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A propósito de #MeToo, cancel culture y las políticas de exhumación

Por: Analía Gerbaudo*

Las lecturas del presente al respecto del arte –y, en específico, de la literatura– vuelven a traer una pregunta largamente transitada por distintas tradiciones críticas: ¿se puede disociar la obra del autor? Esa pregunta es, también, el título del último libro publicado por la socióloga francesa, discípula de Pierde Bourdieu, Gisèle Sapiro. Aquí, Analía Gerbaudo* reconstruye las reflexiones de la socióloga sobre los límites de la autonomía del campo literario respecto de la moral y de la ideología, y de la responsabilidad de lxs escritores frente a su obra. El recorrido trazado por Gerbaudo ilumina los modos en que Sapiro interviene para llamar la atención sobre la construcción de figuras de escritor y de obras que se valen del odio como marca distintiva. El texto de Sapiro “Traición nacional: los juicios de depuración”, que Gerbaudo introduce aquí, se inscribe en el marco de esas reflexiones.


¿Se puede disociar la obra del autor? Esta pregunta, usada como título en el último libro publicado por la socióloga francesa, discípula de Pierre Bourdieu, Gisèle Sapiro (de próxima aparición en español con traducción de Violeta Garrido), atravesó sus investigaciones desde 1999 hasta el presente. Si en Las reglas del arte, Bourdieu se interrogó respecto de la “autonomía relativa” del campo literario francés frente a las constricciones del mercado, en 2011, en su monumental La responsabilité de l’écrivain. Littérature, droit et morale en France (XIXe – XXIe siècle), Sapiro volvió sobre el mismo campo para interrogar los límites de su autonomía respecto de la moral y de la ideología: “La historia estructural pone en relación los factores de transformación del espacio social (demografía, economía, escolarización, etc.) con la evolución de los diferentes campos que lo componen; aquí, el derecho y la literatura”, aclara Sapiro en la “Introducción” a ese monumental trabajo de archivo que, vía el estudio de juicios célebres (entre otros, a Béranger, Courier, Flaubert, Baudelaire, a los intelectuales colaboracionistas) hace trastabillar no solo la fantasía de que el escritor “pueda decirlo todo” sino también el mandato de que “deba decirlo todo”. Según las morales de la época, el silencio es sancionado tanto como el exceso, si bien el primero no está asediado por el fantasma de un proceso penal, aunque sí por la condena simbólica.

Sapiro advierte que estas tensiones alrededor del rol social del escritor, de sus deberes y de sus derechos que se expresan en los defensores del “arte por el arte”, por un lado, y en los del arte “comprometido”, por el otro, se ponen de manifiesto en los juicios contra los “hombres de letras”. A esto obedece que su investigación haga foco en estos episodios. En la síntesis de esta investigación adaptada al formato de libro cartonero retoma especialmente los juicios a los colaboracionistas (ver Castigar la violencia de las palabras. Los juicios a los intelectuales franceses al final de la Segunda Guerra Mundial disponible en línea en acceso abierto a partir de setiembre de 2021-).

Esta investigación se conecta con una previa: en La guerre des écrivains 1940-1953, Sapiro habíaescudriñado las tensiones del campo literario francés durante la ocupación alemana. Pero además se expande en otra más reciente: en Les écrivains et la politique en France. De l’affaire Dreyfus à la guerre d’Algérie, atendió al “fenómeno de repolitización del campo literario contemporáneo de derecha como de izquierda”. Su examen crítico de las relaciones entre los campos literario y político franceses se quiere una intervención en la lectura del presente. Su análisis no se detiene en los años de las luchas de Argelia por su independencia (es decir, va más allá de lo anunciado por su título) y alcanza textos recientes. Por ejemplo, muestra cómo frente al “racismo de clase” y al “racismo de la inteligencia” en De l’antiracisme comme terreur littéraire o Éloge littéraire d’Anders Breivik de Richard Millet, frente al “racismo chic” de Michel Houellebecq, frente a la “defensa” de la “identidad francesa” y europea por Renaud Camus hay escritores como Jean-Marie Le Clézio y Annie Ernaux que usan su capital simbólico para responder a estos embates. Vale la pena reponer ante qué se alerta Sapiro y por qué analiza estos casos. Por tomar el más emblemático: el de Renaud Camus. Un autor que elabora una pseudo-teoría sobre los flujos migratorios que, bajo el nombre de “gran reemplazo” (título del libro donde desarrolla esta “noción”), describiría la modificación de la población francesa, encaminada hacia la “deculturación” debido a la preponderancia de una creciente migración extraeuropea. Sobre la base de estas ideas, Camus cofundó y preside desde 2017 el Consejo nacional de la resistencia europea bajo el eslogan “Viva la Francia libre. Viva la civilización europea”. Esta “apropiación abusiva de los símbolos de la memoria colectiva” (entre ellos, los de la “resistencia”), y su desplazamiento hacia el arco político opuesto es leído por Sapiro como una señal de alerta junto a otras: el “elogio” por parte de Millet a Breivik que había masacrado a más de 77 personas en Noruega en nombre de la “civilización europea”, los gestos de Houellebecq contra los movimientos feministas, antirracistas y multiculturalistas que son algo más que la pose de un “maldito” del hasta no hace muchos años sacralizado campo literario francés. “Que Houellebecq sea un gran escritor a los ojos de la tierra entera no me obliga a mirar para otro lado ante su evidente racismo”, señala Abdel-Illah Salhi a propósito de su controversial novela Plateforme.

Si hasta aquí, y específicamente sobre esta línea de intervención (sus proyectos abarcan otros temas como la circulación internacional de las ideas, la traducción, el papel de los agentes literarios en la fabricación de un autor y de una obra, los festivales de literatura), sus trabajos se recortaban sobre Francia, en su último libro, Peut-on dissocier l’œuvre de l’auteur?, espacio y tiempo se diversifican. Se trata de un trabajo que vuelve sobre la autonomía relativa de los campos y sus espinosas zonas de contacto. Como bien lo expresa en sus páginas iniciales, este “ensayo” se sostiene en sus investigaciones previas, pero para hacer foco sobre el presente: la cuestión de la “responsabilidad” de los “mediadores culturales” emerge con fuerza no solo ante las violencias y abusos de poder que desocultan redes como #MeToo sino también frente a un contexto transnacional marcado por los discursos de odio como nueva “marca de distinción”.

Así, frente a la “cultura de la cancelación”, Sapiro interpela a la exhumación responsable y al análisis atento de los poderes y de los campos que se intersectan al contribuir a “fabricar” obras y figuras de autor en situaciones controversiales. Los casos que analiza son reveladores. Entre otros: el rol de Günter Grass y de Hans Robert Jauss en las SS y las secuelas de ese pasado, el hallazgo de los textos pronazis de Paul de Man escritos en sus años de juventud, la reedición “edulcorada” en 1976 de Los escombros (el “virulento panfleto antisemita de Lucien Rebatet”), la decisión de incluir a Charles Maurras y a Céline en la edición 2018 del Livre des commémorations nationales, la compleja relación entre autor y personaje en las letras del cantante de rap Orelsan acusado por varias asociaciones feministas de incitación a la violencia contra las mujeres (ver, por ejemplo, la letra de “Sale pute”, uno de los textos en cuestión), los pasajes antisemitas y homofóbicos del diario escrito en 1994 por Renaud Camus y finalmente retirado de circulación, los juicios a escritores colaboracionistas, la performance Exhibit B de Brett Bailey quitada de la programación del Barbican Center de Londres después de la importante movilización impulsada por la consigna “Boycott the Human Zoo”.

Esta lista incompleta permite inferir un diagnóstico:“Las dos posiciones extremas, la identificación completa o la separación completa entre la moral del autor y la moral de la obra encuentran adeptos por doquier”. No piensa desde allí Sapiro.

Más allá de la interpretación de cada caso, importan sus derivas en términos de políticas de exhumación y de agencia: lejos de defender la lógica de la “cancelación”, encuentra en la revisión de estos textos y en su estudio una posibilidad de ejercer una lectura crítica del pasado y de sus huellas en el presente en función de intervenir críticamente en la discusión del estado de las cosas. Su texto ratifica la importancia de las ciencias humanas y sociales en la reflexión sobre “las formas de violencia simbólica que se ejercen en nuestras sociedades” a partir de producciones de los campos artísticos, intelectual y literario con la “complicidad” de poderes entre los que se destacan los provenientes de los campos judicial y mediático. Para mostrar esta complicidad, Sapiro analiza dos casos en contraste.

Por un lado, el de Peter Handke. Un autor que ni hace “apología de la violencia contra minorías estigmatizadas” ni “ha incitado al odio contra personas en virtud de sus orígenes, su religión, su género o su orientación sexual”. Sapiro contrasta las críticas que recibió cuando la academia suiza le otorgó el Premio Nobel de literatura en 2019 dada la posición que había asumido, entre otros lugares, en su libro Un viaje de invierno a los ríos Danubio, Sava, Morava y Drina, o justicia para Serbia, con el caso del “escritor pedófilo Gabriel Matzneff” cuyos escritos “legitiman y normalizan” una “conducta privada chocante y reprensible”.

Vale la pena revisar los archivos preservados por el Institut National de l’Audiovisuel (INA) y domiciliados en Internet: durante una entrevista televisiva que tuvo lugar en 1990, Matzneff expuso las razones de sus preferencias sexuales. Cualquier descripción se quedará corta frente a la contundencia de la escena. Hay tonos, risas cómplices y risas complacidas así como gestos de reprobación que solo pueden reponerse viéndolos. La secuencia en la que Bernard Pivot, el conductor del programa, describe a Matzneff como un “coleccionista” de jóvenes mientras lee pasajes de sus textos que ratifican esta figuración choca con la reacción solitaria de la escritora canadiense Denise Bombardier (una actitud ostensible desde la nada complaciente expresión de su rostro hasta sus terminantes argumentos) resiste cualquier adjetivación que le haga justicia. Sapiro envía a estos y a otros materiales de archivo que complejizan el análisis de los costos derivados de una toma de posición que no se acoge a las pautas naturalizadas en un tiempo y en un espacio puntuales. Por seguir con el ejemplo de Bombardier: “mal cogida”, le dijo Philippe Sollers ni bien finalizada la emisión televisiva. Hablamos del director de la colección L’infini en la que Matzneff había publicado y siguió publicando sus diarios para la prestigiosa editorial Gallimard (el último, datado en 2019: como se advertirá a continuación, las fechas importan). Más allá del mal momento, el episodio será el más explícito de una serie más difusa: cargarse a aquel bien amado de la prensa y los medios literarios franceses dificultó la difusión del trabajo de Bombardier en París.

La política de exhumación que Sapiro despliega va a contrapelo de la conformista y resignada asunción de que entonces “las cosas eran así”. Su estudio examina las tomas de posición de los medios de comunicación, de otros escritores y escritoras, de responsables de editoriales y también de víctimas como Vanesa Springora que le responde a Matzneff desde el mismo terreno desde el que él jugaba: la escritura avalada por los capitales simbólico y social acumulados (en su caso, como directora de Éditions Julliard). En su reciente libro Le consentement, Springora realiza un doble movimiento: mientras discute que pueda aplicarse esa figura a una relación sexual entre un adulto y un menor, denuncia la complicidad de quienes desde diferentes espacios decidieron mirar para otro lado, concretamente, a propósito de Matzneff. Luego de la publicación de este testimonio, de sus declaraciones públicas y de la repercusión del “affaire” así como del anuncio de una investigación judicial sobre abuso sexual de menores, Gallimard retiró de la venta los diarios de Matzneff.

Por contraste con este caso, Sapiro lee en la polémica desatada alrededor del Nobel otorgado a Peter Handke las resonancias y los costos del “verdadero compromiso” asumido por un escritor contra “la ideología dominante” (206). Handke “no ha defendido el nacionalismo serbio, como se le ha reprochado sino que ha lamentado el desmantelamiento de la ex-Yugoslavia” y ha denunciado los intereses de las potencias occidentales tanto en la representación mediática de esa guerra (Un viaje de invierno a los ríos Danubio, Save, Morava y Drina o justicia para Serbia) como en el proceso judicial alrededor de los crímenes cometidos durante ese enfrentamiento (Alrededor del gran tribunal).

La importancia de estas investigaciones, aquí y ahora, se revela ante otra de sus alertas: Sapiro advierte la construcción de figuras de escritor y de obras que se valen del odio como “marca de distinción” (188). Un fenómeno sobre el que llama la atención mientras convoca a multiplicar análisis como los que “ensaya”, a modo de ejercicio de la “responsabilidad” intelectual (231). El texto de Sapiro que se incluye en este dossier, traducido por Jimena Reides y revisado por Daniela Dorfman, se inscribe en ese programa animado por las fantasías de intervención que, someramente, intenté reconstruir.

*Analía Gerbaudo enseña Teoría Literaria en la Universidad Nacional del Litoral. Es investigadora del CONICET. Dirige la editorial Vera cartonera y la revista El taco en la brea.

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