Ahora que sí nos ven

Por: Victoria Menéndez

Victoria y sus amigas recorren la muestra curada por Andrea Giunta, en la que se pueden apreciar obras de distintos artistas y donde intervienen todos los sentidos. Esta exhibición, que se lleva a cabo en el Centro Cultural Kirchner hasta el 30 de junio, rompe paradigmas y nos invita a ver el mundo con otros ojos, a escucharlo desde otras voces y a sentirlo con otros cuerpos.

Apenas uno entra a la exposición Cuando cambia el mundo, curada por Andrea Giunta, se enfrenta con 26 preguntas escritas en dos paredes. Escritas en la pared, algunas nos interpelan así:

¿Creen Uds. que el hecho de ser feminista es un inconveniente para triunfar?, ¿Creen Uds. que el trabajo de las artistas es específico?, ¿Puede el arte feminista estar hecho por artistas hombres?, ¿Condiciona la clase social de origen, la práctica y el reconocimiento en el caso de una mujer artista?

La cantidad de respuestas es variada y presenta un cuadro de opiniones más que completo. No todos los papeles pegados para responder responden directamente a alguna de las preguntas. Algunos tan solo tienen frases del tipo “Amor o nada”, “El feminismo me salvó la vida” o “Cupo laboral trans ya”. El espacio abre el juego al planteo de la actualidad a partir de esta base e invita a que cada uno, dentro o fuera de la muestra, pueda seguir en la propia búsqueda de interrogantes.

Fotografía Victoria Menéndez

Así empezó para mí la muestra Cuando cambia el mundo, que se lleva a cabo en el Centro Cultural Kirchner hasta el 30 de junio. La curadora de la muestra, Andrea Giunta, es profesora de Arte en la UBA, investigadora del Conicet y fue la curadora de la 12a Bienal de Mercosur que se tuvo que realizar de manera virtual. En esta oportunidad, Andrea nos presenta una muestra que nos invita a repensar el mundo después del año de emergencia sanitaria a nivel mundial desde una perspectiva feminista. Un año que nos llevó a replantearnos de forma colectiva y personal nuestra forma de vivir.

La primera sala que visitamos fue la de Esther Ferrer, una artista que sabe cómo hacernos pensar fuera de la línea de lo cotidiano. Lo primero que vimos fue la sala donde se presenta Entre líneas y cosas, en completo silencio. De las personas que estábamos ahí, ninguna tuvo que decir nada. En el centro de la sala hay un maniquí de una mujer con un cartel en la mano y, alrededor de ella, sillas vacías. La hoja que sostiene el maniquí es la denuncia de la cantidad de femicidios que se llevan a cabo desde que empieza la muestra hasta que termina.

Luego pasamos a la muestra de fotos donde la artista retrata el paso del tiempo haciendo el recorte de la foto en la mitad de su cara y pegando la otra mitad. Esther es una artista que juega con el cuerpo e invita a que juguemos con el nuestro. Se presenta también la muestra Íntimo y Personal, donde vemos cómo la artista se mide distantas partes del cuerpo con otras personas. Mientras lo realizaba, Esther permitía que cada uno hiciera lo que quisiera con esos números. Esther nos llama a apropiarnos de quiénes somos, dejándonos expresar lo que pensamos y poniéndolo en una pared para que todo el mundo lea.

Fotografía Sebastián Calfuqueo Con indicaciones de montaje

Cuando entramos a la segunda sala, lo primero que vimos fueron las fotografías de Buscando a Marcela Calfuqueo, que parecen hechas con un efecto de esos que te muestran cómo serías si tuvieras barba, pelo largo o el pelo de todos colores; en definitiva, cómo seríamos si no fuéramos quienes somos. Esta es la muestra de Sebastian Calfuqueo, Licenciado y Magister en Artes Visuales de la Universidad de Chile y parte del colectivo mapuche Rangiñtulewfü. En sus propias palabras, su obra se caracteriza por cuestionar de manera crítica el orden colonial y sus consecuencias dentro de las sociedades tanto indígenas como globales.

La obra Buscando a Marcela Calfuqueo nos muestra una serie de fotos que se tomó el artista con una amiga. Los dos tienen rasgos muy similares, tan similares que yo diría que podemos verlos casi idénticos. La diferencia con un efecto de aplicación es que, en esta oportunidad, ninguno cambió ningún rasgo de su cara. Sebastian solo se puso una peluca para simular tener el pelo más largo y nada más. La búsqueda por su feminidad, de acuerdo con su relato, se presentó a partir del encuentro con esta mujer, Mónica Monsalve, con quien al momento de conocerse, las similitudes en sus rasgos fueron lo que más les llamó la atención. Luego ella se convirtió en su amiga y, después de dos años, dejaron de verse,: ella desapareció de su vida. En la obra, dedicada en parte a ella y en parte a sí mismo, Sebastian Calfuqueo busca a su amiga tanto como a su propia feminidad.

Fotografía extraída del documento 2021 CCK Sebastián Calfuqueo

En su muestra, Sebastián analiza los límites de lo impuesto y lo aceptado. Presenta a las Costumbres de los Araucanos Gay, donde podemos ver cómo la religión fue la que impuso sus propias reglas y creencias sobre las de la comunidad araucana. El trabajo presentado es claro y conciso, una serie de preguntas extraídas de las reimpresiones del libro Confesionario por preguntas y pláticas doctrinales en castellano y araucano: según el manuscrito inédito del misionero franciscano Fray Antonio Hernández Calzada (1843). Estas preguntas, escritas en español y mapunzungun, tratan acerca de las costumbres y deseos sexuales y fueron pensadas para la confesión mapuche.

Sebastián Calfuqueo hace mucho hincapié en cómo se vive siendo parte de la comunidad mapuche, ya sea desde tener un apellido de ese origen o viviendo en comunidad. Con su obra Mirar, que tan solo muestran una parte de la cara de distintas personas, escuchamos un relato que habla por sí solo. De todos los relatos se recupera el trabajo de Sebastián por poner el poder valorar los orígenes en el lugar de importancia que se merece.

De la misma forma, en el trabajo fotográfico de A Imagen y Semejanza el artista imita dos fotografías de mujeres desnudas, una blanca europea y otra de rasgos más latinos, en la misma pose. Sebastián nos lleva a lo profundo de la búsqueda, donde parece no haber restricciones y entendiendo cuáles son los motores de su investigación. Una muestra donde la exploración personal supera todos los límites y nos lleva a preguntarnos quiénes somos nosotros mismos.

 Extraída del libro Estar Igual que el Resto de Paula Delgado Iglesias, epígrafe de la foto en el libro: Nicole Vieira y Sofía Fernández Noviembre 2018, Montevideo, Uruguay

Después entramos a un pasillo oscuro y nos indicaron que teníamos que ir hasta donde viéramos una luz y después doblar a la derecha. Como no veíamos nada, nos agarramos del brazo y caminamos un poco más lento. Los ojos no se nos acostumbraron hasta que pasó un rato largo. Llegamos a una sala donde las pantallas tomaban el protagonismo. De manera sincrónica, casi como si fuera una coreografía, se apagaba una pantalla y se prendía otra donde aparecía la silueta de una persona hablando. En la oscuridad escuchamos atentas, abriéndonos a una experiencia nueva y desconocida. Paula Delgado Iglesias, una artista uruguaya, nos presenta así a Estar igual que el resto, una obra que recopila los testimonios de personas no videntes sobre la sexualidad y cómo se vive este tema siendo no vidente. Una pregunta que nos abre un mundo de interrogantes y planteos. La respuesta es que, incluso sin ver y viviendo en un mundo hipervisualizado, donde todo pasa primero por los ojos, los estereotipos, la presión y los estándares canónicos de belleza, nos afectan a todos por igual.

Paula Delgado se caracteriza por investigar la mirada sobre el cuerpo y la sexualidad. Su último trabajo, Como sos tan lindo, consiste en una serie de fotografías de varones: la artista convocó a varones que se consideraran lindos. Sin embargo, la selección no la hacía Paula: la hacían los varones por sí mismos. Al estar ahí, Paula pudo observar que la mirada de cada uno sobre sí mismo dejaba de ser tan sólida. En definitiva, todos estamos expuestos y somos vulnerables ante las miradas ajenas. Ahora, ¿qué pasa cuando alguien no ve? En polos opuestos, llegamos a la misma conclusión. Todos estamos expuestos a los mismos parámetros. Parece que, solos o guiados por otros, todos estuvimos siguiendo el mismo camino.

En la sala de Joiri Minaya escuchamos que iba a empezar una canción y entramos. Abrimos la aplicación Shazam y buscamos lo que sonaba en el video: Siboney, que también, es el nombre de la obra. De ritmo alegre pero tranquilo, la canción va aumentando en tensión, acompañando lo que vemos en pantalla. Joiri Minaya, una artista dominicana y estadounidense, nos presenta un trabajo en dos partes. La primera de creación, la segunda, de destrucción. Vemos el proceso, acompañado de testimonios de la artista, de creación de un mural imponente de flores tropicales, con colores muy vivos. Rojo, verde, azul, detalles en celeste y blanco. Joiri Minaya prepara la tela donde va a pintar el mural, prepara los vinilos, los pega y los despega con distintos materiales, pinta, se sube a un andamio para llegar a las flores más altas. El mural es precioso, colorido, alegre. Nos lleva a un lugar de playa, de calor. Después la vemos a ella con un delantal blanco, el mismo que usó para pintar, mojándose con un vaso de agua todo el delantal. De a poco, sin apuro, hasta que el delantal queda todo mojado. En este momento la canción empieza a crecer en tensión. Joiri, de a poco, comienza a arrastrarse sobre su propio mural. La pintura parece derretirse y se transfiere todo al delantal, que se va poniendo cada vez más negro: en el arrastre no hay distinción de colores y todo se vuelve uno. Pasa el cuerpo entero, la cara, el pelo, las piernas. Hasta que está completamente llena de su propia pintura, se separa y se va.

Joiri Minaya derriba las estructuras, de lo propio y de lo creado con base en generalizaciones; cuando vemos flores de colores, todos pensamos en el verano. Nos invita a entender que siempre podemos volver para atrás, incluso si el camino recorrido fue largo. Volver a ver, borrar y romper para empezar de nuevo.

Por último, entramos a una sala imponente donde se presentaban tres cortos de manera sincrónica, repetidos casi sin pausas. Todo en esta muestra es hipnótico. Aline Motta nos lleva de viaje en su búsqueda personal de la historia de su familia, de su propia identidad. Preguntas del estilo: “si ellos me vieran, ¿podrían verse?” nos dejan completamente a merced del relato. Los cortos se presentan en una pantalla central que está escoltada por dos pantallas laterales que muestran las olas del mar en un movimiento suave y constante. Nosotras quisimos ubicarnos en el medio de la sala, nos parecía importante estar ubicadas bien en el centro para ver mejor. Aline nos va llevando en primera persona, una cámara fija sigue los movimientos y la voz en off relata.

Aline, en uno de los relatos, afirma que se siente blanca en Nigeria y negra en Brasil. Ni de un lugar ni de otro. La sensación de pérdida se siente, no solo por sus palabras, sino por las imágenes, por el mar que la rodea. La muestra de la artista se presentó en la Bienal de Mercosur y es una de las voces que Andrea Giunta eligió tanto en aquella oportunidad como en esta por su profunda reflexión sobre la memoria.

La pluralidad de relatos y experiencias, personales y universales, de la muestra, nos llevan a ampliar el espectro de análisis y cosmovisión de las problemáticas que han existido desde siempre y siguen vigentes hoy en día. Cuando cambia el mundo nos acompaña y nos lleva a pensar y reflexionar desde el arte en todas sus formas, apelando a la introspección, a los recuerdos, a pensar más allá de lo convencional, y nos permite jugar con los límites de lo imaginado. Andrea Giunta logra cambiar el canon, las preguntas no son las usuales: por ende, el planteo se amplía, crece. Nos anima a entender las problemáticas desde un punto de vista específico, sin perder la globalidad del planteo. Una muestra que rompe los paradigmas de lo ya visto, renueva y refuerza la pluralidad de voces y necesidades a ser atendidas.

Fotografía Cuando cambia el mundo, por Victoria Menéndez
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