Nostalgia de mar: entrevista a Marcial Gala

Por: Nahuel Paz y Carlos Romero

Marcial Gala (La Habana, 1965) es un escritor cubano contemporáneo, pero esa referencia geográfica y temporal de ninguna manera lo vuelve un autor fácilmente ubicable. En su literatura –que ha recibido múltiples premios y reconocimientos– opera un corrimiento que hace que lo insular de lo cubano sea, también, lo singular de lo cubano. “Como si no fuera solo el agua del mar lo que nos rodea y nos separa del resto de Latinoamérica. Como si siempre llegáramos tarde a todo, a pesar de que por un momento parecía que estábamos llegando más temprano”, plantea Gala, quien desde 2016 vive en la Argentina. Incluso, considera que con su propia escritura busca “una especie de sanación” para ese devenir histórico de su país, “un darle respuesta a cosas que nunca ocurrieron”.

Su obra, retomando a Virgilio Piñera, trabaja sobre Cuba como una “maldita circunstancia”, una isla demorada en el Caribe, pero al mismo tiempo da testimonio de la potencia y la vigencia de su literatura. Por ejemplo, en Rocanrol (2019), una novela sobre la revolución, ese momento tantas veces contado se aborda desde un lado poco frecuente: el de la música, un matiz que también aparece en uno de los primeros libros del autor, Sentada en su verde limón (2004). Otro tanto ocurre en La catedral de los negros (2012 y 2015), que expone alguno de los “períodos especiales” de la isla, los de grandes carencias, desde un registro que bordea lo fantástico (con apariciones incluidas) y donde la hambruna se manifiesta hasta el extremo del comercio de carne humana. De la misma manera, es decir, de forma insular/singular, Gala puede contar la guerra de Angola en Llámenme Casandra (2019), a través del personaje de Rauli, un joven soldado que cumple con sus obligaciones revolucionarias pero que también es Casandra, la sacerdotisa, la profetizadora a la que nadie le cree sus vaticinios. Rauli/Casandra, quien soportará la “circunstancia” de su muerte, próxima e inevitable, como símbolo de agotamiento, de derrota, de nostalgia.

Esos dos elementos, el mar –que para Gala, al chocar contra la roca, crea “la melodía cubana”– y la nostalgia, guían esta entrevista que el escritor brindó al programa Socios a la fuerza, emitido por radio La Ciudad de Ituzaingó y conducido por integrantes de la Maestría en Literaturas de América Latina de la UNSAM, donde también contó detalles de su próxima novela y dio su mirada sobre la escena literaria argentina y el momento político y social de la isla.


– Sos un escritor cubano que vive en la Argentina desde 2016. Con la experiencia que te da ese tiempo transcurrido en el país, ¿qué opinión o qué mirada tenés sobre la escena de la literatura argentina?

– Admirativa, ante todo, porque me doy cuenta de que es de las literaturas más serias que se hacen en lengua española, con mucha complejidad y muchos escritores que tratan temas actuales y lo hacen de muy diversas maneras. Hay algunos que son muy populares, que hacen una literatura que llega a un gran público, y otros que escriben con una formalidad exquisita, escritores para escritores. La literatura argentina tiene muchas capas, es muy compleja.

– Habrá mucha gente muy contenta con tu respuesta.

– Lo digo honestamente. La Argentina es uno de esos países donde se admira la labor literaria, y aunque a veces se demore el reconocimiento para diversos autores o falte el dinero, que siempre hace falta, es un país muy propicio para el arte literario. Y eso pasa en Buenos Aires, y lo digo porque hace tiempo que estoy acá, pero también en otras ciudades del interior.

– Hay un imaginario sobre Cuba, bastante extendido, vinculado a la idea de lo caribeño, con la playa, el calor, el mar. Y si bien esto es algo que está muy presente, por ejemplo, en tu novela Sentada en su verde limón, y también un poco en Rocanrol, tal vez es algo que se pierde en el resto de tu obra. ¿Coincidís con esta lectura?

– Hay algo en esas dos novelas, sobre todo en Sentada en su verde limón, que la hice inmerso en una ciudad que a uno le parece más mar que piedra, como es Cienfuegos, una ciudad muy marinera. Quizás por eso, entonces a uno le parece que el mar está como en una presencia implícita. En Cuba, siempre el mar es algo que choca contra la roca y es lo que crea la música nacional. La melodía cubana es este chocar del mar contra la roca, y quizás en Sentada en su verde limón no lo echaba tan de menos, porque es una novela de 2004. En cambio, en Rocanrol, que aunque la terminé aquí la empecé en Cuba, el mar está menos presente, aunque hay uno de los personajes que es un nadador, pero un nadador de piscina. Si bien también tiene una plantación de marihuana por la que tiene que nadar para ir a sembrarla, ahí el mar es un vehículo, sobre todo. Pero en Llámenme Casandra, que es la primera novela que escribí totalmente en la Argentina, el mar sí es fundamental en la nostalgia de esta chica, de Casandra, que a la vez es Rauli, el soldado cubano. La novela empieza con el personaje mirando el mar, y me doy cuenta de esa nostalgia que uno siente cuando está lejos de él. Además, el mar es olor, es sabor en la boca, al menos en mi caso, que nací en la Habana Vieja, muy cerca del malecón, y después me mudé a una ciudad marinera. Como si fuera poco, todos los deportes que practiqué fueron deportes marineros. Por lo cual el mar es muy importante en mi vida, y yo nunca sospeché que iba a pasar unos cuantos años fuera de él. Aunque es como que lo tengo dentro, y cuando me llega la noche, muchas veces sueño que estoy navegando o que estoy nadando, porque por mucho tiempo todo lo que me pasaba, me pasaba en el mar.

– Nombraste a la nostalgia y esa puede ser otra forma de pensar tu obra. En Rocanrol, en Llámenme Casandra, ambientadas en el pasado inmediato, y también en La Catedral de los negros, hay algo nostálgico, por ejemplo, en el abandono de la catedral, de su construcción. Hay en tu obra algo así como una alegría triste, ¿ese también puede ser un rasgo propio de la literatura cubana?

– Debe haber mucho de nostalgia y también de la cuestión de la negritud. Siempre se ha dicho que el negro, cuando está alegre, llora, y cuando está triste, ríe. Una especie de dicotomía, y un país como Cuba, que aspiró a tanto y obtuvo tan poco, no por un determinado fracaso de estos últimos años, sino siempre. Uno de nuestros grandes escritores, Lezama Lima, decía que Cuba tenía sus catedrales en el futuro. O sea que, como quedó al margen de las grandes catedrales del barroco, no tenía esa arquitectura de la que enorgullecerse, que en cambio iba a estar en el futuro. Entonces, en la misma construcción nacional del país cubano hay una tristeza. Fue el último país que se libró de la esclavitud y fue el último también en obtener la independencia de España. Era como si siempre llegara tarde a alguna parte. Pero fue el primer país en tener muchas otras cosas después de que se hizo la revolución, y un poco antes también, con la Constitución del 40, que fue la más adelantada de América. Sin embargo, ahora todo este proceso de discusión de nuevas masculinidades, de nuevas maneras de entender la democracia, que está tan presente en América Latina, en Cuba está un poco retrasado. Te das cuenta de que, por ejemplo, expresiones sociales y culturales, como el Movimiento San Isidro, que está ocurriendo ahora, están muy condenadas por el gobierno cubano. Y esos tipos de movimientos, para bien y para mal, florecen mucho acá. A mí, que soy cubano, pero que también me enorgullezco de vivir en la Argentina, me pareció muy placentero ver todo lo que se generó en relación a la legalización del aborto. Eso da cuenta de que las personas son capaces de expresar sus deseos y de luchar por ellos. En Cuba eso es una asignatura muy pendiente, porque todavía el gobierno se opone mucho a los que disienten, y eso hace que hasta en eso estemos atrás de nuevo los cubanos. Entonces, quizás por eso la literatura cubana está teñida por esa sensación de la singularidad, que es a veces mucho más que el hecho de ser una isla. Es la sensación de estar un poco atrás de los movimientos sociales de Latinoamérica, a la que todavía no acabamos de integrarnos. Es lo que Virgilio Piñera, un gran escritor cubano que vivió en la Argentina, llamaba “la maldita circunstancia del agua por todas partes”. Como si no fuera solo el agua del mar lo que nos rodea y nos separa del resto de Latinoamérica, sino también una especie de manera distinta de lo cubano, que es como si siempre llegáramos tarde a todo, a pesar de que por un momento parecía que estábamos llegando más temprano. Es una cosa un poco compleja.

– ¿Venís trabajando en un nuevo libro?

– Sí, terminé una novela que se llama Pies descalzos. Todavía le estoy dando los últimos toques. Es una novela ambientada en el siglo XIX, que trata de establecer un diálogo con El reino de este mundo y El siglo de las luces, las dos grandes novelas de Alejo Carpentier, y que eran como una mirada al mundo de la negritud a partir de un hombre blanco, con una educación europea. Y yo quiero invertir esta cuestión, ¿no?, invertir el reloj de arena, y entonces la mirada es hacia el mundo de la gente blanca a partir de un hombre negro. También tiene mucho que ver con una especie de sanación que caracteriza a mi obra, un darle respuesta a cosas que nunca ocurrieron en Cuba. Por ejemplo, nunca hubo una sublevación de esclavos que fuera victoriosa y en mi novela sí la hay. De pronto, hay un palenque de esclavos, un “quilombo”, como se dice aquí, que resulta triunfador. Además, es quizás una novela de un gótico caribeño, por llamarlo así. En mi obra, la parte fantástica siempre está de soslayo. Sin embargo, en esta novela, la parte del horror, del terror, sobre todo de lo fantástico, es lo que prima. La historia se desarrolla en una hacienda, donde está la esclavitud y se da la discriminación racial, pero es una novela muy gótica.


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