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“El nieto”, de Juan Pablo Castro

Por: Juan Pablo Castro

Imagen: Bárbara Pistoia, “Maldormidos”.

Juan Pablo Castro es Licenciado en Letras por la Universidad de Buenos Aires, estudiante de la Maestría en Literaturas de América Latina, escritor y guionista. Fue el primer director de Revista Transas. Aquí presentamos las primeras escenas de su obra teatral “El nieto”, que ha sido seleccionada en noviembre para abrir el ciclo “Benditas Lecturas edición Bogotá” organizado por LA MALDITA VANIDAD compañía teatral.

“El nieto” es la historia de dos amigos jubilados que fueron estilistas de grandes divas de la televisión, cuyas vidas cambian súbitamente con la llegada del nieto de uno de ellos, que se muda a casa de su abuelo después de haber quedado huérfano.

 


 

Umberto (60). Pensionado. En su juventud fue estilista, maquillador y peluquero. Vivió parte de su vida al servicio de una diva de la televisión. 

Víctor (64). Pensionado. Su trayectoria es análoga a la de Umberto.

El nieto (22). Huérfano de padre. Desempleado, y después, Rappitendero.

 

La acción transcurre en una casa al sur de Bogotá, en el presente. Se usan principalmente tres ambientes: el garaje, donde Umberto y Víctor se juntan a emborracharse; el cuarto de Umberto, donde se guardan las cosas de valor, y la sala, donde se reúnen todos hacia el final de la obra.    

 

 

1. AMIGOS

 

Umberto: Yo la verdad no sé cómo una mujer prefiere irse con un macho que cuidar a un hijo…

Víctor: ¿Adónde se fueron?

Umberto: A Cali.

(Pausa).

Menos mal que algunos ahorros tengo. Si no había que volver a hipotecar la casa.

Víctor: ¿Cuántos años tiene el chino?

Umberto: Veinte.

Víctor: Ya está grande.

Umberto: Sí, claro. Le va a tocar trabajar, olvídese.

Víctor: A mí me llega un chino y yo a esta altura no sé cómo comportarme. Ahorrar, no puedo. O sea, podría. Pero las veces que ahorré, por X o Y motivo, de un día para otro perdí todo.

Umberto: Ah, no, a mí también.

Víctor: Yo ya no le jalo a eso.

(Tiempo).

Queda una resentida con el ahorro.

Umberto: ¿Y entonces de dónde sacó la plata pa’ publicar su libro?

Víctor: Amparo… Eso sí me dijo que cuidado la iba a mencionar, si quiera nombrarla en alguna anécdota, porque era capaz de demandarme.

Umberto: Vieja loca.

Víctor: ¿Ah? ¿Ya se le habrá olvidado que yo la conocí cuando montaba en bus?

Umberto: Las divas cuando tienen son muy pródigas. Pero a fin de cuentas son todas unas hijueputas.

(Tiempo).

El caso es que en esta vida es mejor no ahorrar ni depender de nadie. Aunque eso sí, me alegra que, después de tantos años, lo siga financiando su Amparito.

(Tiempo).

No depender ni que dependan de uno. Fíjese a mí lo que me pasó con mi hijo.

Víctor: Otro canalla.

Umberto: ¿O no?

Víctor: Terrible.

Umberto: Todavía tengo en la oreja al diablo burlón por la plata que le presté pa’ que comprara el carro…

Víctor: Es que usted también…

Umberto: No ve que él me dijo que me iba a sacar a pasear todos los domingos, que me iba a llevar a hacer mis vueltas…  Además, ¿él qué culpa tiene de que le hayan dado tres tiros?

Víctor: Dios lo tenga en la gloria… ¿Pero usted por qué entonces no se quedó con el carro?

Umberto: Pues porque el muy inmundo lo puso a nombre de la mujer… y ella sabiendo que yo había prestado la plata lo vendió y no me dio nada.

Víctor: ¿No le dio un peso?

Umberto: Nada.

(Tiempo).

Pero eso sí, yo la última vez que lo vi le pegué una empajada la cosa más horrible. Pero horrible horrible… Imagínese que era navidad y él había quedado de darme quince millones y yo contaba con esa plata pa’ irme de vacaciones…

Víctor: Le salió con un chorro de babas.

Umberto: El niño tuvo que sacarme de la casa a darme agua porque a mí me iba a dar un ataque.

Víctor: El niño es decir, su nieto.

Umberto: ¡Claro! Yo casi cojo ese carro con una silla que había ahí y le rompo todos los vidrios… sino que el niño salió con un vaso de agua a decirme “ay, abuelito, abuelito, venga tómese esta agua… camine demos una vuelta por el parque”…

Víctor: ¿Y él en qué era que trabajaba?

Umberto: En los préstamos.

Víctor: ¿Cómo así los préstamos?

Umberto: Los préstamos de plata. Él hacía el trámite. Conseguía la plata y se la daba a la policía. Como a ellos les descuentan por nómina. Él conocía a la gerente de un banco y ella le recibía los documentos falsos, se habilitaba el préstamo y cada uno se quedaba con…

(Víctor agita las manos).

Víctor: Yo de esas cosas no entiendo… Pero entonces cuando lo mataron, ¿quién pagó el entierro?

Umberto: ¡Pues yo! Y ahora me va a tocar mantenerle al hijo.

(Tiempo).

Víctor: ¿Cuándo llega?

Umberto: Mañana.

Víctor: ¿Y usted lo va a ir a recoger al terminal?

Umberto: Sí, claro.

Víctor: ¿Hace cuánto no se ven?

Umberto: Pues desde la noche del vaso de agua. El tendría doce años…

(Tiempo).

Bueno… ¿Y usted cómo va con su libro?

Víctor: ¡Ya listo!

Umberto: ¿Terminado?

Víctor: Hace rato mijo’, ya lo mandé a la editorial. Ahora estoy esperando a ver cuándo me lo publican.

Umberto: Pues la felicito mija’, porque esa vaina no es fácil.

(Víctor se levanta).

Víctor: No, yo parí piñas, papayas y guanábanas. Pero estoy contenta. Una tarde vengo y les leo unos parrafitos. ¿Le parece?

Umberto: Eh, sí claro. Arreglamos antes… y pasa un día.

Víctor: Bueno, yo voy saliendo porque si no me va a coger la tarde.

(Tiempo).

Umberto: No se le olvide llamar antes.

Víctor: ¿Perdón?

Umberto: El día que vaya a venir, no se le olvide llamar antes.

Víctor: Ah no, tranquilo.

(Víctor sale).

 

 

2. LA LLEGADA

 Sin haber llegado a transformarse, Umberto ha adoptado una postura y una expresividad más masculinas. Para una persona que no ha visto muchos homosexuales podría “pasar desapercibido”. El nieto es un muchacho joven, más bien distraído y de apariencia tranquila, pero al que se imagina capaz de un despertar violento.

 

Umberto: Bueno, esta es la sala, acá usted puede traer a sus amigos, si quiere… puede hacer sus reuniones, me imagino que tendrá su novia, también puede traerla.

El nieto: Sí, señor.

Umberto: Ella también puede venir acá a la casa, estar en su pieza, yo no tengo problema. Usted tiene su vida, y yo la mía. ¿Sí?

El nieto: Sí, señor.

Umberto: Acá tiene la televisión…

El nieto: Ajá.

Umberto: Wifi…

El nieto: Ajá.

Umberto: Nevera, electrodomésticos, baño… todo…

(Umberto lo mira fatigado. Parece esperar algo del nieto, pero éste no logra percatarse).

El nieto: Okey.

(Tiempo).

Umberto: Esta es su casa.

El nieto: ¿Cómo es la clave del Wifi?

Umberto: Ah. Es… 857-57-56… 2.

(Tiempo).

¿Sí?

El nieto: Sí, señor.

Umberto: Bueno. Está en su casa.

(Se miran. Tiempo).

¿Sí?

El nieto: Ah, sí…

(Mirándolo, Umberto asiente: El nieto por fin parece haber entendido lo que se espera que diga).

El nieto: Gracias…

Umberto: (Complacido) Con mucho gusto.

(Suena el timbre).

¿Usted está… esperando a alguien?

El nieto: ¿Yo?

(Umberto se asoma por la ventana. Está un poco contrariado. En su voz hay miedo).

Umberto: Permiso.

El nieto: Sí.

(Umberto baja las escaleras. El nieto se asoma por la ventana. Se oyen las voces de Umberto y Víctor que ascienden desde la calle. El nieto observa atentamente y por primera vez desde que llegó se guarda el celular en el bolsillo).

 

 

3. INTIMIDAD

(Umberto y El nieto están sentados a la mesa, arreglados, en situación de “cena de bienvenida”. Hay un florero con un clavel y suena música romántica. Podría dar la impresión, al espectador malpensado, que Umberto intenta cortejar al muchacho). 

 

Umberto: Yo digo que uno no le tiene que guardar rencor a nadie. Y mucho menos a la mamá, que es finalmente lo único que uno tiene en la vida.

(Silencio).

Mi papá decía que yo era un castigo que Dios le había mandado. “¿Por qué me castigaste de esta manera, Dios mío?”, decía llorando y gritando. Eso era en Cali, hace muchos años. El mundo era distinto.

El nieto: ¿Y usted lo perdonó?

Umberto: Sí, claro.

(Tiempo).

Claro que… cuando se murió… yo no fui al entierro. Pues, porque a él le daba vergüenza que los amigos me vieran. Entonces… yo ya para esa época estaba más liberado y no quería que todos fueran a estar pendientes…

El nieto: ¿Liberado?

Umberto: Sí. Así como soy ahora. Uno tiene que ser como uno es.

El nieto: ¿Pero le hubiera gustado ir?

Umberto: Ahora sí. Ahora ya le perdí el miedo.

El nieto: ¿A los cuántos años se vino a vivir acá?

Umberto: Yo, a los veinte. No aguanté más. Realmente no aguantaba.

(Suena el teléfono).

Hola, Víctor, ¿qué hay?… Nadita, aquí comiéndome un pescado con mi nieto… ¿Qué ha habido?… ¿Yo?… Pues como nunca contesta… Yo vivo aburrido de llamarla… ¿Qué? ¿La atracaron?… Dios bendito… Pero no le hicieron nada… El susto…

(Tiempo).

Bueno… Pues pásese… ¿cuándo será?… cuando quiera, mija’ un día de estos… Yo la llamo pa’ que cuadremos. Bueno.

(Cuelga).

Ay, Dios… Que a una amiga la atracaron, pero es que la pobre es más intensa.

El nieto: ¿Duro?

Umberto: Pues… no le hicieron nada, pero le robaron todo.

El nieto: Grave…

(Tiempo).

Umberto: ¿Nosotros en qué estábamos? Ah, sí. Lo importante es ser uno mismo y saber perdonar.

(Le toca el antebrazo de forma varonil; El nieto lo retira instintivamente.)

El nieto: ¿Su amiga es… hombre?

Umberto: ¿Víctor?

El nieto: El que vino el otro día.

Umberto: Víctor es hombre… Pero le gustan los hombres… y se viste así como usted la vio.

El nieto: O sea que es gay.

Umberto: Víctor es una persona muy culta, es un estilista muy prestigioso, que ha trabajado con algunas de las personas más importantes de este país. Reinas de belleza, actrices, primeras damas. De hecho, acaba de escribir un libro.

(Tiempo).

El nieto: ¿Pero ustedes son novios?

Umberto: ¿Nosotros? No, qué ocurrencia. No, Víctor es una persona complicada.

El nieto: ¿Por qué?

Umberto: Es una persona que… le gusta mucho llamar la atención…

El nieto: Okey.

Umberto: Y dice muchas mentiras.

(Tiempo).

El nieto: Es muy inseguro.

Umberto: Exacto.

El nieto: ¿Y el libro es como los recuerdos de su vida?

Umberto: Son sus vivencias. De cómo empezó a haber homosexuales en Bogotá, de sus trabajos, sus anécdotas con esas grandes personalidades…

El nieto: ¿Antes no había?

Umberto: ¿Qué cosa?

El nieto: Homosexuales.

Umberto: Antes estaban escondidos. Los perseguía la policía. No había derechos humanos, como ahora.

El nieto: Y a usted… ¿lo persiguieron?

Umberto: Varias veces, sí. Me llevaron a trapear a una estación de policía. Era una cosa así, como una ele, de dos cuadras. Cuatro veces tenía que trapear. Ida y vuelta.

El nieto: ¿Cuándo?

Umberto: Cuando yo llegué a Bogotá. Por eso me tocó dejarme crecer el bigote, porque siempre me decían que tenía cara de mujer. Y me llevaban.

(Tiempo).

Un día me pusieron a trapear al frente del calabozo… Y esos sinvergüenzas enloquecidos: “métanlo acá”, “métanlo que acá le hacemos un campito”… Yo dije: “usted no me puede meter allá”… “entonces trapee”, me dijo el policía. Después me dijo “¿y no tiene plata pa’ un recogedor y una escoba que nos están faltando?”. Y yo, de verdad, escúlqueme. Yo en ese tiempo andaba sin un peso. “Deme plata o si no lo vuelvo a meter allá”.

El nieto: ¿Lo vuelvo?

Umberto: Pues… es que yo plata en ese tiempo, como le digo, no tenía…

(Tiempo).

A mí y a Víctor nos ha tocado muy duro. El libro ese está lleno de mentiras. Pero las cosas fuertes, eso sí es cierto.

El nieto: Salud, abuelo.

Umberto: Salud. Y gracias…

 

 

4. CIUDADES

(Umberto y Víctor toman aguardiente en el garaje de la casa. Escuchan boleros).

 

Víctor: ¡Casi no se deja ver!

Umberto (masculino): Salud.

(Chocan las copas. Tiempo).

Umberto: Nosotros aquella vez, ¿cuánto fue que duramos peliados?

Víctor: ¿Como unos diez años?

Umberto: ¿Y quién perdonó a quién?

Vïctor: Tocó a mí llamarlo.

(Tiempo).

Umberto es como malito pa’ la memoria.

Umberto: ¿Yo? Jay. Mijita. Con lo observador que soy…

Víctor: ¿Y eso que tiene que ver?

Umberto: Pues es que parte del ejercicio de ser buen observador es tener uno buena memoria… Yo tengo un sentido de la orientación, que eso… Vea, yo cuando he viajado solo… por ejemplo, a partes que nunca había ido antes… yo paso por una calle y a mí no se me olvida que ahí hay un letrero, que allá hay otro. Nunca me perdí en ninguna parte.

Víctor: Claro.

Umberto: ¿O es que eso no es tener buena memoria…?

Víctor: No, sí, claro.

Umberto: Ah bueno, ¿entonces?

Víctor: Tiene toda la razón.

(Tiempo).

¿Cuál es la ciudad que a usted más lo ha deslumbrado?

Umberto: París.

Víctor: Qué ciudad hermosa, ¿no cierto?

Umberto: París para mí es lo más bonito, lo más… (como si la palabra de pronto le supiera amarga) regio. Yo fui solo la primera vez, después fui con Margarita. Éramos ella, el novio, que en esa época ella tenía un novio que era escultor, el hijo, y yo…

Víctor: Ah, es que no hay nada más regio que viajar uno con su diva.

Umberto: Sí. Después conocí Nueva York, me pareció espectacular, pero yo digo, si yo volviera a nacer, nacería en París. Porque Moscú es una ciudad muy atractiva, muy exuberante, pero eso no es ciudad pa’ uno…

Víctor: No, eso me han dicho, que es regia, pero que si a uno se le nota la locura, lo montan a un camión y se lo llevan. Dos hombres que se cojan de la mano, se los llevan. Fuera de eso está permitido que si dos hombres se cogen de la mano, la gente puede agredirlos.

Umberto: ¡Se llevan a los que iban cogidos de la mano!

Víctor: Pero es que usted qué cree, ¿que acá en Bogotá hace veinte años no era igual? Cuando yo llegué eso le aventaban a uno piedras.

Umberto: Me acuerdo.

(Entra El nieto).

El nieto: Buenas noches.

Víctor (Incorregiblemente seductor): Muy buenas.

(El nieto se quita la chaqueta y la deja en un perchero. Es evidente la expectativa de Víctor porque los presenten formalmente, pero Umberto tiene la vista clavada en la mesa y El nieto pasa sin detenerse).

Víctor: Tengo ese aliento como si me hubiera tomado toda la botella…

(Tiempo).

Y encima tengo un calor…

Umberto: Ah, pero el calor sí no se le va a quitar con aguardiente.

Víctor: Ojalá que sí porque si no, Dios mío…

Umberto: ¿Qué cosa?

Víctor: No, pues me va a dar un patatús, alguna cosa…

Umberto: Eso debe ser la mascarilla esa que ahora le dio por ponerse.

Víctor: Ay, ¿usted dice?

Umberto: Terrible.

(Tiempo).

Víctor: Ay, no…

(Mirándose con un espejito).

Bueno, ¿en qué estábamos?  Ay, ¿mijo’ no tiene algún álbum de fotos? Pa’ ver lo lindo de esas ciudades que usted cuenta.

Umberto: ¿Pero usted no ha viajado también con su Amparito? ¿O era mentira que la llevaron a todos lados?

Víctor: No, pues claro, pero pa’ hacer memoria juntas. Juntos, digo.

Umberto: Quédese acá, ya vengo.

(Umberto sale. Víctor se acerca al perchero y sumerge la cara en la ropa de El nieto.)

***

(Umberto prende la luz de su cuarto. El nieto se sobresalta).

Umberto: Kiubo, mijo, ¿usted qué hace acá?

El nieto: Me estaba echando perfume, abuelito.

Umberto: Ah, ¿y es que va a volver a salir?

El nieto: Sí, abuelito.

Umberto: ¿Y eso con quién?

El nieto: Con una amiga.

Umberto: ¿Tiene… plata?

(Umberto saca un fajo de billetes desmelenados. Al tiempo que se acerca al nieto, se tambalea por el aguardiente. Una persona perversa pensaría que va a echársele encima).

El nieto: Sí tengo, abuelo, gracias.

Umberto: Usted… ¿me quiere a mí… así como yo soy?

El nieto: Claro que sí, abuelo.

Umberto: Yo a usted también lo quiero.

(Tiempo.)

Venga.

(Umberto le pone una mano en la nuca y las frentes de ambos chocan suave y varonilmente).

Lo quiero mucho. Mucho. Mucho

El nieto: Yo a usted, abuelito.

Umberto: Usted es una gran persona.

El nieto: Usted también, abuelo.

(Umberto se seca una lágrima).

Umberto: Cuídese.

El nieto: Sí, abuelito.

***

(Umberto Vuelve a bajar con el álbum).

Víctor: Huh. Está como despelucado, don Umberto.

Umberto: ¿Perdón?

Víctor: Muestre le arreglo esos pelos.

Umberto: ¿Usted qué está queriendo decir con eso?

Víctor: ¡Ay, nada! Usted sí es más pelión. Venga. Ahora sí. Ya quedó regio.

Umberto: Y dele con la palabrita.

Víctor: ¿Perdón?

Umberto: Ay, esto está regio. Esto es regio. La señora es regia. Ser loca es regio.

(Víctor lo mira desconcertado).

Umberto: Tenga.

(Tiempo. Umberto sirve dos tragos).  

Umberto: Jarte.

Víctor: Ush. Gracias.

(Víctor mira las fotos del album).

Víctor: Doña Margarita, tan linda.

Umberto: Vea, este es el novio que yo le digo…

Víctor: El escultor.

Umberto: Ese era escultor, orfebre, hacía de todo ese hombre.

Víctor: ¡Ay no, pero qué hombre tan churro…!

Umberto: ¿Le gusta?

Víctor: A mí sí…

Umberto: Usted siempre tuvo esa cosa como medio… (se toca las manos como si se estuviera echando crema) ¿No?

Víctor: La Torre Eiffel. Ay, no, qué belleza. El arco del triunfo. El luvre…

(Entra El nieto)

El nieto: Permiso.

Umberto: Siga.

Víctor: Muy buenas noches joven, que descanse.

Umberto: Mucho cuidado, ¿no?

El nieto: ¿Señor?

Umberto: Nada de trago.

El nieto: Ah, no, no señor.

(Sale).

Víctor: don Umberto cómo es de buen abuelo.

Umberto: Pues toca.

Víctor: Yo a mí abuelo le llegaba a decir que iba a salir a esta hora y eso me agarraba de las mechas “¿usted cree que esto es un prostíbulo?”, me tocaba irme a dormir adonde un amigo… ¿De qué estábamos hablando? Ah, sí, París… L’ amour. Mon amour… Hm…  Cómo se ve de bonita acá la Torre Eiffel.

 

5. NORMAS

 

Umberto: Estaba yo pensando

El nieto: .

Umberto: Que a lo mejor valdría la pena ponernos de acuerdo en un par de cosas… ¿cómo se llama?… Normas.

El nieto: ¿Por ejemplo?

Umberto: Pues, por ejemplo, ya que mijo’ no está aportando propiamente con los gastos podría lavar la loza o, no sé, pasar un trapo de vez en cuando.

El nieto: Yo siempre lavo.

Umberto: No sí, yo sé… es más una cuestión de… barrer la cocina, por ejemplo.

El nieto: Además, ya casi voy a tener trabajo.

Umberto: No me diga.

El nieto: Sí, estoy esperando que me llamen de una entrevista para… pues pa’ arrancar.

Umberto: ¿Y una entrevista dónde?

El nieto: En Rappi.

Umberto: Rappi. ¿Eso es…?

El nieto: Lo de las bicicletas.

Umberto: ¡Ah, bueno, pues qué maravilla!

(Tiempo).

¿Y mijo’ sí tiene cicla?

El nieto: Pues se consigue.

Umberto: Porque si quiere puede usar la mía.

El nieto: ¿Cómo así usted tiene bici, abuelo, dónde?

Umberto: Ahí en el patio. ¿Quiere que se la traiga?

El nieto: Uy, sí.

(Umberto sale un momento. Vuelve con una bicicleta de mujer. El nieto no puede evitar dejar escapar una sonrisa). 

El nieto: Okey.

(Tiempo).

Umberto: Estos flecos es cuestión de uno sacarle…

El nieto: No, igual yo… yo creo que voy a comprar una que ya había visto.

Umberto: ¿Y con qué plata la va a comprar?

El nieto: Pues… voy a vender el televisor que me regaló mi mamá y lo que me falte se lo pido prestado a un amigo.

Umberto: ¿A quién?

El nieto: A un amigo.

Umberto: Como quiera. Yo voy a hacer una vuelta.

El nieto: Ajá.

(Umberto sale. El nieto se queda inspeccionando la bicicleta. Le busca la vuelta, pero finalmente dice).

Nah.

(Suena su celular).

El nieto: ¿Aló?… Con él… Sí, claro que sigo interesado… ¿Ya mismo?… Bueno… Yo estoy interesado en trabajar en Empresas Rappi porque… eh… pues primero porque me gusta mucho montar en bicicleta y segundo porque soy joven y deportivo y siento que le puedo ser de gran utilidad a… pues al negocio, a la empresa… ¿Bicicleta? Sí, claro, tengo una VX…H… 500. Todo terreno. Con cambios… ¿Luxaciones? No. Amputaciones, tampoco… ¿Ya, listo?… ¿Mañana?… ¿Pero tengo que ir con la bicicleta?… Bueno, yo la llevo.

 

6. LA MEDALLA

 (Entran Víctor y Umberto).

 

Umberto: Pues, a ver… yo había pensado empeñarla… pero después dije, ¿por qué no vendérsela a Amparo, que a ella le encantan las joyas?

Víctor: Ah, sí, se muere.

Umberto: Esa medalla me la regaló a mí Margarita antes de morirse. Me dijo, “un día de estos que tengas una necesidad, la vendes”. Y el otro día me estaban ofreciendo dos millones de pesos. Yo dije que no, porque me habían dicho que estaba avaluada en cuatro. Yo dije, un día de estos hago una rifa. Y acá la tengo guardada… Dígale a Amparo que a tres. Eso a ellas…

Víctor: No, ni le va ni le viene.

Umberto: Acá está la cajita, vea, porque eso viene con cofrecito y todo.

Víctor: Míreme la belleza.

Umberto: Regia, ¿o no? La caja…

(Víctor tuerce los ojos).

Y espere a que vea el medallón pa’ que vea.

(Umberto abre la caja y se pone pálido enseguida).

Umberto: Pero esto…

(Mira a su alrededor).

¿Se habrá caído?

(Buscan).

Umberto: Caramba…

(Se agacha, se levanta, va de un lado a otro).

Umberto: No, es que no puede ser. Yo esa medalla la pulí antier.

Víctor: ¿Qué día viene la empleada?

(Umberto no responde).

Umberto: ¡Mijo! ¡Mijo, venga un momento! Este culicagado… ¡Chino! ¡Carajo!

(Entra El nieto). 

El nieto (entredormido): ¿Qué buscan?

Umberto: Mi medalla. Una medalla que yo tenía aquí en la mesita de noche.

El nieto: ¿Una medalla? ¿Como de atletismo?

Umberto: No, era una medalla así, como un camafeo que tenía una figura aquí en el medio.

El nieto: Ni idea.

Umberto: Acá está la cajita vea, estaba aquí dentro.

El nieto: Pero ¿cuándo se perdió?

Umberto: Pues no sé. Ahorita.

El nieto: Ni idea, ni idea.

Víctor: Llamemos a la policía. Miren, yo sé que la policía será muchas cosas malas, pero si hay alguien que toca llamar en estos casos…

(Umberto y El nieto se miran).

Umberto: NO.

(Tiempo).

Yo aquí no quiero más gente.

(Tranquilizándose).

Eso debe estar aquí en alguna parte. Yo lo que pasa es que me la paso moviéndola, que debajo del colchón, que en los bolsillos del traje, eso debe estar aquí metido en alguna parte. Espéreme abajo, Vïctor, yo hablo unas cosas acá con mi nieto.

Víctor: Nos vemos otro día.

Umberto: Eso.

 

 

7. INDICIOS

 (Umberto y Víctor toman cerveza en el garaje).

 

Umberto: Yo la guardaba con tanto celo…

Víctor: ¿Pero entonces él qué dice?

Umberto: Que no, y que no y que él no la cogió. Se pone bravo.

Víctor: Tan digno…

Umberto: Pero es que yo tampoco tengo pruebas…

Víctor: ¿Cómo que no, y haberlo visto esa noche en su cuarto cómo se llama?

Umberto: Se estaba echando perfume, Víctor.

Víctor: Diez años estuvo esa medalla en su mesa de noche, un día llega el chino ¿y la vaina se disuelve?

Umberto: Indicios…

Víctor: ¿Indicios?

Umberto: Sí, no son certezas.

Víctor: No me diga.

Umberto: Él esta semana se iba a comprar una bicicleta…

Víctor: Ajá…

Umberto: Para trabajar… ¿cómo se llama? En esa vaina que trabajan los muchachos por la tarde…

Víctor: Rappi…

Umberto: Eso. Yo le dije “yo le regalo mi cicla”. “Ay no”, me dijo, “es que es de señora”. Le dije, “bueno, le compro una pero entonces espere a que empiece el mes siguiente.

Víctor: ¿Eso cuándo fue?

Umberto: El miércoles.

Víctor: ¿Y la medalla se perdió…?

Umberto: El sábado.

Víctor: ¡Entonces no hay dudas!… ¿De dónde más va a sacar la plata?

Umberto: Ahí está la vaina. Él tiene una televisión que le regaló la mamá. La puso en venta.

Víctor: No me convence.

Umberto: Es que uno a una persona la acusa con indicios, pero no a un nieto. Con un nieto eso no alcanza, Víctor, entienda.

Víctor: Yo le tenía que haber advertido.

Umberto: ¿Qué cosa?

Víctor: A mí ese muchacho desde que lo vi no me dio buena espina.

Umberto: ¿Ah, no?

Víctor: No, señor. Pero como a mí me toca quedarme callada porque si no el doctor se pone bravo.

(Tiempo. Víctor no puede contenerse).

Yo digo que a ese chino hay que meterle presión a ver si todavía la tiene. Decirle: me va a tocar ponerle el detector de mentiras. Es la única forma, y a lo mejor termina echándola por ahí debajo de la cama.

Umberto: No, es que el que la sacó fue para algo.

Víctor: ¿Usted cree que ya la vendió?

Umberto: El que la sacó fue para venderla, no pa’ tenerla en el bolsillo.

(Tiempo).

Pensar que le van a dar cien, doscientos mil pesos…

Víctor: Pero hágame caso. Llame a la policía, que le peguen un buen susto. Eso sí, si lo descubren le toca echarlo.

Umberto: Yo no tengo corazón pa’ hacer eso…

(Pausa).

Víctor: Peor es tener un ladrón en la casa.

Umberto: ¡¡Ningún ladrón!!… Mi nieto.

(Tiempo).

Umberto: Yo lo que he llorado estos días no tiene nombre.

Víctor: Vea, mijo’, ese muchacho no se crio solo. El tiene una historia. El papá era igual. Las veces que le he oído contar a usted que su hijo le robaba la ropa, le vendía los zapatos, los cinturones, las chaquetas…

Umberto: ¿Pero es que uno entonces porque el papá sea una bestia, tiene que ser un animal también?

Víctor: Yo le tenía que haber advertido.

Umberto: ¡Advertido qué, hable!

Víctor: ¡Pues que ese chino es un ladrón!

Umberto: Y dele con eso…

Víctor: Si usted no quiere escuchar, no escuche…

Umberto: Usted sabe algo y no está queriendo decírmelo.

Víctor: Yo un día me encontré por casualidad con el otro abuelo.

Umberto: ¿don Lácides? ¿Dónde?

Víctor: El abuelo materno.

Umberto: Ajá.

Víctor: El hombre es gaitanista. Nos hemos cruzado una vez al mes hace por lo menos diez años. Yo no tenía ni idea que era el abuelo del chino. Pero resulta que un día pasó el chino por el galpón… a pedir plata, seguramente…

(Umberto lo sigue con la mirada).

Víctor: Entonces yo le pregunté a don Lácides y ese muchacho ¿quién es? “Mi nieto”, me dijo. Entonces lo invité a tomarnos a un tinto. Me dijo: “la mamá me lo dejó un tiempo… vivimos bien, tranquilos…” Hasta que un día se le desaparecieron unos tacos de billar y al hombre le tocó botarlo.

(Tiempo).

Duro. Esa vaina… Quién sabe que le habrá robado a la mamá… porque a uno si la mamá lo deja y lo abandona será por algo.

Umberto: ¡Vieja hijueputa!

Víctor: ¿Perdón?

Umberto: Lo que ha tenido que sufrir ese muchacho, primero con el papá y ahora que casi queda en la calle. ¿Y a usted le da la lengua pa’ acusarlo sin pruebas?

Víctor: ¿Pero es que qué más prueba quiere?

Umberto: Lárguese de mi casa.

Víctor: ¿Usted está hablando en serio?

Umberto: ¡Fuera!

Víctor: Vea que yo a usted lo busqué la última vez, lo perdoné, si yo me voy por esa puerta después no espere resarcimientos…

(Umberto levanta el teléfono y llama a la policía).

Víctor: Perfecto.

(Víctor se levanta dignamente y sin pronunciar una palabra sale. Umberto cuelga).

Umberto: ¿Cómo le parece esta vieja sinvergüenza? Yo sé que él no fue. Yo sé que él no fue. Estoy seguro. Esa medalla se perdió la noche que esa loca vino acá a jetiarse.

(Por la ventana, a Víctor).

Vaya y búsqueme la medalla. ¿O ya hizo negocio con ella? ¿Por qué la cambió? ¿O fue y se la regaló a uno de esos muchachos que se manda a traer del Centro?

(Cierra la ventana bruscamente. Los vidrios retumban).

No hay derecho. Dios mío. A mí por qué me tienen que venir estos problemas… yo tratando de hacer el bien… Fuera que yo tuviera malas intenciones, que alguna vez lo hubiera espiado, o que hubiera tratado de propasarme… Lo que sufrí con el papá y ahora tener que sufrir con el hijo… Eso no puede ser normal.

(Al darse vuelta descubre a El nieto en el umbral de la puerta).

Mijo. ¡Mijo, yo esta noche voy a hacer una fiesta acá en la casa! Voy a invitar a los amigos de su papá, ¿oyó? Así que esconda sus cosas. La caja esa de Rappi, escóndala. Los audífonos. La bicicleta. Yo me cansé de tener objetos personales. Que se lleven todo directamente. ¡Lo mío llévenselo todo, pero no toquen a mi nieto!

(Se desploma encima del sillón).

Copi, la lengua por venir

 Por: Pablo Farneda*

Fotos: Eva Perón y El día de una soñadora

 

En ocasión de los treinta años de la muerte de Copi, que se cumplen en diciembre, el Teatro Cervantes puso en escena dos de sus obras más emblemáticas, Eva Perón y El homosexual o la dificultad de expresarse, además de una puesta de El día de una soñadora (y otros momentos). Pablo Farneda, quien hace años investiga prácticas artísticas trans y queers, reseña estas obras, iluminando sus hallazgos pero advirtiendo, al mismo tiempo, como los cuerpos y la lengua de Copi son todavía intempestivos.


El Teatro Nacional Cervantes se atreve a una puesta doble de dos obras fundamentales en la dramaturgia de Copi: El homosexual o la dificultad de expresarse, seguida de Eva Perón, con dirección de Marcial Di Fonzo Bo. A este ciclo, que puede verse de jueves a domingos hasta el 9 de septiembre, se suma la puesta magistral El día de una soñadora (y otros momentos), adaptada y dirigida por Pierre Maillet e interpretada por Marilú Marini, que ha contado sólo con cuatro fechas y ha finalizado el lunes 7 de agosto.

Sin ser explícito, el “acontecimiento Copi” en el Teatro Cervantes puede pensarse como un homenaje a los treinta años de su fallecimiento, que se cumplirán el próximo 14 de diciembre. Y casi medio siglo después de estas escrituras, ellas siguen produciendo una desestabilización que no se amansa y no se domestica.

Por eso, tal vez, la puesta de sus obras no puede pasar desapercibida: genera controversias, debates, acusaciones de infidelidad y de traiciones a su “espíritu”, si es que algo así como un espíritu o un estilo pudiera reunirse y simplificarse en un nombre. Por eso la expresión “acontecimiento Copi” puede dar cuenta, tal vez, de esa heterogeneidad que habita los textos: estas obras no se parecen entre sí, cada una de ellas funda un mundo extraño y monstruoso en donde se sostiene, y que luego veremos desmoronarse por el solo placer del jugar. El engarce de las dos primeras obras, El homosexual… y Eva… resulta una apuesta interesante para brindar al público una muestra de este caleidoscopio.

 

La dificultad de abismarse

En El homosexual… asistimos, en principio, al conflicto entre una madre (interpretada por Juan Gil Navarro) y su hija Irina (Rosario Varela), que se niega a continuar tomando sus clases de piano. En el medio de la estepa siberiana, donde se ambienta la pieza, hará aparición la señora Garbo, la profesora en busca de su alumna, lo qu devela una relación amorosa entre ellas. En el papel de la Señora Garbo se despliega la actuación de Hernán Franco, quien sin dudas destaca por encontrar el punto para un personaje que, con un glamour animal, inventa y pierde constantemente sus rasgos de humanidad: una fiera a la caza en el medio de la estepa. En esta obra, los cuerpos y las identidades se deshacen y se recomponen solamente para volver a perderse. Como el propio director declara, “la ecuación parece ser: cuanto más se sabe sobre los personajes, más inestables se vuelven sus identidades”. Y efectivamente iremos, a lo largo de la obra, desconociendo sus rasgos, sus géneros y sus sexualidades, sus relaciones de parentesco y todo lo que declaren. Rosario Varela, en el papel de Irina, es quien forma el contrapunto perfecto para la señora Garbo, con una composición impecable de su personaje, convirtiéndose en el dúo actoral que sostiene la complejidad de la pieza. En esta trama el cuerpo de Irina es el límite para los deseos desbocados del resto, que se lanzan sobre ella y que ella resiste con distintas estrategias: desde un simple “¡No! ¡No quiero!” a la serie de incidentes extravagantes que soporta en su cuerpo (como cagarse, romperse una pierna o cortarse la lengua). Así, la huida del régimen totalitario ruso que estos personajes se proponen va tornándose complejo. El montaje escénico a cargo de Oria Puppo y el vestuario en manos de Renata Schussheim adquieren gran relevancia, permitiendo a los intérpretes desplegar en escena las variaciones y los desvaríos de sus cuerpos.

 

La Eva de las pieles

Por otro lado, la obra Eva Perón continúa en el 2017 y para nuestra sorpresa hiriendo susceptibilidades en ámbitos donde la figura histórica de Evita se considera “deshonrada en su vivo recuerdo” por la escritura de Copi. Esta producción, que data de 1969, vendrá a formar sistema con una serie de Evas travestis, villeras, malhabladas, como las que Perlongher compone, pero también con las apropiaciones que distintas artistas travestis y trans han realizado en los últimos años, como Susy Shock, Marlene Wayar y la performance de Charlee Espinoza Evita Die.

La pieza teatral de Copi ha contado con detractores desde un primer momento y es interesante observar que uno de sus rasgos más insoportables, desde su estreno en París en 1970, giró en torno a la interpretación de la figura de Eva en el cuerpo de un actor (Fernando Bo) travestido. Independientemente del gesto ofensivo que resultó para un sector del peronismo de la época la caracterización de Eva en base al relato anti-peronista (aunque, como señala Daniel Link, no fiel a ese relato), aquello que unificó a peronistas y anti-peronistas frente a la puesta de Copi estuvo directamente vinculado al travestismo.

La obra gira en torno al encierro de Eva en sus (supuestas) últimas horas antes de morir, junto a sus allegados, todxs enclaustrados: Perón, su madre, la Enfermera e Ibiza, su secretario (un personaje que encuentra resonancias en la figura de su hermano, Juan Duarte). Desde allí, desde el cáncer y desde el encierro, Eva digita la vida y obra de los demás personajes, disponiendo incluso los términos de su propio entierro, de su embalsamamiento, de su sepelio y hasta de su duelo. Mientras tanto pedirá a la enfermera, a quien donará sus pertenencias, que se vaya vistiendo, primero con sus vestidos, luego con sus joyas y su pelo, sólo para verla, sólo para verse. Así Eva es montada (y desmontada) independientemente del sexo de los cuerpos, varón o mujer. “Evita” aparece tanto en Eva como en la enfermera.

La interpretación aquí corre a cargo de Benjamín Vicuña, en una Eva que da más de lo que se espera, sosteniéndose en un trabajo actoral acertado en su expresividad, pero manteniendo un cuerpo todavía demasiado articulado para la máquina teatral copiana, que produce cuerpos siempre en vías de desarticulación. El excelente contrapunto vendrá de parte Carlos Defeo en el papel de su madre, robándose más de una vez las escenas y comprendiendo el humor corrosivo de la pieza. Juan Gil Navarro, en el papel de Ibiza, Rodolfo de Souza como Perón y Rosario Varela interpretando a la enfermera acompañan de manera acorde el despliegue. También aquí el vestuario será crucial para la construcción de la trama, y para la puesta en juego de todos los travestismos que la obra propone.

Marini 2

El heterosexual o la dificultad de expresarse

Otra cosa es el entreacto a cargo de Gustavo Liza, así como sus apariciones desenganchadas en el medio de la primera obra. Allí nos encontramos con un actor que hace de una travesti haciendo de Copi. Este entreacto tiene una pretensión humorística que no alcanza a realizarse, y en cambio se vuelve pedagógico y explicativo respecto del autor, su obra y su vida, como si hubiera, otra vez, que amansar la corrosión, la extrañeza y la incomodidad que producen los textos y los personajes. Continúo preguntándome por qué el travestismo y todos los cuerpos desestabilizantes como los que Copi producía, invocaba y convocaba en sus creaciones se mantienen tan prolijamente ausentes de estas puestas, como si todavía no tuvieran un lugar, como si algo de esta escritura no hubiera germinado aún, como si la lengua cortada de Irina nos anunciara una lengua aún por venir. Resulta llamativo que, otra vez, un actor actúe de travesti, existiendo en los escenarios argentinos (y no sólo porteños) tantas artistas y actrices travestis. Si es cierto que en la producción de Copi la identidad no es vocación, y no interesa justamente quién es travesti, también es cierto que Copi perteneció a una manada de borders, locas excluidas y auto-excluidas, homosexuales activistas y monstruos travestis, y bien podría homenajeárselo y honrarlo de una manera un poquito menos prolija.

 

Ella Copi

Como corolario, quién se lleva todos los laureles de este ciclo y un Teatro Cervantes a sala llena, aclamándola enteramente de pie, es Marilú Marini interpretando a Jeanne, personaje de El día de una soñadora, adaptada por Pierre Maillet, que incluye fragmentos del único texto explícitamente autobiográfico escrito por Copi, titulado Río de la Plata. Marini, acompañada por Lawrence Lehérissey en el piano, es capaz de desplegar una polifonía a través de la modulación de la voz, un gesto, una arruga de la cara o el movimiento de un dedo. El escenario, que pasa gran parte del tiempo de la obra despojado, se puebla de personajes no sólo por las voces en off de Difonso Bo y Maillet, sino por la sonoridad de los textos que la actriz lanza y relanza, entrando y saliendo, entre Jeanne y Copi. Marini, amiga de Copi en Francia, es capaz de encontrar el tono, siempre dislocado entre la emoción y la risa, entre lo macabro y lo tierno, a partir del cual armar la escena de la espera y de la cita que Jeanne tiene con la muerte. En el cuerpo de esta actriz el teatro recupera toda su potencia de verbo impersonal: el morir, el exiliarse, el volver, el partir, el desear, no tienen nombre ni apellido, son más bien la cifra del acontecimiento en donde perdemos nuestro nombre para recomenzar, para volver a realizar una tirada de dados. Una más. No sólo la lengua sino todo un cuerpo es lo que está aún por venir con el teatro de Copi.

 

*Pablo Farneda es Licenciado en Comunicación Social y Doctor en Teoría e  Historia de las Artes por la Universidad de Buenos Aires.