógicas neoextractivistas han transformado la tierra y las relaciones que se gestan en ella, hasta el punto de que los niveles de cuidado que una madre ejerce sobre su hija, la “distancia de rescate”, no sirven porque no son posibles bajo estas lógicas de relacionamiento con la tierra.

En el texto hay dos elementos que dialogan permanentemente: la pregunta ¿por qué falla la distancia de rescate? y la normalización de que los químicos del campo intoxiquen los cuerpos. Estos elementos construyen la búsqueda terrorífica, angustiante del relato entre Amanda, que desconoce a lo que se enfrenta y David, o más bien la voz de David, quién cumple un rol de guía a lo largo del texto, tal como sucede en el siguiente ejemplo donde la voz de David, en cursivas, guía la búsqueda de las causas de la intoxicación:

No, no es el punto exacto.

Es difícil si no sé exactamente qué es lo que busco.

Se trata de algo en el cuerpo. Pero es casi imperceptible, hay que estar atento.

Por eso son tan importantes los detalles.

Sí, por eso.

¿Pero cómo pude dejar que se metieran tan rápidamente entre nosotras? ¿Cómo

puede ser que dejar a Nina unos minutos sola, durmiendo, implique tal grado de

peligro y de locura?

No es el punto exacto. No perdamos tiempo en esto (Schweblin, 23).

La imposibilidad de ejercer su papel de cuidadora y no poder ver el peligro es escalofriante para Amanda, quien no entiende cómo es posible que dormir unos minutos sobre el pasto implique algún nivel de peligro. Estamos ante lógicas que destruyen las relaciones humanas y que profundizan la dicotomía hombre-naturaleza  pues ahora el peligro es el mismo suelo envenenado y las madres como cuidadoras están más separadas de sus hijxs.

En la novela los personajes no tienen acceso a ningún tipo de información sobre lo que está pasando en el suelo, en el cuerpo, en los animales, y es en ese desespero que se configuran los horrores sobre los cuerpos y sobre la maternidad.

Por un lado, estamos ante corporalidades monstruosas que son testimonios intermitentes de la intoxicación, son cuerpos infantiles que nacen enfermos, deformes, extraños y es justo allí en ese universo de corporalidades afectadas donde lo importante es encontrar la explicación del daño. La violencia que experimentan los cuerpos como consecuencia del herbicida es marcada una y otra vez sin hacer esa asociación –herbicida –cuerpo–, excepto en el fragmento donde David distingue el “momento exacto”, el momento en que el cuerpo de Nina y el herbicida: el glifosato, entran en contacto:

—Estoy empapada —dice con algo de indignación.

—A ver… —la tomo de la mano y la hago girar.

El color de la ropa no ayuda a ver qué tan mojada está, pero la toco y sí, está húmeda.

—Es el rocío —le digo—, ahora con la caminata se seca.

Es esto. Éste es el momento.

No puede ser, David, de verdad no hay más que esto.

Así empieza. (Schweblin, 30)

Amanda, desconcertada, repasa una y otra vez ese fragmento de la historia para encontrar el “momento exacto”, porque no lo ve. No puede asociar los cuerpos monstruosos, deformes, con esa situación.

En un encuentro por la tienda del pueblo Nina y Amanda se encuentran con otra madre y su hija. Amanda describe la situación:

Una nena aparece lentamente. Pienso que todavía está jugando, porque renguea tanto que parece un mono, pero después veo que tiene una de las piernas muy corta, como si apenas se extendiera por debajo de la rodilla, pero aun así tuviera un pie. Cuando levanta la cabeza para mirarnos vemos la frente, una frente enorme que ocupa más de la mitad de la cabeza. Nina me aprieta la mano y hace su risa nerviosa. Está bien que Nina vea esto, pienso. Está bien que sepa que no todos nacemos iguales, que aprenda a no asustarse. Pero secretamente pienso que sí esa fuera mí hija no sabría qué hacer (Schweblin, 19).

El juego y la animalidad se confunden hasta caer en lo monstruoso, rompiendo las fronteras del orden animal y humano. Amanda, en una lógica urbana, clase media, cree que “está bien” enfrentar a su hija con otras corporalidades, pero incluso es tan aterrador para ella misma, que experimentamos lo monstruoso en su miedo.

Más adelante, hacia el final de la novela, Amanda recuerda que va manejando el carro y en el cruce pasan distintxs niñxs con corporalidades monstruosas, de pronto parece que esa única niña que apareció en la tienda del pueblo es una de lxs tantxs niñxs afectadxs del lugar:

Son chicos de todas las edades. Es muy difícil ver. Me encorvo sobre el volante.

¿Hay chicos sanos también, en el pueblo?

Hay algunos, sí.

¿Van al colegio?

Sí. Pero acá son pocos los chicos que nacen bien.

(…)

Son chicos extraños. Son, no sé, arde mucho. Chicos con deformaciones. No tienen pestañas, ni cejas, la piel es colorada, muy colorada, y escamosa también. Solo unos pocos son como vos. (Schweblin, 50).

Otra vez la lógica de Amanda entra en choque con la realidad del lugar, una realidad donde “son pocos los chicos que nacen bien”, y donde las descripciones se intercalan con los dolores que está sintiendo ella en su cuerpo, mientras tiene la palabra, dolores que van incrementando cuando nos acercamos al final.

Por otro lado, la maternidad es el hilo que tensa está novela. Las relaciones Madre-hijx  aparecen permanentemente como relaciones afectivas destruidas por los herbicidas, o sostenidas en el desespero de no saber con qué enfrentarse, lo desconocido.

En una conversación entre Amanda y Carla sobre el cuidado o la “distancia de rescate” que tiene cada una con sus hijxs, aparece la culpa que siente Carla por no haber podido cuidar a David, mientras que Amanda describe por primera vez esa “distancia de rescate” a la que me refería anteriormente:

—Es que a veces no alcanzan todos los ojos Amanda. No sé cómo no lo vi, por qué mierda estaba ocupándome de un puto caballo en lugar de ocuparme de mi hijo.

Me pregunto si podría ocurrirme lo mismo que a Carla. Yo siempre pienso en el peor de los casos. Ahora mismo estoy calculando cuánto tardaría en salir corriendo del coche y llegar hasta Nina si ella corriera de pronto hasta la pileta y se tirara. Lo llamo «distancia de rescate», así llamo a esa distancia variable que me separa de mi hija y me paso la mitad del día calculándola, aunque siempre arriesgo más de lo que debería (Schweblin, 10).

Amanda calcula constantemente el cuidado o la distancia de rescate que debe tener sobre su hija, pero ya sabemos que los peligros comunes para Amanda no tienen cabida en este universo, de hecho, lo que tiene cabida es la normalización de los pesticidas, la convivencia cotidiana con esta realidad terrorífica. Sin embargo, el cálculo que hace Amanda está mediado por el hilo que aprieta y que viene de lo profundo del estómago, un hilo que parece un cordón umbilical, y que se acorta o se alarga dependiendo la situación.

Justo hacia el final de la novela el hilo se comienza a cortar, Amanda lo siente, y no puede hacer nada, igual que con la infección, tampoco pudo ver el peligro:

Cuando estábamos sobre el césped con Nina, entre los bidones. Fue la distancia de rescate: no funcionó, no vi el peligro. Y ahora hay algo más en mi cuerpo, algo que de nuevo se activa o quizá que se desactiva, algo agudo y brillante.

(…)

Y ahora el hilo, el hilo de la distancia de rescate.

Sí.

Es como si atara el estómago desde afuera. Lo aprieta.

No te asustes.

Lo ahorca, David.

Va a cortarse.

No, eso no puede ser. Eso no puede pasar con el hilo, porque yo soy la madre de Nina y Nina es mi hija.

¿Pensaste alguna vez en mi padre?

¿En tu padre? Algo tira más fuerte del hilo y las vueltas se achican. El hilo me va a partir el estómago.

Antes va a cortarse el hilo, respirá.

Ese hilo no puede partirse, Nina es mi hija. Pero sí, Dios mío, se corta. (Schweblin, 55)

El hilo que sostiene Amanda nos recuerda ese mito griego del laberinto del minotauro, el hilo de la vida que siempre sostiene la mujer cuidadora, símbolo de la maternidad. El hilo que viene de sus entrañas es el hilo que ahorca. El papel de cuidadora es tal que el desespero se apodera de sus entrañas y la distancia de rescate que no funciona parece quebrarse para siempre. Al final el hilo termina por soltarse completamente.

Siguiendo esta simbolización de maternidad es justo la mujer de la Casa Verde, una curandera que brinda soluciones no occidentales a la intoxicación, quién nombra las consecuencias de los agrotóxicos sin conocer completamente el origen, ella lo llama intoxicación contrario a lo que el saber científico occidental hace. En el recuerdo de una conversación entre Amanda y Carla aparece la descripción del trabajo de esta mujer de la Casa Verde:

—No es una adivina, ella siempre lo aclara, pero puede ver la energía de la gente, puede leerla.

—¿Cómo que puede «leerla»?

—Puede saber si alguien está enfermo y en qué parte del cuerpo está esa energía negativa. Cura el dolor de cabeza, las náuseas, las úlceras de la piel y los vómitos con sangre. Si llegan a tiempo, detiene los abortos espontáneos. (Schweblin, 11)

A lo largo de toda la novela, la medicina occidental, representada por las enfermeras no ayuda a lxs cuerpos intoxicados, porque no trata el tema como intoxicaciones, mientras que la mujer de la Casa Verde propone un diagnóstico más acertado (Schweblin, 12), incluso detiene los abortos espontáneos, que hasta ese momento no sabíamos que existían en ese lugar, es decir, los agrotóxicos también causan abortos espontáneos, como lo mencioné al inicio de este artículo, otra violencia sobre la maternidad que aparece en la novela.

La mujer de la Casa Verde no brinda soluciones occidentales ni comunes, de hecho, la solución que brinda, la trasmigración, es tan desconcertante para Amanda que solo cuando avanza en el dialogo con David, el segundo, es decir el David (la voz de toda la novela) que ya ha sufrido la trasmigración, es que intenta entender ese proceso. La conversación entre Carla y Amanda sobre la mujer de la Casa Verde continua:

Le pregunté cómo había salido todo. «Mejor de lo que esperaba», dijo. La trasmigración se había llevado parte de la intoxicación y, dividida ahora en dos cuerpos, perdería la batalla.

—¿Qué significa eso?

—Que David podría sobrevivir. El cuerpo de David y también David en su nuevo cuerpo.(Schweblin, 15)

Esta es otra punta de la novela, que no pienso ahondar en este texto, pero es muy interesante porque parece una voz oculta: la voz de David parece venir de la muerte, y al tiempo hay un juego con el desplazamiento de los habitantes de sus propios cuerpos, de sus propias formas y no es el desplazamiento espacial de un territorio a otro sino el desplazamiento espiritual. Se necesitan varios cuerpos como el que tenemos para soportar los efectos de los agrotóxicos sobre la vida, tal como mencionaba al principio del texto, el modelo extractivista y la deforestación del territorio han roto la barrera virus-humanos y han convertido el mundo en un laboratorio. 

Distancia de rescate describe en un relato intenso, las violencias: producto de la globalización del neoliberalismo que experimentamos en todos los niveles. Hoy en día, con la sindemia, esas violencias estructurales se han intensificado y al tiempo han acelerado un campo de debate que replantea las lógicas neoextractivistas sobre nuestros territorios, nuestros cuerpos, nuestras prácticas, saberes, formas de trabajar la tierra, maternidades, en ultimas  nuestra existencia como especie humana.

Bibliografía

Alba S. (2021). Capitalismo pandémico. Revista Contexto y Acción N. 268. Enero de 2021. Recuperado de: https://ctxt.es/es/20210101/Firmas/34633/Santiago-Alba-Rico-capitalismo-pandemico-sindemia-virus-desigualdad.htm

Poth, C. (2020). Agronegocio y salud. Miradas críticas sobre la pandemia. Encuentros virtuales Universidad Nacional de Tierra de Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur.

Svampa, M. (2019). Las fronteras del neoextractivismo en América Latina. CALAS –  Centro Maria Sibylla Merian de Estudios Latinoamericanos Avanzados en Humanidades y Ciencias Sociales.

Schweblin, S. (2014). Distancia de rescate. Penguim Random House

Schweblin, S. (15 de octubre del 2014) Entrevista a Samantha Schweblin por su libro Distancia de Rescate https://www.youtube.com/watch?v=SJvZ4Ds8fXY

Svampa, M., Viale, E., Angresano, S. “Los efectos del glifosato: Nuestro Chernóbil criollo”. Revista Anfibia. 07-10-2020 https://www.revistaanfibia.com/glifosato-nuestro-chernobil-criollo/


[1] “El fenómeno del extractivismo adquirió nuevas dimensiones, no sólo objetivas –por la cantidad y la escala de los proyectos, los diferentes tipos de actividad, los actores nacionales y transnacionales involucrados–, sino también de otras subjetivas, a partir de la emergencia de grandes resistencias sociales, que cuestionaron el avance vertiginoso de la frontera de los commodities y fueron elaborando otros lenguajes y narrativas frente al despojo, en defensa de otros valores –la tierra, el territorio, los bienes comunes, la naturaleza–“ (Svampa, 2019, 12).

Nombrar lo nuevo, reseña de ¿Qué será la vanguardia? (2021) de Julio Premat

Por: Paula Klein*

Paula Klein reseña ¿Qué será la vanguardia? de Julio Premat y señala cómo esta reciente publicación nos propone calzarnos los lentes del anacronismo crítico para pensar el concepto de la vanguardia, no ya desde la lógica de su agotamiento, sino de sus posibilidades en el presente.


La de la vanguardia se transforma para Premat en una pregunta sobre cómo periodizamos la historia literaria y cómo nombramos los nuevos fenómenos que irrumpen en el campo literario. Pero la vanguardia funciona también como una herramienta para analizar un ethos de escritor: una “postura” retórica y pragmática, y una manera de ocupar un lugar en la escena literaria. Los escritores de vanguardia son los que intervienen de manera combativa en la definición de los “posibles literarios” contemporáneos.

La vanguardia cuestiona también nuestra percepción de la temporalidad, la manera en que percibimos nuestro presente, entre el pasado y los deseos que proyectamos hacia el futuro. Debatiéndose entre una vocación utópica y la constatación nostálgica de que lo nuevo ya no tiene posibilidad de ser, Julio Premat nos invita a pensar la “herencia de la vanguardia” como un “resto épico” (p. 216): algo mínimo, una reliquia o un indicio capaz de reactivar en el presente “un pasado en el que el futuro sí parecía posible” (p. 216). Desde el punto de vista del lector, la vanguardia opera como un dispositivo de creación de valor, en tanto supone una intervención en el canon, un ordenamiento y una valoración estética de la literatura actual.

En la primera parte del libro, que lleva por título “Coordenadas”, Julio Premat nos propone interrogarnos sobre qué puede ser la vanguardia en la literatura argentina actual. A partir de una lectura productiva del seminario de 1990 de Ricardo Piglia y del libro al que da lugar –Las tres vanguardias: Saer, Puig, Walsh (2007)–, el autor sugiere que el concepto de vanguardia nos permite establecer periodizaciones y pensar el presente desde una duración larga. Según una idea clásica de Pierre Bourdieu, la vanguardia aparece como un terreno de enfrentamientos, como el sitio de batallas en las que se define qué es lo que tiene valor y qué es lo nuevo (p. 16). Julio Premat reactualiza también la lectura de Walter Benjamin que piensa la vanguardia como una respuesta formal a una situación social, y como el modo en que los escritores definen su práctica y su colocación en el campo literario frente a otras poéticas. El autor retoma, asimismo, dos modelos e interpretaciones de la vanguardia en los años sesenta, que operan de manera simultánea creando una tensión. En primer lugar, el modelo “de aquellos que anhelan el borrado de la frontera arte-vida (Pop Art, happening, under, Kerouac)” (p. 15). Por otra parte, “una concepción del arte como una forma que tiende a lo abstracto, fuera de todo contexto, como un puro sistema de signos (Beckett, Nouveau roman, Tel Quel)” (p. 15). Julio Premat sugiere dos interpretaciones opuestas de este fenómeno. Una interpretación contextualista que lee la vanguardia como una reacción a circunstancias sociales, económicas e históricas y que deriva, por lo tanto, hacia una percepción política en la línea de los escritos de Peter Bürger (p. 15). Por otro lado, una interpretación que tiende al formalismo y subraya el decadentismo, la esterilidad o el agotamiento del concepto (cf. Jean-Marie Schaeffer) (p. 15).

En un giro borgeano que evoca la célebre conferencia “El escritor y la tradición”, Julio Premat afirma que la pregunta por la vanguardia es una pregunta sobre la tradición, entendida como un conjunto de coordenadas espacio-temporales desde las cuales leemos. ¿Qué relación a la tradición construyen los autores que consideramos vanguardistas? Se trata de escritores que, en un determinado contexto histórico, desafían el paradigma de los posibles y desplazan el “horizonte de expectativas” (H. R. Jauss) establecido para crear algo nuevo. La vanguardia puede entonces ser pensada, como lo sugiere Arturo Carrera en el prólogo de la poesía completa de Rodolfo Fogwill, como “la parodia crítica de la tradición”, pero también como una lectura activa, a destiempo o incluso destructiva de la tradición, tal como lo sugieren algunos de los escritores retomados por Premat y, en particular,Héctor Libertella o Ricardo Piglia. ¿Qué será la vanguardia? propone así estudiar las redefiniciones tardías de este concepto y pensar sus actualizaciones contemporáneas a la manera en que lo hacía Ricardo Piglia en su seminario, i.e. para pensar en poéticas que rompen o bien que se salen del marco de nuestras expectativas.

La segunda parte del libro, titulada “Lecturas”, propone un corpus con una serie en forma de tríptico y dos periodizaciones principales. En los años 1990, Ricardo Piglia, Héctor Libertella y César Aira son los tres autores principales que, desde la óptica de Julio Premat, recuperan o inventan vanguardias. Otros datos relevantes para postular la presencia de una “corriente” vanguardista en las letras argentinas a partir de 1990 son, entre otros, el rol que ocupa Babel. Revista de libros (1988-1991) en la construcción de un canon literario alternativo, así como la irrupción del grupo “Shanghai” –integrado por autores como Alain Pauls, Daniel Guebel, Matilde Sánchez. Charlie Feiling y Sergio Chejfec– en el centro de la escena literaria.

Para pensar los años 2000, Premat propone una serie de “Propensiones” o tendencias que aparecen encarnadas en su libro por un puñado de escritores. El autor analiza, respectivamente, la problematización de la novela de hijos o memorialista, de la escritura feminista y de la literatura del yo, en obras de Félix Bruzzone, Gabriela Cabezón Cámara, Sergio Chejfec, Pablo Katchadjian, Mario Ortiz, y Damián Tabarovsky. No sin ironía, Premat propone una “generalización efectista e incluso un título seductor: 1990, Argentina: las vanguardias o 1990-2018: el retorno de las vanguardias”. Los catálogos de editoriales “independientes” como Malsalva, Interzona, Entropía, Belleza y Felicidad, Eloísa Cartonera, Colección Chapita y otras, resultan también fundamentales para pensar la escena literaria actual y las nuevas vertientes que cada editorial busca reforzar y construir (p. 33).

En lo que respecta a Ricardo Piglia, el primero de los escritores escogidos en la serie de los años 1990, Premat señala que el autor no sitúa su reflexión sobre las vanguardias “en la línea temporal sino en un espacio de confrontación, que además de ser militar tiene que ver con la tradición política evocada” (p. 62). Más allá de sus novelas, lo que le interesa a Premat es la reflexión de Piglia sobre los “modos de ser escritor”, un cuestionamiento que recorre sus ensayos y que reaparece con fuerza en sus Diarios a partir de la dinámica “Piglia/Renzi”. Entre las múltiples cualidades y facetas que hacen de Ricardo Piglia un nombre digno de inaugurar esta serie vanguardista de los años noventa, el autor destaca una propuesta: la de pensar “el ensayo como relato, como autobiografía, como proyección fantasmática, como laboratorio de una voz literaria” (p. 83).

En segundo lugar, encontramos la obra de Héctor Libertella, un autor que, desde su participación crítica en Literal hasta sus novelas, irrumpe en el campo literario proponiendo “ficciones teóricas” con un “air du temps telquelista” (p. 25). La tercera obra abordada en esta serie es la de César Aira. Con su “ocupación anómala de los terrenos de la vanguardia llamada histórica” y su “ritmo febril de invención” (p. 23), Premat subraya la importancia de su obra y de su legado para la literatura argentina actual y la que vendrá. A través de procedimientos como la “puesta en duda de la buena escritura y del concepto de obra, estrategias provocadoras de edición, proliferación de intrigas, filiación imprevisible en la que Duchamp y Roussel ocupan el lugar de referentes” (p. 23), Aira reactiva la retórica de la vanguardia histórica. Asimismo, sus ensayos sobre autores como Copi, Alejandra Pizarnik, Osvaldo Lamborghini o Manuel Puig actúan como espacios de creación de una “novela familiar o genealógica vanguardista” (p. 24). Más allá de la marcada heterogeneidad e incluso de los lugares antitéticos que estos tres autores ocupan en el campo literario argentino, Julio Premat destaca la impronta de Borges como un rasgo común de sus poéticas vanguardistas. Para decirlo con el autor: “Piglia, Libertella y Aira son avatares tardíos de una práctica autorreflexiva singular, de la cual Borges es, claro está, el máximo exponente” (p. 39).

En lo que respecta a la serie de los años 2000, Premat sugiere relaciones entre los tres autores propuestos por Ricardo Piglia como la encarnación de poéticas vanguardistas y los escritores que integran su propia serie “Propensiones”. Podríamos así, por ejemplo, interrogarnos sobre la relación entre la obra de Juan José Saer y la de Gabriela Cabezón Cámara (La Virgen Cabeza, 2009; Romance de la negra rubia, 2014; Las aventuras de la China Iron (2017)” o entre la obra de Rodolfo Walsh, la de Félix Bruzzone (Los topos, 2008) y los ensayos de Sergio Chejfec (El punto vacilante, 2005; Sobre Giannuzzi, 2010; Últimas noticias de la escritura, 2015 ; Teoría del ascensor, 2016 ; El visitante, 2017).

Para volver a la serie propuesta por Julio Premat como un síntoma de “lo nuevo” en los años noventa, podríamos pensar también en una filiación entre las estéticas de César Aira y Pablo Katchadjian o en la de Héctor Libertella y Damián Tabarovsky (Literatura de izquierda, 2004; Fantasma de la vanguardia, 2018; Una belleza vulgar, 2021; El amo bueno, 2016). Premat se interroga, además, sobre la manera en que los narradores que integran su serie de los años 2000, como Mario Ortiz (Cuadernos de lengua y literatura : diez libros publicados entre 2000 y 2017), Cabezón Cámara y Bruzzone “desplazan y problematizan, con recursos de raigambre vanguardista, tres líneas dominantes de la narrativa del siglo XXI en Argentina, o sea, respectivamente, la literatura del yo, la escritura feminista, la novela de hijos o memorialista” (p. 152). Continuando el gesto vanguardista de César Aira, Pablo Katchadjian propone una irrupción vanguardista con una intervención en libros “sagrados” (El Aleph engordado, 2008; El Martín Fierro ordenado alfabéticamente, 2007). En lo que Julio Premat denomina sus ficciones “originales” prima, a su vez, una escritura de inspiración formalista y una lógica de nonsense (Gracias, 2013; La libertad total, 2013 o El caballo y el gaucho, 2016).

En el balance final de ¿Qué será la vanguardia?, Julio Premat señala que “la vanguardia no es una verdad estética sino un repertorio de posibles, un abanico de resistencias y radicalidades, sin preceptos, sin manifiestos, sin grupos” (p. 190). El desafío es percibir la “radicalidad, la oposición, la experimentación, el formalismo de la vanguardia en tanto armas de defensa o de reivindicación, anacrónicas, de lo literario” (p. 194). Alejada ya de los “ismos”, la vanguardia supone la existencia de comunidades y de estilos alternativos y nos confronta a la idea de que el cambio es la condición misma de existencia y de emergencia de lo nuevo. La decisión de cerrar su libro con una reflexión sobre los límites y las zonas de permeabilidad entre vanguardia y utopía merece ser destacada. En este sentido, Premat trae a colación una breve frase de Bertold Brecht: “algo falta” (p. 210), que le sirve para afirmar el valor utópico de la vanguardia como “una duda prometedora” y “una incitación decisiva a la creación” (p. 210). Retomando una reflexión del filósofo Pierre Macherey, la vanguardia se transforma en el horizonte de posibilidad de la literatura; es “el epítome de lo literario, porque la literatura transforma el mundo, no interpretándolo (y menos aún reflejándolo) sino con una construcción, una ficción, una inexistencia (…)” (p.210).


Premat, Julio ¿Qué será la vanguardia? Utopías y nostalgias en la literatura contemporánea, Buenos Aires: Beatriz Viterbo, 2021, 236 páginas.


* Paula Klein es Doctora en Literatura comparada, especialista de literatura argentina y del Río de la Plata. Su ensayo Petites mémoires et écriture du quotidien: Cortázar, Perec et leurs échos contemporains fue publicado en 2021 en Classiques Garnier.

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La parte de los crímenes. Femicidios en Santa Teresa

Por: Nahuel Paz

En una nueva entrega del dossier “Escenas de ley en el arte y en la literatura. Judicialización y relaciones sociales”, Nahuel Paz analiza el capítulo “La parte de los crímenes” de 2666 (2004), la novela póstuma de Roberto Bolaño. A partir de la reflexión en torno a los regímenes de verdad que allí aparecen, Paz elabora una lectura que cuestiona los esquemas que duplican la realidad de “Ciudad Juárez” en la de “Santa Teresa”. También, plantea algunas problemáticas sobre las agencias y la judicialización de las relaciones sociales en relación con los femicidios.


 Ciudad Juárez padece de exceso de personas

 y exceso de desierto: de inermidad

(González Rodríguez, Sergio. Huesos en el desierto, 2002: 58)

Lo decible

En este trabajo voy a concentrarme en algunas claves de lectura de “La parte de los crímenes”, el cuarto apartado de 2666 (2004), la novela póstuma de Roberto Bolaño. El capítulo está centrado en los femicidios de Santa Teresa, una ciudad ficcional situada en México, en el límite con los EEUU. La sección tiene como correlato de lo real los femicidios de Ciudad Juárez, ya que Bolaño venía documentándose al respecto desde 1998 y estaba en contacto asiduo con el periodista mexicano Sergio González Rodríguez, autor de Huesos en el desierto (2002), un texto que trabaja sobre la temática.

En este ensayo intentaré lecturas que se metan por los vericuetos de lo “decible”. Sabemos que siempre hay una disputa por el cómo (¿cómo decir lo que hay que decir?), pero en esta disputa sobre el cómo, en “La parte de los crímenes”, los que dicen, hacen, actúan, operan parecieran difuminarse o ponerse en cuestión bajo los regímenes de verdad. El ya mencionado González Rodriguez, el académico y periodista mexicano Oswaldo Zavala y la antropóloga argentina Rita Segato están entre quienes propusieron soluciones al problema de los femicidios en Ciudad Juárez, pero, al ponerse en cuestión la verdad sobre esos crímenes estamos ante una disolución de las culpas, de las responsabilidades, de las estadísticas, ¿quiénes matan? (sí, los hombres), ¿por qué lo hacen? (sí, porque “pueden”) y, en el medio, lo decible.

Si aceptamos la tesis de que la literatura puede decirlo todo sin necesidad de “asignarle un sentido” o “una única misión”, incluso puede ser “ser inútil en sí misma”, como plantea Jacques Derrida en “Esa extraña institución llamada literatura” (1989), también podemos admitir que una parte de la literatura de Bolaño se instala en un sitio evasivo en el que algo está siempre a punto de ser develado, pero al final se escapa o su sentido no logra totalizarse. Derrida pone el foco sobre la ficción, “la libertad de decirlo todo es un arma política muy poderosa, pero una que puede dejarse neutralizar inmediatamente como ficción”. La desavenencia entre ficción y realidad ‒entre los “regímenes de verdad” y lo “decible”‒ es parte del problema en un caso paradigmático como el de Ciudad Juárez, que Bolaño resuelve en el terreno de la ficción.

Los regímenes de verdad:

Ciudad Juárez, Santa Teresa, los femicidios que develan distintas instancias de la verdad. González Rodríguez dice en Huesos en el desierto:  

La traza de la ciudad se ha desbordado en un sentido conflictivo, abigarrado, abrupto, de pronto continuo al mismo tiempo. Y endeble: al contrario de las macrópolis mexicanas (…) Ciudad Juárez expone un giro contrario: las orillas dominan su centro. Se ven miles y miles de personas y construcciones precarias en busca de una reinvención del futuro (…) La gente lucha y busca salir adelante. (…) Al igual que sucede con otros polos fronterizos del planeta, explotar el cuerpo ha sido una urgencia y un estigma en la historia de Ciudad Juárez.

Y agrega que “Ciudad Juárez resiente la asimetría”. En un trabajo investigativo sobre los crímenes, el autor postula hipótesis, saca conclusiones, resume culpables, pero su trabajo investigativo tiene críticos que lo refutan. Uno de ellos, Oswaldo Zavala, expone que “la realidad subordinada a la imaginación conduce, naturalmente, a una novela”. Asimismo, cuestiona la afirmación que subsume los asesinatos de Ciudad Juárez a una única lógica o explicación como las de González Rodríguez.

Por eso, en este texto intentaré aportar lecturas que se cuelen por los vericuetos de lo “decible” y sostengo que la clave está en la misma crítica de Zavala a González Rodríguez: leer las resoluciones únicas como si fueran ficción.

“La parte de los crímenes”

Como dije, Zavala pone en discusión los regímenes de verdad para confrontar el texto de González Rodríguez con el de Bolaño:

2666 retoma uno de los capítulos finales de Huesos en el desierto y enlista a las muertas una a una, pero sin la necesidad de imaginar un elaborado complot como respuesta. La imagen colectiva de los cuerpos encontrados en los páramos desérticos se espejea a sí misma: una muerta es todas las muertas de la ciudad y su razón de ser implica también el devenir de Occidente fundado en la violencia. ‘Nadie presta atención a estos asesinatos’, dice un personaje, ‘pero en ellos se esconde el secreto del mundo’

Si en estos feminicidios “se esconde el secreto del mundo”, es necesario pasar el sintagma a una interrogación, entonces ¿cuál es el secreto del mundo? Pensemos lo “decible” en “la parte de los crímenes”. Como primer paso: la cuestión de la agencia. El capítulo empieza con una especie de agencia aséptica, neutra, sin sujeto nocional, sin autores materiales, una pura enunciación: “La muerta apareció en un pequeño descampado en la colonia Las Flores. Vestía camiseta blanca de manga larga y falda de color amarillo hasta las rodillas, de una talla superior”. “La muerta apareció”: alguien podría reponer que “sola” o “se apareció”, emergió en la ciudad, en la narración.

Así, se instaura la única forma de lo decible, suprimiendo al sujeto de la acción. El párrafo sigue: “Otras que quedaron fuera de la lista o que jamás nadie las encontró enterradas en fosas comunes en el desierto o esparcidas sus cenizas en medio de la noche, cuando ni el que siembra sabe en dónde, en qué lugar se encuentra”. En resumen, la sección queda inaugurada en una asociación que va de “fosa común” y “desierto” hasta la carretera fronteriza de “terracería”, con la idea de unas otras “jamás encontradas”, pero sin agencia, “nadie fue”.

Nadie fue es una no agencia. Es en este sentido que Rita Segato aporta ideas para pensar los crímenes de Ciudad Juárez. La antropóloga dice que la impunidad se revela espantosa y que esa impunidad tiene varios aspectos: ausencia de acusados y de líneas de investigación convincentes: “Hablar de causas y efectos no me parece adecuado. Hablar de un universo de sentidos entrelazados y motivaciones inteligibles, sí”. Por supuesto, Segato descifra lo inteligible: “La lengua del femicidio utiliza el significante cuerpo femenino para indicar la posición de lo que puede ser sacrificado en aras de un bien mayor, de un bien colectivo, como es la constitución de una fratría masculina”.

Dejo en suspenso las nociones de Segato para meterme en la complejidad de la maquinaria narrativa de Bolaño. “El círculo sin fin de este tipo de crímenes” se complementa con ese principio ya citado y con el final de “La parte de los crímenes”. Así como 1993 comienza sin agencia, el último año narrado cierra del mismo modo: “El último caso del año 1997 fue bastante similar al penúltimo, sólo que, en lugar de encontrar la bolsa con el cadáver en el extremo oeste de la ciudad, la bolsa fue encontrada en el extremo este”. Las bolsas “se encuentran”, nadie las arroja, las tira o coloca en el oeste o en el este. De este modo, el año de inicio y de cierre tienen la arbitrariedad de lo perpetuo, hubo otras muertas, habrá otras, todo en un círculo sin fin.

En la novela, los “universos entrelazados” ‒con “motivaciones inteligibles” que hablan “la lengua del femicidio” ‒ entrecruzan “espacio doméstico” y “espacio público” (indisolubles en rigor), puesto que ambos se suceden, unos a otros, casi sin resoluciones palpables. Las resoluciones son pocas: el caso de la Vaca, asesinada en una riña por el Mariachi y el Cuervo; Erica Morales, asesinada en el desierto por su Marido Olivares y el primo de este, Segovia, ocurridos en “el espacio público” (una calle, el desierto) por gente “cercana” o “familiar” y dentro de la fratría masculina. El agente policial Epifanio Galindo es quien resuelve esos casos y también, quien encuentra y acusa a Klaus Haas, el sospechoso principal de la primera parte del capítulo. Una de las asesinadas, Estrella Ruiz, había frecuentado la tienda del alemán-norteamericano en varias ocasiones. Galindo lo detiene por este caso, aunque el gigante se declara inocente. Luego, otros agentes del Estado le achacarán otros feminicidios.

Los narradores, durante una buena parte de la historia, parecen abocados a responder la pregunta sobre “el secreto del mundo”. Teresa Basile dice que en Bolaño hay al menos tres clases de narradores: los que describen intentando extremar la contraposición entre una superficie en la que nada grave parece suceder y los acontecimientos de violencia, los que comprenden lo que ocurre, pero no lo informan y aquellos que saben menos que el texto o no entienden lo que les pasa.  Estos narradores que aparecen en “la parte de los crímenes” están intentando otorgarles sentidos a las muertes. Todos siguen la razón de los crímenes: al sacarle “el cuerpo narrador”, las cosas pueden “ocurrir”; así, nos informa que un cuerpo “aparece”, pero no quien lo puso. Se sabe que unos “alguien” operan en las sombras y colocan esos cuerpos muertos en esos lugares (antes los asesinan), pero la sustracción se integra: los narradores tampoco muestran su presencia.

En mi lectura, “La parte de los crímenes” constituye la pieza central de la novela, en un movimiento que se acerca a lo real para dar con una respuesta. Como plantea Fermín Rodríguez, para sacar a la luz “el trabajo del miedo” o su agencia, la agencia del miedo, miedo que Segato comparte desde el espejo real de Ciudad Juárez. Ella afirma: “La sombra siniestra que cubre la ciudad y el miedo constante que sentí durante cada día y cada noche de la semana que allí estuve me acompañan hasta hoy”. Hasta el alejamiento, porque no se encuentra la forma del “decir” o la que se encuentra es una “verdad molesta” y entonces hay que hacer otro movimiento, esta vez para difuminar.

Y es que, a su vez, y como un típico gesto bolañano, a medida que el capítulo avanza, lo real se corre para dar lugar a ciertas imágenes de ensoñación que diluyen la realidad, como si fuera una forma de abrirnos el secreto del mundo, por ejemplo, la “culpabilidad” de Hass, siempre distorsionada y lejos de comprobarse: “Pero Hass era incansable y parecía salirse de la realidad (o intentaba sacar de la realidad a los judiciales con frases inesperadas y preguntas incoherentes”.

Estas ensoñaciones entrelazan las lógicas y los regímenes de verdad, posibles perpetradores e investigadores:

Según Ordoñez, la expresión de Lalo Cura era muy rara, no de sorpresa, sino más bien de felicidad. ¿Cómo de felicidad? ¿Se reía? ¿Sonreía?, le preguntaron. No sonreía, dijo Ordoñez, se le veía concentrado, reconcentrado, como si no estuviera allí, no en aquel momento, como si estuviera en el barranco de Podestá, pero a otra hora, a la hora en que habían matado a aquella fulana.

El judicial Juan de Dios Martínez piensa: “Si abría los ojos, sin embargo, y observaba el mundo real y procuraba controlar sus propios temblores, todo seguía más o menos en el sitio”. A lo real le sigue la ensoñación y a la ensoñación se le impondrá lo real, un movimiento que acompaña la lógica del “círculo sin fin” de los crímenes.

Totalizadores e imaginarios:

La acumulación de lugares funciona como totalizador: “basurero”, “desierto”, “desagüe”, “taller”, “descampado”, “edificio abandonado”, es decir, todos los lugares. Del mismo modo, pueden totalizarse los femicidios: las mujeres que “aparecen” pueden tener diez años o cuarenta, ser anónimas y que nadie reclame su cuerpo o tener nombre y apellido y gente que las busque. De esta forma, la indeterminación, la falta de precisión o los detalles escrupulosos y azarosos que se concentran en un lugar en el que se cometió un femicidio o en una mujer determinada operan como una amenaza latente. El femicidio puede ocurrirle a cualquier mujer de Santa Teresa y, llevado hacia afuera de la ficción, en “todos los lugares” y a “todas las mujeres”.

En Frente al límite (1991), Todorov dice: «Un muerto es una tristeza, un millón de muertos es una información»‘. Me atrevo a decir que “La parte de los crímenes”, en el sentido contrario con relación a las cifras, lo hace acumulando cadáveres uno tras otro, individualizándolos en la acumulación. Porque en la novela todas las víctimas serán “un cuerpo”, como una forma de llamar a esta agencia escondida, esto que es, pero no es, que no está nombrado; entonces el cuerpo puede ser entregado a los estudiantes de medicina para que hagan sus ensayos. O puede ser anónimo, sin papeles o tener nombre y apellido, una historia, un currículum, pertenecer a familias de la vieja burguesía de Santa Teresa, pero todas serán “un cuerpo”.

Y este “cuerpo”, su no agencia, se expande. Es Florita la que ilumina esta cuestión: “Estoy hablando de las niñas y de las madres de familia y de las trabajadoras de toda condición y ley que cada día aparecen muertas en los barrios y en las afueras de esa industriosa ciudad del norte de nuestro Estado. Hablo de Santa teresa”. La vidente que hace ciencia, afirma que sus milagros “son producto del trabajo y de la observación”, totaliza la falta de agencia y la simbolización, es el cuerpo de “todas”, “las niñas y las madres”, por decir “cualquier mujer”/“todas las mujeres”.  

La maquinaria narrativa de Bolaño desborda historias: feminicidios, cine snuff, generaciones de violaciones, periodistas, negocios carcelarios, narcos, desapariciones, burocracia, fobias. Para eso presenta narradores que van describiendo las historias sin aportar “bajadas morales” u “opiniones”. Los narradores “muestran” los feminicidios. Las muertas están, aparecen, se imponen sin necesidad de decirnos “cómo debemos pensarlos”. Un narrador cualquiera presenta algunos aspectos: “el pelo largo hasta la cintura”, “pantalones de mezclilla”, de muchas dirá la altura, de algunas la edad, la forma en que fueron violadas y asesinadas, aunque a veces “no se puede determinar” o presente dos versiones o los documentos se pierdan en alguna instancia burocrática.

Fatiga

Luego de enlistar, sin tono de denuncia, la constitución de una fratría masculina, los chistes de policías (como propone Fermín Rodríguez que los relaciona con el “biopoder”), un sistema que vincula un segundo Estado, como propone Segato, por fuera del Estado, encontramos una lógica narrativa (por encima de todos los narradores) que inicia su gesto de fatiga en el momento en el que la respuesta a la pregunta parece estar más cerca.

Este gesto se pone de relieve en uno de los últimos casos nominales, investigados conscientemente, cuando los nombres de los sospechosos comienzan a mezclarse y asociarse sin rumbo. El narco Pedro Rengifo y su ex-socio actual competidor, Campuzano; el rector de la Universidad de Santa Teresa, Pablo Negrete y su hermano, jefe de la policía, Pedro Negrete, todos hombres poderosos como una puesta en escena de la Fratría masculina. “En diciembre, y éstas fueron las últimas muertas de 1996” encuentran los cuerpos de “Estefanía Rivas, de quince años, y de Herminia Noriega, de trece. Ambas eran hermanas de madre”, una vecina telefonea para informarle a la madre del hallazgo, entonces el narrador desliza:

Desconsolada, la vecina volvió a su casa, en donde la aguardaba la otra vecina y las niñas y durante un rato las cuatro experimentaron lo que era estar en el purgatorio, una larga espera inerme, una espera cuya columna vertebral era el desamparo, algo muy latinoamericano, por otra parte, una sensación familiar, algo que si uno lo pensaba bien experimentaba todos los días, pero sin angustia, sin la sombra de la muerte sobrevolando el barrio como una banda de zopilotes y espesándolo todo, trastocando la rutina de todo, poniendo las cosas al revés.

La investigación de esas muertes nace trunca, “así que los grupos operativos quedaron estructurados tal como dispuso Ortiz Rebollo y los policías, con gesto cansado, como soldados atrapados en un continuum temporal que acuden una y otra vez a la misma derrota, se pusieron a trabajar”. Luego, Juan de Dios Martínez está en la casa en la que violaron y asesinaron a las dos hermanas para hacer la pesquisa: “Entró y se arrodilló junto al cuerpo de Estefanía y lo examinó detenidamente hasta perder la noción del tiempo”. Y la derrota lo invade como “los programas nocturnos que llegaban por los cuatro puntos cardinales del desierto”.

“El secreto del mundo”

El gesto de fatiga acompaña dos movimientos: mientras nos alejamos del comienzo del “ciclo de asesinatos”, como primer paso, se reduce la “resolución de los casos”. De hecho, todas esas resoluciones remiten a “feminicidios domésticos” (o culpabilizar a cualquiera que aparezca cerca de la escena y sea pobre), y mientras esto ocurre, por el otro lado las alusiones a la dicotomía “real/ensoñación” se presentan con mayor fuerza.

A medida que la sección avanza, pareciera que el agenciamiento del Estado se extenuara y no pasara de meros gestos (algunas reuniones, la convocatoria a Kessler como especialista que dicta conferencias en las que solicita “más iluminación y presencia policial”). Los intentos de “contrarrestar” o paralizar la ola de feminicidios son paraestatales. Si los crímenes corresponden a un segundo Estado, las investigaciones, como la que encarga la diputada Azucena Esquivel Plata, son también paralelas.  

La realidad parece duplicarse: por un lado, la realidad de los feminicidios (que parecen un mal sueño) y, por otro, la realidad como algo inimaginable que se escurre porque lo abarca todo. La narración enloquece y transcurre en este doble plano, ya no hay posibilidad de encontrar un régimen de verdad, como piensa el investigador judicial Efraín Bustelo, “que no tardó en descubrir que los hermanos Cifuentes sólo tenían un poco más de entidad que un par de fantasmas”, le pasa también a Kessler, el especialista que viaja a Santa Teresa:

La conocía, claro que sí, sólo que a veces la realidad, la misma realidad pequeñita que servía de anclaje a la realidad, parecía perder los contornos, como si el paso del tiempo ejerciera un efecto de porosidad en las cosas, y se desdibujara e hiciera más leve lo que ya de por sí, por su propia naturaleza era leve y satisfactorio y real.

Si en el principio del capítulo la realidad es casi palpable ‒hay muertas, sospechosos, acusados, como el propio Hass‒, hacia el final todo transcurre en una lasitud machacada por la brutalidad de las muertes, por el continuum de la fatalidad, de la inoperancia y la imposibilidad de detener la avalancha de cadáveres apilados. Es entonces cuando los personajes, acompañando la trama, se van corriendo hacia la ensoñación y develan sus pesadillas.

Así, “La parte de los crímenes” saca a la luz la violencia del segundo Estado para atisbar algunas respuestas a la pregunta sobre “el secreto del mundo”. Ciudad Juárez, Santa Teresa, Buenos Aires, Ciudad de México, todo es lo mismo, como le dice Demetrio Aguila a Harry Magaña (que investiga la desaparición y muerte de Lucy Anne Sander): “En ocasiones Harry le preguntaba por qué no iba con él a Arizona y el mexicano le contestaba que era lo mismo, Arizona, Sonora, Nueva México, Chihuahua, todo es lo mismo”.

Abelardo Castillo dice en El que tiene sed que el secreto del mundo es “que siempre puede pasar algo peor”, Bolaño, además, lo muestra.

Marilyn en el Sur: fracaso y resistencia travesti en Cuerpos para odiar de Claudia Rodriguez

Por: Victoria Solis

Imagen: Marilyn Monroe en Hollywood (1952) Philippe Halsman

Cuerpos para odiar (2013) de la escritora chilena, trabajadora social y activista travesti Claudia Rodríguez parece encarnar una suerte de autobiografía travesti y horrorista. Esta es, precisamente, la estética que defiende el error y el fracaso de los sujetos monstruosos que protagonizan su texto híbrido‒mezcla de relatos, fotografías y poemas yuxtapuestos. En él ­­asistimos al pasaje de una niñez libre y animal en las tierras tomadas de un país que se dice imaginario, al disciplinamiento corporal e identitario que la vida travesti sufre en una Santiago de Chile excluyente, militar y violenta. 


Su relato se inicia con la narración del nacimiento de Claudia (cuando aún era un niño), en la que cuenta que la madre la parió como una gata, subrayando el devenir animal que regirá su niñez. Así, la narradora recuerda las conversaciones que mantenía con vacas y caballos, o la identificación con hormigas, libélulas e, incluso, el barro, mancomunados con el resto de las niñas en la perversidad. En efecto, es una voz plural, construida a partir de un “nosotras”, la que describe esas escenas en los ranchos del campamento, porque todas las niñeces conforman una manada desobediente. Afirman que provienen del sur de un país que no se nombra y al que se describe como imaginario, quizás por encontrarse fuera de la ley y de la norma metropolitana.  

En esta comunidad donde copula lo material con lo humano, se insiste en rescatar a los sujetos femeninos, especialmente a la madre (en el texto, maere). Y la referencia a ella es, igualmente, colectiva. La madre personifica a “todas las maeres de antes que también hicieron senderos para mí, antes de llegar aquí” (p.16). La escritura de Claudia Rodríguez ahonda en el linaje materno, compuesto por madres y abuelas que no se conocieron entre sí, e insiste en recuperar las vidas analfabetas de las cuales desciende y que permanecen alojadas fuera de todo archivo.  Por esa razón, el libro se abre con una inscripción de las travestis en el universo indígena “Las travestis somos iguales que las mapuches del campo, igual que las mujeres antiguas que aprenden de las abuelas, cómo se hace el pan. Nosotras aprendemos con las viejas a pensar lo que tiene que ver con el cuerpo, sobre el deseo, que es lo mismo que aprender a ver (p. 10)”.La palabra “antes” se repite a lo largo de las páginas como un estadio previo a que el mundo se trastornara y apareciera el conflicto con su cuerpo. Justamente, es la corporalidad travesti la que inaugura temporalidades singulares para narrar la propia experiencia y hacer emerger subjetividades que permanecían relegadas. Esto puede registrarse en otro capítulo de la vida travesti: el ingreso a la escuela.En Cuerpos para odiar la escolarización está mediada por una operación corporal, ya que para empezar las clases deben cortarle el pelo, dejándola, según dice, desnuda y revelando la importancia de lo capilar en el orden del cuerpo y en la subjetividad. En el libro se adjunta la foto de un niño con el pelo corto, que en las imágenes de las performances de Claudia luce rubio y largo. Asimismo, se efectúa un corte de temporalidades en el que se distingue la etapa donde todas eran salvajes en un puro presente, frente a una infancia signada por la exclusión y la burla, ya sea por su rostro indígena, su apariencia marica o su falta de instrucción gramatical. Antes, un lenguaje animal, hecho de balbuceos y raspeos; ahora, el aprendizaje de la escritura y, con ello, el miedo.


En esa misma línea, en Travesti. Una teoría lo suficientemente buena (2018), Marlene Wayar propone a la infancia como territorio de potencia creativa, ya que allí se puede “estar todo el tiempo proyectando sueños y buscándoles las posibilidades” (57). Por eso, al mismo tiempo, se torna blanco del sistema heteropatriarcal, dado que la institución familiar regula y controla que aquellos sueños no se salgan del cauce de la heteronorma. En este sentido, Cuerpos para odiar inscribe a la infancia en esa zona biopolítica de la dominación, porque reafirma que, antes que potencia, “la infancia no era ni flujo ni enunciación sino sólo una forma debidamente hincada y minusválida de llegar al mundo” (25).

Uno de los ejes del texto es la configuración del lenguaje como alienante y destructor, ya que las letras no hacen sino rechazarla y des-identificarla; además, pasan a incluirla en un universo moral en donde existe el pecado y, con ello, reglas que debe aprender. No hablar del “poto”. No usar jumper porque es ropa de chicas. Jugar a la pelota en vez de recoger moras con las niñas. “He sido tan odiada que tengo razones para escribir” (9), manifiesta en las frases yuxtapuestas al relato, escritas en el margen o torcidas, y potentes en su brevedad y crudeza poética. Es que en la obra de Claudia Rodríguez la escritura está hecha de odio. La narración se materializa en cuerpos que son odiados por no encajar en las normas de género ni en el sistema escolar; pero, también, por ser analfabetos y sobrevivir sin saber escribir ni tener las herramientas de la letra para defenderse. Así, no solo la infancia se configura como un fracaso. También lo es la escritura.

En el libro se sostiene una reafirmación de ese fracaso, que también se encuentra en su obra anterior Manifiesto horrorista el cual, como el título lo indica, señala la estética horrorista que rige sus diferentes escritos. Allí se celebran el error y el desvío como prácticas liberadoras, además de defender la provocación que las subjetividades monstruosas realizan al desviarse del sistema. En El arte queer del fracaso (2011), Jack Halberstam inspecciona los discursos que sustentan la lógica del éxito/fracaso, asociados a la positividad tóxica, el progreso y la competitividad neoliberal. Frente a esto, se ocupa de desmontar dicha oposición a partir de ligar el fracaso a las vidas queer. Amigarse con el fracaso como potencia desestabilizadora permite negarse al poder disciplinador de la heteronorma y vivenciar otras formas de vida y de habitar los afectos. Desde aquí, justamente, podemos leer el relato de Claudia Rodríguez: la travesti asume que, contrario a Cenicienta, no hay zapato que le quepa para heredar el reino; pero, lejos de esconderse, se maquilla con irreverencia y le disputa al orden dominante una escritura desviada con la cual reafirmarse y, más aún, transformarse.

Así, a través de su escrito, asistimos a otro hito biográfico: el bautismo travesti. Nuevamente, las operaciones en torno a su corporalidad hacen emerger nuevos cortes temporales y, en este caso, se trata de un nuevo nacimiento al interior del “ambiente de cuerpos deformes” (p. 101). Aquí aparece un aprendizaje ya alejado de la escuela, que es el aprender a ser travesti a partir de observar a otras travestis. Es en comunidad que una constituye su aprendizaje identitario, y tal vez esa sea una de las formas en las que el fracaso demuestra su potencia, al posibilitar el ingreso a un modo de vivir comunitario y a la experiencia de hacerse en lo colectivo. A la manera de la manada travesti de Las Malas de Camila Sosa Villada, las amigas travestis sostienen y enseñan a nombrarse, a reconocer bordes y rostros, y presentan la posibilidad de encontrar el amor, aquello que se pretendía inalcanzable.

Al respecto, son muchos los fragmentos que refieren a la transición. No solamente cambia su nombre y se platina el pelo, sino que también acude al tratamiento de la Dolores, encargada de rellenar con silicona los pechos, en un acto semejante a una tortura (estética), con agujas que penetran la piel como un acto de violación. En una de las fotografías desperdigadas por el texto se evidencia su cambio bajo el título de “antes y después”, mientras que en los relatos se evoca el maquillaje a lo Pamela Anderson y el pelo de Sofía Loren. Igualmente, es Marilyn Monroe la figura privilegiada en la obra de la escritora, con la que se hermana al considerarla, como ella, una oprimida por el sistema. Pero no solo las estrellas de Hollywood la moldean, sino que se insiste en que son los hombres quienes se erigen como curadores de los cuerpos travestis e indican cómo debe verse una travesti de verdad.

La belleza se establece como posibilidad de obtener el derecho a vivir. Aunque ni siquiera esto lo asegura: “Ser travesti es ser una muñeca para los hombres que odian a las mujeres” (74). Frente a ese territorio imaginario donde nace, Santiago se vuelve concreta como ciudad en la que el deseo circula por lo subterráneo, mientras que arriba está el gobierno militar (más adelante, la democracia fracasada), los clientes o el sida. Ante esto, el libro funciona, a su vez, como un artefacto que recupera linajes e identidades que no dejan rastros en los archivos oficiales. Tal vez por eso los nombres de las travestis asesinadas y sus historias circulan por las páginas de modos fragmentarios y yuxtapuestos, sin una temporalidad fija. Quizás ese sea el modo de recuperar las huellas y acceder a aquellas historias donde los cuerpos se hacen a partir del odio.

Cuerpos para odiar es un llamado a no extinguirse; y, en la monstruosidad, reivindicar el derecho a vivir, a amar, a odiar.


Cuerpos para odiar (Claudia Rodriguez)
Ají Picante , 2018
102 páginas


Bibliografía

-Halberstam, Jack (2018) El arte del fracaso queer. Madrid: Egales.

-Rodriguez, Claudia (2018) Cuerpos para odiar. Patagonia: Ají Picante.

-_______________ (2015) Manifiesto Horrorista y otros escritos. Santiago: Juanita Cartonera & Isidora Cartonera.

-Wayar, Marlene (2018) Travesti. Una teoría lo suficientemente buena. Buenos Aires: Muchas nueces.

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Mujeres que abortan y criminalización

Por: Jimena Reides

En una nueva entrega del dossier “Escenas de ley en el arte y en la literatura. Judicialización y relaciones sociales”, Jimena Reides aborda las narrativas sobre la criminalización del aborto en la Argentina, las cuales presentan casos verídicos de mujeres que fueron injustamente encarceladas, como es el caso de Belén, la joven tucumana que pasó tres años en prisión por un aborto espontáneo. La autora analiza entonces los modos en que, antes de la promulgación de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) en nuestro país, el sistema de justicia criminalizaba a las mujeres cuyos abortos se encontraban dentro de las causales permitidas por la Interrupción Legal del Embarazo (ILE).


Existen algunas narrativas con respecto a la criminalización del aborto, y en especial en casos de mujeres pobres, que se repiten en los libros Dicen que tuve un bebé (2020) de María Lina Carrera y Somos Belén (2019) de Ana Correa, así como en el libro Libertad para Belén de Soledad Deza (2016), que fue publicado por la abogada de Belén luego de que la joven recuperara su libertad. Para ello, voy a tomar como ejemplo los libros mencionados anteriormente que se publicaron en nuestro país en los últimos años.

De esta forma, el objetivo de este artículo es narrar algunos casos conocidos de mujeres que se sometieron a abortos clandestinos en la Argentina antes de la promulgación de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) N° 27.610 de 2020, cuando el aborto en la Argentina solo era no punible en los casos contemplados por el Artículo 86 del Código Penal: en caso de que hubiese peligro de vida o de la salud de la madre y no quedaba otra alternativa, o en caso de que el embarazo resultase de una violación o de un atentado “al pudor” sobre una mujer con algún tipo de discapacidad mental. No obstante, ese artículo del Código Penal muchas veces se incumplía, debido a que se ocultaba lo que verdaderamente había ocurrido o se demoraban los tiempos para que se excediera el plazo límite para realizar el aborto dentro del amparo de dicho artículo. Así, mediante estos casos verídicos, haré un análisis de cómo estas mujeres se ven criminalizadas e invisibilizadas ante dicha situación.

Las mujeres que tuvieron un aborto espontáneo fueron condenadas no solo por los médicos, sino también por el sistema penal y se las acusó de homicidio agravado por el vínculo. Por lo general, esta es la figura dentro de la cual se tipifica este tipo de casos. Así, se puede observar la forma en que el sistema penal refuerza la idea de maternidad. De esta manera, incluso algunos casos que fueron simplemente eventos obstétricos involuntarios fueron catalogados como homicidio. Se puede observar que las instituciones médicas y judiciales ejercen un rol abusivo con respecto al cuerpo de la mujer, colocándolo en un estado de indefensión total y (en el caso de los médicos) violando completamente el secreto profesional y la confidencialidad entre médico y paciente.

En el libro de Ana Correa, la autora cuenta que Belén era una chica que tuvo un aborto espontáneo y que no sabía que estaba embarazada. Al momento de dirigirse al hospital porque estaba con dolores fuertes, se enteró de que estaba atravesando un aborto. Ahí comenzó la pesadilla de Belén, pues intervino la policía en el caso (avisada por los médicos que la estaban atendiendo) y terminó encarcelada injustamente durante tres años, hasta que intervino una abogada que la ayudó con su caso. Así, la Corte Suprema de Tucumán ordenó su liberación luego de que la hubiesen condenado a ocho años de prisión por homicidio agravado por el vínculo. El caso de Belén es uno de los tantos casos en los que la justicia patriarcal funciona en contra de los derechos y los intereses de las mujeres. En particular, la provincia de Tucumán es reconocida por las decisiones aberrantes que los jueces suelen tomar en contra de las mujeres, de sus cuerpos y de sus derechos reproductivos.

Como bien se explica en el libro Libertad para Belén, el caso estuvo plagado de irregularidades desde el primer momento. Para empezar, se le dictó prisión preventiva debido al “riesgo de fuga”, cuando era claro que, para una persona con sus recursos, esto resultaría imposible. Además, las pruebas recolectadas durante la investigación previa al juicio también se vieron alteradas y eran erróneas y confusas, ya que se contradecían entre sí y los puntos temporales no seguían un orden cronológico. Por ejemplo, luego de que en un comienzo el diagnóstico fuese un aborto espontáneo sin complicaciones, más adelante la Defensora llega incluso a hablar de estado puerperal, algo que nunca existió. Cabe aclarar que esta Defensora asignada por el Estado nunca creyó en la inocencia de Belén y que desestimó muchas de las pruebas fundamentales en cuanto a las irregularidades en la investigación, las cuales habrían ayudado a probar la inocencia de Belén.

Asimismo, como puede observarse en el libro Dicen que tuve un bebé, que reúne las circunstancias atravesadas por mujeres encarceladas luego de un aborto, en estos casos “el bien jurídico tutelado no es la infancia, la vida en general ni la de las personas gestantes en particular, como se suele afirmar”. Se considera que los cuerpos ya no son el ámbito privado de la mujer, sino que pasan a estar en la esfera de lo social y, por lo tanto, el poder que dicha mujer tiene para decidir sobre su propio cuerpo queda en manos del Estado. Además, en estos casos hay una condena moral evidente, donde esa condena y presunción de culpabilidad se traslada automáticamente desde el ámbito médico hasta al proceso penal. Todas estas mujeres son condenadas por los sectores conservadores de la sociedad, como es el caso de la sociedad tucumana, y por el conjunto de agentes que intervienen (médicos, policía, jueces e incluso abogados defensores), mucho antes de que ellas tengan la oportunidad de narrar qué fue lo que en verdad sucedió. Hay una violación sistemática de sus derechos. Por eso es tan importante que el sistema judicial sea un sistema que muestre perspectiva de género y que garantice la justicia, en lugar de ser una forma de disciplinamiento.

Se condena a las mujeres por no cumplir con el rol esperado de la maternidad, porque muestran “indiferencia” con respecto a lo que se espera de ellas y se las culpa por haber quedado embarazadas, desligando de toda responsabilidad a sus parejas. La mujer es así responsable de su cuerpo en cuanto a métodos anticonceptivos, por ejemplo, pero, en el caso de un embarazo no deseado o si desconociera su situación de embarazo, ya no tendría voz ni decisión sobre cuerpo.

Pero estos no son los únicos casos en los que se puede ver esa conducta repetida de criminalización de las mujeres pobres. En el libro La intemperie y lo intempestivo (2011) de July Chaneton y Nayla Vacarezza se toman también las voces de varones (a diferencia de los otros dos libros mencionados anteriormente), y se puede ver que los patrones siguen siendo los mismos, aunque ya desde una perspectiva un poco más amplia. Asimismo, se puede ver esa “urgencia” en hacerse el aborto, como se dice al comienzo del libro: “[…] Ella buscará los medios para interrumpir cuanto antes el proceso que se ha iniciado en su cuerpo”.

El libro mencionado es muy interesante pues, como ya se mencionó, también se escucha la opinión de los varones con respecto al aborto. De esta forma, a través de las distintas entrevistas que conforman el libro, en algunos de los ejemplos se puede ver la posición que toman algunos hombres con respecto a sus parejas en casos de embarazos no deseados: la mayoría de ellos admite que, en estos casos, el poder de decisión y la autoridad sobre qué hacer es de la mujer. Aunque algunos de los varones entrevistados reconocen que querían que se siguiera con el embarazo, también se puede ver a través de sus relatos que admiten que este tipo de “potestad” de decidir sobre su cuerpo pertenece en última instancia a las mujeres, pues son quienes, después de todo, deben llevar adelante el embarazo. En otros casos, las mujeres explican que ni siquiera les dieron voz a los varones para que pudieran decidir qué hacer. Cabe aclarar que estos son casos bastante particulares pues, en la mayoría de los casos, las mujeres se ven forzadas a seguir con el embarazo por toda la cuestión social que gira en torno al aborto y, además, por miedo a lo que puedan llegar a pensar sus parejas, no se atreven a plantear la posibilidad de realizarse un aborto.

Así, en tanto aparecen distintas voces masculinas en La intemperie y lo intempestivo, pueden verse muchos posicionamientos opuestos: varones que sienten que perdieron la posibilidad de decidir, esa posición de “poder” que tienen en la jerarquía tradicional de los géneros con respecto a las mujeres; varones que pierden su autoridad sobre el cuerpo de la mujer, ya que la decisión de abortar ya está tomada; varones que adquieren —para variar— una posición subjetiva, que se sienten desplazados; varones que quieren mostrar que actuaron de forma “moralmente correcta”, pues en ningún momento pensaron en dejar de acompañar a la mujer o de abandonarla, en “borrarse” como dicen algunos de los relatos; varones que muestran su desapego afectivo, que no se sintieron parte del proceso; varones que sienten que no tienen nada que ver con la situación, que se ponen a la defensiva; y también, varones que acompañan y que comprenden la situación de vulnerabilidad y fragilidad que atraviesa la mujer.

Con respecto al juzgamiento de las mujeres, en ninguno de estos casos se cumplió con el principio de imparcialidad que se debe garantizar en la defensa en realidad no se cumplió, ya que estas mujeres habían sido juzgadas por su condición de mujeres y mujeres pobres con anterioridad. Se aprovechan de su desconocimiento de las leyes que las amparan y de que, en muchos casos, no tienen acceso a una defensa que les garantice sus derechos. También puede ocurrir como en el caso de Belén, en el que su primer abogado solo cobró sus honorarios sin siquiera defenderla y, antes del juicio, renunció, dejándola totalmente desamparada.

La cuestión del encarcelamiento de las mujeres que abortan no es otra cosa que una estigmatización de quien se considera “mala” porque transgredió el rol esperable, que es el de esposa y madre. Asimismo, un factor interesante que se menciona en Somos Belén es que a las presas se les asignaban tareas de cocina, costura o jardinería (oficio que ella aprende allí y que, más tarde, le servirá para subsistir de alguna manera cuando quede en libertad). Este tipo de trabajos manuales que deben hacer las mujeres en la cárcel tampoco tienen en cuenta cómo podrán acceder a un empleo una vez que salgan de allí.

Un antecedente del caso de Belén, que también fue muy importante en cuanto vulneración de derechos, fue el de María Magdalena. En esa ocasión, que guarda muchas similitudes con todo lo que vivió Belén, la Justicia terminó absolviendo a una chica que había sido acusada de realizarse un aborto por parte de sus médicas. Una vez más se había violado el secreto profesional y se había quebrantado la relación entre médico y paciente. Es interesante observar que la abogada que llevó el caso de María Magdalena fue la que más adelante ayudó a Belén con el suyo.

Lo grave de estos casos abarca varias aristas. Por un lado, se puede ver como la justicia tucumana no solo investigaba casos de abortos provocados o abortos seguidos de muerte (previo a la sanción de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo), sino que además investigaba —ilegalmente— las denuncias por abortos espontáneos o naturales. Estas denuncias eran radicadas por los médicos tratantes de estas chicas que, desde un comienzo, eran colocadas bajo el ojo acusador de sus médicos, independientemente de lo que ellas explicaran o intentaran contar con respecto a lo que había sucedido. Además, estas mujeres no solo eran consideradas “asesinas de sus hijos” por los médicos o auxiliares de los hospitales a donde habían ido, sino que, también, eran juzgadas posteriormente por los agentes judiciales (desde la policía hasta abogados y jueces) que reforzaban el concepto de justicia patriarcal, donde la mujer supuestamente debe tener la obligación de cuidado para con sus hijos, en el que la mujer tiene un instinto maternal que se contradice completamente con esa idea de “querer deshacerse de sus hijos”.

Los discursos patriarcales se pueden ver en reiteradas ocasiones. De esta forma, las mujeres quedan totalmente desamparadas ante el escrutinio de las personas que, en teoría, deberían protegerlas y cuidarlas, esto es, sus médicos y sus abogados principalmente. Una vez más, en el caso de Belén se puede ver que ella queda totalmente a la deriva primero en el hospital, pues no le creen que ella no sabía que estaba embarazada; luego, su abogado solo tiene el objetivo de cobrar por el caso, pero no muestra ningún interés en defenderla, y la abandona antes de que comience el juicio; por último, la defensora asignada que recibe de forma gratuita ni siquiera investiga su caso, no se preocupa por escuchar su voz: asume que Belén es culpable y que la sentencia la favorece.

Otra cuestión es la postura del Estado en perpetuar los estereotipos que discriminan a las mujeres por su género. Se violenta así a la mujer y se atenta contra su salud sexual y reproductiva; no se respetan ni se garantizan sus derechos. El cuerpo pertenece a la esfera de lo privado. Esto parece una obviedad pero, en los casos que se narran en los libros Somos Belén y Dicen que tuve un bebé, se puede ver que el cuerpo de la mujer es constantemente violentado. Este pasa al ámbito público, los distintos operadores que intervienen en cada caso atacan a las mujeres por motivos que ya se mencionaron: su condición de mujer y su condición social. Cuando la mujer se toma meramente como un cuerpo que tiene el propósito de reproducirse y de realizar tareas en el ámbito de lo doméstico, se vulneran profundamente sus derechos, y se empiezan a visibilizar distintos tipos de abusos a través de “castigos” (se rompe el derecho de confidencialidad de los médicos, los agentes jurídicos no respetan sus garantías ni derechos constitucionales y, en última instancia, toda la sociedad conoce sus casos y las juzga por su accionar, aunque este no haya sido el que se da a conocer). La mujer pasa a ser de víctima a criminalizada.

El caso de Belén resultó favorable en su sentencia en gran parte debido a la relevancia pública que tomó. Luego de que la abogada defensora Soledad Deza (que había defendido con anterioridad a María Magdalena) tomara el caso, este se difundió por distintos medios de comunicación: en un primer momento, medios locales más “disidentes” si se quiere, ya que no debemos olvidar el carácter conservador que, en la mayoría de los casos, rige a la justicia en la provincia de Tucumán. Una vez que el caso alcanzó notoriedad, incluso llegó a medios internacionales y, a partir de ese momento, se hizo eco en todos lados. Mujeres de distintas ciudades marchaban defendiendo a Belén y exigiendo su liberación. Una característica muy particular de las marchas era el uso de máscaras blancas, con la idea de preservar la identidad (no solo la de Belén), sino también para explicar que la terrible situación que estaba atravesando Belén podía ocurrirle a cualquier mujer. Finalmente, ni siquiera eso se respetó. Luego de la sentencia a favor de Belén, la Justicia filtró su nombre y los medios periodísticos comenzaron a ir a su barrio a buscarla para hacerle entrevistas y obtener una foto. Afortunadamente, luego se eliminó su verdadero nombre de las publicaciones donde había parecido. Así, se puede ver una vez más como se continuó violentando a Belén incluso después de que se demostrara que era inocente, atentando contra la confidencialidad de su identidad. Con respecto a la sentencia judicial de la Corte, el fallo admitió que se había violado el secreto profesional y que las pruebas ofrecidas eran contradictorias, ya que no se evidenciaba la exactitud de los datos otorgados (por ejemplo, donde ocurrieron los hechos, a qué hora, que Belén era la autora material del hecho en sí) y, lo que es peor, había pruebas que ni siquiera se habían agregado al expediente.

Para concluir, en todos estos casos analizados se puede ver que, previo a la sanción de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) N.° 27.610, se violentaba de forma sistemática el derecho de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo. De hecho, a pesar de que la ley ya se aprobó, esto sigue sucediendo en algunas provincias como Tucumán y San Juan, ya que los grupos que están en contra del aborto siguen poniendo trabas por medio de medidas cautelares u otras maniobras que buscan retrasar el aborto para que se exceda el límite de tiempo estipulado por la ley de catorce semanas y que, de esa forma, ya no se pueda realizar el procedimiento. En los casos mencionados en los libros, existía el agravante de que estas mujeres estaban solas, eran de clase baja y, en los casos que llegaron a judicializarse, no tuvieron una defensa adecuada. Queda por ver si la ley aprobada en diciembre de 2020 se cumplirá y respetará de manera efectiva aunque, teniendo en cuenta algunos casos que salieron a la luz en estos últimos meses (en especial en provincias que se caracterizan por su postura religiosa y conservadora), deberemos seguir luchando para que se siga la ley y los abortos se puedan practicar sin ningún tipo de impedimento o estigmatización de las mujeres. Para ello, es fundamental que los médicos puedan proporcionar la información pertinente a sus pacientes para que sepan cómo proceder en estos casos, siempre respetándose su cuerpo y su derecho a decidir.