Antjie Krog, ¿para qué el perdón?

Por: Ángela Martin Laiton

Traducción de los fragmentos de la entrevista: Jimena Reides

Imagen: Muhammad Yunus

¿Dónde están los límites del perdón? ¿Qué queda después de la violencia y la guerra? ¿Cómo perdonar las atrocidades cometidas por el que consideramos otro? En un diálogo Sur-Sur, la entrevistadora colombiana Ángela Martin Laiton cruza palabras con la escritora sudafricana Antjie Krog al respecto de escribir poesía y reivindicar la verdad en medio de procesos políticos de perdón y reconciliación.


“Si la reconciliación significa que el perpetrador que mató a mi hijo, vuelva a ser humano y que nosotros también podamos volver a ser humanos, entonces realmente estoy de acuerdo con la reconciliación y la soporto. Soy un ser humano, necesito perdonar para poder seguir con vida.”[i]

¿Dónde están los límites del perdón? ¿Qué queda después de la violencia y la guerra? ¿Cómo perdonar las atrocidades cometidas por el que consideramos otro? No ha sido fácil para nadie que se ha acercado a la historia de Sudáfrica comprenderla e intentar abordar el tejido social propuesto por las Comisiones de la Verdad y la Reconciliación después del Apartheid. Desde el resto del mundo dibujamos a África como una sola nación estigmatizada en la pobreza y la sequía, más de 800 millones de personas reducidas a pobres bosquejos de exotización cultural y ambiental.

Un auditorio repleto, café, té y galletas se ofrecen en la entrada, hay que ubicarse en la lista porque los cupos a la Cátedra Coetzee en Buenos Aires son limitados, los intérpretes en la parte de atrás asegurándose de trasladar en tiempo real los vídeos que están siendo proyectados durante la conferencia; una mujer sudafricana, blanca, delgada y de ojos azules suspende el vídeo de una de las comisiones de la Verdad y Reconciliación en Sudáfrica. Con la voz suave empieza a recitar un poema entre los lagrimeos de muchos que no pudieron con el contenido del vídeo, los intérpretes quedan suspendidos en una suerte de limbo, la gente del público mueve sus aparatos de audio, toca los botones, mira hacia atrás, miran a quienes no escuchan por la interpretación; no, ese no es inglés, no es francés, italiano, ni portugués. John Maxwell Coetzee está sentado a mi derecha, con la mirada fija en la conferencista y las manos tranquilas sobre las piernas, continúa con ese gesto serio de hombre imperturbable, intuyo que él sí entiende, entonces será lengua Afrikaner. “No, no es lengua Afrikaner”, cita la expositora, como si corrigiera lo que pensaba, aunque es mi lengua materna no es en esta en la que les estoy hablando, recito un antiguo poema en Zulú, una de las lenguas originarias más importantes de Sudáfrica, que hablaba del Ubuntu.

“Umuntu, nigumuntu, nagamuntu” reza la frase zulú que significa “una persona es persona a causa de los demás”. Sudáfrica es un país compuesto por un 80% de población negra, aun así, en tiempos del Apartheid, esta mayoría sufrió grandes vejámenes y violencias de una minoría que se consideraba blanca y superior. La violencia del Apartheid causó inmensas rupturas en los procesos sociales sudafricanos que encontraron la forma de intentar reparar el tejido social volviendo la mirada a una antigua filosofía africana llamada “Ubuntu” impulsada por Nelson Mandela y Desmond Tutu.  Ubuntu es clave para entender la sociedad y el proceso de reconciliación sudafricano. Ubuntu desvirtúa el individualismo de la cultura occidental que pretende universalizarse para entender que solo podemos construirnos a nosotros mismos en tanto construimos a los demás. Ubuntu valora a la comunidad y a la persona en su contexto social, es decir, el hecho de que la persona es una persona a través de otras.

Silencio en el auditorio con la respuesta que dio la poeta sudafricana sobre la solución del conflicto en su país, siendo enfática en repetidas ocasiones sobre lo problemático que resulta hablar de comunidad para sociedades occidentales que no pueden desprenderse nunca de la individualidad. Pensé en esa comunidad indígena en Colombia que dejó perplejo a un antropólogo, quien después de proponer un juego para los niños, no supo explicarles por qué era necesario que alguno ganara para divertirse. No es la primera vez que Antjie Krog asoma lo más certero y maravilloso de su carácter para apostar a la construcción de otro tipo de sociedad. La escritora nacida en Orange es hija de la privilegiada sociedad blanca que hace mucho tiempo colonizó África, creció con profundos descontentos y dudas sobre la forma en la que se trataba a la población negra en el Apartheid y escandalizó a todo el país con sus cortos 17 años cuando publicó un poema en la revista del colegio diciendo: “Dadme una tierra donde los blancos y los negros mano a mano / puedan traer paz y amor a mi bella tierra”.  Llovieron múltiples preguntas terminada la sesión sobre la reciente traducción de Country of My Skull al español. Esta obra recoge toda su experiencia como periodista en la Comisión de Verdad y Reconciliación con los relatos testimoniales de las víctimas del Apartheid; allí, Krog sobrepasa el género narrativo de la crónica con el uso de la ficción y la poesía.

Terminada la sesión vuelvo a casa caminando, pensando en lo que sucedió en Sudáfrica y en todo lo que podríamos aprender los colombianos sobre perdón y reconciliación. Corrientes está repleta de gente siempre, gente que sube y baja de los autobuses, entra y sale de estaciones de subte, una movida cultural muy importante se genera allí en la calle atestada de teatros, salas de cine y el hall of fame de los argentinos. Sé que me molesta todo el tumulto de esa gran avenida, pero no puedo evitar la tentación de pasar por todas las librerías que la copan, librerías grandes llenas de olor a libros nuevos y no tan nuevos que me embriagan de amor por Buenos Aires. Una mano me agarra el hombro desde atrás y asustada me doy vuelta, es Antjie Krog saliendo de una librería. “Excuse me, ¿are you from Colombia?” “Yes.” Ella necesitaba un pequeño favor y yo le pedí una entrevista.

Antjie Krog se inició como poeta y desde su adolescencia publicó varias obras en esta narrativa, ¿sigue siendo este género literario el predilecto? Me considero una poeta. Creo que los poetas no se hacen, los poetas nacen. Y nada me sale tan bien como escribir poesía. Pero no puedes vivir de la poesía, por lo que debes hacer otros trabajos, para sobrevivir.

En una de las sesiones de la cátedra, en la que se busca el diálogo entre literaturas del sur, Krog navegó por la diversidad poética que ofrece Sudáfrica, la multiplicidad de lenguas y las formas de concebir el universo marginadas por el eurocentrismo literario. Todo empezó en mi niñez. Crecí con una anciana negra que contaba historias, y las historias eran completamente diferentes a cualquier historia con la que hayas crecido. Por ello, siempre tuve la impresión de que hay otro mundo viviendo en alguna parte y que no sale a la superficie. Y comencé a escuchar hablar sobre la poesía de Elogio, pero nadie sabía qué estaban diciendo y tuve curiosidad en cuanto a si era bueno o malo, si era interesante, cuáles son las técnicas que usan, si eran distintas a las mías. Pero, básicamente, cuando tomé más fuerza fue cuando vivía en un pequeño pueblo y era maestra en una escuela para negros, estaban apoyando la liberación de Nelson Mandela en esa zona, y me pidieron que vaya y lea un poema. Y estaba totalmente preocupada. Yo no doy presentaciones, no leo mi trabajo en público. Y allí había otros poetas indígenas que también presentarían su trabajo. Y me enseñaron, sabes, me decían “di esto”, “sí, fuerte”, por lo que me adentré en otra poesía y por medio de ellos me di cuenta de que estaba en lo correcto.

Partiendo de la premisa de dar relevancia a las creaciones literarias que se han hecho en Sudáfrica mucho antes del proceso de colonización, la escritora ha traído a la discusión el aporte de la literatura indígena a su país. Creo que es extremadamente relevante e importante, debido a la severidad del apartheid y la opresión. La literatura negra escrita no es parte de la vida diaria. Los jóvenes se están conectando con la literatura inglesa e incluso con la literatura africana, para hacer rap. Los afroamericanos están escribiendo, pero no en cuanto a lo que se ha escrito en sus propios idiomas, por lo que espero que esto se convierta en parte de la fibra.

Después de conocer la literatura de Elogio, Krog reconoce haberse dejado influenciar por la misma en su propia obra. Sí, inmensamente en cuanto al proyecto de traducción. Comencé a escribir poesía de Elogio. Escribí un poema de Elogio cuando falleció Mandela. También escribí un poema de Elogio para Tutu y lo traduje al Xhosa. Por lo que sí, me ha influido mucho.

A partir de entonces, la escritora se ha adentrado en el trabajo de la traducción de poemas en lenguas originarias al afrikáans y el inglés. Conversando un poco sobre la condición política de la traducción de estos poemas, nos contó que es políticamente incorrecto. Está mal hacerlo porque hace algunos años, los misioneros, cuando llegaban a las comunidades, trataban de obtener de ellas lo siguiente: “¿Cuál es su poesía?” “¿Cuál es su idioma?”, y luego usaban eso para convertirlos en cristianos o para oprimirlos. Así que hay una sospecha cuando quieres traducir desde la lengua indígena. “¿Por qué?” “¿Qué están sacando de esto”? “¿Por qué quieren hacer esto?” y es verdad que tengo un objetivo, pero no es cambiarlos, sino educarme a mí misma. Tú sabes, Sócrates diría “una vida no examinada no merece la pena ser vivida”. Por ello, esto es parte de examinar mi vida.

Muchos escritores han incluido en su experiencia profesional el periodismo, Antjie Krog no ha sido la excepción ¿Por qué emprender la tarea del periodismo? ¿El periodismo? Para ganar dinero. Cuando vivía en un pequeño pueblo, enseñaba, y luego cuando me mudé a la ciudad… Era muy difícil vivir en un pueblo pequeño bajo la persecución policial. Así que después de un tiempo, me fui con mis hijos a la ciudad. Y en la ciudad me convertí en periodista. Y bueno, ahora soy profesora. Gano dinero en la universidad. No, tienes que trabajar. No puedes vivir de la poesía.

De esta experiencia periodística surge un libro como Country of My Skull. La escritora nos contó cómo fue el proceso. Comencé como periodista para trabajar en el Parlamento. El Parlamento arma la legislación y yo informaba sobre tal legislación, era periodista de radio. Por este motivo, cuando comenzó la Comisión, necesitaban un equipo de radio en todos los idiomas, y me nombraron jefa del equipo. Así que estuve a cargo de nueve periodistas en distintos idiomas. Si eras una víctima, estabas bien informado debido a todos los idiomas que había. E hicimos eso durante tres años. Seguimos la Comisión.

Conversamos sobre la coyuntura política colombiana, la posibilidad de un acuerdo de paz con comisiones de verdad y reconciliación con las FARC. ¿Cuál es el rol del periodismo alrededor de este hecho? Hay dos cosas que diría y una sería no informar de manera selectiva. Decidir, no voy a hacer esto o no voy a hacer aquello. Y la otra también es siempre leer material relacionado. Yo lo hice en las audiencias, vinieron muchos académicos y me dijeron “debes leer The Body in Pain”, “tienes que leer el artículo El efecto de la tortura sobre el lenguaje”. Y lo leí porque cuando informas algo tienes un trasfondo más amplio. Debes comprender más allá de las palabras lo que está ocurriendo aquí. Y aparentemente en Colombia las audiencias van a ser abiertas. También pensamos que tal vez habría hechos de violencia alrededor de las comisiones, pero no los hubo. Algunas veces, si les prometes a los perpetradores que todo va a terminar, se encuentran aliviados cuando cuentan lo que sucedió, se quieren sacar el peso de encima, algunos de ellos.

¿Hubo oposición de parte de sectores radicales a la Comisión? En Sudáfrica no todo el mundo estaba conforme con la política de perdón y reconciliación impulsada por Madiba. En uno de los apartes de Country of My Skull, se menciona la polarización en la opinión pública frente a la Comisión. “Las reacciones de los sudafricanos blancos a las revelaciones de la Comisión de la Verdad pueden dividirse en dos grupos: hay quienes niegan categóricamente toda responsabilidad y siempre aducen a razones para rechazar la Comisión y considerarla una gran pérdida de dinero. También están quienes se sienten profundamente comprometidos, emocionados y al tiempo imposibilitados de hacer frente a las atrocidades de la situación”. La situación política colombiana atraviesa un proceso similar frente a los acuerdos de paz ¿Por qué es tan difícil pensar en el Perdón? La venganza, aunque no siempre es así. En general, las víctimas son más comprensivas. Son los demás los que no quieren comprender. Y a veces, hay otras personas que interfieren tanto, que terminan convenciendo a las víctimas. Diciéndoles lo que deben hacer, hay una carga extra por lo que no puedes sanar, debido a la venganza.

En la construcción de ese “nosotros” para los sudafricanos, ¿hasta dónde el reconocimiento y la verdad les llevan a la reconciliación y el perdón con el otro? El perdón llega cuando no buscas venganza. Y dices que quieres la verdad, “por favor, solo dinos qué ocurrió”. Porque las víctimas quieren escuchar cómo vivió su hijo sus últimos momentos, si tal vez pensó en sus padres. Si te lo dicen tal vez puedes empezar a curar a partir de este momento. Por lo que la verdad es mejor que nada. Y es el momento que tienes para pensar que puedes lidiar con el proceso y comenzar a sanar. Entonces, ¿se trata del Ubuntu? Ubuntu significa que no hay diferencia entre el perdón y la reconciliación. Uno va pegado al otro. Comienzas a perdonar y luego te reconcilias. Comienzas a reconciliar y luego perdonarás.

Aunque Sudáfrica es un país con desafíos políticos todavía muy grandes en cuanto a la distribución de la riqueza y la superación definitiva de la violencia del Apartheid, logró darle al mundo lo que ningún juicio ni comisión de la verdad habían conseguido: la reparación colectiva del tejido social, el reconocimiento de la humanidad del otro para poder seguir siendo humanos todos. En palabras de la autora:

Quiero decirlo de un modo más sencillo. Quiero que lo escriba mi mano. Por todos nosotros. Por todas las voces. Por todas las víctimas.

Por ustedes / Este país ya no está entre nosotros sino dentro / respira en calma / después de haber sido herido / en la gloriosa garganta […] De mi alma la retina aprende a expandirse / cada día a través de mil historias / me quemé / nueva piel / Nunca seré la misma. Quiero decir: Perdónenme, perdónenme, perdónenme. A quienes les hice mal les pido: Por favor llévenme / Con ustedes.

[i] En Country of My Skull, de Antjie Krog.

Operación Carlota. Cuba en Angola.

Por: Gabriel García Márquez

Introducción: Martina Altalef

Imagen: Jihan El Tahri, “Cuba, An African Odyssey”, 2008

Publicada originalmente en tres partes en enero de 1977, en El espectador de Bogotá, esta crónica de Gabriel García Márquez narra la primera fase de la intervención militar cubana en Angola, operación que habría de durar dieciséis años. La narración responde a su origen: el escritor colombiano viajó a África por pedido de Fidel Castro y construye un texto coherente con su amistad; pero más que crónica de guerra, es un mapa de reverberantes conexiones de sur a sur.


Introducción

La crónica es narrada por una suerte de cronista omnisciente y allí dudamos de ella como documento histórico y procuramos potenciar su carácter estético, donde el estilo y el tono de García Márquez proponen guiños socarrones, bellos, conmovedores. Este cronista cuenta, sobre todo, experiencias en torno a la operación, pero como si no hubiera estado allí; de hecho, solo aparecerá la primera persona en el apartado final, para ubicarse de regreso en La Habana. La narración no es cronológica sino laberíntica y se vale de formas perifrásticas para contar los hechos. En ella son recurrentes los testimonios anónimos, y de los que llevan firma nos permitimos desconfiar. Proliferan las cifras en una historia que se propone inconmensurable, inconcebible, insólita.

Se trata de un texto en que los territorios del sur y los múltiples e (im)posibles cruces entre ellos aparecen sorprendentemente explícitos; además se hacen tierra las conexiones culturales y geopolíticas de los nacientes países meridionales de África, mientras se dejan ver vaivenes caribeños. Escrita durante la década del setenta, la guerra es aquí acción solidaria. También es compromiso, riesgo y fiesta. En este paisaje angoleño hay soldados, armas y muertos, pero también caníbales y devorados: confusión y consumo de cuerpos que toda guerra implica.

Operación Carlota. Cuba en Angola.

Por primera vez en una declaración oficial, el 24 de noviembre de 1975 los Estados Unidos revelaron la presencia de tropas cubanas en Angola. Calculaban entonces que el envío había sido de quince mil hombres. Pocas semanas después, durante una breve visita a Caracas, Henry Kissinger le dijo en privado al presidente Carlos Andrés Pérez: «Cómo estarán de deteriorados nuestros servicios de información que no nos enteramos de que los cubanos iban a Angola sino cuando ya estaban allí». En esa ocasión, sin embargo, corrigió que los hombres enviados por Cuba eran sólo doce mil.

Aunque nunca explicó el motivo de aquel cambio de cifras, la verdad es que ninguna de las dos era correcta. En aquel momento había en Angola muchos hombres de tropa y especialistas militares y técnicos civiles cubanos, y eran más de los que Henry Kissinger pretendía suponer. Había tantos barcos cubanos anclados en la bahía de Luanda, que el presidente Agostinho Neto, contándolos desde su ventana, sintió un estremecimiento de pudor muy propio de su carácter. «No es justo —le dijo a un funcionario amigo—. A este paso, Cuba se va a arruinar».

Es probable que ni los mismos cubanos hubieran previsto que la ayuda solidaria al pueblo de Angola había de alcanzar semejantes proporciones. Lo que sí tuvieron claro desde el primer momento es que la acción tenía que ser terminante y rápida y que de ningún modo se podía perder.

Primeros contactos

Los contactos entre la Revolución cubana y el Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA) se habían establecido por primera vez y habían sido muy intensos desde agosto de 1965, cuando el Che Guevara participaba en las guerrillas del Congo. El propio Agostinho Neto estuvo en Cuba el año siguiente, acompañado por Endo, el comandante en jefe del MPLA que moriría en la guerra, y ambos se entrevistaron con Fidel Castro. Luego, y por las propias condiciones de la lucha en Angola, aquellos contactos se habían vuelto eventuales. Recién en mayo de 1975, cuando los portugueses se preparaban para retirarse de sus colonias en África, el comandante cubano Flavio Bravo se encontró en Brazzaville con Agostinho Neto y este le solicitó ayuda para transportar un cargamento de armas; además le consultó sobre la posibilidad de una asistencia más amplia y específica. En consecuencia, el comandante Raúl Díaz Argüelles se trasladó tres meses después a Luanda al frente de una delegación civil de cubanos y Agostinho Neto fue entonces más preciso, aunque no más ambicioso: solicitó el envío de un grupo de instructores para fundar y dirigir cuatro centros de entrenamiento militar.

Las fuerzas enemigas

Bastaba un conocimiento superficial de la situación de Angola para comprender que el pedido de Neto era también típico de su modestia. Aunque el MPLA, fundado en 1956, era el movimiento de liberación más antiguo de Angola, y a pesar de que era el único que estaba implantado con una base popular muy amplia y ofrecía un programa social político y económico acorde con las condiciones propias del país, era sin embargo el que se encontraba en una situación militar menos ventajosa. Disponía de armamento soviético, pero carecía de personal preparado para manejarlo. En cambio, las tropas regulares de Zaire bien entrenadas y abastecidas habían penetrado en Angola desde el 25 de marzo y habían proclamado en Carmona un gobierno de hecho presidido por Holden Roberto, dirigente del Frente Nacional de Liberación de Angola (FNLA) y cuñado de Mobutu, cuyas vinculaciones con la CIA eran de dominio público. En el oeste, bajo el amparo de Zambia, se encontraba la Unidad Nacional para la Independencia Total de Angola (UNITA) al mando de Jonás Savimbi, un aventurero sin principios que había estado en colaboración constante con los militares portugueses y las compañías extranjeras de explotación. Por último, las tropas regulares de África del Sur, a través del territorio ocupado de Namibia, habían cruzado la frontera meridional de Angola el 5 de agosto, con el pretexto de proteger las presas del complejo hidroeléctrico de Raucana-Caluaqua.

El primer contingente

Todas esas fuerzas, con sus enormes recursos económicos y militares, estaban listas para cerrar en torno a Luanda un círculo irresistible en las vísperas del 11 de noviembre, cuando el ejército portugués abandonaría aquel vasto, rico y hermoso territorio donde habían sido felices durante quinientos años. De este modo, cuando los dirigentes cubanos recibieron el pedido de Neto, no se atuvieron a sus términos estrictos, sino que decidieron mandar de inmediato un contingente de cuatrocientos ochenta especialistas que en un plazo de seis meses debían instalar cuatro centros de entrenamiento y organizar dieciséis batallones de infantería, así como veinticinco baterías de mortero y ametralladoras antiaéreas. Como complemento mandaron una brigada de médicos, ciento quince vehículos y un equipo adecuado de comunicaciones.

Aquel primer contingente se transportó en tres barcos improvisados. El Viet Nam Heroico, que era el único de pasajeros, había sido comprado por el dictador Fulgencio Batista a una compañía holandesa en 1956, y convertido en buque escuela. Los otros dos, el Coral Island y La Plata, eran buques mercantes adicionados de urgencia. Sin embargo, la forma en que fueron cargados ilustra muy bien el sentido de previsión y la audacia con que los cubanos habían de afrontar el compromiso de Angola.

Parece insólito que llevaran desde Cuba el combustible para los vehículos. En realidad, Angola es productor de petróleo y, en cambio, los cubanos deben llevar el suyo a través de medio mundo desde la Unión Soviética. Sin embargo, los cubanos preferían actuar sobre seguro y desde aquel primer viaje se llevaron mil toneladas de gasolina repartida en los tres barcos. El Viet Nam Heroico llevó doscientas toneladas en tanques de cincuenta y cinco galones cada uno, y viajó con las bodegas abiertas para permitir la eliminación de los gases. La Plata transportó la gasolina en cubierta. La noche en que acabaron de estibarlos coincidió con una fiesta popular cubana y reventaron cohetes y se hicieron prodigios de pirotecnia hasta en los muelles El Mariel, cerca de La Habana, donde una chispa perdida hubiera convertido en polvo aquellos tres arsenales flotantes.

El propio Fidel Castro fue a despedirlos, como había de hacerlo con todos los contingentes que fueron a Angola, y después de ver las condiciones en que viajaban soltó una frase muy suya que sin embargo parecía casual. «De todos modos —dijo— van más cómodos que en el Granma».

No había ninguna certeza de que los militares portugueses fueran a permitir el desembarco de los instructores cubanos. El 26 de julio de ese año, cuando Cuba ya había recibido la primera solicitud de ayuda del MPLA, Fidel Castro le pidió al coronel Otelo Saraiva de Carvalho en La Habana que gestionara la autorización del gobierno de Portugal para mandar recursos a Angola, y Saraiva de Carvalho prometió conseguirlo, pero su respuesta todavía no ha llegado. De modo que el Viet Nam Heroico llegó a Puerto Amboim el 4 de octubre a las seis y media de la mañana, el Coral Island llegó el día 7 y La Plata llegó el 11 a Punta Negra. Llegaron sin permiso de nadie, pero también sin oposición de nadie.

Como estaba previsto, los instructores cubanos fueron recibidos por el MPLA, y pusieron a funcionar de inmediato las cuatro escuelas de instructores. Una en Delantando, que los portugueses llamaban Salazar, a trescientos kilómetros de Luanda; otra en el puerto atlántico de Benguela; otra en Saurino, antiguo Enrique de Carvalho, en la remota y desierta provincia oriental de Luanda, donde los portugueses habían tenido una base militar que destruyeron antes de abandonarla, y la cuarta en el enclave de Cabinda. Para entonces, las tropas de Holden Roberto estaban tan cerca de Luanda que un instructor de artillería cubana les estaba dando las primeras lecciones a sus alumnos de Delantando, y desde el sitio en que se encontraba veía avanzar los carros blindados de los mercenarios. El 23 de octubre las tropas regulares de África del Sur penetraron desde Namibia con una brigada mecanizada, y tres días después habían ocupado sin resistencia las ciudades de Sá da Bandeira y Moçamedes.

Era un paseo dominical. Los sudafricanos llevaban equipos de casetes con música de fiesta, instalados en los tanques. En el norte, el jefe de una columna mercenaria dirigía las operaciones a bordo de un Honda deportivo, junto con una rubia de cine. Avanzaba con un aire de vacaciones, sin columna de exploración, y ni siquiera debió darse cuenta de dónde salió el cohete que hizo volar el coche en pedazos. En el maletín de la mujer solo se encontró un traje de gala, un bikini y la tarjeta de invitación para la fiesta de la victoria que Holden Roberto tenía ya preparada en Luanda.

Al final de la semana, los sudafricanos habían penetrado más de seiscientos kilómetros en territorio de Angola y avanzaban hacia Luanda a unos setenta kilómetros diarios. El 3 de noviembre habían agredido al escaso personal del centro de instrucción para reclutas de Benguela. Por este motivo, los instructores cubanos tuvieron que abandonar la escuela para enfrentarse a los invasores con sus aprendices de soldados, a los cuales impartían acciones en las pausas de las batallas. Hasta los médicos revivieron sus prácticas de milicianos y se fueron a las trincheras. Los dirigentes del MPLA, preparados para la lucha de guerrillas, pero no para una guerra masiva, comprendieron entonces que aquella confabulación de vecinos, sustentada por los recursos más rapaces y devastadores del imperialismo, no podía ser derrotada sin una apelación urgente a la solidaridad internacional.

Internacionalismo cubano

El espíritu internacionalista de los cubanos es una virtud histórica. Aunque la Revolución lo ha defendido y magnificado de acuerdo con los principios del marxismo, su esencia se encontraba muy bien establecida en la conducta y la obra de José Martí. Esa vocación ha sido evidente y conflictiva en América Latina, África y Asia.

En Argelia, aún antes de que la Revolución cubana proclamara su carácter socialista, Cuba ya había prestado una ayuda considerable a los combatientes del FLN en su guerra contra el colonialismo francés. Tanto que el Gobierno del general De Gaulle prohibió, como represalia, los vuelos de Cubana de Aviación por los cielos de Francia. Más tarde, mientras Cuba era devastada por el ciclón Flora, un batallón de combatientes internacionalistas cubanos se fue a defender a Argelia contra Marruecos. Puede decirse que no ha habido en estos tiempos un movimiento de liberación africano que no haya contado con la solidaridad de Cuba, ya fuera con material y armamentos, o con la formación de técnicos y especialistas militares y civiles. Mozambique desde 1963, Guinea Bissau desde 1965, el Camerún y Sierra Leona: todos estos han solicitado en algún momento y obtenido de alguna forma la ayuda solidaria de los cubanos. El presidente de la República de Guinea, Sékou Touré, rechazó un desembarco de mercenarios con la asistencia de una unidad de cubanos. El comandante Pedro Rodríguez Peralta, ahora miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, fue capturado y encarcelado varios años por los portugueses en Guinea Bissau. Cuando Agostinho Neto hizo un llamado a los estudiantes angolanos en Portugal para que se fueran a estudiar a países socialistas, muchos de ellos fueron acogidos por Cuba. En la actualidad, todos están vinculados a la construcción del socialismo en Angola, y algunos en posiciones muy destacadas. Es el caso de Minga, economista y actual ministro de Finanzas de Angola; Enrique Dos Santos, ingeniero geólogo, comandante y miembro del Comité Central del MPLA, y casado con una cubana; Mantos, ingeniero agrónomo y actual jefe de la Academia Militar, y N’Dalo, quien en sus tiempos de estudiante se destacó como el mejor futbolista de Cuba, y en la actualidad es el segundo jefe de la Primera Brigada de Angola.

Sin embargo, nada de esto ilustra tanto la antigüedad y la intensidad de la presencia de Cuba en África como el hecho de que el propio Che Guevara, en el apogeo de su estrella y de su edad, se fue a pelear en las guerrillas del Congo. Se fue el 25 de abril de 1965, que es la misma fecha que su carta de despedida a Fidel Castro, en la cual renunciaba a su grado de Comandante y a todo cuanto lo vinculaba legalmente al Gobierno de Cuba. Se fue solo, en avión de línea comercial, con el nombre cambiado y un pasaporte falso, con la fisonomía apenas alterada por dos toques maestros y un maletín de negocios con libros literarios y muchos inhaladores para su asma insaciable. Distrajo las horas muertas en los cuartos de los hoteles con interminables solitarios de ajedrez. Tres meses después se le unieron en el Congo 200 cubanos de tropa que viajaron desde La Habana en un barco cargado de armamentos. La misión específica del Che era entrenar guerrilleros para el Consejo Nacional de la Revolución del Congo, que peleaban contra Moisés Chombé, pelele de los antiguos colonos belgas y de las compañías mineras internacionales; Lumumba había sido asesinado.

El jefe titular del Consejo Nacional de la Revolución era Gastón Soumaliot, pero quien dirigía las operaciones era Laurent Cavila desde su escondite en Kigona, en la margen opuesta del lago Tanganika. Aquella situación contribuyó sin duda a preservar la verdadera identidad del Che Guevara, y él mismo, para mayor seguridad, no figuró como jefe principal de la misión. Por eso se Ie conocía con el seudónimo de Tatú, que es el nombre del número 2 en lengua suajili.

Regreso del Che

El Che Guevara permaneció en el Congo desde abril hasta diciembre de 1965. No solo entrenaba guerrilleros sino que los dirigía en el combate y peleaba junto a ellos. Sus vínculos personales con Fidel Castro, sobre los cuales se ha especulado tanto, no se debilitaron en ningún momento. Sus contactos fueron permanentes y cordiales mediante sistemas de comunicación muy eficaces. Cuando Moïse Tshombé fue derribado, los congoleses pidieron el retiro de los cubanos como una medida para facilitar el armisticio. El Che Guevara se fue como había llegado: sin hacer ruido. Se fue por el aeropuerto de Dar es-Salam, capital de Tanzania, en un avión comercial y leyendo al derecho y al revés un libro de problemas de ajedrez para taparse la cara durante las seis horas de vuelo, mientras en el asiento vecino su ayudante cubano trataba de entretener al comisario político del ejército de Zanzíbar que era un viejo admirador del Che Guevara y habló de él sin descanso durante todo el viaje, tratando de tener noticias suyas y reiterando sin cesar los deseos que tenía de volver a verlo.

Aquel paso fugaz y anónimo del Che Guevara por el África dejó sembrada una semilla que nadie había de erradicar. Algunos de sus hombres se trasladaron a Brazzaville y allí instruyeron unidades de guerrillas para el Partido Africano de Independencia de Guinea y Cabo Verde (PAIGC), que dirigía Amílcar Cabral, y en especial para el MPLA. Una de las columnas entrenadas por ellos entró clandestinamente en Angola a través de Kinshasa y se incorporó a la lucha contra los portugueses con el nombre de «Columna Camilo Cienfuegos». Otra se infiltró en Cabinda y más tarde cruzó el río Congo y se implantó en la zona de Dembo, donde nació Agostinho Neto y donde se luchó contra los portugueses durante cinco siglos. De modo que la acción solidaria de Cuba en Angola no fue un acto impulsivo y casual, sino una consecuencia de la política continua de la Revolución cubana en el África. Solo que había un elemento nuevo y dramático en esa delicada decisión. Esta vez no se trataba simplemente de mandar una ayuda posible, sino de emprender una guerra regular de gran escala a diez mil kilómetros de su territorio, con un costo económico y humano incalculable y unas consecuencias políticas imprevisibles.

Posición de Estados Unidos

La posibilidad de que los Estados Unidos intervinieran de un modo abierto y no a través de mercenarios y de África del Sur, como lo habían hecho hasta entonces, era sin duda uno de los enigmas inquietantes. Sin embargo, un rápido análisis permitía prever que por lo menos lo pensarían más de tres veces, pues acababan de salir del pantano de Vietnam y del escándalo de Watergate, con un presidente que nadie había elegido, con la CIA hostigada por el Congreso y desprestigiada ante la opinión pública, con la necesidad de cuidarse para no aparecer como aliados de la racista África el Sur, no solo ante la mayoría de los países africanos sino ante la propia población negra de los Estados Unidos, y además en plena campaña electoral y en el flamante año del bicentenario.

Por otra parte, los cubanos estaban seguros de contar con la ayuda y solidaridad de la Unión Soviética y otros países socialistas, pero también eran conscientes de las implicaciones que su acción podría tener para la política de coexistencia pacífica y la distención internacional. Era una decisión de consecuencias irreversibles, y un problema demasiado grande y complejo para resolverlo en veinticuatro horas. En todo caso, la dirección del Partido Comunista de Cuba no tuvo más que veinticuatro horas para decidir, y decidió sin vacilar, el 5 de noviembre, en una reunión larga y serena. Al contrario de lo que tanto se ha dicho, fue un acto independiente y soberano de Cuba, y fue después y no antes de decidirlo cuando se hizo la notificación correspondiente a la Unión Soviética. Otro 5 de noviembre como aquel, en 1854, una esclava del ingenio Triunvirato de la región de Matanzas, a quien llamaban la Negra Carlota, se había alzado machete en mano al frente de una partida de esclavos y había muerto en la rebelión. Como homenaje a ella, la acción solidaria en Angola llevó su nombre: Operación Carlota.

Comienza la operación

La Operación Carlota se inició con el envío de un batallón reforzado de tropas especiales compuesto de seiscientos cincuenta hombres. Fueron transportados por avión en vuelos sucesivos durante trece días desde la sección militar del aeropuerto José Martí, en La Habana, hasta el propio aeropuerto de Luanda, todavía ocupado por las tropas portuguesas. Su misión específica era detener la ofensiva para que la capital de Angola no cayera en poder de las fuerzas enemigas antes de que se fueran los portugueses, y luego sostener la resistencia hasta que llegaran refuerzos por mar. Pero los hombres que salieron en los dos vuelos iniciales iban ya convencidos de llegar demasiado tarde, y solo abrigaban la esperanza final de salvar a Cabinda.

El primer contingente salió el 7 de noviembre a las cuatro de la tarde en un vuelo especial de Cubana de Aviación, a bordo de uno de los legendarios Bristol Britannia BB 218 de turbohélice, que ya habían sido descontinuados por sus fabricantes ingleses y jubilados en el mundo entero. Los pasajeros, que recuerdan muy bien haber sido ochenta y dos porque era el mismo número de hombres del Granma, tenían un saludable aspecto de turistas tostados por el sol del Caribe.

Todos iban vestidos de verano, sin ninguna insignia militar, con maletines de negocio y pasaportes regulares con nombres propios y su identidad real. Los miembros del batallón de tropas especiales, que no dependen de las Fuerzas Armadas Revolucionarias sino del Ministerio del Interior, son guerreros muy diestros, de un nivel ideológico y político avanzado, y algunos tienen un título académico, son lectores habituales y revelan una preocupación permanente por su superación intelectual. De manera que aquella ficción de civiles dominicales no debió parecerles ninguna novedad.

Pero en los maletines llevaban metralletas, y en el departamento de carga del avión, en vez de equipaje, había un buen cargamento de artillería ligera, las armas individuales de guerra, tres cañones de setenta y cinco milímetros y tres morteros de ochenta y dos. El único cambio que se había hecho en el avión, atendido por dos azafatas regulares, era una compuerta en el piso para sacar las armas desde la cabina de pasajeros en caso de emergencia.

Vuelos arriesgados

El vuelo de La Habana a Luanda se hizo con una escala en Barbados para cargar combustible, en medio de una tormenta tropical, y otra escala de cinco horas en Guinea-Bissau, cuya finalidad principal era esperar a que llegara la noche para volar en secreto hasta Brazzaville. Los cubanos aprovecharon aquellas cinco horas para dormir y ese fue el sueño más espantoso del viaje, pues en las bodegas del aeropuerto había tantos mosquitos que las sábanas de los catres quedaron ensangrentadas.

Mobutu, con su arrogancia proverbial, ha dicho que Brazzaville se ilumina con el resplandor de Kinshasa, la moderna y fulgurante capital de Zaire. En eso no le falta razón. Las dos ciudades están situadas una frente a la otra con el río Congo de por medio, y los respectivos aeropuertos se encuentran tan cerca que los primeros pilotos cubanos tuvieron que estudiarlos muy bien para no aterrizar en la pista enemiga. Lo hicieron sin contratiempo con las luces apagadas para no ser vistos desde la orilla, y permanecieron en Brazzaville apenas el tiempo suficiente para informarse por radio sobre la situación en Angola. El comandante angolano, Xieto, que mantenía buenas relaciones con el comisionado portugués, había conseguido de este la autorización para que los cubanos aterrizaran en Luanda. Así lo hicieron a las diez de la noche del 8 de noviembre, sin auxilio de torre y bajo un aguacero torrencial. Quince minutos después llegó un segundo avión.

En aquel momento apenas estaban saliendo de Cuba tres barcos cargados con un regimiento de artillería, un batallón de tropas motorizadas y el personal de la artillería a reacción, que empezarían a desembarcar en Angola desde el 27 de noviembre. En cambio, las columnas de Holden Roberto estaban tan cerca que horas antes habían matado a cañonazos a una anciana nativa tratando de alcanzar el cuartel del Gran Farni donde se concentraron los cubanos.

Así que estos no tuvieron ni siquiera tiempo de descansar. Se pusieron el uniforme verde olivo, se incorporaron a las filas del MPLA y se fueron al combate. La prensa cubana, por normas de seguridad, no había publicado la noticia de la participación en Angola. Pero como suele ocurrir en Cuba aun con asuntos militares tan delicados como ese, la operación era un secreto guardado celosamente entre ocho millones de personas. El primer congreso del Partido Comunista que había de realizarse pocas semanas después, y que fue una especie de obsesión nacional durante todo el año, adquirió entonces una dimensión nueva.

Cómo fue el reclutamiento

El procedimiento empleado para formar las unidades de voluntarios fue una citación privada a los miembros de la primera reserva, que comprende a todos los varones entre los diecisiete y los veinticinco años, y a los que han sido miembros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Se les citaba por telegrama al comité militar correspondiente sin mencionar el motivo de la convocatoria. Pero la razón era tan evidente que todo el que se creyó con la capacidad militar se precipitó sin telegramas previos ante su comité respectivo, y costó mucho trabajo impedir que aquella solicitud masiva se convirtiera en un desorden nacional.

Hasta donde lo permitió la urgencia de la situación, el criterio selectivo fue bastante estricto. No solo se tomaron en cuenta la calificación militar y las condiciones físicas y morales, sino también los antecedentes de trabajo y la formación política. A pesar de ese rigor, son incontables los casos de voluntarios que lograron burlar los filtros de selección. Se sabe de un ingeniero calificado que se hizo pasar por chofer de camión, de un alto funcionario que logró pasar como mecánico y de una mujer que estuvo a punto de ser admitida como soldado raso.

Se sabe de un muchacho que se fue sin permiso de su padre y que más tarde se encontró con él en Angola porque también su padre se había ido a escondidas de la familia. En cambio, un sargento de veinte años no consiguió que lo mandaran por ningún medio, y sin embargo tuvo que soportar, con el machismo herido, que mandaran a su madre, que es periodista, y a su novia, que es médica. Algunos delincuentes comunes, desde la cárcel, pudieron ser admitidos, pero no se contempló ninguno de esos casos. La primera mujer que se fue, a principios de diciembre, había sido rechazada varias veces con el argumento de que «aquello era muy pesado para una mujer». Estaba lista para irse de polizón en un barco y ya había metido su ropa en las bodegas con la complicidad de un compañero fotógrafo cuando supo que había sido escogida para irse legalmente y por avión. Su nombre es Esther Lilia Díaz Rodríguez, una antigua maestra de veintitrés años que ingresó en las Fuerzas Armadas en 1969 y que tiene una buena marca de tiro de infantería. Con ella se fueron, cada uno por su lado, tres hermanos más: César, Rubén y Erineldo.

Cada uno por su lado y sin ponerse de acuerdo, los cuatro le contaron el mismo cuento a su madre: que se iban para las maniobras militares de Camagüey con motivo del congreso partidario. Todos regresaron sanos y salvos, y su madre está orgullosa de que hayan estado en Angola, pero no les ha perdonado la mentira de las maniobras en Camagüey.

Triunfo de Angola

Las conversaciones con los que regresaron permiten establecer que algunos cubanos querían irse para Angola por motivos personales muy diversos. Por lo menos uno se filtró con el propósito simple de desertar y luego secuestró un avión portugués y pidió asilo en Lisboa. Ninguno se fue a la fuerza: antes de irse todos tuvieron que firmar su hoja de voluntarios. Algunos se negaron a ir después de ser escogidos y fueron víctimas de toda clase de burlas públicas y desprecios privados. Pero no hay duda de que la inmensa mayoría se fue a Angola con la convicción plena de cumplir un acto solidario de política, con la misma conciencia y el mismo coraje con que quince años antes habían rechazado el desembarco en Playa Girón, y por eso mismo la Operación Carlota no fue una simple expedición de guerrilleros profesionales, sino una guerra popular.

Durante nueve meses, la movilización de recursos humanos y materiales fue toda una epopeya de temeridad. Los decrépitos Britannia remedados con frenos de Illushin 18 soviético mantuvieron un tráfico constante y casi inverosímil. Aunque su peso de despegue normal es de ciento ochenta y cinco mil libras, llegaron a volar muchas veces con ciento noventa y cuatro mil, lo cual se sale de todas las tablas. Los pilotos, cuyas horas normales de vuelo deben ser setenta y cinco al mes, alcanzaron a volar más de doscientas. En general, cada uno de los tres Britannia en servicio llevaba dos tripulaciones completas que se turnaban durante el vuelo. Pero un solo piloto recuerda haber estado en su asiento hasta cincuenta horas en un viaje de ida, con cuarenta y tres horas de vuelo efectivo. «Hay momentos en que uno está tan cansado que ya no se puede cansar más», ha dicho sin pretensiones de heroísmo. En aquellas condiciones, debido a la diferencia de hora, los pilotos y las azafatas habían perdido la cuenta del tiempo y su única orientación eran las solicitudes del cuerpo: comían solo cuando tenían hambre, y dormían solo cuando tenían sueño.

La ruta de La Habana a Luanda es desamparada y desierta. A la altura de crucero de los Britannia, que es entre dieciocho mil y veinte mil pies, la información sobre vientos es inexistente en estos tiempos del jet. Los pilotos salían en cualquier sentido sin saber cuál era el estado de la ruta, volando a alturas indebidas para economizar combustible y sin la menor idea de cuáles serían las condiciones al llegar. Entre Brazzaville y Luanda, que era el tramo más peligroso, no tenían aeropuerto alterno. Además, los militares viajaban con las armas cargadas y se transportaban explosivos sin cajas y proyectiles sin termos para reducir la carga.

Los Estados Unidos apuntaron al flanco más débil de los Britannia: su escasa autonomía de vuelo. Cuando consiguieron que el gobierno de Barbados impidiera la escala de abastecimiento, los cubanos establecieron una ruta transatlántica, desde Holguín en el extremo oriental de Cuba, hasta la isla de Sal, en Cabo Verde. Era una operación de trapecista sin redes, porque en el viaje de ida los aviones llegaban apenas con el combustible para dos horas de vuelo, y en el vuelo de regreso, debido a los vientos contrarios, llegaban con reservas solo para una hora. Sin embargo, también aquella ruta de circo fue interrumpida para evitar perjuicios al indefenso Cabo Verde. Entonces, se adaptaron en la cabina de los aviones cuatro tanques suplementarios de gasolina que les permitieron volar sin escala, pero con treinta pasajeros menos, desde Holguín hasta Brazzaville. La solución intermedia de hacer una escala en Guyana no resultó adecuada, en primer término porque la Texaco, que es la explotadora de petróleo en Guyana, se negó a vender el combustible.

Cuba trató de resolverlo con el envío a Guyana de un barco cargado de gasolina, pero por un accidente incomprensible se contaminó con tierra y agua. En medio de tantos y tan amargos inconvenientes el gobierno de Guyana se mantuvo firme en su solidaridad con los cubanos, hasta que el embajador de los Estados Unidos en persona lo amenazó con bombardear y destruir el aeropuerto de Georgetown. El mantenimiento se hacía en menos de la mitad del tiempo normal, y un piloto recuerda haber volado varias veces sin radar, pero ninguno recuerda una falla en sus instrumentos. En aquellas condiciones inconcebibles, hicieron ciento un vuelos hasta el término de la guerra.

El transporte marítimo no fue menos dramático. En los dos únicos barcos para pasajeros, de cuatro mil toneladas cada uno, se adaptaron como dormitorios todos los espacios libres, y se improvisaron letrinas en el cabaret, los bares y corredores. Su cupo normal de doscientos veintiséis pasajeros se triplicó en algunos viajes. Los buques de carga para ochenta tripulantes llegaron a transportar más de mil pasajeros con carros blindados, armamentos y explosivos. Fue necesario adaptar cocinas de campaña en las bodegas de carga y en los salones. Para economizar agua se utilizaban platos desechables y en vez de vasos se utilizaban recipientes de yogur. Los tanques de lastre se usaban para el aseo y se adaptaron en cubierta unas cincuenta letrinas que se desaguaban por la borda. Las máquinas cansadas de los barcos más viejos empezaban a resentirse al cabo de seis meses de rendimiento excepcional. Ese fue el único motivo de exasperación para los primeros repatriados, cuyo ansiado regreso se retrasó varios días porque al Viet Nam Heroico se le obstruían los filtros. Las otras unidades del convoy se veían forzadas a esperarlos, y algunos de sus pasajeros comprendió entonces al Che Guevara cuando afirmaba que la marcha de una guerrilla está determinada por el hombre que menos avanza. Aquellos obstáculos parecían más angustiosos en esa época, porque los barcos cubanos eran objeto de toda clase de provocaciones por destructores norteamericanos que los asediaban durante días enteros, y los aviones de guerra los fotografiaban y hostigaban con vuelos rasantes.

A pesar de las duras condiciones de aquellos viajes de casi veinte días, no se presentó ningún problema sanitario grave. En los cuarenta y dos viajes que se hicieron durante los seis meses de la guerra, los servicios médicos de a bordo no tuvieron que hacer sino una operación de apendicitis y otra de hernia, y solo tuvieron que combatir un brote diarreico provocado por una carne enlatada. En cambio, hubo que controlar una epidemia más difícil, que era la de los tripulantes que a toda costa querían quedarse peleando en Angola. Uno de ellos, oficial de la reserva, se procuró como pudo un uniforme verde olivo, desembarcó confundido con la tropa y consiguió quedarse de contrabando. Fue uno de los buenos oficiales de información que se destacaron en la guerra.

Por otra parte, la ayuda material soviética que entraba por distintos canales requería la llegada constante de personal calificado para enseñar a manejar armas nuevas y equipos complejos que todavía eran desconocidos para los angolanos. El jefe de Estado Mayor cubano en persona se trasladó a Angola a fines de noviembre. En ese entonces todo parecía admirable, menos perder la guerra.

El albur de perder

Sin embargo, la verdad histórica es que estaba a punto de perderse. En la primera semana de diciembre la situación era tan desesperada que se pensó en la posibilidad de fortalecerse en Cabinda y salvar una cabeza de playa en torno a Luanda para iniciar la evacuación. Para colmo de angustias, aquella perspectiva sombría se presentaba en el peor momento, tanto para los cubanos como para los angolanos.

Los cubanos se preparaban para el primer congreso del partido, entre el 17 y el 24 de diciembre, y sus dirigentes eran conscientes de que un revés militar en Angola era un golpe político mortal. Por su parte, los angolanos se preparaban para la inminente conferencia de la OUA, y hubieran querido asistir con una posición militar más propicia para inclinar a su favor a la mayoría de los países africanos.

Las adversidades de diciembre se debían en primer lugar al tremendo poder de fuego del enemigo que para esa fecha había recibido ya de los Estados Unidos más de cincuenta millones de dólares de ayuda militar. Se debía en segundo lugar al retraso con que Angola pidió la ayuda cubana y a la lentitud forzosa en el transporte de los recursos. Y se debía en último término a las condiciones de miseria y retraso cultural que dejó en Angola medio milenio de colonialismo sin alma. Más que los dos primeros fue este último punto el que creó las dificultades mayores para la integración decisiva entre los combatientes cubanos y el pueblo armado de Angola.

En realidad, los cubanos encontraron el mismo clima, la misma vegetación, los mismos aguaceros apocalípticos y los mismos atardeceres fragorosos con olor a maleza y caimán. Algunos eran tan parecidos a los angolanos, que muy pronto prosperó la versión festiva de que solo era posible distinguirlos tocándoles la punta de la nariz, porque los africanos tienen el cartílago blando por la forma en que las madres cargan a los bebés con la cara aplastada contra la espalda.

Los colonos portugueses, tal vez lo más voraces y mezquinos de la historia, construyeron ciudades modernas y hermosas para vivir toda la vida, con edificios de vidrios refrigerados y tiendas abigarradas con enormes letreros de luz. Pero eran ciudades para blancos, como las que estaban construyendo los gringos alrededor de La Habana vieja, y que los guajiros vieron asombrados cuando bajaron por primera vez de la sierra con el fusil al hombro.

Debajo de aquella cáscara de civilización yacía un vasto y rico país de miserias. El nivel de vida de la población nativa era uno de los más bajos del mundo, el índice de analfabetismo era superior al noventa por ciento, y las condiciones culturales se encontraban todavía muy próximas a la Edad de Piedra. Aun en las ciudades del interior, los únicos que hablaban en portugués eran los hombres, y estos convivían con hasta siete esposas en una misma casa. Las supersticiones atávicas no solo eran un inconveniente para la vida diaria, sino también para la guerra. Los angolanos estaban convencidos desde siempre que a los blancos no les entraban las balas, tenían un miedo mágico a los aviones y se negaban a pelear dentro de las trincheras porque decían que las tumbas eran solo para muertos. Ya el Che Guevara había visto en el Congo que los guerreros se ponían un collar contra los cañonazos y una pulsera contra la metralla, y que se quemaban la cara con tizones para afrontar los riesgos de la guerra. Se interesó tanto por estos absurdos culturales que estudió a fondo la idiosincrasia africana y aprendió a hablar la lengua suajili para tratar de modificarlos desde adentro, consciente de que hay una fuerza perniciosa y profunda que se siembra en el corazón de los hombres y que no es posible derrotar a bala: la colonización mental.

Labor de médicos

Las condiciones sanitarias, por supuesto, eran atroces. En San Pedro de Cota, los cubanos llevaron a curar casi a la fuerza a un niño que se había quemado todo el cuerpo con agua hirviendo y cuya familia lo estaba velando vivo porque lo creía insalvable. Los médicos cubanos se encontraron con enfermedades que ni siquiera conocían. Bajo el dominio portugués había en Angola solo noventa médicos para seis millones de habitantes, y la mayoría estaban concentrados en la capital. Cuando los portugueses se fueron solo quedaron treinta médicos. El mismo día en que llegó a Puerto Amboim, un pediatra cubano vio morir a cinco niños sin poder hacer nada por falta de recursos. Para un médico de treinta y cinco años, formado en un país con uno de los índices de mortalidad infantil más bajo del mundo, aquella fue una experiencia insoportable. El MPLA había hecho grandes progresos contra el primitivismo en sus largos y silenciosos años de lucha contra el dominio portugués, y de ese modo creó las condiciones para la victoria final. En los territorios liberados se elevaba el nivel político y cultural de la población, se combatía el tribalismo y el racismo y se fomentaba la educación gratuita y la salud pública. Era la simiente de una sociedad nueva.

Una guerra grande

Sin embargo, esos esfuerzos meritorios y descomunales resultaron minúsculos cuando la guerra de guerrillas se convirtió en una guerra grande y moderna y fue preciso apelar no solo a gente con formación militar y política, sino a todo el pueblo de Angola. Era una guerra atroz, en la cual había que cuidarse tanto de los mercenarios como de las serpientes, y no solo de los cañones sino también de los caníbales. Un comandante cubano cayó en una trampa de elefantes en pleno combate. Los africanos negros condicionados por su rencor atávico contra los portugueses fueron hostiles desde un principio contra los cubanos blancos.

Muchas veces, sobre todo en Cabinda, los exploradores cubanos se sentían delatados por el telégrafo primitivo de los tambores de comunicaciones, cuyo tam tam se escuchaba hasta treinta y cinco kilómetros a la redonda. Por su parte, los militares blancos de África del Sur, que disparaban contra las ambulancias con cañones 140, echaban cortinas de humo en el campo de batalla para recoger a sus muertos blancos, pero dejaban a los negros a disposición de los buitres. En la casa de un ministro de la UNITA que vivía con el confort propio de su rango, los hombres del MPLA encontraron dentro del refrigerador las vísceras sobrantes y varios frascos con la sangre congelada de los prisioneros de guerra que se habían comido.

Las malas noticias

A Cuba no llegaban sino malas noticias. El 11 de diciembre, en Hengo, donde se estaba lanzando una fuerte ofensiva de las Fuerzas Armadas Populares de Liberación de Angola (FAPLA) contra los invasores de África del Sur, un carro blindado de Cuba con cuatro comandantes a bordo se aventuró por un sendero donde ya los zapadores habían detectado algunas minas. A pesar de que antes habían pasado cuatro carros ilesos, los zapadores advirtieron al blindado que no tomara esa ruta, cuya única ventaja era ganar unos minutos, que por lo demás no parecían necesarios. Apenas entró en el sendero, el carro se alzó al aire por una explosión. Dos comandantes del batallón de tropas especiales quedaron heridos de gravedad. El comandante Raúl Díaz Argüelles, comandante general de las operaciones internacionalistas en Angola, héroe de la lucha contra Batista, y un hombre muy querido en Cuba, murió en el acto.

Fue una de las noticias más amargas para los cubanos, pero no había de ser la última de aquella mala racha. Al día siguiente ocurrió el desastre de Catofe, tal vez el más grande revés de toda la guerra. Ocurrió así: una columna sudafricana había logrado reparar un puente sobre el río Nhia con una rapidez increíble, había atravesado el río amparada por la niebla del amanecer, y había sorprendido a los cubanos en la retaguardia táctica.

El análisis de ese revés demostró que se debió a un error de los cubanos. Un militar europeo con mucha experiencia en la segunda guerra mundial, considerando que aquel análisis era demasiado severo, manifestó más tarde a un alto dirigente cubano: «Ustedes no saben lo que es un error de guerra». Pero para los cubanos lo era, y muy grave, a solo cinco días del congreso del partido.

La dirección de Fidel

Fidel Castro en persona estaba al corriente hasta de los detalles más simples de la guerra. Había asistido al despacho de todos los barcos, y antes de la partida había arengado a las unidades de combatientes en el teatro de La Cabaña. Había ido a buscar él mismo a los comandantes del batallón de tropas especiales que se fueron en el primer vuelo, y los había llevado hasta la escalerilla del avión manejando su propio jeep soviético. Es probable que entonces, como en cada una de las despedidas, Fidel Castro tuviera que reprimir un recóndito sentimiento de envidia por los que se iban para una guerra que él no podía vivir.

Ya en aquel momento, no había punto en el mapa de Angola que no pudiera identificar, ni un accidente del terreno que no conociera de memoria. Su concentración en la guerra era tan intensa y meticulosa, que podía citar cualquier cifra de Angola como si fuera de Cuba, y hablaba de sus ciudades, de sus costumbres y gentes como si hubiera vivido allí toda la vida.

Al principio de la guerra, cuando la situación era apremiante, Fidel Castro permaneció hasta catorce horas continuas en la sala de mandos del Estado Mayor, y a veces sin comer ni dormir, como si estuviera en campaña. Seguía los incidentes de las batallas con los alfileres de colores en los mapas minuciosos y tan grandes como las paredes y en un campo de batalla donde era seis horas más tarde. Alguna de sus reacciones en esos días inciertos revelaban su certidumbre de la victoria. Una unidad de combate del MPLA se vio forzada a dinamitar un puente para demorar el avance de las columnas blindadas de África del Sur. Fidel Castro les sugirió en un mensaje: «No vuelen más puentes que después no tendrán cómo perseguirlos». Tuvo razón. Apenas una semana más tarde, las brigadas de ingenieros angolanos y cubanos tuvieron que reparar trece puentes en veinte días para alcanzar a los invasores en desbandada.

Reconocimiento oficial

           El 22 de diciembre, en el acto de clausura del congreso del partido, Cuba reconoció por primera vez de manera oficial que había tropas cubanas luchando en Angola. La situación de la guerra continuaba siendo incierta. Fidel Castro, en el discurso final, reveló que los invasores de Cabinda habían sido aplastados en setenta y dos horas, que en el frente del norte, las tropas de Holden Roberto, que se encontraba a veinticinco kilómetros de Luanda el 19 de noviembre, habían tenido que retroceder a más de cien kilómetros, y que las columnas blindadas de África del Sur, que en menos de veinte días habían avanzado setecientos kilómetros, fueron frenadas a más de doscientos kilómetros de Luanda y no habían podido avanzar más. Fue una información reconfortante y rigurosa, pero todavía estaba muy lejos de la victoria.

Mejor suerte tuvieron los angolanos el 12 de enero en la conferencia de la OUA reunida en Addis Abeba. Unos días antes, las tropas al mando del comandante cubano Víctor Schueg Colás, un negro enorme y cordial que antes de la Revolución había sido mecánico de automóviles, expulsaron a Holden Roberto de su ilusoria capital de Carmona, ocuparon la ciudad, y pocas horas después tomaron la base militar de Negage. La ayuda de Cuba llegó entonces a ser tan intensa que a principios de enero había quince barcos cubanos navegando al mismo tiempo hacia Luanda. La ofensiva incontenible del MPLA en todos los frentes, volteó para siempre la situación a su favor. Tanto, que a mediados de enero adelantó en el frente sur las operaciones de ofensiva, que estaban previstas para abril. África del Sur disponía de aviones Canberra, y Zaire operaba con Mirages y Fiar. Angola carecía de aviación porque los portugueses destruyeron las bases antes de retirarse. Apenas si podía servirse de unos viejos DC-3 que los pilotos cubanos habían puesto en servicio, y que a veces tenían que aterrizar de noche cargados de heridos en pistas apenas alumbradas con mechones improvisados y que llegaban al lugar de destino con bejucos y guirnaldas de flores de la selva enredadas en las ruedas.

En cierto momento, Angola dispuso de una escuadrilla de Migs 17 con su respectiva dotación de pilotos cubanos, pero se consideraron reservas de alto mando militar y solo habrían sido usados en la defensa de Luanda. A principios de marzo, el frente norte quedó liberado con la derrota de los mercenarios ingleses y gringos que la CIA reclutó de trasmano a última hora en una operación desesperada. Todas las tropas, con su Estado Mayor en pleno, se concentraron en el sur. El ferrocarril de Benguela había sido liberado, y la UNITA se desintegraba en tal estado de desorden que un cohete del MPLA, en Gago Coutinho, desbarató la casa que Jonás Savimbi había ocupado hasta unas horas antes.

Desbandada racista

Desde mediados de marzo, las tropas de África del Sur iniciaron la desbandada. Debió ser una orden suprema, por temor a que la persecución del MPLA continuara a través de la sometida Namibia y llevara la guerra hasta el mismo territorio de África del Sur. Aquella posibilidad habría contado sin duda con el apoyo de toda el África negra y de la mayoría de los países de las Naciones Unidas en contra de la discriminación racial. Los combatientes cubanos no lo pusieron en duda cuando se les ordenó trasladarse en masa al frente sur. Pero el 27 de marzo, cuando los sudafricanos en fuga atravesaron la frontera y se refugiaron en Namibia, la única orden que recibió el MLPA fue ocupar las presas abandonadas y garantizar el bienestar de los obreros de cualquier nacionalidad. El 1 de abril, a las nueve y cuarto de la mañana, la avanzada de MPLA al mando del comandante cubano Leopoldo Cintras Frías llegó hasta la presa de Raucana, al borde de la cerca de alambre de gallinero de la frontera. Una hora y cuarto después, el gobernador sudafricano de Namibia, el general Ewefp, acompañado de otros dos oficiales de su ejército, pidió autorización para atravesar la frontera e iniciar conversaciones con el MPLA.  El comandante Cintras Frías los recibió en una barraca de madera construida en la franja natural de diez metros que separa los dos países. Los delegados de ambos bandos, con sus respectivos intérpretes, se sentaron a discutir en torno a una larga mesa de comedor. El general Ewefp, un cincuentón rechoncho y calvo, representó lo mejor que pudo una imagen de hombre simpático y de mucho mundo y aceptó sin reservas las condiciones del MPLA. El acuerdo demoró dos horas. Pero la reunión duró más, porque el general Ewefp hizo traer para todos un almuerzo suculento preparado en el lado de Namibia y mientras almorzaban hizo varios brindis con cerveza, y contó a sus adversarios cómo había perdido el meñique de la mano derecha en un accidente de tránsito.

La evacuación cubana

A fines de mayo, Henry Kissinger visitó en Estocolmo al primer ministro sueco Olof Palme, y al salir de la visita declaró jubiloso a la prensa mundial que las tropas cubanas estaban evacuando Angola. La noticia, según se dijo, estaba en una carta personal que Fidel Castro le había escrito a Olof Palme. El júbilo de Kissinger era comprensible, porque el retiro de las tropas cubanas le quitaba un peso de encima ante la opinión de los Estados Unidos, agitada por la compaña electoral.

La verdad es que en esa ocasión Fidel Castro no le había mandado ninguna carta a Olof Palme. Sin embargo, la información de este era correcta, aunque incompleta. En realidad, el programa de retiro de las tropas cubanas de Angola había sido acordado por Fidel Castro y Agostinho Neto en su entrevista del 14 de marzo en Conakry, cuando la victoria ya era un hecho. Decidieron que el retiro sería gradual, pero que en Angola permanecerían cuantos cubanos fueran necesarios y por el tiempo que fuera indispensable para organizar un ejército moderno y fuerte, capaz de garantizar en el futuro la seguridad interna y la independencia del país sin ayuda de nadie.

De modo que, cuando Henry Kissinger cometió la infidencia de Estocolmo, ya habían regresado a Cuba más de tres mil combatientes de Angola, y muchos otros estaban en camino. También el retorno trató de mantenerse en secreto por razones de seguridad. Pero Esther Lilia Díaz Rodríguez, la primera muchacha que se fue y una de las primeras que volvieron en avión, tuvo una prueba más del ingenio de los cubanos para saberlo todo. Para el chequeo médico de rigor, Esther había acudido al Hospital Naval de La Habana antes de informar a la familia de su regreso. Al cabo de cuarenta y ocho horas, estuvo autorizada para salir y tomó un taxi en la esquina que la llevó a su casa sin ningún comentario, pero el chofer no quiso cobrarle el servicio porque sabía que ella regresaba de Angola. «¿Cómo lo supiste?», le preguntó Esther, perpleja. El chofer contestó: «Porque ayer te vi en la terraza del Hospital Naval, y ahí solo están los que regresan de Angola».

Espíritu de victoria

Yo llegué a La Habana por esos días y desde el aeropuerto tuve la sensación definida de que algo muy profundo había ocurrido en la vida cubana desde que estuve allí la última vez, un año antes. Había un cambio demasiado notable no solo en el espíritu de la gente, sino también en la naturaleza de las cosas, de los animales y del mar, y en la propia esencia de la vida cubana. Había una nueva moda masculina de vestidos enteros de tela ligera con chaquetas de manga corta. Había novedades de palabras portuguesas en la lengua callejera. Había nuevos acentos en los viejos acentos africanos de la música popular. Había discusiones más ruidosas que de costumbre en las colas de las tiendas y en los autobuses atestados, entre quienes habían sido partidarios resueltos de la acción en Angola y quienes apenas entonces empezaban a comprenderla. Sin embargo, la experiencia más interesante y rara era que los repatriados parecían conscientes de haber contribuido a cambiar la historia del mundo, pero se comportaban con la naturalidad y la decencia de quien simplemente había cumplido con su deber.

En cambio, tal vez ellos mismos no eran conscientes de que en otro nivel, tal vez menos generoso pero también menos humano, hasta los cubanos sin demasiadas pasiones se sentían compensados por la vida al cabo de muchos años de reveses injustos. En 1970, cuando falló la zafra de los diez millones, Fidel Castro pidió al pueblo convertir la derrota en victoria. Pero en realidad, los cubanos estaban haciendo eso desde hacía demasiado tiempo, con una conciencia política tenaz y una fortaleza moral a toda prueba. Desde la victoria de Playa Girón, hacía más de quince años, habían tenido que asimilar con los dientes apretados el asesinato del Che Guevara en Bolivia, y el del presidente Salvador Allende en medio de la catástrofe de Chile, y habían padecido el exterminio de las guerrillas en América Latina y la noche interminable del bloqueo, y la polilla recóndita e implacable de tantos errores internos del pasado que en algún momento los mantuvieron al borde del desastre. Todo eso, al margen de las victorias irreversibles pero lentas y arduas de la Revolución, debió crear en los cubanos una sensación acumulada de penitencias inmerecidas. Angola les dio por fin la gratificación de la victoria grande que tanto estaban necesitando.

 

*Todos los derechos de esta crónica pertenecen a diario El Espectador

Cartografías de la memoria. Postales de Sudáfrica en la obra de William Kentridge

 

Por: Luciana Caresani

Imagen: Fotograma de Stereoscope

 

Luciana Caresani analiza los filmes Johannesburg: 2nd Greatest City After Paris (1989), Stereoscope (1999) y Other faces (2011) del multifacético artista sudafricano William Kentridge. Allí reconoce la urbe contemporánea como palimpsesto donde se inscribe y se hace tierra la memoria, construida sobre las escrituras del horror que perviven como marcas en la ciudad y atraviesan a vivos y muertos en desgarradores gritos y condenados silencios.


Trazos, marcas, geografías que delinean el paisaje de una ciudad. Ensayos estéticos que buscan confeccionar un mapa de la memoria sobre lo que quedó de una Sudáfrica post-apartheid son sólo algunas de las formas posibles para pensar la obra del artista sudafricano William Kentridge. Nacido en el año 1955 en la ciudad de Johannesburgo, sus trabajos pueden ser recorridos desde la pintura a la escultura, el grabado y el collage e incluso a través de sus colaboraciones en el ámbito teatral. No menor es su aporte como cineasta, en donde se destacan diversos films de animación elaborados a partir de sus propios dibujos.

En su cine, son varios los cortometrajes que permiten pensarse como parte de una misma serie, entre los cuales se incluyen los films Johannesburg: 2nd Greatest City After Paris (1989), Stereoscope (1999) y Other faces (2011). Pese a la distancia temporal de aproximadamente diez años entre la realización de cada uno de ellos, aparece no obstante cierta continuidad narrativa de algunas temáticas: el protagonismo de la industrial y minera ciudad de Johannesburgo, el cruce polifónico de las distintas voces culturales y la casi imposible e irreconciliable integración social de un pueblo que carga sobre sus espaldas las huellas del colonialismo. En el plano cinematográfico, son los rastros de la escritura, la fotografía, las tintas y los lápices los que se van integrando a las líneas y figuras de los carbones y pasteles. Allí, toda la masa de material heterogéneo transmuta, se integra y se re-elabora para pasar a ser absorbida por otra cosa, en una suerte de palimpsesto caótico en donde la ciudad y sus habitantes conviven con los restos materiales del horror. Porque en la poética de Kentridge nada se borra, ningún trazo se quita sin dejar antes su estela en la imagen: todo el movimiento sigue su curso, pero dejando al mismo tiempo entrever, en ese recorrido, sus capas del pasado. Como una cicatriz que, a pesar del correr de los años, no puede ser borrada.

Por eso, el problema acerca de cómo representar Sudáfrica hoy no es solamente sobre cómo evocar a sus muertos sin nombres, a sus masas anónimas sin rostros individualizados o a sus voces sin cuerpos posibles de ser adjudicados. Sino que por sobre todo el dilema radica en cómo dar cuenta, aún hasta en nuestros días, de la construcción de una memoria colectiva. Y es allí, en ese intentar ponerse al hombro el ejercicio de elaborar una narrativa donde el develamiento del artificio se presenta como una posible forma de salida: es una narrativa histórica que ahora debe desnudarse, mirarse y replegarse sobre sí misma. Develarse a través de un minucioso trabajo de archivo, una labor cuasi arqueológica que permita deconstruir los sedimentos de su propio relato. O de sus múltiples relatos inacabados, incompletos. Una cartografía fragmentada de la memoria que se dibuja y se desdibuja como una postal envejecida, casi trunca.

Quizás donde mejor se exprese esa forma de la multiplicidad es en el film Stereoscope que, como bien indica su título en referencia al aparato de observación, implicaría pensar en dos enfoques de la mirada que al juntarse permiten establecer cierta unidad, o más bien, dos caras antagónicas y complementarias de una misma moneda. Esta idea del doble, de una dualidad latente (y que bien podría incluir un juego de oposiciones entre el blanco y el negro, el colono y el colonizado, el victimario y la víctima), se expresa a su vez bajo la forma de un desdoblamiento del propio Kentridge a través del personaje de Soho Eckstein (el arquetipo del empresario blanco de Johannesburgo) que opera, tanto aquí como en el resto de la saga, como un alter ego del artista. En un pasaje formidable del film, el personaje de Soho se halla parado cabizbajo en el medio de una habitación al tiempo que las masas que se manifiestan en las calles son reprimidas por las fuerzas del estado. Mientras que la metáfora de una bomba a punto de estallar genera un increscendo en el ritmo de la escena, del cuerpo del personaje inmóvil empiezan a brotar manchas de tinta color celeste que salpican e inundan el espacio como un llanto imparable. O también, y al mismo tiempo, como la sangre de un cuerpo atravesado por las balas. Y en ese gesto es donde Kentridge encuentra la forma precisa y necesaria mediante la cual su obra cobra una dimensión ética y estética. Pese al aislamiento, el personaje de Soho Eckstein debe asumir y apropiarse de los acontecimientos históricos. Y a su vez, es portador de un cuerpo que habla y que permite ser hablado, dando así testimonio por los cuerpos de las víctimas sin voz.

Pero además, son otros los vestigios del pasado que se presentan como una herida todavía abierta: hacia el final de la misma película, se repite varias veces  en un cartel de neón la palabra en inglés “Give” (dar) a la cual luego se le agrega el prefijo “For-”, conformando así la palabra “Forgive” (dar perdón), en una clara alusión a lo que significó para el pueblo sudafricano durante los años noventa el establecimiento de la Comisión para la Verdad y la Reconciliación. Pero dicho proceso, en el cual las víctimas de violaciones a los derechos humanos prestaron declaración pública de sus testimonios al tiempo que los propios victimarios podían confesar sus crímenes a cambio de una amnistía, no fue más que el resultado de la imposición de la justicia divina de la tradición protestante (la tradición, de más está decir, del colonizador) por sobre el principio de justicia estatal. De esta manera, el arrepentimiento bajo la figura de la confesión como absolución ocupa el lugar de la penitencia y el castigo. Y por ende, la verdad y el acto de juzgamiento del delito como sustento jurídico y político quedan anulados.

Salvando las distancias, al reflexionar sobre las violaciones a los derechos humanos, no deja de resonar, en el caso de Argentina, lo que implicó para la sociedad entera el Juicio a las Juntas Militares en los años ochenta y la reapertura de los juicios por crímenes de lesa humanidad en los últimos años tras la anulación de las leyes de obediencia debida y punto final. Por ello, y a modo comparativo, la consigna de Memoria, Verdad y Justicia que sentó en nuestro país las bases sobre las cuales articular una postura frente al pasado de la dictadura de 1976, implica, en el caso sudafricano, una tensión latente por el casillero vacío que deja la idea de justicia.

Finalmente, resta pensar: ¿Bajo qué formas se puede hablar de una idea de reconciliación? ¿Es posible pensar en la memoria y en la verdad sin la noción de justicia civil? ¿Cómo hacer para integrar y abonar, conjuntamente, en procesos reparadores de acontecimientos traumáticos a ambos lados del océano? ¿Qué hay de común, qué hay de diverso, qué resta por hacer? Mientras estas preguntas sigan siendo formuladas, la potencia del arte seguirá en movimiento creando espacios más efectivos y dinámicos para traer la memoria al presente.

 

 

 

Trascender las fronteras del Sur. Entrevista con J.M Coetzee

Por: Jéssica Sessarego

Traducción: Jimena Reides

Foto: Jerry Bauer

DOSSIER “MIRADAS DE ÁFRICA MERIDIONAL DESDE LATINOAMÉRICA”

 

En el marco de la Cátedra de Literaturas del Sur (UNSAM), dirigida por J.M Coetzee, y del dossier “Miradas de África meridional desde América Latina”, revista Transas entrevista al Nobel en relación con su proyecto de poner en diálogo las literaturas y las experiencias traumáticas (genocidios, segregación, amnistías) de las regiones australes. En el estilo breve y preciso que caracteriza sus intervenciones, Coetzee cuenta la génesis de su empresa contra-espacial, su interés en los diálogos fronterizos y permite un atisbo a sus lecturas argentinas.


 

 

Descendiente de holandeses, alemanes y polacos, nació en Sudáfrica. Con el afrikáans como una de las lenguas centrales de  su niñez, escribió sus libros más famosos en inglés. Habiendo ganado el Premio Nobel por el modo en que analizó Sudáfrica, se nacionalizó australiano. Y siendo invitado por diversas universidades del mundo, elige dirigir dos seminarios por año en la UNSAM, en nuestra querida Buenos Aires. La descripción de este cruce inagotable de nacionalidades, tierras y lenguas nos acerca a entender la posición del aclamado escritor John Maxwell Coetzee en la Argentina hoy.

La primera visita de Coetzee a la Argentina se da en el año 2011 como invitado de honor del Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires (FILBA), donde conoce a los directores de la editorial Hilo de Ariadna. Ya allí encontramos el enlace inesperado del escritor con nuestro país, pues en dicho sello comenzará a publicar dos años después una Biblioteca Personal, al estilo de Borges, que aparece en castellano antes que en cualquier otro idioma, cosa que, según el mismo Coetzee señaló, lo entusiasma mucho.

En el 2013 retorna para dar una lectura en la Feria del Libro de Buenos Aires y es entonces cuando aparece la conexión con la UNSAM. “En 2013 me reuní con Carlos Ruta por primera vez. Hablamos sobre las literaturas de varias naciones del sur. Me sugirió que tal vez quisiera regresar y ofrecer un curso sobre las literaturas del sur. Así es como nació la idea”, comenta el autor en referencia al seminario de posgrado que dicta en esta Universidad.

En 2014 repite la visita, esta vez para leer junto con el escritor norteamericano Paul Auster algunas de las cartas personales que se enviaban y que recientemente habían sido publicadas en un volumen, así como para recibir el galardón de Doctor Honoris Causa en la UNSAM. Ya era la tercera vez que acudía al país y podía adivinarse que se construía una relación con mucho por delante: “Disfruto venir a la Argentina. Me gusta la gente que conocí aquí, he hecho amigos. También viajé un poco (a la Patagonia y al norte del país) y espero poder viajar más”.

Esta respuesta nos llevó a la primera pregunta obligada con todo escritor: si esta experiencia afecta de alguna manera su escritura. A tono con el discurso con el que recibió su Doctorado Honoris Causa (“la expresión ‘fuego constante’ describe mejor la cualidad necesaria [para escribir]. Pero, al margen de cómo la llamemos, ya no la poseo”), respondió: “Me encuentro al final de mi carrera personal como escritor, así que dudo que Argentina, o América Latina en general, deje alguna otra marca en mi producción”. Sin embargo, enseguida aclaró “una parte de mi libro Verano, que salió hace algunos años, está escrita desde el punto de vista de una mujer brasileña”. Dicha novela finaliza la aclamada trilogía iniciada con Infancia y Juventud.

La otra pregunta obligada es al Coetzee lector: si la Argentina le ha llegado con su literatura, si hay autores nuestros que quisiera destacar. En múltiples entrevistas e intervenciones públicas Coetzee ha mostrado conocer a grandes escritores latinoamericanos, como ser García Márquez o el ya nombrado Borges. Pero al parecer, se trata de bastante más que de tocar de oído: “He leído a varios escritores argentinos del siglo XX y tengo la intención de extender mi lectura adentrándome en el siglo XIX. En este momento, estoy leyendo a Antonio di Benedetto, que me pareció muy interesante, muy innovador”.

En definitiva, el escritor pone en práctica lo que pregona: más de una vez ha señalado que es necesario un diálogo Sur-Sur, que los habitantes de lo que queda afuera de las metrópolis (este gigantesco “resto”) se conozcan entre sí, se apoyen, se enriquezcan, se difundan. Por eso, nos aclara que “explorar las similitudes y las diferencias entre las literaturas de África, Australia y América Latina es la tarea de los estudiantes y de los profesores del curso sobre Literaturas del Sur”.

La Cátedra Literaturas del Sur, más conocida simplemente como “Cátedra Coetzee”, se inició en el 2015 y sigue funcionando hasta hoy con dos instancias anuales, una en abril y otra en septiembre. Se trata de un seminario intensivo, que comprende aproximadamente 6 clases presenciales y algunas actividades públicas como ser presentaciones de libros, entrevistas, debates, etc. Para cada seminario, Coetzee, en tanto Profesor Titular de la Cátedra, elige a dos autores, editores o críticos, ya sea africanos o australianos. Estos se encargan de dar las clases, tres cada uno, a veces sobre la literatura de su país en general, a veces sobre procesos más específicos, determinados movimientos literarios, experiencias precisas. Los primeros docentes escogidos fueron los escritores australianos Gail Jones y Nicholas Jose. El segundo cuatrimestre del 2015 recibió a los autores sudafricanos Zöe Wicomb e Ivan Vladislavić. El presente año vinieron de Australia la escritora Delia Falconer y el editor y docente Ivor Indyk; de África, Antjie Krog y Mia Couto, sobre quienes probablemente veremos algún artículo en nuestro actual dossier de África Meridional.

Al preguntarle a Coetzee por qué no dicta ninguna de las clases, nos respondió que se retiró de la enseñanza hace casi una década. Con su característica humildad, añadió: “Enseñar es una profesión importante, pero nunca fui un buen maestro y no tengo planeado dar clases de nuevo”. Ante esto, le consultamos con qué criterio elige entonces a los docentes: “He elegido profesores que ven la cuestión del diálogo Sur-Sur más o menos desde el mismo punto de vista que yo”.

Para comprender esta perspectiva, hay que considerar su reflexión en torno a posibles buenos escritores del Sur que sin embargo sean pensados como “desconocidos”: “la cuestión es: ¿desconocidos para quién? Hay muchísimos escritores que no son de interés en el Norte y por lo tanto son desconocidos allí debido a que su escritura no es lo suficientemente “universal”, es decir, no trasciende las fronteras del Sur”.

En ese sentido, ya a principio de año, nuevamente en nuestra Feria del Libro, señaló como una tarea de los editores argentinos y australianos (y podemos agregar, africanos) dedicarse a traducir obras de ambos países, ya que “no podemos confiar en las editoriales de Europa o del Norte” a la hora de difundir las producciones del Sur. Por eso, como parte de la actividad de la Cátedra Literaturas del Sur, la editorial de la Universidad, UNSAM edita, ha tomado esta misión como propia. Desde el inicio del proyecto ha traducido y publicado Cinco campanas, Rostro original y Al servicio de las nubes de autores australianos; Miradas y País de mi calavera de autores sudafricanos; y Un río llamado tiempo, una casa llamada tierra del autor mozambiqueño Mia Couto. Hoy en día, estos libros pueden conseguirse fácilmente en nuestro país y son una puerta de acceso a otros continentes con los que compartimos más de lo esperado por el lector desprevenido.

Ahora bien, la gran pregunta es si lo mismo ocurre en su lugar de origen. Le consultamos si allí le daban espacio para abrir este diálogo, para llevar lo que había conocido en Latinoamérica, pero lamentablemente la respuesta fue negativa. “Me gustaría decir que sí”, admite, “pero las universidades en África y en Australia aún no se han mostrado tan iluminadas como la UNSAM con respecto a este tema. Su interés fundamental, cuando miran más allá de sus propias fronteras, es crear vínculos con las prestigiosas instituciones educativas del norte”.

La propuesta de la UNSAM a este respecto puede considerarse pionera. En sus distintas Escuelas e Institutos existen diplomaturas, seminarios y actividades que nos acercan a culturas aparentemente lejanas como la de China, los países islámicos, Rusia y otras naciones eslavas, etc. Es importante que los estudiantes aprovechen estas oportunidades de ver el mundo con otros ojos. Para ellos, le pedimos a Coetzee un mensaje final, invitándolos a la próxima edición de su Cátedra:

El curso está destinado a facilitar los intercambios directos entre los países del sur. Sin embargo, tales intercambios no son fáciles de lograr, dado que nadan contra la corriente, que fluye desde el norte hacia el sur. Esto es lo que descubrirán aquellos estudiantes que quieran ampliar sus conocimientos sobre otras culturas del sur”.

 

“Desgracia(s). Sudáfrica: disemiNaciones y colonialidad de género”

 “Desgracia(s). Sudáfrica: disemiNaciones y colonialidad de género”[i]

Por: Karina Bidaseca[ii]

#Cátedra Coetzee – Literaturas del Sur 

 

El fin del apartheid en 1994 marca el fin de un ciclo de luchas por la emancipación, señala el historiador camerunés Achille Mbembe. Tras su lectura de “Desgracia”, la octava novela del escritor sudafricano J. M. Coetzee, Karina Bidaseca reflexiona sobre el modo en que el autor aborda en ella el tema de la raza y plantea un perspicaz correlato entre la Comisión de Ética que juzga al protagonista por la violación a una alumna y la Comisión de Verdad y Reconciliación que orquestó el fin del régimen de segregación racial.


“Hasta que los leones tengan sus propios historiadores,

 las historias de cacerías seguirán glorificando al cazador”. Proverbio africano

 

I. La nueva Sudáfrica post-apartheid

Desgracia en la nueva Sudáfrica, es el título del libro del escritor sudafricano J. M. Coetzee que recrea la tradición del farm novel para ubicarnos en la densidad de un nuevo tiempo post-apartheid.

El desmantelamiento del apartheid en 1994 “cierra” una larga fase histórica de las luchas modernas por la emancipación, expresa el historiador camerunés Achille Mbembe enCritique de la raison nègre” (“Crítica de la razón negra”) en el cual desarrolla su reflexión sobre lo que llama el “devenir negro del mundo”. Según el autor, esta fase comienza con las grandes campañas por la abolición de la trata de negros y la esclavitud[iii] y prosigue con el movimiento por la descolonización en África y las luchas por los derechos cívicos en Estados Unidos.

El negro es una figura posible de la emancipación, de la posibilidad de insumisión, de insurrección y de emancipación. La historia de la emancipación humana es, de alguna, manera, una historia negra, al mismo tiempo que una historia de negros, en la medida en que todo ser humano lleva en sí una parte de negro”, expresa[iv] .

Me interesa en este ensayo abordar de qué modos la novela trabaja la idea de “raza” a partir del acto de violación perpetrado a Lucy por tres jóvenes intrusos en su pequeña propiedad rural de Cabo del Este. Lucy es la hija del protagonista, un profesor de cincuenta y dos años de edad, blanco, divorciado, de nombre David Lurie, que dicta clases de Lenguas Modernas en la Universidad Tecnológica de Ciudad del Cabo. Una institución a su juicio “emasculada” y en la cual nunca se sintió del todo cómodo. Cuando Melanie Isaacs, su estudiante de negra a quien acosa sexualmente lo denuncia, el discípulo de Wordsworth recibe una notificación de la Universidad, que lleva impresa la firma de la “comunidad de los rectos” y a partir de la cual se despliega la posibilidad de pensar el correlato de la Comisión de Ética con la Comisión de Verdad y Reconciliación en Sudáfrica.

Caído en desgracia, Lurie intenta consolar a Lucy después de que ella ha sido violada, y dice: “Fue la historia hablando a través de ellos … Una historia del mal”/ “It was history speaking through them… A history of wrong”.

II. Confidencialidad

                                                                             La Comisión tiene todo el derecho a saber (p. 67)

 

“Así es como empieza. A la mañana siguiente, con sorprendente celeridad, llega un comunicado interno de la oficina del Vicerrectorado (Asuntos del Alumnado) en el que se le notifica que se ha interpuesto una queja contra él acogida al artículo 3.1 del Código ético de la universidad.”

La notificación llega en un sobre que tiene estampado el sello “Confidencial”. Incluye una copia del Código del artículo 3 que versa sobre la victimización o acoso de las personas sobre la base de su “adscripción racial, pertenencia a un grupo étnico, confesión religiosa, género, preferencias sexuales o discapacidad físicas”. El apartado 3.1 refiere a la victimización o acoso de los alumnos por parte de los profesores.

“No tengo defensa alguna” (p. 55). Con esa frase el profesor David Lurie, admite la acusación que Melanie Isaacs, estudiante de su curso de poetas románticos, esgrime contra él ante un Comité compuesto por la jefa de su departamento y una colega de la Facultad de Ciencias Sociales que preside el mismo.

“No será preciso subrayar, David, que este asunto será tratado con la confidencialidad más estricta. Te lo garantizo. Tu nombre será protegido en todo momento, al igual que el de la señorita Isaacs”, interviene en tono de conciliación y complicidad masculina el Sr. Vicerrector, Aram Hakim.

La reforma, para aquellos profesores de la generación de Lurie, “clérigos de una época posterior a la religión”, significó un cambio abrupto y al cual no todos lograron adaptarse. Sus clases son absolutamente desapasionadas; sus estudiantes no sienten ningún aprecio por él. Hace ya tiempo que dejó de sorprenderse ante el grado de ignorancia de sus alumnos. Poscristianos, posthistóricos, postalfabetizados, lo mismo daría si ayer mismo hubieran roto el cascarón. Les es completamente indiferente, lo ignoran hasta olvidar su nombre. Es invisible. Y ello lo indigna mucho más de lo que estaría dispuesto a reconocer”. La enseñanza significa tan sólo su medio de vida.

Después de un tiempo de promiscuidades, este erudito que habría ostentado un gran magnetismo, era ahora una presencia fantasmal. Cuando ese momento llegó en su vida, notó que su apetito sexual podría ser satisfecho a través de una transacción de compraventa en el mercado del sexo. “A fin de cuentas, para eso están las putas: para hacer de tripas corazón y aguantar los momentos de éxtasis de los que ya no tienen derecho al amor”, piensa.

Se las arreglaba para mantener una vida sexual de temple moderada como cliente de “Acompañantes Discreción”. “Por una sesión de hora y media le paga cuatrocientos rands, la mitad de los cuales se los embolsa Acompañantes Discreción. Es una pena, o a él le parece, que Acompañantes Discreción se quede con tanto (p. 8) La agencia reúne un catálogo de mujeres clasificadas de acuerdo a los gustos de los compradores de sexo. Las exóticas es una de las categorías que más intriga a Lurie: malayas, tailandesas, chinas, “lo que usted quiera”. (p. 15)

En las propiedades de Windsor Mansions, desde, hace un año, espera los días jueves para copular con una exótica morena musulmana de ojos oscuros, mucho más joven que él, que se hace llamar Soraya, y que él ve como a una serpiente. Absorta, abstracta, árida, obedece a sus deseos de follar sin ser afectada por ese ritual de la copulación entre dos serpientes, Soraya ─el reptil─, resulta una metáfora interesante de discernir en el espacio desértico de sus tibias relaciones humanas, en que su propia presencia se volvía fantasmal hasta enfriarse por completo.

 Lo cierto es que el número 113 es de su propiedad, como lo son otros pisos de Windsor Mansions; en cierto sentido también Soraya es de su propiedad, o al menos esa parte de ella, su función. (p.8)

Un buen día todo terminó. Soraya, cuya fotografía en el catálogo lo perdió por completo (menciona una flor de la pasión prendiendo de su cabello y unas sombras casi inapreciables en el rabillo del ojo como características de su exotismo), desaparece repentinamente de su vida. El encuentro azaroso en la calle con sus dos pequeños hijos, seguido de una infeliz intrusión en la guarida familiar de quien decía llamarse Soraya, le cierra la puerta al placer/poder que sentía al manipular su cuerpo flexible a sus deseos, aunque no logró apoderarse de su mente.

Sin los interludios de los jueves la semana se torna monótona como el desierto (p. 19). En ese espacio desértico, la presencia de Melanie Isaacs, “la belleza de la rosa”, que irrumpe una noche en los jardines del campus, pasa a ser su nueva presa, entre las tantas que acumula durante cada trimestre para alimentar el ritual de la masculinidad amenazada por el paso de los años. Melanie, la morena, la oscura, su pequeña y delgada silueta de cabellos negros y pómulos anchos, similar a los de una china, es una de sus estudiantes del curso de poeta románticos, una estudiante más, treinta años más joven que él. Lurie consiente que se trata de “una niña”.

La guarida del zorro, su reducto residencial donde, luego de su separación con Rosalind, ahora vive solo, será el escenario del cortejo que él inicia para seducirla y del cual, y a pesar de todo, en el segundo embate la joven presa no logrará escapar. “No es una violación, no del todo, pero es algo no obstante, carente de deseo, no deseado de principio a fin” (p.36), confirma Lurie.

“El gusano que ha podrido la manzana”, así se siente el profesor frente al mundo. Un mundo que se desestabiliza debajo de sus pies. Frente a sus pares siente que los nuevos tiempos han llegado y en la nueva Sudáfrica no tiene lugar: “Ahora no hay simpatía, no hay compasión para nadie en estos tiempos que corren todos se van a poner contra ti”.

Sin que Lurie pudiese desmentirlas, las palabras del padre de Melanie, quien indignado viajó desde el pueblo de George a enfrentarlo, cargaron las tintas sobre todos sus títulos y prestigio. “Jamás pudimos creer que íbamos a enviar a nuestra hija a un nido de víboras”, le reprocha un padre humillado a las investiduras de un profesor universitario. Le acusa del hecho de que a partir del acto excesivo, Mélanie habría abandonado los estudios.

Los estudiantes más críticos desertaron en su materia; el silencio de la sala de profesores corta el aire cuando Lurie ingresa en ella; sus colegas le dan la espalda; la matrícula de su nueva materia sobre Baudelaire se compone tan sólo de dos estudiantes; ha cometido un acto de falsificación en las actas de asistencia y exámenes, por el cual la oficina del Registro lo habría demandado. Signos más que suficientes de que su reputación y su nombre se hicieron trizas, y que lo que sobrevendrá es el juicio por parte de la “comunidad de los rectos” de la cual él formaba parte.

Debajo de la puerta de su despacho, se desliza un papel con la siguiente leyenda: “Las mujeres se defienden. Se acabó lo que se daba Casanova”. Un grupo de feministas “Mujeres contra la violación” había lanzado una Campaña de Sensibilización popular contra las violaciones e invitaba a realizar una sentada de veinticuatro horas en el campus, en solidaridad con las “víctimas recientes” que el zorro acechó.

El tono devastado del titular de un artículo de Argus  “Profesor imputado de acoso sexual─, escandaliza al autor de un libro sobre William Wordsworth, el “poeta de la naturaleza”. Desgracia y vulgaridad, escupe Rosalind sobre su moral desgarrada. El nombre del discípulo de Wordsworth queda así arrollado en el fango.

III. “Me declaro culpable. La Comisión de ética / La Comisión para la Verdad y la Reconciliación

  

“El arrepentimiento pertenece a otro mundo, a otro universo, a otro discurso”.

David Lurie

La comparecencia se celebra en una sala de juntas contigua al despacho de Hakim. Manas Mathabane, elprofesor de Estudios Religiosos, preside la Comisión. Tres componentes de la misma y una estudiante, representante de la Liga contra la discriminación ─presente en calidad de observadora─, se disponen a escuchar el relato de Lurie:

 “Me declaro culpable de ambos cargos (…) Insisto: culpable de todo lo que declare la señorita Isaacs y de falsear las actas”.

Estas palabras toman por sorpresa a la Comisión que insiste en salvar a Lurie de sí mismo, en creer que Lurie no es consciente del riesgo que la afirmación conlleva en cuanto a su posible expulsión de la universidad. Insisten, según el propio profesor, en escuchar no una respuesta, sino una confesión bajo la afirmación: “La comunidad tiene todo el derecho a saber” (p. 67).

La insistencia obedece a una lógica de continuidad por parte de la Comisión, encarnaduras del pasado, una colonialidad del poder/saber alojada en la comunidad científica y en las políticas del conocimiento.

“En la Sudáfrica post-apartheid (…) la “historia” –como disciplina pero también como disposición hacia el pasado en las prácticas concretas– se consideraba como el terreno de la verdad perdido por el apartheid, a ser recuperado para funcionar como “garantía” de futuro” (Rufer, 2009).

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David Lurie enfrenta al tribunal de la universidad. Fotograma de Disgrace, 2008, Dir: Steve Jacobs

Las elecciones libres y universales de 1994 en Sudáfrica, que llevaron al poder al African National Congress (ANC) y a su candidato a presidente, Nelson Mandela, accionan una nueva era que se venía gestando. El apartheid se derrumbaba y con él, un régimen brutal de explotación y violación sistemática de los derechos humanos y un sistema de clasificación y discriminación racial a partir de una serie de artefactos legales creados por el Estado oficialmente instalado desde 1948. El resultado del proceso de negociaciones y de la “transición” sudafricana fue celebrado por la comunidad internacional.

Stricto sensu, 1948-1994 marca el ingreso y el desplazamiento del National Party en el poder. La temporalidad del apartheid, sin embargo, el apartheid en términos sociales e imaginarios, persiste.[v]

La célebre Comisión de la Verdad y la Reconciliación (Truth and Reconciliation Commission (“TRC” por sus siglas en inglés) que funcionó a partir de 1995, tuvo un impacto capital como acervo para reconstruir las visiones de la historia social del apartheid.[vi] El lenguaje utilizado por la Comisión que investiga a Lurie encuentra resonancia en el lenguaje de la TRC.

“Sí, dice que es culpable; no obstante, cuando procuramos obtener algo más específico, de golpe y porrazo se trata no del abuso del que ha sido víctima una joven, que de eso no se confiesa culpable, sino de un mero impulso al que no pudo o no quiso resistirse, sin hacer una sola mención del dolor que ha causado, una sola mención de la ya larguísima historia de explotación de la que este asunto no es más que un nuevo capítulo”, interviene llena de ira Farodia Rassool, apoyada por la experta en finanzas, quien acuerda en la inutilidad de seguir escuchando a Lurie.

 Abuso y explotación. Bajo ambas palabras la “comunidad de los rectos” carga las tintas sobre quien, en torno sarcástico, se identifica como “el sirviente de Eros”, al tiempo que restituye las imágenes encarnadas del pasado en la nueva sociedad post-apartheid.

La Comisión ha emitido su recomendación, David, y el rector me ha pedido que hable contigo por última vez”, le explica Mathabane. Lurie debe manifestar en una declaración pública su espíritu de arrepentimiento. Lurie no accederá: “El arrepentimiento pertenece, dirá, a otro mundo, a otro universo, a otro discurso”.

IV. Desahuciar, usurpar, desposeer. Escrituras imperiales

El miércoles (refiriéndose a Melanie) sí va a su clase, y se sienta donde acostumbra. Todavía (Lurie) sigue con Wordsworth, con el Libro VI de El preludio: el poeta en los Alpes.

“Desde una loma, lee él en voz alta, también por primera vez contemplamos sin estorbos la cima del Mont Blanc, y nos llenó de pena la impresión de esa imagen sin alma en la retina que había desahuciado un pensamiento viviente que ya no podría existir”.

Veamos. La majestuosa montaña blanca, el Mont Blanc, resulta una gran decepción. ¿Por qué? Empecemos por lo insólito del verbo que se aplica a esa situación, desahuciar. ¿Alguien lo ha buscado en el diccionario? Silencio. Si lo hubieras buscado, habrías descubierto que desahuciar también tiene, en sentido figurado, el significado de arrebatar o desposeer, usurpar.”

Usurpar es la acción por la cual Sudáfrica se conecta con los colonos europeos.

Hablo de sociedades vaciadas de su esencia, culturas aplastadas, instituciones debilitadas, tierras confiscadas, religiones destruidas, creaciones artísticas magníficas destrozadas, posibilidades extraordinarias aniquiladas. […].

Hablo de millones de hombres arrancados de sus dioses, su tierra, sus hábitos, su vida; de la vida, de la danza, de la sabiduría.

Hablo de millones de hombres en quienes se inculcó el temor con malicia, a quienes se les enseñó a sentir un complejo de inferioridad, a temblar, a arrodillarse, a desesperarse y a comportarse como lacayos. […]

Hablo de las economías naturales que han sido perturbadas –economías armónicas y viables adaptadas a la población indígena- de cultivos destruidos, de la introducción permanente de la desnutrición, del desarrollo agrícola orientado únicamente hacia el beneficio de los países metropolitanos, del saqueo de productos, del saqueo de materias primas (Aimé Césaire 1955 [2000]: 43 énfasis en el texto original).

Describía de esta forma el poeta Aime Césaire el linaje de la colonialidad que habita la historia sudafricana del presente.

“En comparación con el Imperio Romano, que fue respaldado por la idea de integración y la lógica de la humanitas, los imperios portugués, español, holandés, y más tarde británico, francés, alemán e italiano, posteriores al siglo XV, fueron formados por la lógica de diferenciar la humanitas del anthropos como parte de introducir la política de la alteridad/diferencia racial radical vinculada al eurocentrismo”. (Sabelo Ndolovu-Gatsheni, 2016).

El teórico camerunés Achille Mbembe (2013) menciona tres momentos importantes en esta historia. El primer momento es el de la trata transatlántica, que va del siglo XV al siglo XIX. Es el momento donde el africano fue transformado en mercancía, y puesto a la disposición del uso y abuso del europeo[vii]. El segundo momento es el de la reapropiación de la escritura por parte de los negros, y se ubica en el siglo XVIII, donde los africanos de la diáspora y del continente reafirman sus aspiraciones a la dignidad de los seres humanos y a la libertad. Este momento tiene como hitos la independencia de Haití, la lucha por la abolición de la esclavitud, las independencias de los países africanos, la lucha por los derechos cívicos en los Estados Unidos, y finalmente la abolición del régimen del apartheid en Sudáfrica[viii].

Según Rufer, (2009) “En los momentos álgidos del apartheid a partir de la segunda mitad de la década de 1950 con el enfrentamiento generalizado entre el Estado y la población negra, hubo algunos intentos organizativos e intelectuales de fusionar las aspiraciones identitarias particulares en conceptos como los de “sociedad civil negra” o “nacionalismo africano”, racializando la identidad histórica como bloque de demandas. Sin embargo, en el período de transición, se utilizaron estratégicamente por el gobierno las “particularidades culturales”. Con ello, pretendía mostrarse que la nueva “nación arcoíris” no estaba fundada en la “raza”, sino en la convivencia armónica entre diferentes “culturas”. Así, las pujas por la representación nacional del pasado siguieron los términos de la tensión constitutiva del discurso nacional estatal post-apartheid[ix]: entre “no-racializar” (non-racialism) e “incluir” a las particularidades, y fortalecer las visiones “comunitarias”. Pero sólo para poder subsumirlas en el discurso de la “nación arco-iris” en una primera etapa, y en una nación de pura “africanía” después de 1999.”[x]

El autor menciona que estas particularidades y diferencias muestran un elemento de trasfondo: las políticas públicas de la memoria y de “exhumación” del pasado siguieron las discusiones generales sobre qué pasados exponer para construir una noción identitaria unificada de “nueva nación”. La tarea era más que difícil: por un lado, por la persistencia atrincherada de los “nacionalismos étnicos” (la efervescencia del “nacionalismo xhosa”, y la “nación zulú” como los grupos étnicos africanos mayoritarios, aunque también el “nacionalismo afrikáner”) pero hay que sumar a esto la tensión implícita por medio de la cual el ANC pretendía resolver el dilema de la “democracia no- racializada” (2009: 45/46).

 

V. La disemNación[xi]

  “Una vez que nazca. A fin de cuentas será un hijo de esta tierra”.

1. 266

“Es que me recuerda demasiado a la China maoísta. Retracción, autocrítica, pedir disculpas en público. Soy un hombre chapado a la antigua (…) Vivimos en na época puritana. (…) La verdad, iba a añadir, es que pedían mi castración”, admite Lurie a su hija Lucy en su encuentro en la granja que ella ha comprado en la provincia del Cabo Oriental, y en la que él llega en busca de un lugar apacible.

Desde hace seis años, Lucy, una “recia campesina boer vrou”, vive allí sola, con sus perros. Hija de intelectuales de la ciudad, decidió instalarse como miembro de una comuna de jóvenes artesanos que trabajaban cuero y cerámica cocida al sol, y cultivaban hortalizas entre las cuales guardaban una variedad de marihuana. La comuna se desintegró, pero Lucy decidió quedarse a vivir con su amiga Helen.

Además está Petrus, el hombre perro, que vive con su mujer en el establo viejo, la ayuda con la granja y el cuidado de los perros de raza doberman y una vieja bulldog enferma.

“En lo más tenebroso de África (…) mientras los salvajes parlotean en su lenguaje incomprensible… ¿La obra de las misiones ¿qué ha dejado en herencia tan inmensa empresa destinada a elevar las almas? Lucy! Grita grita una y otra vez. Cuando la puerta se abre del todo, Lucy ya le ha dado la espalda (…) Él la sigue por la cocina; la cámara frigorífica está abierta y hay comida desparramada por el suelo. Ella ha llegado hasta la puerta de atrás y contempla la carnicería de la perrera”.

Antes de irse, rocían a David con alcohol y le prenden fuego, aunque logra apagarlo y sufrir sólo heridas leves.

Este pasaje obliga a una lectura de la puerta y las jaulas y los animales. La puerta cerrada por los violadores de Lucy bajo llave puede pensarse como el dispositivo que en la época del apartheid “la gente tenía conciencia de la separación y sabía lo que pasaba del otro lado, pero no podía tener acceso o ser parte de ese otro lado.” Los perros de Lucy en las jaulas de alambre está aún en la sociedad post-apartheid, impregnando y mutando constantemente fuera del dispositivo. Petrus el hombre-perro que reina en la granja se ausenta de la escena y Lucy es desahuciada, vulnerable a la vejación, el hombre blanco que es su padre se siente impotente en esa tierra que no le pertenece, sino a los salvajes. Metáfora de la segregación que continúa esparcida en la violencia de los violadores que con sus testículos eyaculan las semillas del odio ¿racial? adentro del cuerpo de una mujer blanca lesbiana que está ocupando las tierras que sienten les pertenecen y les han sido arrebatadas. Alegoría poderosa de la nueva sociedad redimida: la “disemiNación” (Bhabha) encierra así lo que podemos llamar con Zoë Wicomb “melanización de la raza”[xii].

Aunque denuncian el robo ante la policía, Lucy se niega a reportar la violación; ni siquiera acepta hablar de ello con su padre.  La violación—rape en inglés — connota un modo singular para denominar la rapiña que asumen las formas de destrucción corporal (así como las formas de tráfico y comercialización). Es una forma de desmoralización, de ruptura de la red simbólica comunitaria, en definitiva, de condena social sobre los varones cuyas masculinidades van a ser, a partir de ese acto, colonizadas.

Joshua Goldstein (2001)[xiii] describe la conquista como una extensión de la violación y explotación de las mujeres, a partir de las siguientes tres dimensiones que el texto literario imprime. La sexualidad masculina como causa de la agresión presente en los jóvenes; la feminización de enemigos como dominación simbólica en tanto Lurie siente su castración y resignación final; la dependencia en la explotación del trabajo de la mujer, en el caso en que Lucy debe resignar las tierras para poder ser protegida. Lucy y Lurie tienen frente a sus ojos una nueva sociedad. “Es como si entre la generación de Lucy y la mía hubiera caído un telón impenetrable” (p. 260).

Oberturas

 “Debo gozar de paz mi alrededor.

Estoy dispuesta a lo que sea, a cualquier sacrificio con tal de conseguir la paz”, Lucy. p 258

 

En el centro del proyecto de la modernidad colonial capitalista se ubica lo que William EB Dubois (1903[1994]) denominó la “línea de color”[xiv]. “Ningún negro se transforma en blanco; ningún blanco deviene negro”, The Star, 21/3/1986.[xv]

Un hallazgo significativo como huella puede indicarse en una omisión: en la novela la raza no es nombrada. “Melanie, la morena. La oscura”. La raza de Mélanie no se menciona (ni tampoco, se mencionará, la raza de los jóvenes violadores de Lucy, siendo clave en la traducción del niño mestizo que da a luz la melanización de la raza.)

El drama transcurre en la violación que los hombres polizontes arremeten contra la hija de David, Lucy. Para David resulta un trauma pues la violencia representa de algún modo la autorización del sexo interracial y la mixtura. la racialización del sexo y la sexualización de la raza corren paralelas. Duelo y fiesta se unen en el evento contemporáneo en el cual Lucy decide renunciar a sus tierras, aunque no a su casa, a cambio de conseguir la protección de Petrus. “Carezco de protección, estoy al alcance de cualquier cazador”, dice Lucy. (p. 252.)

En Sudáfrica, el caso de la TRC excluyó en sus reportes algunas de las formas cotidianas que no entraban dentro de la “violencia física” (tortura o asesinato) pero que eran penetrantes como ultraje, humillación y violación a los derechos humanos (…). De la misma manera se critica el sesgo de género (el lugar marginal de la mujer) en sus registros (Rufer, 2009: 72) [xvi].

“En el caso de la TRC sudafricana, el problema de su “legitimidad” radica, para muchos, en la centralización exclusiva en la “verdad” y la “reconciliación”, más que en la “justicia”. Las opiniones contrarias de Paul Ricoeur (defensor filosófico del mecanismo moral de la TRC que impuso la amnistía individual, pero reveló los crímenes) y Pieter Duvenage (para quien la TRC habría sellado un compromiso moral, pero no jurídico. En el análisis de este autor, “compromiso” debe entenderse como “lo mínimo que se hizo” con un cálculo del menor costo político posible; y no lo que se podría haber hecho en términos de impartición de justicia).

En el caso de la Comisión que emana de la comunidad de los rectos el dilema que se juega es el poder que subyace en la imposibilidad de juzgar/no juzgar a Lurie. Así como el sentimiento de castración que siente, se impone, en una nueva sociedad en la cual no encuentra lugar alguno.

Pero sabemos, después de las advertencias de Jacques Derrida y el reposicionamiento para los estudios poscoloniales que hace Gayatri Spivak que los trazos no pueden ser borrados jamás, sino que son reinscritos en un palimpsesto en el que reaparecen, bajo la figura apenas estable de la configuración socio-temporal, los gestos diferidos de hace tiempo, que desestabilizan las seguridades de la contemporaneidad.

En su valioso libro “Las Estructuras Elementales de la Violencia. Ensayos sobre genero entre la antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos” (2003), la autora habla de una «refundación permanente»: los procesos de violencias conllevan estrategias de reproducción del sistema, es decir, «la renovación de los votos de subordinación de los minorizados en el orden de estatus y el permanente ocultamiento del acto instaurador» (Segato, 2003:113).

¿Y si justicia no fuese posible sino simplemente la paz?, se pregunta Rita Segato en su investigación sobre los feminicidios en Ciudad Juárez[xvii]. ¿Cómo aparecen en el horizonte simbólico de la trama el Ubuntu y la humanizacion de la justicia para el tratamiento imperante de las violaciones de género?[xviii]

Texto

  • M. Coetzee, “Disgrace”(en español: “Desgracia”, novela, 1999).

Notas:

[i]

Este ensayo fue realizado en la CATEDRA COETZEE. LITERATURAS DEL SUR SEMINARIO “LA LITERATURA DE SUDÁFRICA”. Director: J. M. Coetzee. La autora agradece a Zoë Wicomb e Ivan Vladislavic, quienes estuvieron a cargo del aula, y a Anna Kazumi-Stahl. Septiembre de 2015.

[ii] Pensadora feminista. Dra. en Ciencias Sociales (UBA). Investigadora Independiente (CONICET) en IDAES/UNSAM. Profesora de Sociología en la UNSAM y UBA. Dirige el Programa Sur-Sur (CLACSO/CODESRIA e IDEAs). Coordina el Programa “Poscolonialidad, pensamiento fronterizo y transfronterizo en los estudios feministas” y UNIAFRO sobre investigación y extensión de culturas afrodiaspóricas (IDAES/UNSAM). Sus libros recientes: “Genealogías críticas de la colonialidad en América Latina, África, Oriente (CLACSO/UNSAM)  http://biblioteca.clacso.edu.ar/clacso/sur-sur/20160210113648/genealogias.pdf; “Escritos en los cuerpos racializados. Lenguas, memorias y genealogías (pos)coloniales del feminicidio” (UIB.España). karinabidaseca@yahoo.com.ar

[iii] Ramose argumentó: “Esta línea entre civilización y barbarie fue una extensión del límite entre razón y sinrazón. El conquistador se atribuyó de ser el poseedor de una civilización superior. […] El conquistador era civilizado y el africano era el bárbaro. […] La línea entre civilización y barbarie, así, estableció la relación de superior e inferior” (Ramose 2003: 464)

[iv]Entrevista a Achille Mbembe “La historia de la emancipación humana es una historia de negros”, 16/04/2016. En http://www.futuroanterior.com.ar/blog/achille-mbembe-la-historia-de-la-emancipacion-humana-es-una-historia-de-negros

[v] En “The end of History, again? Pursuing the past in the poscolony”, Jean Comaroff (2005) enfatizaba lo siguiente: “en la nueva’ Sudáfrica liberada, la historia, si es que aún se le presta atención, se enseña por lo general con textos producidos en la era del apartheid. Y el nuevo History Project nacional está financiado no por el Estado, sino por una fundación privada estadounidense [la Carnegie Corporation]”. (Comarroff, Jean en Loomba, Ania; Kaul, Suvir; Bunzl, Matti; Burton, Antoinette; Esty, Jed (eds.): Postcolonial studies and beyond, Duke University Press, Durham y Londres, p. 129). Asimismo, “El 24 de mayo de 2000 en las calles de Braamfontain hacia las inmediaciones de la Universidad de Witswatersrand, manifestantes del Congreso de Estudiantes Sudafricanos salieron a las calles rompiendo vidrios y carros. Exigían algo que pareció inaudito como reclamo multitudinario en una manifestación urbana: la inclusión de la historia como asignatura obligatoria en los cursos superiores” (véase Rufer, 2009)

[vi] Los debates académicos y políticos sobre el rol real de la TRC en la transición son innumerables: la impartición de justicia, la “posibilidad o imposibilidad” del perdón, la definición de la amnistía otorgada individualmente a algunos de los perpetradores que declararan, rasgo excepcional de esta Comisión. A esto se unen las problemáticas por la “definición” y “clasificación” de los crímenes y delitos cometidos, las marcadas diferencias de género, la inclusión/exclusión de sujetos punibles/sujetos políticos, y la intervención de una cosmovisión “cristiana” vs. una cosmovisión “africana” en la prosecución de las resoluciones, entre muchas otras. (Rufer, 2009). Truth and Reconciliation Commission Home Page, http://www.doj.gov.za/trc/legal/act9534.htm

[vii] Mbembe. Achille, Critique de la raison nègre, Paris, La découverte, 2013, p.68.

[viii] El tercer momento que identifica Mbembe empieza al inicio del siglo XXI, y se caracteriza por la globalización del mercado económico y financiero bajo el neoliberalismo, con un control mucho más fuerte del complejo militar y tecnológico. Ibid, p.69.

[ix] La “nueva” Constitución de la República de Sudáfrica, post-apartheid fue aprobada por la Corte Constitucional el 4 de diciembre de 1996 con vigencia efectiva desde el 4 de febrero de 1997. Sudáfrica cuenta con once lenguas oficiales. Puede consultarse en: Constitution of the Republic of South Africa, 1996; http://www.info.gov.za/documents/constitution/index.htm.

[x] Véase Chabedi, Marks: “South Africa: The challenge of building a rainbow nation”, en Akinyele, R. T. (ed.): Race, ethnicity and nation building in Africa, Rex Charles Publications, Connel Publications, Ibadan, 2003, pp. 239-262.

[xi] El concepto de nación tiene su origen en el vocablo en latín nātio, que a su vez deriva de nāscor (noción que, en español, significa “nacer”). En “El lugar de la cultura”, Homi Bhabha la nación está escindida de sí misma, articulando la heterogeneidad de la población. La Nación barrada Ella/Misma, alienada de su eterna autogeneración, se vuelve un espacio significante liminar que está internamente marcado por los discursos de las minorías, las historias heterogéneas de pueblos rivales, autoridades antagónicas y tensas localizaciones de la diferencia cultural” Homi Bhabha (2010) Nación y narración entre la ilusión de una identidad y las diferencias culturales (Bs As: Siglo XXI). P. 81

[xii] Así como Carole Pateman (1995) discute la tesis lacaniana de la ley del padre en la fundación del orden social y apela a la violación de la mujer (Pateman, C. [1995]. El Contrato Sexual, Madrid: Anthropos) Según Suelí Carneiro: «En Brasil y en América Latina la violación colonial perpetrada por los señores blancos a mujeres negras e indígenas y la mezcla resultante está en el origen de todas las construcciones sobre nuestra identidad nacional, estructurando el decantado mito de la democracia racial latino-americana que en el Brasil llegó hasta sus últimas consecuencias. Esa violencia sexual colonial es también el cimiento de todas las jerarquías de género y raza presentes en nuestras sociedades configurando aquello que Ángela Gilliam define como la gran teoría del esperma en la formación nacional a través de la cual, y siguiendo a Gilliam, el papel de la mujer negra es rechazado en la formación de la cultura nacional; 2. la desigualdad entre hombre y mujer es erotizada; y 3. la violencia sexual contra las mujeres negras ha sido convertida en un romance» (Carneiro, 2002: 4)

[xiii] Goldstein, J. S. [2001]. War and Gender: How Gender Shapes the War System and Vice Versa. Cambridge: Cambridge University Press, 2001.

[xiv]Nacida de la brecha entre negros y blancos, [la línea de color] funciona como un esquema de la división permanente de la humanidad” Lewis R. Gordon (2000: 63).

[xv] Véase al respecto Sabelo J. Ndlovu-Gatsheni “Genealogías y linajes de la colonialidad en África desde los encuentros coloniales hasta la colonialidad de los mercados” y Jacques Bertrand Mengue Moli “El postcolonialismo en África: un debate abierto”, en Bidaseca, Karina (Coord.) Genealogías críticas de la colonialidad en América Latina, África, Oriente (CLACSO/UNSAM). http://biblioteca.clacso.edu.ar/clacso/sur-sur/20160210113648/genealogias.pdf

[xvi] Entre otros, Grunebaum Ralph, Heidi: “Re-placing pasts, forgetting presents: Narrative, place and memory in the time of the Truth and Reconciliation Commission”, Research in African Litera- tures, vol. 32, núm. 3, fall 2001, pp. 198-212; Fainman-Frenkel, Ronit: “Ordinary secrets and the bounds of memory: Traversing the Truth and Reconciliation Commission in Farida Karodia’s Other Secrets and Beverly Naidoo’s Out of Bounds”, Research in African Literatures, vol. 35, núm. 4, winter 2004, pp. 52-65

[xvii] Rita Segato, “La escritura en el cuerpo de las mujeres de Ciudad Juárez. Territorio, soberanía y crímenes de segundo Estado”. México, Universidad del Claustro, Sor Juana Inés de la Cruz. 2003.

[xviii] Intelectuales de la talla de Antjie Krog sostienen que es una filosofía africana del ubuntu la que explica en parte el funcionamiento de la TRC.  Véase “El país de mi calavera”, Buenos Aires, UNSAM, 2016.“Ubuntu es un vocablo de raíz bantú, proveniente de las lenguas xhosa y zulu, que deriva de la raíz mtu (persona) y denota una especie de plural compartido. Es frecuente encontrar traducido ubuntu como “comunidad”. Sin embargo, la palabra refiere a una especie de “condición” de la relación humana, de cualidad que deviene el vínculo. Las traducciones más certeras de ubuntu remiten a expresiones como: “yo soy porque ustedes son”, “interconexión (interconectedness)” o “una persona se hace humana a través de las otras” (umuntu ngumuntu ngabantu en xhosa). O según la clásica definición del arzobispo Desmond Tutu: “Una persona con ubuntu es abierta y está disponible para los demás, se aproxima en los demás, no se siente amenazada cuando otros son capaces y están bien, porque es segura de sí misma y sabe que pertenece a una gran totalidad, que se desvanece cuando otras personas son humilladas o menospreciadas, cuando otros son torturados u oprimidos”. Tutu, Desmond: “No future without forgiveness”, reproducido en http://faculty.ccp.cc.pa.us/FACULTY/ jhoward/southafrica/ubuntu.html, última consulta: 28/04/2007. En un sugerente ensayo, Antjie Krog argumenta sobre la centralidad de este concepto en el tipo de “reconciliación” y “perdón” involucrado en la TRC. Algunos estudiosos buscan explicar en la gura de Tutu y en el relativo éxito de la religión cristiana (particularmente anglicana) el desarrollo más o menos pacífico de las audiencias de la TRC, así como el otorgamiento del “perdón” a muchos represores y torturadores por parte de familiares de las víctimas. Sin embargo, Antjie Krog encuentra la explicación en una filosofía “africana” del reconocimiento de sí en la comunidad, y en la importancia del concepto de “ubuntu” en la operación cotidiana de las relaciones sociales. Cf. Krog, Antjie: “‘I speak, holding up your heart…’ Cosmopolitanism, forgiveness…”, op. cit.