El sujeto implicado: Más allá de víctimas y perpetradores


Por: Michael Rothberg

Traducción: Magdalena Cepeda, Daniela Da Torre, Luciana Di Benedetto y Celeste Dondi (supervisión: Alejandra Rogante)

Imagen: William Kentridge, sobriety

¿Cómo pensar los pasados traumáticos ampliando la dicotomía entre perpetrador y víctima? ¿Se puede pensar la violencia, el privilegio, el trauma transgeneracionalmente? ¿Cómo imaginar una justicia que dé cuenta de los legados del pasado y de las demandas del futuro? Éstas son algunas de las preguntas que guían el libro de Michael Rothberg The Implicated Subject – Beyond Victims and Perpetrators de Michael Rothberg, Stanford University Press, Stanford, California, 2019. Publicamos aquí un fragmento de la introducción de ese libro.

Agradecemos a Stanford University Press la autorización para esta publicación.


De víctimas y victimarios a sujetos implicados

Este libro [1] surge de la convicción de que nuestro entendimiento del poder, el privilegio, la violencia y la injusticia dispone de un vocabulario poco desarrollado. En particular, carecemos de conceptos adecuados para describir lo que Hannah Arendt llamó “responsabilidad vicaria por cosas que no hemos hecho”, es decir, por las múltiples formas indirectas, estructurales y colectivas de agencia que permiten el daño, la explotación y la dominación, pero que con frecuencia permanecen en las sombras1. Con el objetivo de contribuir a tal comprensión, ofrezco aquí la categoría de “sujeto implicado” y la noción relacionada de “implicación”. Derivado de la raíz latina implicāre, que significa enredar, involucrar o conectar estrechamente, “implicación”, así como el término similar pero no idéntico “complicidad”, hace hincapié en cómo nos vemos “envueltos en” (implicados en) eventos que al principio parecen estar más allá de nuestra agencia como sujetos individuales2.

Los sujetos implicados ocupan posiciones alineadas con el poder y el privilegio sin ser ellos mismos agentes directos de daño; contribuyen, habitan, heredan o se benefician de los regímenes de dominación, pero no originan ni controlan tales regímenes. Un sujeto implicado no es ni víctima ni victimario, sino partícipe de historias y formaciones sociales que generan las posiciones de víctima y victimario, pero en las que la mayoría de las personas no ocupan roles tan tajantes. Los sujetos implicados, menos involucrados “activamente” que los perpetradores, tampoco encajan en el molde del espectador “pasivo”. Aunque sean indirectas o tardías, sus acciones e inacciones ayudan a producir y reproducir las posiciones de víctimas y victimarios. En otras palabras, los sujetos implicados ayudan a reproducir los legados de la violencia histórica y sostienen las estructuras de desigualdad que empañan el presente; las formas evidentemente directas de violencia resultan estar basadas en lo indirecto. Los modos de implicación —involucramiento en las injusticias históricas y actuales— son complejos, multifacéticos y, a veces, contradictorios, pero, no obstante, es esencial que los confrontemos en la búsqueda de la justicia.

Un enfoque basado en la implicación y los sujetos implicados puede ayudar a visibilizar una amplia gama de luchas sociales y políticas, que este libro intentará ilustrar, pero tal abordaje tiene una afinidad particular con las cuestiones de raza y racismo, como también demostrarán muchos de los casos estudiados a continuación. Las formas de violencia y desigualdad basadas en la jerarquía racial toman forma en encuentros a pequeña escala y estructuras a gran escala; también se repiten ejemplos en el presente, pero cargados de resonancias históricas activas. Centrarnos en la posición del sujeto implicado nos permite abordar esas diferentes escalas y temporalidades de la injusticia. Para demostrar más concretamente la especificidad conceptual y el marco analítico del sujeto implicado —a diferencia del perpetrador, la víctima y el espectador—, voy a comenzar analizando las reacciones a uno de los casos recientes más infames de violencia racial: el asesinato de Trayvon Martin, ocurrido en Florida en 2012. Junto con una lista larguísima de estadounidenses negros asesinados por policías, justicieros y supremacistas blancos, el asesinato de Martin motivó el surgimiento de un importante movimiento político: Black Lives Matter.3

Las figuras de la implicación

Pasar de un discurso basado en las figuras de víctimas y perpetradores a otro basado en sujetos implicados ayuda a abrir un terreno amplio y común para pensar la responsabilidad social y política en los tonos de gris que Primo Levi identificó incluso en el “universo concentracionario” de los nazis, en su famoso ensayo “La zona gris” (ensayo que analizo en el primer capítulo). Dentro de ese terreno encontramos múltiples posiciones de sujetos implicados, múltiples figuras de implicación. En los capítulos siguientes, surgirán diversas versiones de implicación, como ya han comenzado a aparecer en esta introducción.

Reflexionaremos sobre el descendiente, el heredero y el perpetuador, junto con aquellos que —como el internacionalista— buscan superar la implicación (aunque a menudo con resultados dispares). La cuestión no es reemplazar aquellos otros términos y roles (ni tampoco deshacerse de las categorías de víctimas y perpetradores), sino demostrar que los problemas comunes de la (in)justicia combinan un conjunto diverso de preocupaciones históricas y contemporáneas y que las diferentes formas de implicación con frecuencia convergen y se superponen. El término sujeto implicado sirve como concepto paraguas y abarca un rango de posiciones del sujeto que no encajan en el espacio conceptual que conocemos de víctimas, perpetradores y testigos.

El término que más se acerca —semántica y etimológicamente— a implicación es complicidad: comparte con implicación el sentido de estar involucrado y hace referencia, en primer lugar, a “ser cómplice” y a “participar en una acción maliciosa” (Oxford English Dictionary). Conlleva una fuerte noción de delito, así como lo define el diccionario Merriam-Webster: “ayudar en la ejecución de un crimen o delinquir de algún modo”. Complicidad, en otras palabras, se acerca a la idea de culpabilidad penal. En los últimos años, sin embargo, académicos de diversos campos, desde el derecho hasta la literatura, han expandido el concepto de complicidad en formas que se adaptan mejor a su segunda definición: “verse comprometido o involucrado” (Oxford English Dictionary). En el campo de estudios sobre la memoria, Debarati Sanyal da un ejemplo fuerte y con matices de esta versión alternativa de complicidad como una “estructura de involucramiento que produce una reflexión ética y política en distintos marcos proliferantes de referencia”.28  Kaufman-Osborn resume hábilmente este análisis reciente: el concepto de complicidad no se considera en términos de la “doctrina jurídica liberal” como una “incitación e, incluso, una conspiración”, sino que “está basado en una comprensión relacional de la conducta, que nos recuerda que la acción humana siempre está implicada, además de condicionada, por las acciones de los otros”.29 Así como sugiere esta cita de Kaufman-Osborn, varias acepciones de la palabra implicación aparecen frecuentemente en contextos relevantes que me interesan. Aun así, sin embargo, a diferencia de conceptos como complicidad, implicación, por lo general, continúa siendo un término sin particularidades y, por lo tanto, no se analiza en profundidad. 30 El uso que le doy a este término comparte la comprensión relacional de la acción humana que expresan con claridad Sanyal y Kaufman-Osborn. No obstante, a pesar del trabajo significativo iniciado a partir del concepto de complicidad, creo que implicación es un término tanto más amplio como más esencial para describir las formas de participación indirecta esclarecidas en este libro. La complicidad presupone implicación, pero implicación no siempre implica complicidad.

Hay dos características fundamentales que distinguen la complicidad de la implicación: una está relacionada con la sincronía y la otra con la diacronía. En primer lugar, la palabra complicidad, así como observó Iris Marion Young, está muy conectada a modelos legalistas de responsabilidad en los cuales la causalidad funciona de formas relativamente directas. En este ejemplo, la responsabilidad se entiende como responsabilidad legal; pero ese sentido es menos esclarecedor para problemas estructurales en los cuales la agencia indirecta y la causalidad compleja están en juego. Como expresa Young, la responsabilidad en injusticias estructurales no es simplemente “una forma atenuada de responsabilidad como la complicidad… sino una concepción totalmente diferente de responsabilidad”.31 Mi concepto de implicación busca relacionar esa concepción alternativa de la responsabilidad. Pero la cuestión diacrónica, desde mi perspectiva, es igualmente significativa, complicidad funciona mejor como un término conectado a procesos que se van desarrollando y a acciones terminadas (por ejemplo, cometer un delito), pero no funciona tan bien para describir la relación del pasado con el presente. Estamos implicados en el pasado, como sostengo a lo largo de este libro, pero no podemos ser cómplices de crímenes que ocurrieron antes de nuestro nacimiento.32

Para captar la transmisión diacrónica de la implicación, me inspiro en investigadoras como Marianne Hirsch y Gabriele Schwab, quienes han reflexionado acerca del impacto transgeneracional de las historias traumáticas.33 El concepto de “postmemoria”, acuñado por Hirsch, ha impulsado trabajos en el área de humanidades que se focalizan en la experiencia y la producción cultural de segundas (y posteriores) generaciones, luego de un acontecimiento traumático. Hirsch se centra fundamentalmente en los legados que se transmiten a los descendientes de las víctimas (así como a aquellos que están ligados a ellas), ya sea de una manera consciente o de una manera más indirecta y somática. La postmemoria no suele utilizarse para caracterizar las experiencias y los recuerdos divergentes de los descendientes de los perpetradores, y en este punto sigo la convención. A pesar de que en el mundo académico se ha tratado el dilema de los herederos y los descendientes de las sociedades que han perpetrado el genocidio, la colonización, la expulsión, y otras formas de violencia extrema, estos “legados abrumadores”, según la frase resonante de Schwab, exigen una mayor teorización. Así como ocurre con otros modos de implicación, no tenemos aún un nombre analíticamente esclarecedor para quienes ocupan la posición de los que llegan después a historias de perpetración. 

Un modo de captar la implicación diacrónica es hablar del beneficiario, una categoría que, además, arroja luz sobre los contextos sincrónicos. El beneficiario saca provecho del sufrimiento histórico de otros, así como de la desigualdad contemporánea en esta era de capitalismo global neoliberal. En su fuerte crítica al discurso de los derechos humanos que surgió luego de la Guerra Fría, Robert Meister plantea que los debates actuales sobre la violencia política generalizada no han puesto la suficiente atención en la posición del beneficiario. En particular, el discurso actual sobre derechos humanos “se centra especialmente en la relaciones que existen entre las víctimas del pasado y los perpetradores, luego de que un régimen perverso ha sido derrotado” y, a veces, incluye debates sobre “la ira justificada que sienten las víctimas del pasado hacia los testigos”, pero abarca “muy poca reflexión sobre el papel de las víctimas […] en relación con los beneficiarios estructurales, aquellos que recibieron ventajas materiales y sociales del antiguo régimen y cuyo bienestar, que persiste en el nuevo orden, no podría haber tolerado la victoria de víctimas no reconciliadas34. Según señala Meister, la “omisión de la relación víctima/beneficiario no es accidental” (26); por el contrario, pone en evidencia el carácter antipolítico del discurso actual sobre los derechos humanos. Al privilegiar la reconciliación por sobre la justicia, el discurso de los derechos humanos exige que las víctimas abandonen sus reclamos sobre la redistribución material y que se conformen, en cambio, con una “victoria moral” que manifiesta que lo malo ya ha sido superado: “el costo de llegar a un consenso moral de que el pasado fue malo es alcanzar un consenso político de que lo malo ya pasó” (25)35. Puede que los atroces perpetradores sean castigados, pero a los beneficiarios se les asegura que no se les disputarán las ventajas heredadas. Para Meister, el discurso de los derechos humanos y los programas de justicia transicional que lo acompañan representan así “la continuación, a través de medios más benignos, del proyecto contrarrevolucionario del [siglo] XX: asegurar que a los beneficiarios de la opresión del pasado se les permita, en gran medida, conservar el enriquecimiento injustamente producido del que disfrutan hoy en día”. (31) Por otra parte, centrarse en el beneficiario puede esclarecer el nexo de los modos de implicación pasados y presentes y señalar la necesidad de rehusarse a cerrar las cuentas del pasado para dejar, en cambio, preguntas abiertas sobre la justicia social. 

La crítica de Meister a los derechos humanos luego de la Guerra Fría y su enfoque sobre la figura del beneficiario nos ayudan a conceptualizar el sujeto implicado, pero el mismo Meister rechazaría con toda seguridad esta categoría, dado que surge de una distinción que considera cuestionable: el discurso de los derechos humanos —observa— “restablece la diferencia entre perpetradores y beneficiarios que la política revolucionaria niega”. (24) Para Meister, con solo rechazar esta distinción es que puede surgir una posibilidad de justicia redistributiva: la asociación entre perpetradores y beneficiarios mantiene vivos los derechos materiales que serían, de otro modo, relegados a la esfera moral y al pasado. Por lo tanto, se deduce que, desde la perspectiva de Meister, insistir en la distinción entre los dos grupos —uno de los argumentos básicos de este libro— implica participar de un proyecto “contrarrevolucionario”.

Imagen: William Kentridge, coffee plunger

Aunque pienso que la crítica de Meister sobre el discurso contemporáneo de los derechos humanos es poderosa y apoyo su insistencia en la justicia redistributiva más allá de los términos de las comisiones de la verdad y la reconciliación, creo que su deseo de eliminar las distinciones entre beneficiarios y perpetradores es erróneo e innecesario para la formulación de proyectos políticos radicales36. Tal como señala Bruce Robbins en su libro sobre los beneficiarios de la desigualdad económica global: “Si en cierto sentido todos somos pecadores, no estoy seguro de que ‘perpetrador’ sea la categoría más conveniente en la que debamos colocarnos”37. Mahmood Mamdani, cuya obra respalda la crítica de Meister sobre la reconciliación, también se apoya en la distinción entre perpetradores y beneficiarios cuando reflexiona sobre los problemas de la justicia. Adoptando una perspectiva comparativa sobre la Sudáfrica postapartheid y la Ruanda postgenocidio, se pregunta: “¿Qué significaría la justicia social en el contexto sudafricano donde los perpetradores son pocos, pero los beneficiarios muchos, en comparación con Ruanda donde los beneficiarios son pocos, pero los perpetradores muchos? ¿Qué es más difícil: vivir con los perpetradores pasados de un mal o con sus beneficiarios actuales? Si los perpetradores y las víctimas tienen un pasado que superar, ¿acaso los beneficiarios y las víctimas no tienen un presente que aceptar?”38. Como estas preguntas sugieren, Mamdani comparte la preocupación de Meister por el problema de los beneficiarios, pero, manteniendo la distinción entre las categorías de beneficiarios y perpetradores, Mamdani logra esclarecer una serie de dilemas postconflicto y la multiplicidad de medios necesarios para lograr justicia. En otras palabras, la violencia histórica y la desigualdad actual exigen un análisis más diferenciado que el que ofrece incluir a los beneficiarios en la figura de los perpetradores. Abro, entonces, un espacio para este análisis a través de la figura del sujeto implicado. 

La especificidad del beneficiario como categoría es que, como correctamente señala Robbins, sugiere una forma particular de relación causal, una especificidad que lo distingue de los marcos humanitarios (una preocupación análoga a la crítica de Meister sobre los derechos humanos)39.  Si bien la preocupación humanitaria por el sufrimiento de los otros no tiene por qué implicar una reflexión sobre nuestro lugar en la historia, sostiene Robbins, el “discurso del beneficiario” fomenta el reconocimiento de que nuestro bienestar está supeditado al dolor y al empobrecimiento de otros y que el mundo está conectado a través de “relaciones causales y, por lo tanto, morales” (The Beneficiary, cap. 6). Al combinar las dimensiones sincrónica y diacrónica, la categoría de beneficiario ofrece un terreno rico para explorar los dos ejes entrelazados de implicación40. Sin embargo, como en el caso de la complicidad, creo que el rango semántico del concepto no abarca todos los casos que me interesan como ejemplos de implicación. Por consiguiente, por más que los actos de genocidio puedan generar beneficiarios que obtengan ganancias del despojo y el asesinato de otros, no creo que, por ejemplo, a los alemanes contemporáneos se los entienda mejor como “beneficiarios” de la Shoah, incluso cuando siguen siendo sujetos implicados responsables por los hechos que se llevaron a cabo en nombre de su nación. Tampoco se describe mejor a través de la categoría de beneficiario el caso de la implicación diaspórica en el nacionalismo de larga distancia (del tipo que analizo en el capítulo 5 en relación con Israel), aunque, de nuevo, la categoría no es completamente irrelevante. Los sujetos diaspóricos nacionalistas no se benefician (solo) de los vínculos con sus países de origen (o supuestos países de origen). Ayudan a perpetuar proyectos nacionalistas que se basan en la subordinación de otros. Los factores causales en estos dos últimos casos difieren del caso más estricto de la condición de beneficiario —la desigualdad global— que preocupa a Robbins. 

La apuesta de plantear una categoría amplia como la de sujeto implicado es que esclarecerá las convergencias —así como las contradicciones— entre diferentes dilemas: en concreto, el entrecruzamiento de lo diacrónico y lo sincrónico, los posicionamientos impuros que hacen que los sujetos sean fundamentalmente complejos y la manera en que las diferentes formas de poder interactúan y se construyen entre sí. Puesto que nos permite estudiar una gran variedad de casos, el uso de una categoría amplia, paradójicamente, posibilita un alto grado de diferenciación dentro de un campo de fuerza integral de poder.

Los alcances

El mundo de la implicación es amplio y profundo, y la posición del sujeto implicado puede ayudar a esclarecer diversos dilemas históricos, teóricos y estructurales, y casos de injusticia. Pero los alcances de este libro también son profundamente personales, a pesar de que mi modo preferido de escritura no sea la autobiografía y que, por lo general, elija abordar estas cuestiones desde otros ángulos. El tema de la implicación se me presentó hace décadas —y mucho antes de que tuviese una palabra para definirlo— cuando contemplé lo que implicaba mi posición como judío ashkenazí blanco, descendiente de inmigrantes de principios del siglo xx a los Estados Unidos, sobre mi responsabilidad en los crímenes fundacionales de genocidio y esclavitud que habían ocurrido en el continente norteamericano, delitos perpetrados siglos antes de que mis antepasados llegaran aquí huyendo de la pobreza y el antisemitismo de Europa del Este. Me encontré discutiendo con colegas con antecedentes similares —a veces llegados hacía menos tiempo— que esgrimían lo que el canciller alemán Helmut Kohl una vez describió como la “gracia del nacimiento tardío”: una exoneración aparente de la responsabilidad basada en la llegada tardía a la escena del crimen.

Tales respuestas, me pareció claro incluso en ese momento, confundían dos formas de responsabilidad: la directa y la indirecta. Cuando más tarde descubrí las obras de Karl Jaspers y Hannah Arendt, me resultó más fácil ver que lo que estaba en juego era la diferencia entre lo que Jaspers llamaba “culpa criminal” y lo que Arendt llamaba “responsabilidad colectiva”. Pero ni siquiera la categoría de responsabilidad colectiva, basada como está en la mera pertenencia a un sistema de gobierno, capta con precisión la disparidad de nuestras relaciones con el pasado y el presente, la naturaleza diferenciada de nuestras posiciones sociales y las ironías de la tardanza que marcan casos como estos. Las jerarquías raciales que definen a la Norteamérica contemporánea suponen que incluso las personas que huyen de historias traumáticas pueden estar implicadas en los delitos “lejanos” de esclavitud y genocidio, especialmente si pueden beneficiarse por estar incluidos en la categoría de personas blancas. Esas cuestiones de responsabilidad no se limitan en absoluto al contexto estadounidense, por supuesto. El escritor turco-alemán Zafer Şenocak, por ejemplo, planteó estupendamente el dilema de los “trabajadores invitados”, llevados a la Alemania postnacionalsocialista cuando preguntó: “¿Acaso inmigrar a Alemania no significa también inmigrar al pasado reciente de Alemania?”41.  A pesar de que la mayoría de esos inmigrantes no están aceptados en las categorías étnicas y raciales de la mayoría dominante, Şenocak sigue pensando que reconocer la historia era una responsabilidad que venía junto con el hecho de estar en Alemania a tan poco tiempo de un genocidio perpetrado en nombre de la nación42.

Mi deseo de enfrentar lo que con el tiempo llamaría implicación no surgió solo de la reflexión respecto de lo que significa ser blanco en una sociedad que todavía está moldeada por el colonialismo de los colonos y las secuelas de la esclavitud. Una pregunta muy diferente también empezó a preocuparme: ¿qué significa ser parte de la diáspora judía frente al conflicto actual entre Israel y Palestina?

Mi perspectiva crítica sobre Israel se aclarará más adelante pero también creo que los judíos con convicciones políticas opuestas (y, desde luego, muchos que no son judíos) sienten una fuerte implicancia en este conflicto político. Las causas de esta implicancia son, sin duda alguna, distintas de aquellas mencionadas anteriormente con respecto a la esclavitud y el colonialismo de los colonos: esto no se trata tanto de ser beneficiario (aunque no es por completo irrelevante considerando el “derecho de retorno” de Israel), sino de nuestra interpelación ideológica como judíos en relación con el Estado de Israel y de los vínculos afectivos que acompañan esa interpelación. Además, una forma más tangible de implicancia nos caracteriza a aquellos de nosotros —de cualquier religión, etnia y convicción política— que pagamos los impuestos al gobierno de los Estados Unidos y, por ende, facilitamos la financiación del ejército israelí y su ocupación territorial. De hecho, como contribuyentes, estamos todos implicados en las acciones de nuestro gobierno, cualquiera sea nuestra convicción ideológica o la desafección por determinadas políticas. Los poderosos —o, como a veces me parece, poderosísimos— sentimientos que acompañan el asunto de Israel y Palestina, especialmente pero no solo en la diáspora judía, también resaltan una característica de la complejidad de la implicancia: el hecho de que la mayoría de nosotros nos sentimos desgarrados por nuestra relación con las historias divergentes que se entrecruzan; en este caso, historias de antisemitismo, genocidio y ocupación. Una teoría sobre implicancia nos permite conservar la idea de que las situaciones de conflicto nos posicionan en lugares moral y emocionalmente complejos y, aun así, reclamar formas de compromiso político que superen la complejidad y se mantengan del lado de la justicia.

Reconocernos en la posición del sujeto implicado —incluso en las múltiples posiciones de implicancia que muchos de nosotros ocupamos— no nos hace automáticamente mejores personas; tal forma de autorreflexión puede, de hecho, transformarse en una forma de narcisismo o solipsismo que mantiene al sujeto privilegiado en el centro del análisis43. La autorreflexión por sí sola no conduce directamente a un movimiento político que pueda desmantelar las condiciones de implicancia. El peso de la historia no se va a evaporar sin más una vez que veamos el papel que desempeñamos en su legado a corto y largo plazo. Precisamente porque supone negociar con el pasado, la confrontación con la violencia histórica continúa; su fecha de caducidad es incierta. Tampoco se van a esfumar de repente las formas de violencia sistémica ni la explotación porque se rebelen los sujetos implicados. Aun así, reconocer la implicancia de uno mismo es un paso necesario para rechazar la “inocencia violenta”, que Carrie Tirado Bramen describe como “el mecanismo psicológico necesario para crear una nación colonialista blanca y cristiana, donde la inocencia es regenerativa y la negación representa un modo de pensar habitual”44.

En este libro, sostengo que los conocimientos que se derivan de la lente de la implicación superan los riesgos de las formas narcisistas de autorreflexividad y que vale la pena entrenar nuestra capacidad analítica en un terreno que, con mucha frecuencia, permanece invisible, pero es fundamental para la producción de injusticias45. Aun así, quedan las preguntas más básicas: ¿Qué puede proporcionar una teoría de la implicación? ¿Qué le ofrece a la teoría de la responsabilidad colectiva y a la práctica de la política?

La principal contribución que espero hacer a un pensamiento político justo es una reorientación del vocabulario conceptual con el que académicos y activistas (y académicos activistas) abordan la injusticia y la responsabilidad histórica y política. En lugar de un diseño principalmente binario —perpetradores versus víctimas o términos similares— y en lugar del modelo triádico débil que a veces se complementa con la categoría de “espectadores”, amplío el campo conceptual uniéndome a quienes están teorizando figuras como beneficiarios y cómplices. Ofrezco la nueva categoría paraguas de sujeto implicado: el que participa en la injusticia, pero de manera indirecta. Sobre todo, esta figura contribuye al análisis y a la crítica: nos da una imagen más completa del funcionamiento de la violencia, la explotación y la dominación, enseñándonos cómo “las cosas que estamos viviendo son ‘todavía’ posibles” a pesar de nuestra memoria colectiva de la injusticia46. Es decir, un argumento fundamental de este libro es que tales cosas “todavía” son posibles no porque un grupo restringido de individuos malignos continúe perpetrando una maldad extrema, sino porque la mayoría de las personas niegan, desvían la mirada o simplemente aceptan los beneficios del mal tanto en sus formas extremas como cotidianas. Los sujetos implicados son a menudo versiones de los sujetos “mediocres”, obedientes y complacientes, teorizados por la filósofa Simona Forti en Los nuevos demonios47. Lo que estamos viviendo es “todavía” posible también porque la mayoría de las personas se niegan a ver cómo están implicadas —han heredado y se han beneficiado de— las injusticias históricas: las injusticias sincrónicas y diacrónicas están entrelazadas. La memoria colectiva que evita tal sentido de la implicación tiende hacia la retórica vacía y la trivialidad, pero lo que yo llamo la “multidireccionalidad” de la memoria también puede facilitar la conciencia de la implicación tanto en el presente como en el pasado. La memoria multidireccional describe la forma en que las memorias colectivas surgen en diálogo entre sí y con las condiciones del presente; tal diálogo puede crear solidaridad incluso cuando revela implicación48.

Espero que la claridad analítica provista por la teoría de la implicación pueda extenderse a escenarios de injusticia no resueltos de la vida real. Además de brindar una base alternativa para los debates que —tanto en contextos académicos como no académicos— a menudo giran en torno a las identidades binarizadas y al imaginario víctima/perpetrador, el marco de los sujetos implicados puede abrir un espacio para nuevas coaliciones entre identidades y grupos. En mi opinión, tiene el potencial para hacerlo, porque ocurren dos cosas en simultáneo que están en tensión entre sí: por un lado, pone el foco sobre las responsabilidades por la violencia y la injusticia, que son más grandes de lo que la mayoría de nosotros quisiera aceptar y, por el otro, desplaza las cuestiones de responsabilidad de un discurso de culpabilidad a un terreno con menos carga legal y emocional de responsabilidad histórica y política. Si la primera acción parece incrementar nuestra carga ética, la segunda suaviza los términos de esa carga y la separa del discurso ambiguo sobre culpabilidad que, a menudo, fomenta una actitud de negación y de estar a la defensiva frente a los conflictos en curso y a los beneficios inmerecidos que derivan de la injusticia. Al poner en primer plano las “impurezas” que caracterizan a los diferentes tipos de identidades, el marco de la implicación le quita el aspecto moralizante a la política y fomenta las afinidades entre quienes están posicionados como víctimas y quienes han heredado y se han beneficiado de las posiciones de privilegio. Una política de sujetos implicados participará, necesariamente, en lo que Robbins ha llamado “la paradoja de la disidencia empoderada”. “El proceso de la democratización global —según Robbins— no puede existir sin el aporte de quienes están empoderados (es decir, quienes son beneficiarios) y que, sin embargo, también disienten y hasta denuncian el sistema que los empodera49. No afirmaría que una política implicada de “disidencia empoderada” es la única política que necesitamos, pero coincido con Robbins en que al sacar ventaja de las oportunidades para redireccionar el poder en contra de los sistemas que lo producen, ese disentimiento puede servir como un complemento importante para formas de política que vienen desde abajo, más conocidas y aún más necesarias. En otras palabras, reconocer la responsabilidad colectiva puede conducir a versiones nuevas de la política colectiva, que se basan en alianzas y en conjuntos de sujetos situados de manera diferente.

Si identifico la búsqueda de la justicia como la meta de estos colectivos, no procuro ofrecer una definición fija, unitaria u holística de lo que la justicia supondría; por el contrario, sospecho que esos objetivos tienen que surgir de luchas particulares y con el trasfondo de coyunturas e historias específicas. Sin embargo, tomo algunos puntos de la teoría de la implicación y los sujetos implicados. Debería quedar claro a esta altura que el ángulo particular que ofrece esta teoría no se focaliza principalmente ni en los perpetradores ni en las víctimas. A pesar de que no sugiere abandonar el campo de la justicia penal, la teoría de la implicación, en efecto, subraya la insuficiencia radical de ese campo y la consecuente necesidad de ampliar la justicia más allá de las cuestiones que puedan resolverse poniendo el foco en los perpetradores imputables. Además, como analizo en la conclusión del capítulo 2, sigo la propuesta de Meister de pasar de una teoría de la compensación que “se basa en la pérdida” a otra que “se basa en la ganancia”, es decir, de un interés principal por cómo compensar a alguien por la pérdida a cómo evaluar lo que adeudan los beneficiarios y los otros sujetos implicados (ver Meister, pp. 234-235). Por lo tanto, sin descartar ni los reclamos de las víctimas y de sus herederos ni la necesidad de reconciliarse con los perpetradores, un abordaje de la justicia con base en la implicación pone en primer plano, en cambio, las responsabilidades de los participantes y los descendientes situados de forma más ambigua.

De todos modos, la implicación se presenta de varias formas, e incluso en un mismo escenario, las injusticias son rara vez singulares. Nancy Fraser —cuyas ideas desempeñan un papel importante en los capítulos 2 y 3— aporta un soporte útil para trazar un mapa de las múltiples formas de (in)justicia: hace una distinción entre las injusticias de distribución, reconocimiento y representación, y así, entre los sectores del bienestar material, la cultura y la identidad, y la organización política, respectivamente. Al igual que la diferenciación entre lo sincrónico y lo asincrónico, estas son diferencias analíticas que aportan claridad a lo que el colectivo de feministas negras Combahee River describe como sistemas de opresión entrelazados (ver cap. 1). Brindarle un marco a la implicación, en líneas generales, para abarcar cuestiones de raza, explotación, colonialismo, destrucción ecológica, entre otras, nos permite comprender los escenarios “anormales” de injusticias enfrentados que define Fraser y así buscar, en respuesta a ellos, modos de justicia más “reflexivos”.


[1] Agradecemos a Stanford University Press la autorización para publicar este texto.

El texto es un fragmento de la introducción de The Implicated Subject – Beyond Victims and Perpetrators de Michael Rothberg publicado por Stanford University Press en 2019[1]. Fue traducido por Magdalena Cepeda, Daniela Da Torre, Luciana Di Benedetto y Celeste Dondi, en el marco de la Residencia del Traductorado Técnico-Científico y Literario en Inglés de la ENS en Lenguas Vivas Sofía B. de Spangenberg, con la supervisión de la profesora Alejandra Rogante. Se realizaron también consultas terminológicas con la cátedra Torem de Terminología y Documentación.

2. Ver las definiciones de la RAE para implicación, implicar, implicado. Para profundizar en el concepto de complicidad como involucramiento, ver Mark Sanders, Complicities: The Intellectual and Apartheid (Durham, Carolina del Norte: Duke University Press, 2002). A continuación, voy a retomar el análisis sobre la relación entre implicación y complicidad.

3. Black Lives Matter es un movimiento descentralizado, conformado en su mayor parte por mujeres negras (y en especial mujeres negras queer). Pensar en la implicación puede contribuir indirectamente a tal movimiento, ya que ofrece una perspectiva analítica a aquellos que en general no son víctimas de la violencia racista, sino que están involucrados en la cultura de la supremacía blanca contra la que lucha Black Lives Matter. Para más consideraciones sobre la historia y la política de Black Lives Matter, ver Keeanga Yamahtta Taylor, From #BLACKLIVESMATTER to Black Liberation (Chicago: Haymarket, 2016); Christopher Lebron, The Making of Black Lives Matter: A Brief History of an Idea (Nueva York: Oxford University Press, 2017); y Barbara Ransby, Making Ali Black Lives Matter: Reimagining Freedom in the Twenty-First Century (Berkeley: University of California Press, 2018).

28. Debarati Sanyal, Memory and Complicity: Migrations of Holocaust Remembrance (Nueva York: Fordham University Press, 2015), 17. Al formular un nuevo concepto de complicidad, Sanyal recurre a varios trabajos que también han demostrado tener valor para mi investigación, incluidos Sanders, Complicities; Christopher Kutz, Complicity: Ethics and Law for a Collective Age (Nueva York: Cambridge University Press, 2000); y Naomi Mandel, Against the Unspeakable: Complicity, the Holocaust, and Slavery in America (Charlottesville: University of Virginia Press, 2007).

29. Kaufman-Osborn, “We Are All Torturers Now”, sin página; [el énfasis es mío]. Kaufman-Osborn se basa en el trabajo de Kutz, Complicity.

30. Hay muchos otros casos, incluso de trabajos que fueron una inspiración para mí, que se pueden agregar aquí. Por ejemplo, al describir su proyecto sobre la “carga de la responsabilidad política”, Jade Larissa Schiff concluye: “Mi objetivo es entender cómo las historias que contamos, y la forma en que las escuchamos, median en nuestros encuentros con la cara del Otro; y cómo esas historias funcionan no como una orden (algo que podría ser así para ese Otro), sino como una invitación a enfrentar nuestra implicación en el sufrimiento de los demás”. Ver Schiff, Burdens of Political Responsibility: Narrative and the Cultivation of Responsiveness (Nueva York: Cambridge University Press, 2014), 26; [el énfasis es mío]. Estos casos, que podrían multiplicarse fácilmente, me hacen pensar que los críticos reconocen la omnipresencia de la implicación, pero aún la tienen que plantear como una problemática que merece su propia conceptualización.

31. Iris Marion Young, Responsibility for Justice (Nueva York: Oxford University Press, 2011), 103-4.

32. Debemos considerar el ejemplo que se menciona frecuentemente de los alemanes no judíos que crecieron después del Holocausto. No solo no tiene sentido describirlos como “culpables” del Holocausto, sino que tampoco tiene sentido decir que son “cómplices” del hecho —aunque pueden, por ejemplo, ser cómplices de la parcialización, la negación o la instrumentalización de la memoria del Holocausto—. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que todas estas últimas acciones comprenden la imagen actual del Holocausto y no el peso del pasado como tal. Creo que es importante mantener la diferencia. Basándose en Mandel, Sanyal está indudablemente a favor de relacionar prácticas actuales de memoria con la noción de complicidad (ver especialmente la referencia 14), pero una conexión entre la historia y la complicidad que sea hipotética continúa siendo imprecisa y menos convincente para mí.

33.Ver Marianne Hirsch, The Generation of Postmemory: Writing and Visual Culture after the Holocaust (Nueva York: Columbia University Press, 2012); y Gabriele Schwab, Haunting Legacies: Violent Histories and Transgenerational Trauma (Nueva York: Columbia University Press, 2010).  Para un enfoque comparativo, ver Erin McGlothlin, Second Generation Holocaust Literature: Legacies of Survival and Perpetration (Rochester, Nueva York:  Camden House, 2006).

34. Robert Meister, After Evil: A Politics of Human Rights (Nueva York: Columbia University Press, 2011), 25-26.

35. Bevernase elabora esta idea en “The Past Is Evil / Evil Is Past: On Retrospective Politics, Philosophy of History, and Temporal Manichaeism”, History and Theory 54, octubre de 2015), 333-352.

36. Expongo un argumento similar en respuesta a la teórica cultural Ariella Azoulay en el capítulo 4, en el que se aborda la cuestión sobre Israel y Palestina.

37. Bruce Robbins, The Beneficiary (Durham, Carolina del Norte: Duke University Press, 2017), 9.

38. Mahmood Mamdani, “Reconciliation without Justice”, Southern African Review of Books, noviembre/diciembre de 1996, 3-5; 5

39. Puesto que Robbins sostiene, al igual que yo, que la categoría de beneficiario es distinta de la de perpetrador, esta noción de causalidad también debe estar asociada a la perpetración de un hecho. La causalidad de la perpetración concuerda con la forma directa de responsabilidad que Karl Jaspers denomina “culpa criminal” (y que analizo en el siguiente capítulo), pero la causalidad asociada a la condición de beneficiario debe ser más compleja. Ver Responsibility for Justice de Young y mi análisis en el próximo capítulo.

40. Robbins, en cambio, sostiene que el énfasis en la dimensión histórica de la condición de beneficiario corre la atención del problema (para él) más fundamental, que es la desigualdad global de hoy.

41. Zafer Şenocak y Bülent Tulay, “Germany—Home for Turks?”, en Zafer Şenocak Atlas of a Tropical Germany: Essays on Politics and Culture, I990-I998, trad. y ed. de Leslie A. Adelson (Lincoln: University of Nebraska Press, 2000), 6. Modifiqué ligeramente la traducción de Adelson en este caso. Ver Z. Şenocak, Atlas des tropischen Deutschland (Berlín: Babel Verlag, 1993), 16.

42. El asunto complejo de la relación de los inmigrantes con la memoria del Holocausto en Alemania es el tema del libro que estamos escribiendo con Yasemin Yildiz, lnheritance Trouble: Migrant Archives of Holocaust Remembrance (en contrato con Fordham University Press).

43. En The Beneficiary (El beneficiario), Robbins se dirige a su público directamente: “¿Quién es un beneficiario? Ustedes lo son, probablemente. Si no se hubieran beneficiado de alguna educación superior ambiciosa, probablemente no estarían leyendo un libro con un título tan sincero y poco prometedor como este” (cap. 6). Aunque yo no pretendo dirigirme a mis lectores de forma tan directa como Robbins, se puede decir casi lo mismo del sujeto implicado: muchos (¿o todos?) de los lectores de este libro serán sujetos implicados. Ciertamente, las instituciones de educación superior que menciona Robbins son vectores de la implicancia, como ilustran investigaciones recientes sobre la complicidad de las universidades norteamericanas con el comercio de esclavos. En términos más generales, las universidades —así como son lugares importantes, y hasta necesarios, de contradiscurso— han producido tradicionalmente conocimiento que contribuye a la militarización, las jerarquías de razas y más. Sin embargo, este libro no está, en definitiva, dirigido a “sujetos implicados” como una identidad colectiva —de hecho, uno de mis argumentos es que pasamos de posición en posición de implicancia dependiendo del contexto—, sino a aquellos interesados en explorar y cuestionar el hecho de la implicancia.

44. Carrie Tirado Bramen, American Niceness: A Cultural History (Cambridge, Massachusetts: Harvard University Press, 2017), 25. Bramen recurre a la idea de “inocencia violenta” del psicoanalista Christopher Bolla. Ver Bollas, Being a Character: Psychoanalysis and Self Experience (Nueva York: Hill and Wang, 1992).

45. Andrea Fraser escribe sobre las elecciones estadounidenses de 2016 y se basa en el relato de Bourdieu sobre el campo del poder para defender los usos de la reflexividad en la izquierda política. Ver Andrea Fraser, Toward a Reflexive Resistance, X-tra, marzo de 2018. Recuperado de http://x-traonline.org/artide/artist-writes-no-2-toward-a-reflexive-resistance/.

46. Cito la conocida octava tesis de Walter Benjamin: “El asombro por que las cosas que estamos viviendo “todavía” sean posibles en el siglo XX no es para nada filosófico. No nace de un conocimiento que de serlo tendría que ser este: la idea de historia que provoca ese asombro no se sostiene”. Ver Walter Benjamin: On the Concept of History, trad. Harry Zohn, en Selected Writings, vol. 4: I9J8-I940, ed. Howard Eiland and Michael W. Jennings (Cambridge, Massachusetts: Harvard University Press, 2006), 392.

47. Simona Forti, New Demons: Rethinking Power and Evil Today (Stanford, California: Stanford University Press, 2014). Ver también la discusión complementaria de Robert Eaglestone sobre Arendt y la banalidad del mal en The Broken Voice: Reading Post­Holocaust Literature (Oxford: Oxford University Press, 2017), 31-40.

48. Este libro surge de una reflexión constante sobre temas en los que comencé a pensar en Multidirectional Memory: Remembering the Holocaust in the Age of Decolonization (Stanford, California: Stanford University Press, 2009), y en cierta medida en Traumatic Realism: The Demands of Holocaust Representation (Minneapolis: University of Minnesota Press, 2000). De hecho, algunos de los ejemplos que fundamentan la memoria multidireccional se retoman aquí en nuevos contextos. En Multidirectional Memory, busqué vínculos mnemotécnicos entre el genocidio nazi y el colonialismo europeo que generalmente involucraban experiencias de victimización percibidas como compartidas o compartibles en diferentes contextos. A partir del estudio de ese archivo, desarrollé un argumento más general sobre la naturaleza productiva y dialógica de la memoria cultural: mientras que la articulación pública de la memoria tiene lugar en un espacio de contestación, no obedece a la lógica de un juego de suma cero, sino más bien emerge a través del eco, el rebote y el préstamo intercultural. Al pasar de la memoria multidireccional al sujeto implicado, he mantenido mi interés en la forma en que las historias y los recuerdos desbordan las fronteras de las naciones y las identidades, pero he centrado la atención en diferentes grados de conexión. En lugar del grupo de intervíctimas “transnacionalismo menor” (término útil de Lionnet y Shih), a partir del cual el libro anterior buscaba construir una nueva teoría de la memoria, el presente libro persigue la implicación de quienes se encuentran cercanos al poder en eventos histórica o espacialmente distantes y en estructuras impersonales.

49. Robbins, The Beneficiary, 10. Ver también Bruce Robbins, Perpetual War: Cosmopolitanism from the Viewpoint of Violence (Durham, Carolina del Norte: Duke University Press, 2012).

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