DIARIO: PANTHERS EN ARGEL

Por: Elaine Mokhtefi

Traducción: Julieta Chinchilla

Imagen: Stokely Carmichael, quien fuera jefe del Student Nonviolent Coordinating Committee y del Black Panther Party, debate con Elaine Mokhtefi durante su visita a una granja autogestionada en las afueras de Argel, el 11 de septiembre de 1967. Fotografía de KEYSTONE-FRANCE/Gamma-Rapho.

La activista, traductora y escritora Elaine Mokhtefi, de origen judío, nacida en Nueva York y nacionalizada argelina, concentra en este artículo* algunas de sus memorias en torno a las presencias del Black Panthers Party en la Argelia de los sesenta y setenta del siglo XX. La traducción de Julieta Chinchilla nos acerca esta singular y fascinante intervención a través del Núcleo de Estudios sobre África y sus Literaturas para reflexionar sobre flujos y obstrucciones del internacionalismo de los procesos anticoloniales del período. El artículo funciona como adelanto del libro de memorias Algiers, Third World Capital: Freedom Fighters, Revolutionaries, Black Panthers (2018), que pronto también contará con una traducción al español a cargo de la propia Chinchilla.


En 1951 dejé Estados Unidos para irme a Europa. Estaba trabajando como intérprete y traductora en las nuevas organizaciones internacionales del mundo de postguerra: agencias de la ONU, órganos sindicales, estudiantiles y asociaciones juveniles. Mi plan era hacer un pequeño viaje a Francia, pero terminé quedándome por casi diez años. Para cualquiera que viviera en París en aquella época, la guerra de Argelia era un tema ineludible ¿Por quién tenías simpatías? ¿De qué lado estabas? En 1960, en una conferencia internacional de la juventud en Accra, Ghana, entablé amistad con los dos representantes argelinos: Frantz Fanon, embajador itinerante del Gobierno Provisional de la República Argelina y Mohamed Sahnoun, del movimiento estudiantil argelino en el exilio. Después de esa conferencia volé a Nueva York, donde me encontré con Abdelkader Chanderli, jefe de la “oficina argelina” en esa ciudad (nombre por el que era conocida la misión argelina “no oficial” en la Organización de Naciones Unidas). Chanderli me invitó a formar parte de este equipo, que tenía por objetivo convencer a cada vez más países miembros de la ONU para que apoyaran la independencia de Argelia.

En 1962, cuando la independencia fue declarada, viajé a Argelia. Las vacantes generadas por cerca del millón de colonos blancos que huyeron del país significaron una oferta de puestos de trabajos en todos los ministerios y sectores de gobierno. Más pronto de lo que esperaba, me encontré trabajando en el equipo de prensa e información del presidente Ben Bella. Allí recibía a periodistas extranjeros, programaba citas y entregaba información a los reporteros de Europa y Estados Unidos que llegaban al país. Incluso aprendí a falsificar la firma de Ben Bella para sus admiradores. Me quedé en el país luego del golpe de Estado que puso en el poder a Huari Bumedián en 1965. Había hecho de Argelia mi hogar. Era feliz con mi vida y mi trabajo en la prensa nacional.

En 1969, los eventos dieron un giro extraordinario. Era tarde en la noche cuando recibí un llamado de Charles Chikerema, representante de Zimbawe por el partido de la Unión del Pueblo, uno de los tantos movimientos de liberación nacional que tenían una oficina en la ciudad de Argel. Chikerema me contó que el Black Panther Eldridge Cleaver estaba en la ciudad y necesitaba ayuda.

Era junio. Lo recuerdo muy claramente. Puedo verme caminando por una calle lateral – entre la Casbah y el sector europeo de Argel–, hacia Victoria (un pequeño hotel de tercera categoría). Subí cuatro pisos por la escalera y golpeé. La puerta se abrió y ahí estaba Cleaver y más allá tirada en la cama, su esposa Kathleen, embarazada de ocho meses. El sentimiento de asombro que me embargó aquel día nunca me dejó. Las deficiencias del Black Panthers Party son claras en retrospectiva, pero ellos dieron batalla en las calles exigiendo justicia, llegando a portar armas con el objetivo de defender a su comunidad. Sus slogans “El cielo es el límite” y “Poder al pueblo”, resonaron en los guetos negros de Estados Unidos. Cleaver había llegado a Argel de manera clandestina, usando un pasaporte cubano. Después de emboscar un patrullero en Oakland y pagar una fianza, Cleaver se fugó a La Habana para no comparecer ante los tribunales norteamericanos. Allí estuvo seis meses como invitado “clandestino”, hasta que fue descubierto por un periodista. Los cubanos lo subieron a un avión hacia Argelia, pero sin informar al gobierno de ese país. Por este motivo, Cleaver pensaba que su vida pendía de un hilo. En La Habana le habían asegurado que estaba todo arreglado con el gobierno argelino, que sería recibido con los brazos abiertos y que le permitirían realizar allí todas las actividades políticas que no había podido realizar en Cuba. Pero ahora la embajada cubana en Argelia le decía que los argelinos no estaban dispuestos a ofrecerles asilo.

Nunca había escuchado que las autoridades rechazaran un pedido de asilo, cualquiera fuera la nacionalidad del demandante. Como yo era la única norteamericana que los funcionarios locales conocían, a menudo me pedían que interpretara, explicara y asumiera la responsabilidad sobre los estadounidenses que llegaban sin darse cuenta de que en Argelia casi nadie hablaba inglés.

Ese día, más tarde, hablé con el encargado de los movimientos de liberación nacional, el comandante Slimane Hoffman, un especialista en tanques que había desertado del ejército francés para unirse al Ejército de Liberación Nacional (ALN, por sus siglas en francés) argelino, convirtiéndose en alguien cercano al presidente Bumedián. Le expliqué que Cleaver quería quedarse en Argelia y dar una conferencia internacional. Hoffman estuvo de acuerdo de inmediato, pero insistió en que fuera el servicio de prensa de Argelia el encargado de anunciar la presencia de Cleaver. “Me salvaste la vida”, me dijo Eldridge Cleaver varias veces. Estaba convencido de que los cubanos le habían tendido una trampa.

La conferencia de prensa se llevó adelante en una sala repleta de estudiantes, miembros de la prensa local e internacional, diplomáticos y representantes de los movimientos de liberación nacional. Julia Hervé, la hija de Richard Wright, vino desde París para interpretar del inglés al francés. Hice lo mismo, en inglés, con los Cleavers. “Somos una parte integral de la historia de África”, dijo Cleaver en la conferencia. “La América blanca nos enseña que nuestra historia comienza en las plantaciones, que no tenemos otro pasado ¡Tenemos que recuperar nuestra cultura!”.

Desde ese momento, nos convertimos en un equipo. Cleaver era alto, me parecía imponente y sexy, con un perfecto sentido del humor y expresivos ojos verdes. Él y yo tuvimos una relación, sin sexo, pero compartiendo muchísimas confidencias. Cuando los Cleavers llegaron, estaba trabajando en el Ministerio de Información, organizando el primer Festival Cultural Panafricano, que buscaba reunir músicos, bailarines, actores e intelectuales de cada país de África y de su diáspora, incluyendo miembros de los Panthersde Estados Unidos. Por más de una semana, las calles de Argel estaban desbordadas, las actuaciones se realizaban durante todo el día y continuaban hasta la madrugada. Entre los artistas que participaron estaban Archie Shepp, Miriam Makeba, Oscar Peterson y Nina Simone (cuya primera actuación tuvimos que cancelar después de que Miriam Makeba y yo la encontráramos totalmente borracha en el cuarto de su hotel. Los técnicos locales estaban sorprendidos: nunca habían visto a una mujer borracha). La delegación de los Black Panthers se alojó en el hotel Aletti, el mejor del centro de la ciudad. Además, se les otorgó un escaparate en una vidriera de la calle Didouche Mourad (una de las principales vías comerciales de la ciudad) que fue llamado “Centro Afroamericano”, desde donde se distribuía literatura partidaria y se proyectaban películas hasta altas horas de la noche. Cleaver y sus compañeros (muchos de ellos también refugiados de la justicia norteamericana), fueron rápidamente integrados a la comunidad cosmopolita de los movimientos de liberación nacional. Los Black Panthers no tenían idea –o tal vez no les interesaba– de que Argelia estaba conformada por una sociedad conservadora y cerrada en sí misma, donde las mujeres no eran realmente libres, en la que una especie de racismo anti-negro existía a lo largo de la población y donde la generosidad de los gobernantes requería ciertos códigos de conducta y reciprocidad por parte de los invitados. Los Panthers ignoraban todo aquello con lo que no querían lidiar. Después del Festival, la delegación regresó a California mientras los exiliados comenzaron a poner manos a la obra. Recibí invitaciones para Cleaver para reunirse con los embajadores de Vietnam del Norte, China y Corea del Norte, así como también invitaciones de la delegación del movimiento de liberación de Palestina y de Vietnam del Sur (el Vietcong). Lo acompañé a estas vistas: era digno y lúcido. Parecía un diplomático experimentado, a pesar de su pasado como de desertor en la escuela, violador y convicto. También podía retraerse y retirarse a un lugar inaccesible.

Poco después de la llegada de Cleaver, el embajador de Corea del Norte lo invitó a Pyongyang para participar de la “Conferencia internacional de periodistas contra el imperialismo norteamericano”. Cleaver fue la estrella de la conferencia y se quedó allí por más de un mes. Una mañana, apenas después de su regreso de Corea, apareció de improviso en el Ministerio de Información, donde yo integraba un pequeño grupo que elaboraba una revista política para distribución internacional. Llevaba anteojos de sol y se dejó caer en una silla junto a mi escritorio. Luego, sin ningún tipo de preámbulo, bajó la voz y dijo: “Maté a Rahim anoche”. No podía creer lo que estaba escuchando. Rahim, alias de Clinton Smith, había escapado de la cárcel en California junto a otro compañero, Byron Booth, en enero de 1969. Ellos secuestraron un avión rumbo a Cuba y se reunieron allí con Eldridge Cleaver. No mucho después de mandar a Cleaver a Argel, los cubanos también despacharon a Rahim y a Booth.

Cleaver me dijo que Rahim había robado dinero de los Panthers y tenía planeado dejar el partido. Él y Booth –que había sido testigo del asesinato–, habían enterrado el cuerpo en una ladera boscosa cerca del mar. Una vez que terminó de contarme la historia, se puso la gorra con la que había estado jugando y salió de la oficina. No podía sacarme la cara de Rahim de la cabeza. Estaba enojada con Cleaver por imaginar que yo necesitaba saber algo de todo eso. ¿Acaso creyó que podría haberlo ayudado si las autoridades argelinas se hubiesen enterado del asesinato y hubiesen decidido tomar medidas? Varios días después, un amigo francés me contó que había visto a Rahim y a Kathleen Cleaver “a los besos” en un cabaré, cuando Cleaver estaba en Corea del Norte. Mi amigo no sabía que Rahim estaba “desaparecido”. Cuando volví a ver a Cleaver, me dijo que como los restos habían sido enterrados apresuradamente, los habían descubierto. Además, dijo que por el afro y los tatuajes sería obvio que la víctima era afroamericana. Para ese momento Booth había dejado Argelia. Un amigo francés de los Panthers fue llamado por la policía para identificar el cuerpo, pero ninguna de las autoridades argelinas se puso en contacto con los Black Panthersni conmigo, aunque estaba segura de que el asesinato había sido registrado.

Los Panthersse financiaban gracias a donaciones y un adelanto que Cleaver había recibido por los avances de un libro. Las regalías por su libro “Soul on Ice”, la desafiante confesión que lo hizo famoso y que fue censurada por el gobierno de Estados Unidos. Durante un almuerzo, un día de 1970, Cleaver me suplicó para que encontrara la manera de que los Black Panthers –ahora ‘la sección internacional del Black Panthers Party’– fueran reconocidos como movimiento de liberación patrocinado por el gobierno de Argelia, hecho que les permitiría acceder a una serie de privilegios, como un estipendio mensual. Le llevé el problema a M’hamed Yazid, que había sido el primer representante del gobierno provisional de Argelia en Nueva York. Hablaba fluidamente inglés y estaba casado con Olive Laguardia, sobrina del ex alcalde de la ciudad de Nueva York. M’hamed nos invitó a almorzar en su casa de las afueras de Argel, construida en el período Otomano. Nos sentamos en la mesa en el jardín: los Cleavers, Don Cox (ex militar, líder del BPP y conocido como DC o “el mariscal de campo”) y yo. M’hamed nos encantaba con las historias de su vida en Nueva York, mientras medía todo el tiempo a sus invitados. La entrevista salió bien y poco después llamó para informar que a los Panthersles habían asignado una villa que anteriormente había sido ocupada por la delegación del Vietcong, en el barrio de El Biar de la ciudad de Argel. El lugar sería equipado con teléfonos y una conexión telex y además recibirían documentos de identidad ofrecidos por el gobierno –esto les permitiría no necesitar visa para entrar y salir del país–, y una asignación mensual en efectivo.

¿Por qué las autoridades decidieron apoyar a los Panthers de una manera más abierta? Tal vez les serviría como moneda de cambio en las negociaciones con Washington que se estaban realizando en torno a las reservas de petróleo y gas argelinos. También existían razones ideológicas. Era obvio para todos los que vivíamos en el país, que Argelia no era neutral en lucha entre los super poderes. Los lazos con la URSS se remontaban a los años de la guerra de liberación nacional y a las generosas donaciones de armas, además de soporte en entrenamiento y educación, que realizaron en esos años los países del bloque del Este.

Cleaver se sentía en la cima del mundo después de haber obtenido un reconocimiento oficial. En mayo, envió a su mujer embarazada a Corea del Norte para que diera luz allí. Las maravillas del sistema de salud coreano –se pensaba–, eran insuperables y la decisión además fortalecía las relaciones entre el Black Panthers Partyy Corea del Norte. Mientras tanto, Cleaver había conocido a una hermosa joven argelina, llamada Malika Ziri, quien estaba constantemente a su lado. El hecho de aparecer públicamente de esa manera (junto a un afroamericano quince años mayor que ella, en una sociedad donde la discreción es la regla), demostraba que tenía una inmensa confianza en sí misma. Los Pantherseran estrellas en Argel, aunque su extravagancia también fue vista críticamente. Se ayudaron entre ellos para conseguir recursos escasos –derechos básicos a los ojos de los norteamericanos– a los que otros movimientos de liberación nacional no tenían acceso: casas, automóviles, cobertura de los medios y visitas de celebridades. Salieron abiertamente con mujeres atractivas, tanto argelinas como extranjeras. Todavía tengo la imagen de Sekou Odinga –un exiliado de la sede de NY de los Panthers–, andando velozmente por la calle Didouche Mourad en un descapotable rojo brillante con la capota baja, junto a una encantadora norteamericana de cabello rojizo al volante.

La apertura oficial de la sección internacional del Black Panthers Partyse realizó el 13 de septiembre de 1970. “Esta es la primera vez en la lucha del pueblo negro de Estados Unidos en la que se establece una representación en el extranjero”, Cleaver decía frente a una multitud en la “embajada”. Unas semanas después, Sanche de Gramont, un periodista franco-estadounidense, publicó en la portada del New York Times: “Nuestro otro hombre en Argel”.

Apenas inaugurada la “embajada”, Timothy Leary, el sumo sacerdote del LSD (“enciende, sintoniza, abandona”) y su esposa habían llegado a la ciudad. Leary se había escapado de una prisión norteamericana gracias a la ayuda de la organización Weather Underground, a quien “La hermandad del amor eterno” (un grupo hippy de California que fabricaba y distribuía marihuana de alta calidad y LSD) le había pagado 25.000 dólares, aunque algunos también dicen que fueron 50.000. Nixon había llamado a Leary “el hombre más peligroso de Estados Unidos”. Cleaver y yo le dimos a Slimane Hoffman una versión más edulcorada del asunto, enfatizando sobre su carrera como profesor de la Universidad de Harvard. Cleaver le aseguró a Hoffman que sería capaz de controlar el uso de drogas de Leary y sus arranques de elocuencia sin sentido. El comandante Hoffman nos deseó lo mejor.

Mi primera impresión fue que los Learys eran viejos hipsters. No sé muy bien lo que esperaba: algo más loco, más extravagante y emocionante. En el nombre de la revolución, Cleaver, decidió que Leary debía condenar las drogas, por lo que Leary accedió a participar en una sesión cinematográfica del Black Panthers Party, dirigida al público norteamericano. Cleaver comenzó la entrevista diciendo que la idea de que las drogas eran un medio para la liberación era un invento de “chicos ilusos”; y que el verdadero camino era a través de organizaciones como los weathermen y el BPP, que desarrollaban la acción directa. La respuesta de Leary fue cauta: “Si tomar alguna droga pospone por diez minutos la revolución, la liberación de nuestras hermanas y hermanos, nuestros camaradas; entonces tomar drogas debe posponerse diez minutos… Sin embargo, si cien agentes del FBI aceptaron tomar LSD, treinta sin duda lo abandonaron”.

Los Panthers decidieron que Leary tenía que sumarse a una delegación que había sido invitada a la región de Levante por Al-Fatah, el partido de Yasser Arafat, para ese momento la fuerza más importante dentro de la OLP. Se decía que Leary debía salir al descubierto allí y no en Argelia. El grupo, liderado por Don Cox, aterrizó en El Cairo en octubre sin ningún problema, luego fueron a Beirut, donde se alojaron en un hotel que era frecuentado por la prensa occidental. Leary fue visto y el hotel sitiado. La delegación fue seguida por todas partes y por eso les resultó imposible visitar los campos de entrenamiento de Al-Fatah en Jordania y Siria como estaba previsto. En su lugar volvieron a El Cairo, donde Leary –paranoico e histérico– se volvió incontrolable, tal como DC informó: escalaba muros, se escondía detrás de los edificios, levantaba los brazos e iba gritando por las calles… El embajador argelino en Egipto lo puso en un avión de regreso a Argel.

A partir de ese momento, alquilaron un auto y empezaron a pasar el tiempo en Bou- Saada, un oasis en el Sáhara donde festejaron con LSD, en cómodas alfombras hechas a mano. Si bien Argelia es un país inmenso (con cuatro quintas partes de desierto), uno nunca está completamente solo. Los Leary sonreían felices y saludaban a los pastores asombrados que se cruzaban con ellos. Los Panthers no aprobaron estas escapadas y en enero de 1971 “arrestaron” a los Leary, poniéndolos bajo vigilancia durante varios días. Cleaver filmó a los prisioneros y emitió un comunicado de prensa que se distribuyó en EEUU: “Algo anda mal con el cerebro de Leary… Queremos que recupere su ingenio, la sobriedad y se dedique al importante asunto de destruir el imperio de Babylonia… A todos aquellos que buscan en el Dr. Leary inspiración y liderazgo, queremos decirles que su dios está muerto por culpa del ácido que ha destrozado su cerebro”.

Cuando fue liberado, Leary, se quejó ante las autoridades argelinas y Hoffman nos citó. La atmósfera era pesada hasta que Cleaver y DC llevaron como prueba unas bolsas secuestradas a Leary y sus visitantes… eran más de veinte mil dosis. La mandíbula de Hoffman se cayó. Tim estaba cansado de nosotros y quería seguir su camino. Ya no ocultó su desagrado por DC y por mí (nosotros sentíamos lo mismo por él). A principios de 1971 se fue sin decir adiós.

Llegó a haber más de treinta panteras, entre hombres, mujeres y niños en la Sección internacional. Operaban con características militares y regulaciones estrictas con informes de actividad diarios. Mantenían contacto con grupos europeos que los apoyaban, además de los movimientos de liberación que estaban en Argel. Llegaron a organizar sesiones de autodefensa y manejo de armas. Un poco antes de que la “embajada” fuese abierta, Huey Newton, el líder legendario del BPP, venía de pasar casi tres años en prisión tras ser acusado por el homicidio de un policía, y había obtenido la libertad condicional en espera de un nuevo juicio. Cuando Hue salió de la cárcel, más de diez mil personas fueron a saludarlo. Pero el hombre que retomó el liderazgo del BBP, no estaba preparado para la transformación que había sucedido durante su ausencia.

El partido había crecido mucho y se había convertido en una fuerza política a la que el FBI se había propuesto destruir através de una guerra contra sus miembros, contra cada uno de los cuarteles generales, con la ayuda de un ejército de informantes pagados que también hacían circular informaciones falsas. Ante esto, la reacción de Newton fue exigir un control total, eliminando todas las facciones y condenando a toda persona que no se alineara.

Con esta política de contención vino también la construcción de un liderazgo personalista y arrogante. Huey vivía en un penthouse, se había apropiado de un club nocturno y andaba con un bastón de manera arrogante. A comienzo de 1971, apareció en un programa de televisión matutino de San Francisco y desde allí invitó a Cleaver a unirse al show para demostrar que su alianza seguía firme y disipar los rumores de tensión entre ellos. La Sección Internacional se reunió y decidió por unanimidad aprovechar la ocasión para enfrentar a Newton. Cuando Cleaver apareció en pantalla, exigió que Newton revocara sus edictos de expulsión y solicitó la expulsión del teniente de Newton, David Hilliard. Newton interrumpió la transmisión y luego llamó a Cleaver; “eres un punk”, le dijo y lo expulsó del BBP. Jefes y miembros a lo largo de todo Estados Unidos tomaron partido por uno o por otro.

Cleaver había grabado la trasmisión y la llamada telefónica. Me pidió que viniera a escuchar la grabación, temeroso de la reacción del gobierno de Argelia. No pensé que se involucrarían: “No es su problema, es tuyo, Eldridge”. Los Panthers sacaron la placa que decía “Black Panthers Party” en la “embajada” y comenzaron a llamarse a sí mismos como Red de Comunicación del Pueblo Revolucionario. Buscaban facilitar el intercambio de información entre grupos de izquierda de todo el mundo y producir un periódico para distribuirlo en Europa y Estados Unidos. Para medir el daño causado por la ruptura Newton/Cleaver y también lanzar la Red, Kathleen y yo fuimos a realizar una gira de un mes a Estados Unidos en octubre de 1971. El objetivo era hacer conferencias a lo largo del país, pero pronto nos dimos cuenta de que el partido estaba colapsando.

El grupo de Argel avanzó lentamente. No había ningún tipo de reacción de parte de los argelinos, ninguna señal de que estuvieran siguiendo los eventos del BPP, a pesar de que Newton había enviado un mensaje al presidente Bumedián denunciando a Cleaver. Luego, el 3 de junio de 1972, recibí una llamada del jefe del FLN diciéndome que un avión que se dirigía a Argel había sido secuestrado en Los Ángeles. Los secuestradores exigían que Cleaver los recibiera en el aeropuerto. Tenían 500 mil dólares en dinero de rescate, a cambio de haber dejado ir a los pasajeros. Nos paramos en la pista del aeropuerto Cleaver, DC, Pete O’Neal (ex líder de los panthers en Kansas) y yo. Vimos a Roger Holder –un joven afroamericano– y a su compañera blanca, Cathy Kerkow, bajar lentamente por la escalera del avión. Todos estaban de muy buen humor, hasta que nos dimos cuenta de que los argelinos habían tomado las bolsas con el dinero y no estaban para nada dispuestos entregarlas a las ansiosas manos de Cleaver. El dinero fue devuelto a Estados Unidos. A Roger y a Cathy se les concedió asilo y se convirtieron en parte de la pequeña comunidad local de exiliados norteamericanos.

El 1 de agosto del mismo año, arrivó otro avión secuestrado, venía de Detroit. Los secuestradores eran negros, pero tampoco eran panthers. Delta Airlines les había pagado 1 millón de dólares para que liberase a los pasajeros en Miami. En esta ocasión, las autoridades argelinas dejaron a los panthers a un lado y devolvieron nuevamente el dinero a Estados Unidos. Las panteras estaban furiosas (más tarde Cleaver admitiría que “se estremecían en pensar en los tonos de los billetes de dólar”) y le escribieron una carta abierta a Bumedián. “Aquellos que nos privan de nuestras finanzas, nos están privando de nuestra libertad”. DC les dijo a sus compañeros que estaban locos y renunció a la organización: “El gobierno no va a arriesgar el futuro del país por un manojo de negros y un millón de dólares. Tendremos problemas”. Tenía razón. Reprochar en público al jefe de Estado de Argelia era una falta de respeto. La policía allanó la “embajada”, confiscó las armas de los panthers, cortó las líneas de teléfono y la conexión de telex y la cerró por 48 horas. Cuando se levantó la guardia, Cleaver fue llamado por un alto funcionario y fue severamente reprendido. A los pocos días la atmósfera se distendió, Argelia no estaba lista para abandonarlos.

Cleaver y sus colegas sabían poco del país que los había acogido. Nunca se aventuraron más allá de Argel. Tampoco leían la prensa local ni escuchaban la radio. Excepto por amigas mujeres, conocían a pocos argelinos y jamás visitaron una casa argelina. Conocían poco del pasado colonial argelino o de los estragos de la guerra y del subdesarrollo que el régimen intentaba hacer frente. Se veían a sí mismos como agentes libres, capaces de protestar y utilizar los medios de comunicación a voluntad. Algunos de ellos hasta propusieron organizar una manifestación frente a las oficinas de Bumedián. Cleaver les tuvo que recordar que estaban en Argel, no en Harlem. Realmente no llegaban a comprender a sus anfitriones, a su política o a las reservas que tenían sobre sus huéspedes norteamericanos… los subestimaron.

Los argelinos, por su parte, no estaban seguros de cómo lidiar con los Panthers. Argelia era un faro para el Tercer Mundo, ya que era activa en el grupo de Países No Alineados. Albergaba y entrenaba a movimientos de liberación nacional de América Latina, África y Asia. Había demasiado en juego para que el FLN se dejara llevar por estos exiliados norteamericanos, por lo que no podía permitir que los secuestradores de aviones hicieran que Argelia pareciera una nación que no respetaba las reglas internacionales.

Con una organización moribunda en Estados Unidos y con un apoyo internacional que estaba desapareciendo rápidamente, los panteras de Argel estaban cerca de transformarse en apátridas. La Sección Internacional, escribió Cleaver más tarde, “se había convertido en un barco que se hundía”. Así dejó la “embajada”. Malika fue reemplazada por otras mujeres argelinas. Una de ellas –para mi sorpresa–, era una de mis vecinas que usaban velo y que jamás salían sin compañía del edificio. La había cortejado desde el balcón de mi departamento mientras ella colgaba la ropa sucia en el suyo. Se habían encontrado en mi departamento mientras Kathleen estaba en Europa buscando asilo para su familia. “Cada cual a lo suyo” es una fórmula que Cleaver usó en muchas ocasiones. Al usarla aquella vez estaba señalando su retiro de la izquierda organizada. La comunidad de exiliados comenzó a buscar su supervivencia de manera individual. Comenzaron a irse de Argelia hacia finales de 1972. Algunos se establecieron en África subsahariana, algunos intentaron una existencia clandestina en Estados Unidos, otros –Cleaver incluido–, se fueron a Francia con pasaportes falsificados. Unos pocos años después Cleaver estaría de regreso en Estados Unidos, un cristiano renacido. Nadie fue expulsado de Argelia. El grupo que había secuestrado el avión de Detroit dejó el país a mediados de 1973. Roger y Cathy fueron los últimos en irse en enero de 1974. Cox, el mariscal de campo, regresó a Argel ese año y vivió y trabajó allí por cuatro años más. La llegada de los Panthersa Argel fue más que un aprendizaje o una experiencia para mí. Creí en ellos, los quise y compartí sus metas. Odiaba verlos irse.

Me encargué de los arreglos para la partida de Cleaver: encontré el pasaporte con el que viajaría, de las personas que se encargarían de chequear que estuviera a salvo en el cruce de fronteras, el escondite en el sur de Francia y los departamentos en París. Al poco tiempo, fue acogido por gente influyente. Su residencia legal en Francia y su inmunidad fueron resueltas por el ministro de finanzas, Valéry Giscard d’Estaing, poco antes de asumir la presidencia. A partir de ese momento dejé de escuchar sobre él. “Cada cual a lo suyo”, me recordé a mí misma.


* Mohtefi, Elaine. “Diary: Panthers in Algiers”. London Review, Vol. 39, No. 11, junio de 2017.

Desamparo e invención de lo real. Una literatura argentina más allá del AMBA

Por: Laura Aguirre

A partir de la conversación iniciada en el taller “Más allá del obelisco: narrativa reciente del litoral y el noroeste. De Orlando Van Bredam a Mariano Quirós, continuidades y rupturas”, coordinado por Nahuel Paz para la Revista Transas, Laura Aguirre reflexiona en este ensayo sobre la narrativa argentina producida a partir del 2001 en distintas regiones del país.


Agradezco a mis compañeros y compañeras del taller y a Nahuel Paz por el intercambio generoso.

A Revista Transas por la invitación.

Mi propósito es retomar una conversación iniciada en el taller “Más allá del obelisco: narrativa reciente del litoral y el noroeste. De Orlando Van Bredam a Mariano Quirós, continuidades y rupturas”, coordinado por Nahuel Paz de Revista Transas, y realizado durante los meses de agosto y septiembre de 2021. Teniendo como horizonte la discusión sobre los límites de la literatura argentina, el programa incluyó novelas y cuentos que se producen y circulan más allá de la frontera del AMBA: La música en que flotamos de Orlando Van Bredam (2009), Víspera negra de José Gabriel Ceballos, Algo en el aire de Jorge Paolantonio (2004), El montaje obsceno de Claudio Rojo Cesca (2018), La luz mala dentro de mí de Mariano Quirós (2014) y Tres truenos de Marina Closs (2019). Las obras no solo tienen en común la relación de pertenencia de sus escritores/as con distintas provincias del Litoral, Noroeste y Noreste de Argentina, sino también un gesto singular: el de narrar la experiencia del desamparo.

¿Por qué el desamparo? Podríamos ampliar largamente la lista de textos que inventan una literatura a partir de la experiencia del desamparo. Pero aquí además del guiño a Teoría del desamparo de Orlando Van Bredam– nos referimos concretamente a la experiencia de abandono, de orfandad, protagonizada por los argentinos y las argentinas que sobrevivimos a las crisis del fin del siglo XX desde nuestras provincias. En estos lejanos lugares, situados más allá del obelisco, la crisis económica, política y cultural arrasó con las condiciones básicas para una vida digna. Si las consecuencias fueron devastadoras en el centro económico del país, imaginemos cuánto más impactaron en las regiones históricamente relegadas por los distintos gobiernos nacionales. (Pero hasta aquí el lamento, que sirve menos para pensar que para continuar con el estigma de la marginalización y estirar la historia sin fin del centro/periferia.)

Literatura argentina, poscrisis y nuevos realismos

¿Cómo repercuten en la literatura argentina los cambios de los 90, el corte que impone la crisis de 2001 y la recuperación durante la poscrisis? ¿Qué hacen las y los artistas con tanto para decir?

Los tres últimos momentos de la historia argentina –los 90, el 2001 y la poscrisis– impactan fuertemente en la escena socio-cultural y transforman el espacio urbano: en la ciudad de Buenos Aires surgen nuevos barrios, nuevas villas, se crean múltiples shoppings, crecen las instituciones culturales (ver Poscrisis. Arte argentino después del 2001 de Andrea Giunta). Cambian los modos de relación del sujeto con el espacio, los consumos culturales, las posibilidades de pensar e imaginar lo real. Cambian las condiciones y los materiales para producir arte. Cambian las historias, los personajes, los paisajes.

En los inicios de esta transformación cultural emerge una nueva narrativa que juega con los límites de la representación. “Si hasta entonces –dice Silvia Saítta–, la narrativa adscribía a la representación realista, en los noventa se inauguran modos de representación alejados de los procedimientos realistas pero que aun así dan cuenta de la sociedad en la que se inscriben” (La narración de la pobreza en la literatura argentina del siglo veinte, 2006). Entre los y las artistas que participan de las convenciones del “nuevo realismo”, no hay pretensión de crear una ilusión de realidad, un reflejo, sino más bien la intención de responder al problema de cómo lograr con el lenguaje la irrupción de lo real.

Surge, así, una estética realista, con procedimientos renovados y una lógica de representación distinta. ¿Qué elementos de la realidad toma este nuevo realismo? La experiencia de habitar “la gran ciudad” se convierte en material de escritura para las/los artistas. En 2001, por dar un ejemplo, se publica La villa de César Aira, una novela que trata sobre el fenómeno villero, pero desde una óptica que vuelve extraño el espacio. Las obras trabajan con ciertos elementos de la realidad, pero no para representarla fielmente, sino para decir otra cosa.

La crítica literaria –contemporánea a esta nueva literatura– enfoca la mirada en el problema del realismo. La publicación de El imperio realista, dirigido por María Teresa Gramuglio (2002), promueve un intenso debate. Este volumen de la Historia crítica de la literatura argentina de Noé Jitrik da lugar a una polémica en torno a las relaciones entre el concepto de realismo y las posibilidades de escritura del presente. En la discusión participan María Teresa Gramuglio, Beatriz Sarlo, Graciela Speranza, Martín Kohan, Sandra Contreras, Miguel Dalmaroni, Analía Capdevila, entre otros/as. Las intervenciones críticas que derivan de la discusión renuevan el modo de leer la tradición literaria argentina, a la vez que crean y sistematizan un nuevo relato de la historia de la literatura argentina. En este relato –y aquí regresamos a nuestro tema– la crítica literaria dibuja un mapa que, si bien considera algunas figuras importantes de las regiones (como Héctor Tizón y Juan José Saer), es ocupado principalmente por obras y autores que pertenecen y circulan en el centro del país.

Nuevos ¿realismos? en las regiones

¿Qué pasa cuando al mapa de la literatura argentina le agregamos un conjunto de obras producidas más allá del AMBA? ¿Las obras de Marina Closs, Mariano Quirós, Orlando Van Bredam, José Gabriel Ceballos, Jorge Paolantonio, Claudio Rojo Cesca, dialogan con las nuevas claves de lectura del realismo?

Las obras de estos/as autores/as no solo están vinculadas a distintas regiones de Argentina por los lugares de procedencia de sus creadores/as. La música en que flotamos de Orlando Van Bredam (2009), Víspera negra de José Gabriel Ceballos, Algo en el aire de Jorge Paolantonio (2004), El montaje obsceno de Claudio Rojo Cesca (2018), La luz mala dentro de mí de Mariano Quirós (2014) y Tres truenos de Marina Closs (2019), son narraciones en las que se exploran y representan espacios particulares: la ciudad de provincia, el pueblo y el monte.

Las obras dialogan con una realidad tanto geográfica como cultural y simbólica. Aparecen en ellas representados distintos sitios de Misiones, Santiago del Estero, Chaco, Corrientes, Catamarca, Formosa, Entre Ríos, y también ciertos elementos culturales relacionados con esos territorios. Otro dato importante es todas se escriben y publican post 2001, con lo cual la temporalidad es un criterio clave para la lectura. Así, desde un espacio propio y una temporalidad compartida, las obras entablan una conversación sobre una experiencia ligada al desamparo y a la pérdida del “centro”.

Esta literatura ofrece respuestas estéticas originales a la tensión centro/periferia. En ella encontramos un tono, un lenguaje y escenarios distintos, y una lógica de representación propia de los nuevos realismos. La experiencia del desamparo se expresa en la subjetividad de unos personajes a los que no les queda otra que convivir con la vastedad y el silencio del monte; con los tabúes, la violencia y la moral religiosa del pueblo; con la enfermedad, la discriminación y falta de recursos; con el desplazamiento de un espacio a otro en busca de mejores condiciones de vida; con la experiencia de desarraigo; con las promesas de un progreso que nunca llegó o que llegó a medias.

Víspera negra del correntino José Gabriel Ceballos, publicada en 2003, cuenta la historia previa a la inauguración de un leprosario ubicado en la Isla del Cerrito, Chaco, en marzo de 1939. Sus personajes son seres desplazados, estigmatizados por la enfermedad, desahuciados, segregados. La isla y el proyecto del leprosario son espacios de disputa política, en la que priman intereses individuales y mezquinos por sobre la gestión de una solución al problema colectivo. La obra, a través de la exploración y reinvención del hecho histórico, interroga los límites de la política local/nacional y el rol del Estado en la gestión de soluciones.

La luz mala dentro de mí (2014), del chaqueño Mariano Quirós, reúne nueve cuentos protagonizados por unos personajes que en su mayoría son niños, adultos (un tanto aniñados), seres sobrenaturales o criaturas del monte. El tono juega con la mirada infantil e inocente del mundo. Incluido en la antología, “Lobisón de mi alma” trata sobre una familia de lobisones que huye de la pobreza y se traslada del monte a la ciudad. La perspectiva de la narración es la de un niño lobisón, quien se relaciona con el espacio rural y urbano de modo singular. La nueva vida en la ciudad oscurece y trastorna su mirada tierna. Durante toda la narración, el personaje rememora su vida pasada en el monte y se identifica con él, pero a la vez la ciudad es el lugar que libera sus instintos y le permite redefinir su autoimagen: “Soy un lobisón y tengo veneno en el alma”.

“No sabemos nada de la chueca” es un cuento incluido en Montaje obsceno, publicado en 2018, y pertenece al santiagueño Claudio Rojo Cesca. Los personajes son dos varones criados en la soledad y hostilidad del campo. Hay frases que condensan la percepción del espacio: “Y hace cuanto no pasa la bicicleta del diarero por este hueco del mundo”. En este hueco del mundo, que castiga y contiene, está latente la posibilidad de que algo terrible pueda ocurrir. El más joven, Estevenzuela, cierto día camina hacia el “monte espeso” y se encuentra con el cadáver de una mujer, “la Chueca”. Su fantasma lo persigue y lo perturba hasta el final.

«Vivir en un pueblo era cosa no siempre envidiable. Pero vivir en ese pueblo que además se decía capital de provincia resultaba, para Cristina, casi un martirio”. Algo en el aire del catamarqueño Jorge Paolantonio (2004) narra la tragedia de vivir en el pueblo. La novela cuenta la historia de unos personajes que se salen de la norma y se enfrentan a lo políticamente correcto, a la “moral del buen vecino/a”. Un personaje singular es Osvaldo Soiffer, un fanático del nazismo que viene de Buenos Aires y que rompe la aparente armonía del lugar al tener relaciones sexuales con Cristina (llamada “la Cotona”), y al enamorarse de una adolescente. El pueblo es el pequeño lugar donde se tejen y aglomeran todos los escándalos.

Tres truenos de la misionera Marina Closs (2019) reúne tres cuentos. Cada historia es protagonizada y contada en primera persona por una mujer que “viene de otra parte”. Me detengo en “Cuñataí o de la virginidad”, protagonizado por Vera Pepa, una mujer mbyá guaraní que se traslada de la aldea al pueblo y pasa sus días mendigando. En el monte, sobrevive a la violencia machista entre los aldeanos. En el pueblo, sobrevive a la violencia y a la discriminación. Sin queja, su mirada tranquila se enlaza con el monte: “Tenía el monte como un ojo fijo, puesto enfrente de mi mirada”; “Se ve que mi ojo mira el monte y se acuerda de algo”.

La música en que flotamos (2009) es una novela de Orlando Van Bredam, escritor entrerriano-formoseño. “Recordó la frase: la muerte es la mayor de todas las emociones por eso se la reserva para el final”: así comienza la historia protagonizada por un profesor de literatura que regresa a su provincia natal luego de enterarse de que está muy enfermo. El personaje rememora momentos de una vida cargada de frustraciones. La pulsión de una muerte inminente remueve los recuerdos y los pensamientos del personaje que divagan en un intento por comprender qué hubiera sido diferente “si…”. ¿Qué le queda a un hombre viejo, solitario, enfermo, cansado, sino los recuerdos, sino la nostalgia? Cada mañana, este señor, impulsado por un intenso deseo y sin saber muy bien qué busca, asume el costo físico de despertar. Quiere despertar. Como si fuera una misión importante, cada mañana camina por el pueblo. Observa lugares, sabores, sensaciones, y recuerda. Como si fuera él mismo su propio objeto de investigación, explora el espacio y evoca los restos el pasado. Así opera la narración: del presente al pasado, de lo observado al recuerdo. Cuando el personaje camina por las calles de Villa Elisa, Entre Ríos, recuerda también las calles que guarda en su memoria. Mira al azar alguna casa y fantasea: “Si hubiera vivido aquí, (…) ¿todo hubiera sido distinto? ¿o no? ¿Era posible modificar su situación cambiando sólo de lugar?”.

En este ligero recorrido encontramos una serie de elementos recurrentes que invitan a seguir pensando. Las historias están protagonizadas por sujetos lisiados, quebrados, atravesados por la experiencia del desamparo. Las referencias a distintos sitios de las regiones configuran un espacio imaginario propio: el monte, el pueblo, la ciudad de provincia. Estos lugares castigan, violentan y expulsan, pero también reciben, contienen y ofrecen modos alternativos de habitar el mundo. Aparecen, en algunas historias, elementos mágicos o sobrenaturales (el fantasma de la mujer, el lobisón) que, en vez de definirse en oposición a un orden racional o normal, forman parte de la percepción de lo real que ofrece la obra.

El tono, con algunas variaciones, llama la atención. Contrariamente a lo que podríamos imaginar, no se remarca con resentimiento la tensión entre “el centro” y “las provincias”. No hay drama, no hay una excesiva evocación sentimental ni grito provinciano–un tono que encuentra Sandra Contreras (1997) en La piel de caballo del entrerriano Ricardo Zelarayán–. Lo que sí hay es un tono de nostalgia, tranquilo, que reafirma el vínculo del sujeto con el mundo desde la experiencia de habitar y transitar el pueblo, la ciudad y el monte.

Con todos estos elementos, ¿podemos decir que en las regiones se configuran otras variaciones del realismo? Pareciera que se replica la lógica del nuevo realismo porque las obras responden a la pregunta de cómo lograr con el lenguaje la irrupción de lo real, pero también hay una toma de distancia respecto del centro y un lenguaje (un tono, unos procedimientos, unos espacios) que es radicalmente otro. Quizá las claves del realismo, revisado por la crítica contemporánea y revisitado por la literatura argentina (central), no sean del todo suficientes. La narrativa reciente producida en las regiones nos interpela e indica que es necesario empezar a leer de otro modo. Ampliar el corpus de la literatura argentina, entonces, sería el camino necesario para permitir que los textos literarios nos develen sus propias formas de inscripción e irrupción de lo real.

Perdernos en el mapa

El panorama que trazamos no es, desde luego, el único modo de acercarnos a la literatura argentina de las regiones. Actualmente contamos con trabajos de diversas investigadoras/es de universidades nacionales que se ocupan del tema –ver el estado de la cuestión que ofrece el libro Regionalismo literario: historia y crítica de un concepto problemático, dirigido por Hebe Molina y Fabiana Varela–. Los modos de leer son variados y el conjunto de obras que se nos escapa es demasiado amplio y diverso (podemos constatar esto en el bello catálogo de Salvaje Federal, una librería virtual que colabora con la circulación de obras producidas desde las provincias). Hay una literatura argentina que desconocemos.

El recorrido que ofreció Nahuel Paz tuvo por objetivo acercarnos a esa literatura y poner en discusión nuestros modelos de interpretación: “Si no contemplamos las producciones de las literaturas locales o regionales estaríamos repitiendo un esquema en el que al parecer cuando se discute sobre literatura argentina en realidad se habla de Boedo y Florida, entonces: hay literatura argentina más allá de la frontera AMBA y esa literatura se expresa de tales maneras y es argentina” (programa del taller Más allá del obelisco). “Cuando sólo hablamos de lo macro –dice García Canclini– y desconocemos la heterogeneidad, la variedad de experiencias, gran parte de lo que afirmamos es falso o incorrecto” (Diálogo con Néstor García Canclini, 2007). No creo que nuestras lecturas sean falsas o incorrectas, pero sí que la apertura a la heterogeneidad cultural de las regiones nos ofrecería un modo de acercarnos a la literatura más auténtico, más honesto y más potente.

Cuando la literatura argentina comienza a ser pensada desde sus partes, desde sus fragmentos, complejizamos y enriquecemos nuestro capital cultural. Pensar en las parcialidades es un modo de abandonar nuestra acotada idea de la literatura argentina. Quizá sea momento de dejar de encontrarnos en los mismos círculos –las mismas librerías, los mismos cafés, los mismos eventos, los mismos consumos culturales– y empezar a perdernos en el mapa.


Laura Aguirre es Profesora y Licenciada en Letras por la Universidad Nacional del Nordeste. Becaria doctoral de UNNE-CONICET con lugar de trabajo en el Instituto de Investigaciones Geohistóricas (IIGHI-UNNE-CONICET). Profesora JTP en la cátedra de Literatura Argentina II de la Universidad Nacional de Formosa. Profesora JTP en la cátedra de Teoría Literaria de la Universidad Nacional del Nordeste.