Tres artistas, tres hilos, una trenza

Paisaje peregrino

Por: Moira Irigoyen

La muestra Paisaje peregrino de Del Río – Bustos – Millán, en el Museo Moderno (Ciudad de Buenos Aires) se impone como un excelente alto en el camino en este verano tórrido. Las tres artistas, que se nutren de cierto imaginario común –la zona del litoral, sus ríos, el trayecto que va de Buenos Aires a Asunción–, desarrollan una potente obra artística que va de la mano de una lúcida visión histórico-política.

Buenas nuevas. En el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, o Museo Moderno a secas (un museo que alguna vez supo tener un aire cansino, como de señor mayor), una brisa doblemente refrescante sube por la Avenida San Juan y se arremolina a la altura del 300. Cierto espíritu out of closet muy propio de este tiempo (de algún modo festivo, por qué no), materializado en la cortina hecha de mostacillas, canutillos y otros abalorios, de Diana Aisenberg, que acompaña una de las tantas curvas del MM.

De algún modo el museo se volvió curvo, generó todo él –sin duda bajo la mano de una dirección acertadísima– un movimiento centrípeto, donde las piezas de Washington Cucurto + la exposición contundente de Alberto Greco, arman una planta baja lo suficientemente atractiva como para demorar la bajada al subsuelo.

Pero es del 2° subsuelo que quiero hablar. De la muestra de Adriana Bustos, Claudia del Río y Mónica Millán, Paisaje peregrino.

En buena medida imponente, tanto como minimalista. Las obras (alrededor de 100, entre piezas únicas y series), dispuestas en un ambiente generoso, arman un recorrido envolvente, en una atmósfera serena e intensa. Se podría pensar en un peregrinar del visitante, como si cada obra fuera de algún modo estación (de un via crucis singular).

Precisamente ese peregrinar (una acción eminentemente móvil, en pleno contraste con la noción de paisaje) es una de las rutas de acceso a la muestra. Como dice la curadora, Carla Barbero: “Es una de las vías de acceso, un cierto sentido místico, una forma de conexión con algo más, sea una fe o una visión sagrada” desliza, en la charla que tenemos el jueves 6/12/21, en la ciudad de Buenos Aires, que está en modo activo, allá afuera. Adentro, el aire detenido de los museos: fresco, amplio (y cómo aprendimos a valorar esos adjetivos en la pandemia…).

Cumplo la ceremonia de peregrinar con Carla, que desplegó una curaduría de gran sensibilidad espacial y artística (por la cantidad de obras, por la selección, por la distribución de esas obras en el espacio). También el arte de la curaduría puede entenderse como servicio, en el sentido venerable de la palabra. Hay un acto de servicio en lograr acercar las obras a sus destinatarios.

La trenza

Tres artistas, tres hilos, una trenza.

Hay en cierto modo una recurrencia del tres: también el ambiente se recorta en tres zonas, reunidas en un círculo central, un sitio con bancos confortables que permiten un estratégico y colectivo descansar. Estratégico pues desde allí se puede seguir observando la muestra, como en una especie de panóptico maternal.

Espacio de la muestra Paisaje peregrino.

Este es un punto nodal de la muestra: su alusión –y su relación intrínseca con– la semilla, con la creación, con lo femenino. La cuestión de la semilla, en sentido amplio, atraviesa muchas obras. “Es increíble que a las mujeres agricultoras les prohíben guardar la semilla”, dice Mónica Millán, frente a una obra que constituye parte de una serie más amplia. “Hoy en día siendo campesina, te pueden apresar porque tengas semillas propias.” Lo dice con conocimiento de causa, pues fue ella, junto a Adriana Bustos, quienes se ocuparon de armar en Asunción, en Misiones y en Florencio Varela, el proyecto “Plantío Rafael Barrett” –escritor de culto de comienzos del siglo XX, admirado por Borges, que produjo su obra más sustanciosa en el Paraguay, con una visión artística y política de envergadura–.

Mónica Millán. Obra del proyecto “Plantío Rafael Barrett” (pastel tiza y pastel óleo sobre tela), 2021.

(Recomiendo, además, que se den un paseíto por el CCK, por la muestra Simbiología. Prácticas artísticas en un planeta en emergencia (hasta 26/06/22) y vean las fotos y banderas del plantío. Las banderas –colocadas en un sitio aséptico como es un museo– generan un efecto electrizante. Cuenta Millán que cuando conocieron a las campesinas de Misiones, ellas no comprendían mucho cuál era la propuesta, pero que cuando dijeron el nombre de Rafael Barrett, hubo un asentimiento inmediato, como un santo y seña, o un imán. O más bien cómo funciona una bandera.)


El centro

Hay una obra que está en el centro de la sala y que se distingue de las otras. Y ello en buena medida porque obliga a un ritual performativo. Es necesario colocarse guantes blancos para tocarla. Como hacen los cirujanos, como seguramente sucede en rituales fúnebres.

Un cuaderno de seda color nácar/marfil/tiza, en cuyas páginas están labrados uno a uno (o mejor, bordados) los datos de un femicidio, o un acto de brutalidad y violencia. La pieza de Claudia del Río es sobrecogedora. Por el contenido, pero también por su carácter de work in progress. Al ritmo que lleva la violencia de género podría decirse que es una obra inacabada, y que nuevas páginas prometen engrosar el cuaderno.

El tiempo

Hay una cuestión con el tiempo, por supuesto, como señala la curadora. Pero cómo es posible que no haya algo con el tiempo… Por lo pronto, hay una decantación. La impresión de la muestra es la de obra decantada. Aquí hay treinta años de trabajo, de atención esmerada, tal como la precisan los bordados o los pinceles de un solo pelo.

Mónica Millán. Naturaleza muerta (bordado, dibujo en carbonilla y encaje sobre tela), 2016-2017.
Mónica Millán. De la serie “El viaje por el río” (acrílico sobre tela), 1996
Mónica Millán. De la serie “El viaje por el río” (acrílico sobre tela), 1996.

También hay decantación en los mapas de Adriana Bustos. Sus mapas, que remedan la cartografía colonial y clásica, son síntesis apretadísima de una visión histórica precisa (y afilada). Esta visión también es decantación, no es posible llegar a ella por la vía rápida. Así también ocurre con la obra Antropología de la Mula, síntesis metafórica notable que traza un paralelismo entre los recorridos de estos animales en la época de la colonia (que transportaban metales preciosos en las minas de Potosí), con la trayectoria de las mujeres que en el siglo XX y XXI transportan droga en su cuerpo (popularmente conocidas como “mulas”), doblemente sometidas a la ley del más rico y  del más fuerte.

 Adriana Bustos. Imago mundi (acrílico, grafito, oro y plata sobre tela), 2014.
 Adriana Bustos. Antropología de la mula (fotografía, toma directa), 2007.

Es imposible hablar de la relación con el tiempo sin mencionar la presencia del tejido y del bordado. Prácticas, en buena medida, colectivas. Se observan sobre una mesa unas mantas perfectamente dobladas, color beige claro, con rebordes festoneados en hilos que parecen de seda. Es el tipo de obra que pide una aclaración. Millán nos dice: “Aquí quise poner en evidencia el tiempo que lleva confeccionar estas mantas, desde el momento en que se cosecha el algodón, luego se lo lava, se lo hila, se lo teje, luego se completa con todos los detalles de terminación; entre el inicio del proceso y el final pasan aproximadamente unos seis meses, eso es lo que tarda en volverse esta pieza”. Y entonces la instalación, ahora nuevamente observada por la visitante, pasa a refulgir en su materialidad. Como si fuera la conciencia la encargada de iluminarla.

En cualquier caso, la ruta de la conciencia es una vía abierta en esta muestra. Desde el “Viva el anacronismo” hasta “El arte es una artesanía desesperada” de Claudia del Río, hay una valoración de la conciencia, del acceso intelectual a lo real. Y esta conciencia es rabiosa y decantada.

Otras obras de Claudia del Río, collage con noticias periodísticas ligadas a violencia de
género, Vestido 7. De la serie “Desfile” (óleo, acrílico y grafito sobre papel), 2007.
Otras obras de Claudia del Río, collage con noticias periodísticas ligadas a violencia de
género, Vestido 7. De la serie “Desfile” (óleo, acrílico y grafito sobre papel), 2007.

El territorio

Estaría dejando un flanco muy abierto si no mencionara un eje fundamental que cruza la muestra. Se trata de su relación con el litoral, con el trayecto que va desde el Río de la Plata (acá situado en el centro de la muestra, que es como decir el centro del mundo, carcajea Carla), río arriba, hasta Paraguay, Asunción. Ese trayecto. En el barro que alimenta las pinturas de Claudia, en los ríos serpenteantes de los mapas de Adriana, en la obra completa de Mónica, con sus pájaros de todos los colores, el paisaje del litoral es el que se impone como marca de agua de la muestra.

Los ríos, entonces –el Uruguay, el Paraná, el Paraguay, el Bermejo, el Pilcomayo– son capaces de separar estados y ser instrumento de soberanía política, pero a la vez son cauce común, corriente que une. Traer la cultura de los pueblos que habitaban esta zona con anterioridad a la conquista de los españoles, es el movimiento de tracción histórica que propone la muestra. Todos estamos ávidos de conocer quiénes fueron nuestros ancestros, de modo que este movimiento de reversión solo se agradece.

Mónica Millán. Paisaje (carbonilla sobre tela), 2009-2010.

La obra de los venados –que abre o cierra la muestra, según el recorrido realizado– exquisita en su meticulosidad, deja plasmado el paisaje de la selva misionera de un modo singular. Más por su transparencia, por su capacidad de evocación, que por sus colores fehacientes. Hay una quietud en la tela, un tiempo detenido, y sin embargo – como señala la autora–, está la sensación de que algo está por suceder. Esa tensión, mínima pero radical, es la que separa a una “naturaleza muerta” (propia del universo pictórico) de la naturaleza viva, que es la única que aquí se concibe.

***

Hay algo de urgencia en glosar las muestras. Porque existe un deadline, y porque, a diferencia de los youtubes que quedan girando en la órbita de la web, la experiencia de asistir a una muestra no se puede reproducir por medios audiovisuales.

Los museos, sustraídos a la lógica del comercio, con sus ambientes amplios y frescos y su afición a la belleza, parecen revelar –bajo la luz otra que arrojó la pandemia– un aire de familia con los templos, espacios de descanso, de recogimiento y de potencia.


La muestra Paisaje peregrino, de Claudia del Río (Rosario, 1957), Adriana Bustos (Bahía Blanca, 1965) y Mónica Millán (San Ignacio, 1960) puede verse en San Juan 350 (CABA) hasta el 27 de marzo de 2022.

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *