Miyó Vestrini: indignación poética y canto a la muerte

Por: Andrea Zambrano

Imagen: Archivo Diario El Nacional, Venezuela.

Andrea Zambrano recorre la poética de la escritora venezolana Miyó Vestrini, cuyo aniversario de nacimiento se cumplió recientemente, el 27 de abril. Nacida en Francia en 1938 y radicada en Venezuela desde los diez años, la poetiza formó parte de la intelectualidad caraqueña de la década de los sesenta. Zambrano nos brinda una retrospectiva de su obra y los temas más relevantes frecuentados por Vestrini, entre los que se destacan la violencia política, la desmitificación del sexo y del amor, y la muerte como cambio y refugio.


Despierta poco antes del mediodía en aquella residencia oscura de El Paraíso, en Caracas, a la que había vuelto apenas unas pocas horas antes. Más tarde, y como de costumbre, Salvador la pasa a buscar para reunirse en alguno de esos pequeños bares de Chacao, el centro o Los Chaguaramos, a dar inicio a otra de esas constantes y febriles tertulias propias de la bohemia juvenil de esos años. Ella, maravillada con aquellas austeras cantinas, sedes por excelencia de aquellos encuentros nihilistas, pide la primera cerveza, enciende su cigarrillo, y, más que hablar, se dedica a escuchar con admiración garrafal a quienes serían sus iniciadores en la capital.

Miyó Vestrini nació en Nimes, Francia, el 27 de abril de 1938 bajo el nombre de Marie-Jose Fauvelle Ripert. Diez años después, parte a Venezuela junto a su madre, hermana y padrastro –de quien toma su seudónimo– dejando atrás los vestigios de las guerras europeas para hacer vida entre las ciudades de Betijoque, estado Trujillo, y Maracaibo, estado Zulia. No obstante, es en esta última ciudad donde finalmente se asienta la familia y donde Miyó se dedica a escribir sus primeros poemas de adolescencia. A mediados de la década de los cincuenta comienza a reunirse informalmente con un grupo de jóvenes proclamados “apocalípticos” y dispuestos a poner la ciudad “patas arriba”[1]. El movimiento literario del grupo Apocalipsis comenzó a forjarse en el garaje de la familia Vestrini y se convirtió en el centro de creación de un sinfín de escritos que se propondrían cuestionar la realidad opresiva del país bajo el régimen del entonces dictador Marcos Pérez Jiménez, a fin de hacer tambalear aquella estructura petrificada que era entonces la ciudad[2].

Fue quizá esta misma concepción de la realidad marabina lo que despertó la impaciencia e inconformidad en una joven escritora, a la que las ganas de vivir no tardarían en interpelar. Esa pretensión banal y adolescente, como ella misma señalaría años después, motivó a Vestrini a adentrarse en la convulsa y moderna Caracas de los sesenta. Intercambio de cartas, escritos y manifiestos, así como visitas al Zulia por parte de los integrantes del grupo literario Sardio (fundado en paralelo a Apocalipsis), le habrían ya acercado ciertas postales de una atractiva intelectualidad capitalina.

Una vez en Caracas, se instaló en la que recordaría como una adusta y sombría pensión ubicada al oeste de la capital. Desde allí, sería testigo y parte del nuevo contexto urbano que arropaba a la ciudad, reflejado en la modernidad de sus calles, la exaltación de los bares y la ociosa cotidianidad. Lo hizo de la mano de sus iniciadores, como ella misma los definiría: escritores, artistas plásticos, poetas, citadinos inquietos y rebeldes a la época convulsa y violenta que se vislumbraba con la llegada de los sesenta. Maestros expertos en el delirio imaginativo y el juego poético[3]: Adriano González de León, Rodolfo Izaguirre, Carlos Contramaestre, Domingo Miliani, Francisco Pérez Perdomo, Luis García Morales, Pancho Massiani, el Chino Valera Mora, Salvador Garmendia –quien, junto a Elisa Maggi, se convertiría en amigo íntimo de Miyó–, entre otros.

La Venezuela violenta de los 60

Cuando, una vez derrocada la dictadura perezjimenista, se vieron frustradas las expectativas de los sectores de izquierda[4], esta intelectualidad encontraría en la tertulia de los bares un canto de rechazo, un desafío a la oficialidad política y cultural que devino con la democracia representativa[5]. Debates sobre la necesidad de un arte de vanguardia, el cuestionamiento a la literatura blandengue, la gestación de “cadáveres exquisitos”[6], los descubrimientos de nuevos poemas, las encendidas discusiones entre adecos y comunistas[7], la fundación con cada trago de revistas nuevas, vanguardistas, informalistas, disruptivas y guerrilleras como fue el Techo de la Ballena. Esto ocurría con frecuencia en las tascas caraqueñas. Y Miyó estuvo ahí, escuchando al principio, opinando después, pero escribiendo siempre.

IX (del poemario El invierno próximo, 1975)

El país, decíamos
lo poníamos en las mesas
lo cargábamos a todas partes
el país necesita
el país espera
el país tortura
el país será
al país lo ejecutan
y estábamos allí por las tardes
a la espera de algún doliente
para decirle

no seas idiota
piensa en el país.

Desmitificando el sexo y el amor

De izquierda a derecha: Enrique Hernández D’ Jesús, Miyó Vestrini, Alberto Patiño, Adriano González León y Oscar Díaz Punceles. Archivo familiar. Fuente: https://letramuertaed.com/
En celebración del grupo La República del Este, con Luis García Morales y Pancho Massiani. Archivo familiar.
Fuente: https://letramuertaed.com/
En celebración del grupo La República del Este, con Caupolicán Ovalles. Archivo familiar.
Fuente: https://letramuertaed.com/

Entre el conglomerado de hombres que fuman y brindan mientras disertan sobre la realidad nacional o festejan la concreción de un nuevo proyecto literario, se la puede ver con sus lentes de pasta y su cigarrillo encendido, atenta, sonriente y participativa. Miyó Vestrini fue una de las pocas mujeres que para la época sobresalió dentro de una intelectualidad mayormente masculina, destacando por tematizar en sus poemas cuestiones de género transversales a la realidad socio-política de su época. Así, el malestar existencial que se desprende de la marginalidad social de su género puede verse evidenciado en una poesía que, a la vez que denota una dolorosa exploración de su realidad como migrante, se rebela contra la objetivación del cuerpo femenino y contra la normatividad romántica y conyugal del amor.

Las historias de Giovanna (fragmento, 1971)

Que nadie lo dude:

él amaba a Giovanna, después de una

          noche con ella

borracho,

inclinado sobre la cubeta,

dejándose sostener la cabeza por Giovanna

Giovanna con el vestido desabrochado y

 un solo zapato puesto

<ragazzo triste come me, ieri ti ho visto al

 bar>,

y ahora le tiembla el vaso en la mano

sobre el mostrador lleno de porquerías

él aún avergonzado de no haber podido

hacerle el amor a Giovanna

de haberla tendido desnuda sobre el piso,

tratando de penetrarla con gestos locos de

           alguien

que le ha pagado cuatro dólares a una puta.

Todo tiempo pasado en el sofá.
Esa manera de contemplarlo,
como si ambos estuvieran a punto de morir.
Nunca te vio, Giovanna, años más tarde,
tendida sobre la camilla
gimiendo a propósito con monotonía,
apretando la mano de la enfermera,
con aquella estupefacción en los ojos claros,
flores claras del continente,
sangre que huye desde el vientre,
último temblor de las ciudades visitadas alguna
        vez,
frágil,
concisa visión de los árboles que rondan,
    madre dulce para tocar y oler, gritaba,
¿qué habrá tras las montañas donde día y
    noche cantan los pájaros?

La espesura rutilante de este gozo (del poemario Pocas virtudes, 1986)

Unas veces,
es la mujer flácida y dormida,
la que espera.
Ajena a los tumultos,
duerme de costado contra la pared.
Sueña que no habrá otra noche igual:
nadie llegará de madrugada soplando alcohol
                                                       leche
                                                       sudor.
Sueña sólo lo soportable.
Otras veces
es el hombre quien espera.
Espera mujeres quebradas a palos
fortunas azarosas mientras lo abrazan fuerte.
Siempre alguien espera.
Pero dócil y singular,
unido a lo que comienza y muere al mismo tiempo,
conoce de antemano la espesura rutilante de este gozo.

No obstante, estos sentimientos de rabia, desencanto y cuestionamiento no quedaron expuestos únicamente en una retórica compleja. En el libro publicado posterior a su muerte (Salvador Garmendia: pasillo de por medio, 1994), que la consagra como escritora y periodista dentro del género de la entrevista literaria, Miyó Vestrini decide interpelar a quien sería por años uno de sus más íntimos amigos, para polemizar sobre temas relacionados con el sexo, los privilegios, la libertad y la desigualdad de género en la sociedad venezolana.

Fragmento de la entrevista publicada en el libro Salvador Garmendia: pasillo de por medio

MV: Insisto Salvador: ¿te calificarías como un machista?
SG: Digamos que he hecho uso de lo que esta sociedad otorga, sin pedirlo.
MV: Definitivamente, le huyes a la palabrita.
SG: No parece tonta, más bien, la realidad supera en crueldad al “machismo”, como postura más o menos ridícula. El problema es mucho más grave.
MV: ¿En qué sentido?
SG: El término machista supone una actitud histriónica, banal. Sucede que uno es un debilucho, todo un blandengue, pero al nacer recibe la 44 medalla de los privilegios. Estás destinado a tomar el mando en la sociedad donde todo está preparado para recibirte. Si eres un enclenque físico e intelectual, si no te sabes desempeñar por ti mismo, de todos modos, habrá un cuerpo de leyes que te ampara para entregarte el mando
MV: Entonces, ¿sería más apropiado el término “déspota”?
SG: Exacto.
MV: ¿Y tú no has ejercido ese despotismo?
SG: Existe. Está socialmente instaurado. Como el poder divino de los reyes.
MV: ¿Lo has ejercido o no?
SG: Seguramente sí, quizá sin mucho brillo por mi misma condición humana, por mi carácter, poco dado a las posiciones de mando. Por eso siento horror por la vida militar. ¿Qué quedará de mí después de que me quite el uniforme? Miraría hacia abajo y diría: ¿Por qué no lo tengo tan grande? Son insignificancias masculinas de las cuales no tienes idea; pero sé que unos centímetros más me hubieran hecho inmensamente feliz.
MV: Recuerdo que en la década de los años cincuenta cuando te conocí, eras casado y nunca salías con tu esposa.
SG: Seguía una costumbre que entonces me parecía natural, porque nunca había visto otra cosa: los hombres en la calle y las mujeres en la casa.
MV: ¿De verdad lo veías así, tan ingenuamente?
SG: Para mí no había otra forma de ser marido. Y cuando no era así, lo que se oía comentar era que el fulano o era un cornudo o un tipo singular.

Poesía como grito

La poesía de Vestrini es una poesía desenfadada, desgarrada, cínica. Es una poesía de lo vulgar en tanto sujeto disonante, desobediente, estridente. Miyó introduce en la poesía de su época una lengua provocadora que milita la arrechera[8] como estado de indignación y como grito impetuoso e inconforme contra la normatividad del deseo y el amor, el convencionalismo social, los males de la familia y la rutina.

XIX (del poemario El invierno próximo, 1975)

El cuello
hermoso y largo
doblado hacia las piernas
piensa
           las palabras los balbuceos el niño el mercado la oficina
           el atardecer los manotazos la cama el café el servicio
           el arroz la literatura el mercado el automóvil el ginecólogo
           las pinzas el éter los parientes el dinero los recibos
           el periódico la muerte la revolución el campo la cia
           los candidatos los ratones el i ching las pantuflas el
           rubor la crema de día la crema de noche el lavado el trago
           la espiral la muerte el mercado la vecina los golpes
           el teléfono las facturas la casa
                                             y grita.

A la narrativa sobre la realidad burocrática, ociosa y violenta que trajo consigo el crecimiento urbano de la ciudad de Caracas, Vestrini integra la desmitificación del sexo y el amor a través de un lenguaje cotidiano, directo y coloquial contrario a la lírica tradicional de la escritura femenina. Al poema Cómo camina una mujer (1971) de su amigo el Chino Valera Mora, respondería:

Té de manzanilla (del poemario Valiente ciudadano, 1994)

Mi amigo,
el chino,
escribió una vez sobre cómo se sientan
y caminan
las mujeres después de hacer el amor.
No llegamos a discutir el punto
porque murió como un gafo,
víctima de un ataque cardíaco curado con té de manzanilla.
De haberlo hecho,
le habría dicho que lo único bueno de hacer el amor
son los hombres que eyaculan
sin rencores
sin temores.
Y que después de hacerlo,
nadie tiene ganas
de sentarse
o de caminar.
Le puse su nombre a una vieja palmera africana
sembrada junto a la piscina de mi apartamento.
Cada vez que me tomo un trago,
y lo saludo,
echa una terrible sacudida de hojas,
señal de que está enfurecido.
Me dijo una vez:
La vida de uno es una inmensa alegría
o una inmensa arrechera.
Soy fiel a los sueños de mi infancia.
Creo en lo que hago,
en lo que hacen mis amigos,
y en lo que hace toda la gente que se parece a uno.

A veces nos quedamos solos
hasta muy tarde,
hablando de los gusanos que lo acosan
y del terrible calor que le entra todos los días
en esa arena y resequedad.
No ha cambiado de parecer:
un hambriento,
un desposeído,
puede sentarse y hacer amistad con Mallarmé.
Lautréamont nos acompañó una noche
y le dio la razón al chino:
la poesía debe ser hecha por todos.
Y llegaron los otros:
Rubén Darío mandando en Nicaragua,
Omar Khayyam con sus festejos,
Paul Eluard uniendo parejas de amantes.
Entre todos,
sumergimos al chino en la piscina, bajo la luna llena,
y se puso contento
como cuando tenía un río,
unos pájaros,
un volantín.

Ahora está arrecho otra vez,
porque le llevan flores
mientras trata de espantar a las cucarachas.
Quería que lo enterraran en Helsinki,
bajo nieves eternas.
Le dio la vuelta al mundo,
pasando por Londres donde una mujer lo esperaba,
y a su regreso,
tomó un té de manzanilla.
El,
que amaba tanto las sombras,
ya no pudo trasnocharse.
Lúcido y muy hipócrita,
tenía un miedo terrible a morirse en una cama.
Sé,
porque me lo escribió en un papelito,
que la frase que más le gustaba era de David Cooper:
la cama es el laboratorio del sueño y del amor.

Canto a la muerte

La muerte como cambio, como refugio, como salvación de una mujer desfragmentada, que escribió desde la hostilidad, la incomprensión y la soledad, es el eje del discurso poético de Miyó Vestrini. El primer suicidio es único es la frase irónica y desatinada con la que inicia uno de sus más crudos poemas, en donde se hace presente la idea del suicidio como idealización, pero también como fallo. Vestrini transforma en poesía la experiencia frustrada de la muerte y la indolencia del castigo moral que de ella deviene.

Zanahoria rallada (del poemario Valiente ciudadano, 1994)

El primer suicidio es único.
Siempre te preguntas si fue un accidente
o un firme propósito de morir.
Te pasan un tubo por la nariz,
con fuerza,
para que duela
y aprendas a no perturbar al prójimo.
Cuando comienzas a explicar que
la-muerte-en realidad-te-parecía-la-única-salida
o que lo haces
para-joder-a-tu-marido-y-a-tu-familia,
ya te han dado la espalda
y están mirando el tubo transparente
por el que desfila tu última cena.
Apuestan si son fideos o arroz chino.
El médico de guardia se muestra intransigente:
es zanahoria rallada.
Asco, dice la enfermera bembona.
Me despacharon furiosos,
porque ninguno ganó la apuesta.
El suero bajó aprisa
y en diez minutos,
ya estaba de vuelta a casa.
No hubo espacio donde llorar,
ni tiempo para sentir frío y temor.
La gente no se ocupa de la muerte por exceso de amor.
Cosas de niños,
dicen,
como si los niños se suicidaran a diario.
Busqué a Hammett en la página precisa:
nunca diré una palabra sobre tu vida
en ningún libro,
si puedo evitarlo.

Ya en sus primeros poemas, ideados quizá desde aquellos años de experiencias vitales que tuvieron lugar durante su estancia en París a fines de los cincuenta, marcadas por semanas de encuentros y desencuentros en aquel famoso hotel de la rue Cujas que le resultó tan productivo al mismísimo García Márquez; pueden vislumbrarse ciertas inquietudes y ansiedades por la idea de una muerte rápida, ligera, práctica:

XX (del poemario El invierno próximo, 1975)

La tristeza
amanece
en la puerta de la calle.
No en vano
he sido tan cruel,
no en vano
deseo
cada tarde,
que la muerte sea simple y limpia
como un trago de anís caliente
o una palmada cuyo eco se pierde en el monte.

Pero la octava fue la vencida. Los siete intentos de suicidio previos tuvieron su consecuencia final un 29 de noviembre de 1991, no sin antes dejar en orden y a la vista el manuscrito de lo que sería su próximo poemario, Valiente ciudadano, de donde deviene Testamento, uno de los versos en el que su deseo por la muerte se hace más evidente, y en donde el recuento de su vida y la deliberación sobre su propia desaparición se presenta como trámite resuelto. Un poema que, como a ella, lo encontramos quieto, inerte, concluso. Un poema listo para ser levantado, ordenado y leído.

Testamento (del poemario Valiente ciudadano, 1994)

Te preguntan,
¿a quién dejarás tus cosas cuando mueras?
Entonces miré
mi casa
y sus objetos
no había nada que repartir,
salvo mi olor a rancio.
Y la rata.
Ésa que permaneció hostil y silenciosa,
esperando que ocurriera.
Inútil darle de comer
y suavizar su cama con jabón azul.
La esperé cada
noche,
ansiosa de ver cómo sus largos bigotes
dejarán de esconder los
dientes puntiagudos y depredadores.
Allí estuvo,
mirada astuta
y silencio de esfinge,
esperando que mi sangre corriera.
Vana espera.
La muerte llegó de adentro
por primera vez, calmada y definitiva.
Escribí en la pared su nombre,
para que el último golpe de sol,
a eso de las diez de la mañana,
pusiera sombra en mi testamento:
“La rata no permitió que viera la primavera”.
Después de muerta
hice la lista.
Una cena en el mejor restaurante
para Ángeles y Carlos.
Mis libros, mis inéditos guiones para José
Ignacio.
Mis sueños para Ibsen.
Mi tarjeta Abra para Ybis.
Mi carro para Alberto.
Mi cama matrimonial para Mario.
Mi memoria para Salvador.
Mi soledad para la Negra.
Mis discos de Ismael Rivera para la Negra.
Mis poemas titulados “Granada en la boca” para la Negra.
Mi dolor de adolescente y madre, para Pedro.
Mis cenizas, para Ernesto.
Mi risa para Marina.
La noche anterior,
le había dicho a Ángeles y a Carlos,
si no puedo dormir,
escogeré la muerte.
El pernil de cordero estaba tan sabroso
que no me hicieron mucho caso.
Recuerdo que en una esquina de Chacao,
ella me abrazó y le dije,
el próximo viernes los invito yo.
Su cabello corto
y su felicidad por habérselo cortado,
me hizo entender que no era yo la apaciguada
madre de Carlos.
Apoyé mi mejilla sobre su hombro.
Fue algo de segundos,
pero sentí que con la tijera sobre su melena,
algo se había ido.
Algo que no llevaba su nombre,
rondaba ahora las noches de insomnios y alcohol
en el barrio de la familia.
Morirse deliberadamente,
requiere de tiempo y paciencia.
Evocas la muerte gratuita de un hijo,
cosa que a ti nunca te sucedió.
La pérdida de objetos
y el silencio de una casa devastada,
tampoco te sucedió.
El dedo feroz de un enemigo señalándote
como un ser despiadado.
Pasa pero no es mortal.
Dos partos,
diez abortos
y ningún orgasmo.
Una buena razón.
El silencio de tu compañero cuando le preguntas,
¿por qué ya no me quieres?
¿Qué hice?
¿En qué fallé?
Y luego el
recorrido por aquellos espacios silenciosos
y vacíos,
con tu presencia encorvada,
torpe.
Constatas que no hay jabón para lavar
ni favor para planchar
y a lo mejor
esas naranjas están podridas
Entonces recuerdas
una terraza a las siete de la mañana,
sobre el mar,
y alguien diciéndote,
le tengo miedo a las alturas
pero te amo.
Y luego,
el regreso a la ciudad
y la mazacumba de un hombre desnudo y alegre.
Piensas de nuevo en lo
deliberado.
No es azar.
No es venganza.
Es tu mano
de palma sudada,
tocando su muslo.
Remontando un poco más
y recordando el desasosiego de
tu compañero,
por la penumbra maloliente
de tu placer.
Siempre hay un antes
antes de morir.
Antes,
quiero comerme unos tortellinis a la crema.
O tomarme un trago de Tanqueray.
O que me abracen con manos fuertes.
O, como dice, Caupolicán,
que me pongan en presencia de Maiquetía,
la ciudad más hermosa de este país.
La deliberación entorpece la muerte.
Nadie,
que yo conozca
ha deliberado sobre su desaparición.


[1] Palabras de la propia Vestrini en Literatura: una gran mentira, entrevista literaria realizada al escritor venezolano Salvador Garmendia. Caracas, Ediciones Minci, 2018, p. 39.

[2] Ibídem, p. 41.

[3] Palabras de Salvador Garmendia, Ob cit., p. 28.

[4] Los partidos políticos Acción Democrática (AD), Comité de Organización Política Electoral Independiente (Copei) y Unión Republicana Democrática (URD), firman el 31 de octubre de 1958, luego de la caída de la dictadura perezjimenista, un pacto de gobernabilidad que excluyó de la dinámica política nacional al Partido Comunista de Venezuela (PCV) y demás fuerzas de izquierda del país, implantando un sistema de gobierno que por más de cuarenta años intensificaría la desigualdad social que azotaba a la nación.

[5] La caída del régimen dictatorial de Marcos Pérez Jiménez en el año 1958 y el surgimiento de la llamada democracia representativa a partir del año 1959, se constituyen como los hitos a partir de los cuales la producción literaria venezolana alcanzaría un importante auge dentro de la cultura nacional, plasmado en la construcción de proyectos narrativos significativos que se propondrían renovar el escenario artístico del país.

[6] Término que deviene de la corriente surrealista, y que en literatura hace referencia a la creación colectiva de textos.

[7] La izquierda venezolana de entonces estuvo protagonizada por dos principales partidos políticos: Acción Democrática (AD), socialdemócrata y de izquierda orientado al progresismo, y el Partido Comunista de Venezuela (PCV), de extrema izquierda y de corriente marxista-comunista.

[8] Término coloquial empleado mayormente en Venezuela y Colombia que hace referencia a una indignación violenta. Arrecho: dicho de una persona con apetito sexual, una persona iracunda, valiente.


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